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| "Para que una familia y un matrimonio sean sólidos, resistentes a todos los vientos, huracanes y sismos, es necesario que tenga unos cimientos bien sólidos, graníticos, macizos. ¿Cuáles son esos cimientos?". | |
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Por el P. Antonio Rivero, L.C.
Sabemos que los
esposos y los hijos tienen que construir ladrillo a ladrillo
una auténtica y hermosa familia. Y nosotros, como sacerdotes, podemos,
en nombre de Cristo, echarles una mano amiga, fraterna y
sobrenatural en esta construcción, no sustituirlos lógicamente. Ellos son los
albañiles, insustituibles. Pero nosotros, sacerdotes, podemos ser una especie de
“ingenieros” que aportamos nuestro consejo desinteresado e iluminado, dado que,
por vocación, podemos mirar desde arriba las cosas que se
construyen en la tierra.
Daré aquí unas pautas para quienes tenemos
en la Iglesia la maravillosa misión de ser pastores de
almas, forjadores y formadores de santos matrimonios y familias cristianas.
Y lo hago desde mi humilde experiencia como párroco doce
años en la ciudad de Buenos Aires.
Titulé mi artículo:
ayudar a construir la familia. Pues, entonces, manos a la
obra. Pico y pala, agua y cemento, fe y amor,
esperanza y sacrificio.
Tenemos que ayudar a nuestras familias a
que construyan un edificio sólido, bello, luminoso, limpio y alto.
1. Solidez del edificio
¿De qué depende la solidez del edificio matrimonial?
De
los cimientos y columnas. La solidez de una casa no
depende de los cuadros que colgamos en la pared, ni
de la antena parabólica, ni de la hermosa chimenea que
hermosea y calienta el rincón de nuestra casa. Para que
una familia y un matrimonio sean sólidos, resistentes a todos
los vientos, huracanes y sismos, es necesario que tenga unos
cimientos bien sólidos, graníticos, macizos.
¿Cuáles son esos cimientos y columnas
sólidos y macizos en el edificio familiar?
La piedad, esa virtud
hermosa que reúne a toda la familia en torno a
Dios todos los domingos, que junta todos los días a
padres e hijos junto a un cuadro o una imagen
de la Virgen a quien rezan un poco. La piedad
es la que mueve a esa familia a bendecir los
alimentos antes de las comidas. Tú, sacerdote, puedes ayudar a
esa familia a que construya sólidamente este cimiento en su
vida. Enséñales a orar, a meditar la Biblia, a rezar
el santo rosario, a intimar con Cristo en la adoración
al Santísimo Sacramento de la Eucaristía.
La fe es otro
cimiento y columna sólida en el matrimonio. La fe que
les permite ver todas las cosas que les ocurren a
la luz de Dios, es más, ven la mano de
Dios en todo. La fe les hace superar las crisis
y posibles vaivenes de la vida. Y nosotros sacerdotes podemos
fortalecer esta fe desde las homilías, retiros y en los
consejos que demos en la confesión y en la dirección
espiritual.
El amor es una columna sin la cual el edificio
del matrimonio se derrumba. El amor como entrega, sacrificio, donación,
capacidad de comprensión y bondad. Que las familias vean en
nosotros sacerdotes que amamos y nos entregamos a ellos sin
buscar compensaciones.
La fidelidad no puede faltar como cimiento que
sostiene toda la casa matrimonial. La fidelidad a la palabra
dada. La fidelidad al otro cónyuge. Fidelidad a los deberes
del propio estado. Fidelidad en la prosperidad y en la
adversidad, en la salud y en la enfermedad. Sostén tú,
sacerdote, con tu fidelidad la fidelidad de las familias a
ti encomendadas.
Y sacrificio, como cimiento macizo del edificio matrimonial.
¿Qué es el sacrificio? Es ese saber sufrir, soportar, aguantar
todos los contratiempos de la vida. Ese poner buena cara
a lo que nos cuesta o nos desagrada. La vida
matrimonial y cualquier vida humana está llena de sacrificio, porque
el sacrificio es ingrediente del devenir humano. Es el sacrificio
el que nos hace madurar y va quitando de nosotros
esas actitudes egoístas y caprichosas. Nuestra vida sacerdotal, lo sabemos,
también tiene momentos de sacrificio que nos hace madurar nuestra
entrega a Cristo. Si sabemos incorporar en nuestra vida el
sacrificio, es más fácil que ayudemos a nuestras familias a
que no saquen el bulto al sacrificio en sus vidas.
Si estos son los buenos y sólidos cimientos, ¿cuáles serían
los cimientos débiles, de paja, de barro? Los gustos, los
caprichos, el egoísmo, la indiferencia religiosa.
2. Belleza del edificio
La belleza de
una casa depende del buen gusto en las dimensiones, proporciones,
simetría.
Y la belleza de un matrimonio, ¿de qué depende?
Del amor. El amor es el que embellece al matrimonio,
le da sus perfiles hermosos, permite la serenidad en cada
rincón de casa, hace sonreír a padres e hijos.
Hermano sacerdote,
déjame correr la pluma por un instante al hablarte del
amor.
¿Qué es el amor? Es difícil definir el amor,
pues el amor no es para explicar. El amor es
para vivir, para dar, para recibir. El amor es esa
fuerza interior que me hace salir de mí mismo para
darme a los demás, para entregarme al amado, sin buscar
compensaciones, sin obligarle ni forzarle a que me ame. El
amor es saber callar los defectos del otro, salir al
encuentro del otro cuando lo necesita, es ofrecerme al otro,
perdonar al otro, comprender al otro, ofrecerle limpiamente mi cariño.
El amor exige una buena cuota de desprendimiento personal, de
sacrificio y de renuncias por la persona a quien amo.
Enseñemos todo esto a nuestras familias. Invirtamos en nuestras familias.
¡Es la mejor inversión que podemos hacer como sacerdotes!
¿Por
qué el amor embellece el edificio matrimonial? Porque va quitando
aristas que sobran, puliendo superficies rugosas, limpiando azulejos sucios, empapelando
con buen gusto paredes descarapeladas o en mal estado. El
amor se fija en el detalle bello del ramo de
flores para la esposa, en ese dejar la ropa olorosa
al esposo. El amor es el perfume del hogar. El
amor es afecto, ternura, acercamiento cariñoso al estado anímico del
otro. El amor es amistad, es decir, quiere el bien
del otro y une las personas. El amor no se
empolva. El amor verdadero embellece el hogar. El amor hace
crecer sanos física y psicológicamente a los hijos. El amor
rejuvenece al matrimonio.
La falta de amor afea el matrimonio, desteje
el paño familiar, raya las escaleras que hermosean la casa,
quiebra las lámparas colgantes, ensucia las alfombras de los recibidores
y exhala un mal olor en toda la casa. La
falta de amor provoca las discusiones, hace subir el tono,
hiere los sentimientos de las personas a quien más deberíamos
amar. La falta de amor distancia los corazones, las almas
y los cuerpos. La falta de amor descuida los detalles
y le hace a uno ser grosero. La falta de
amor envejece al matrimonio.
El amor es fuego que calienta esa
casa. La primera que lo enciende es la madre, que
es el corazón de la familia y la primera en
levantarse cada mañana. Ese fuego que el marido, el papá,
debe mantener a lo largo del día, desde su trabajo,
llamando por teléfono a su mujer, trayendo a casa siempre
y todos los días, algo de leña para alimentar ese
fuego del amor en el hogar. ¡Que no traiga el
cubo de agua de sus disgustos, para echarlo encima y
apagar ese fuego! Ese fuego del que se alimentan los
hijos, les hace crecer sanos, física, psicológica y espiritualmente. Este
fuego hay que colocarlo en el centro del hogar y
desde ahí se irradiará a todos los rincones. Ese fuego
se alimenta cada día con la piedad, el rezo en
familia, la devoción mariana.
Diles tú, amigo sacerdote, que no
pase un día sin alimentar y acrecentar ese fuego con
la oración en familia. A veces cuesta encender ese fuego
en los hogares, sobre todo, si se dejan todas las
puertas y ventanas abiertas a todos los aires, o se
cuela el hielo del invierno y de la indiferencia. Tu
grita desde el púlpito: “¡Familias, enciendan el fuego del amor
durante su vida, poniendo cada uno la leña del sacrificio
que han ido consiguiendo a base de esfuerzo y trabajo!
¡Defiendan ese fuego, aunque tengan que quemarse las manos y
el corazón! Sin el fuego del corazón, se destruye el
hogar, la familia, los matrimonios, todo”.
3. Luminosidad del edificio
¿De qué depende
la luminosidad de una casa? De los ventanales. Una casa
sin ventanas al exterior se convierte en una casa lúgubre,
oscura y propensa a la humedad.
Lo mismo en el
matrimonio. La luminosidad en el matrimonio depende de los grandes
ventanales. ¿Para qué los grandes ventanales? Los grandes ventanales permiten
airearse todos los rincones de la casa, para que no
se acumulen los malos olores. Los grandes ventanales permiten la
entrada de luz al hogar...y entrando la luz mueren las
bacterias, la humedad, los hongos. Entrando la luz, se puede
percibir mejor el polvo y las cosas sucias, y así
poder limpiarlas, barrer bien todo. Los grandes ventanales permiten descansar
la vista y alargarla hacia los anchos horizontes, ver las
necesidades del mundo y de los hombres. Grita, amigo sacerdote:
“¡Familias, construyan en sus hogares grandes ventanales!”.
Pero, hermano sacerdote,
adviérteles para qué esos grandes ventanales: No para que dejen
meter los malos aires que hoy soplan por ahí: el
aire del egoísmo que quiere limitar los nacimientos por medios
ilícitos, artificiales, porque –según dicen- “familia pequeña, vive mejor”; ¡esto
es egoísmo!; el aire del hedonismo, que busca el placer
por el placer mismo; el aire del consumismo, que prefiere
una heladera o un nuevo apartamento, a un nuevo hijo;
los aires de la emancipación y liberación de la mujer,
a quien se le obliga trabajar fuera de casa todo
el día “porque así se realiza mejor, profesionalmente”, pero nunca
está en casa para educar a sus hijos, para convivir
con sus hijos; los aires de matrimonios a prueba, mientras
tanto, a ver si funciona; los aires divorcistas, separatistas, para
hacerse un nuevo amigo o amiga sentimental.
¡Grandes ventanales para
que entre el aire renovado del Espíritu que sopla donde
quiere y trae aromas del cielo! ¡Grandes ventanales para que
la brisa suave de la oración matutina y vespertina consuele
a toda la familia! ¡Grandes ventanales para poder ver la
Iglesia de nuestra zona de donde tú, sacerdote, eres párroco
o vicario, y así puedan acordarse esas familias de ir
a misa juntos y rezar antes de las comidas, o
ante una imagen de la Virgencita! ¡Grandes ventanales para ver
lo mucho que sufren nuestros hermanos, los hombres, y poderles
echar una mano!
¡Grandes ventanales como los de la casa
de la Sagrada Familia, que era todo ventanal donde tanto
María, como José y el Niño miraban a todos los
hombres y se compadecían o los ayudaban!
¡Que no haya
recovecos en nuestros hogares, puertas secretas y oscuras, teléfonos escondidos
desde donde llamar a piratas que quieren destruir nuestro hogar,
nuestra familia, nuestros hijos!
Luminosidad en el matrimonio, y no mentira,
falsedad, apariencia, infidelidad.
4. Limpieza del edificio
¿De qué depende la limpieza del
matrimonio? De los mil detalles de cada día. De quitar
cada día lo que ensucie, ese polvo que cae casi
sin percibirlo. De no dejar acumulada ropa sucia, ni arrinconada
la basura. ¡Fuera!
Amigo sacerdote, con delicadeza háblales dónde tienen que
tener esa limpieza.
Limpieza en el dormitorio. Nada debe haber
ahí que manche la intimidad del matrimonio. Limpieza de palabras,
de gestos, de miradas. ¡Qué conversaciones tan limpias deberían hablarse
ahí! La oración común en el dormitorio va limpiando a
la pareja cada noche y la va fortaleciendo en sus
vínculos.
Limpieza en la mesa del comedor. Es la mesa la
que va a unirnos varias veces al día a los
miembros de la familia, para compartir el pan, las alegrías,
las lágrimas, los proyectos. En la mesa se da el
banquete familiar. Por eso, ahí debe haber limpieza suma. Allí
en la mesa, nos miramos mutuamente, sonreímos, charlamos, disfrutamos de
ese gozo de sabernos amados, queridos. En la mesa tenemos
la oportunidad de practicar y crecer en muchas virtudes: apertura,
respeto, servicialidad, moderación, generosidad.
Sobre la mesa se pone el
pan, las flores y el cariño. El pan que se
parte, se reparte, se comparte. Las flores que adornan y
embellecen la mesa familiar. Ahí se ofrece el cariño, que
es esa corriente cordial que electrifica a todos los miembros
y les permite el darse mutuamente, el abrirse, el comprenderse,
el perdonarse. En la mesa hay que evitar el discutir,
el pelearse, el encerrarnos en nosotros mismos...., pues todo esto
ensuciaría el amor del matrimonio e impediría una buena digestión,
creando un clima de crispación y rivalidad.
En la mesa
hay que evitar el querer comer a solas, en un
rincón, o después de todos...como islas...; así simplemente se corta
con esa corriente afectiva y familiar, y se convierte uno
en su misma casa en un huésped extraño que entra
y sale. Ha convertido su casa en un hotel, o
posada, donde se va a comer, a dormir, a tomar
una ducha o a cambiarse de traje, cuando se quiere.
Limpieza en la sala de estar. No permitir hablar mal
de nadie, cuando vienen huéspedes o amigos. La sala de
estar debe estar limpia de envidias, maledicencias, calumnias. La sala
de estar debe tener siempre el florero lleno de flores
olorosas: el buen humor, la benedicencia, el respeto, la jovialidad,
la alegría. En la sala de estar no debe acumularse
el humo de cigarrillos de la frivolidad y de la
chabacanería. La sala de estar debe tener vista al patio
o al jardín, para que allí se vea lo que
se hace sin intenciones torcidas.
Limpieza en el patio, porque ahí
deben jugar los niños. Que haya árboles y columpios y
jardín. Pero todo limpio. La limpieza ayuda a los hijos
a oxigenarse, airearse y a crecer sanos.
5. Altura del edificio
Estimado
sacerdote, me falta por comentarte el último aspecto: diles que
construyan edificios altos, muy altos, que casi lleguen al cielo.
La altura del edificio matrimonial depende de la generosidad en
el amor fecundo, abierto a la vida. Dios dijo a
la primera pareja de la historia, Adán y Eva: “Creced
y multiplicaos”. Esto hay que explicarles con cariño y respeto
a los matrimonios y familias.
Así como Dios es generoso
con nosotros, así también los matrimonios deben ser generosos en
transmitir la vida. ¡Qué hermoso es ver esas familias numerosas,
donde los hijos alegran cada rincón de la casa! ¡Cómo
se ejercitan en el cariño, en la donación, en la
preocupación de unos por otros...cuando son muchos hermanos! Comparten todo,
juegan juntos; las cosas pasan de hermano a hermano y
de hermana a hermana; ¡qué lindo! También a veces se
pelean, pero después se reconcilian. Si sólo hay un hijo
en casa, ¿con quién juega, con quién comparte sus cosas,
a quién sonríe, con quién se pelea, con quién hace
las paces? No tiene hermanos. El niño que no tiene
hermanitos es más propenso a la tristeza, al egoísmo, al
aislamiento. Se le acorta el crecimiento afectivo y psicológico.
Queridos
sacerdotes griten fuerte: “Familias, sean generosas. ¡Amen, sean portadoras de
amor, defiendan el amor, protejan el amor, den amor!”.