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| "Todo procede del Amor, de la Bondad, de la Belleza de Dios". | |
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Por el P. Fernando Pascual, L.C.
Tomado de
Análisis y Actualidad
Admitir un milagro implica, por un lado, reconocer
que hay un Dios. Por otro, que ese Dios puede
actuar “por encima” o “más allá” de las leyes naturales
(no contra ellas, pues Dios no puede ir contra lo
que Él mismo ha creado).
Podrían, además, producirse milagros si existen
otros seres (ángeles o demonios) capaces de actuar en el
mundo de manera inesperada, con poderes que superan lo previsible.
Desde
luego, cuando se afirma que Dios no existe o que
no hay otras realidades “superiores” a las que conocemos, es
imposible admitir los milagros, al menos según el sentido que
aquí estamos usando. Ante hechos “extraordinarios”, el negador de Dios
afirmaría que la ciencia no puede explicarlos “por ahora”, pero
seguramente en el futuro habrá un modo de descifrar las
causas naturales de lo sucedido.
Supuesto que exista un Dios, todavía
hay quienes no aceptan que pueda realizar milagros. ¿Por qué
les cuesta admitir que Dios pueda actuar “extraordinariamente” en el
mundo? Porque suponen que las leyes naturales son tan concretas
y tan inmodificables, que una intervención de Dios en el
mundo crearía desorden e iría “contra” lo establecido por ese
mismo Dios respecto de las realidades creadas.
Este modo de pensar,
sin embargo, adolece de varios errores. El primero consiste precisamente
en ver a Dios como sometido a leyes inalterables, como
si Dios fuese parte del sistema cósmico.
En realidad, si Dios
es Dios, si es la Causa que inició el mundo,
¿no puede estar más allá y por encima de las
leyes que explican tantos fenómenos? Además, como ya ha sido
observado agudamente por autores como C.S. Lewis, las leyes explican
cómo ocurre lo que ocurre, pero no por qué ocurre
lo que ocurre.
El segundo error nace en pensar en Dios
como si no tuviera ningún interés por las realidades humanas.
El mensaje de la Biblia dice exactamente lo contrario: todo
procede del Amor, de la Bondad, de la Belleza de
Dios. Si cada creatura, desde el lirio del campo hasta
el gorrión que nos despierta por las mañanas, son amados
por Dios, ¿no es posible que ese Dios busque maneras
de entrar en la historia humana y de ofrecer gestos
especiales de su Amor?
Cuando entendemos así a Dios y cuando
vemos el mundo como obra de sus manos amorosas, ya
no costará admitir que pueda haber milagros, pues serán visto
como señales de un Amor sin límites.
Ese es el sentido
profundo de cada milagro: un gesto especial del Amor de
Dios hacia el hombre. Lo que es lo mismo que
decir que un milagro es parte, extraordinaria, de la historia
de amor que inicia con la creación del mundo, que
tuvo su culminación con la vida, muerte y resurrección de
Cristo, y que avanza, día a día, hacia el encuentro
definitivo de los hijos con su Padre de los cielos.
[Comentarios al autor: fpa@arcol.org]