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| "Todo aquel, cristiano o no, que formule a Jesús aquella pregunta del confuso Pilato: “¿Tú eres rey?”, recibirá la misma respuesta de un Cristo que gobierna en el servicio y en la cruz: 'Tú lo has dicho, yo soy Rey'". | |
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Por Jesús David Muñoz, L.C.
En 1925 Pío XI
instituyó la solemnidad de Cristo Rey del Universo. El secularismo
que se iba dilatando con rapidez en la modernidad hacía
percibir una sociedad que pretendía construirse a sí misma eliminando
a Dios.
Hoy, más de ochenta años después, en medio
de un mundo convulsionado y en muchos aspectos casi irreconocible,
esta solemnidad, y la realidad que ella encierra, sigue manifestando
la tremenda decisión ante la que Cristo pone al mundo:
“El que no está conmigo está contra mí, el que
no recoge conmigo, desparrama” (Lc 11,23).
La historia ha visto muchos
hombres a los que considera “iluminados” que han venido a
indicar a la humanidad un camino o una luz que
no se identifica con su persona pues existe sin ellos
y antes que ellos.
Incluso en la historia del cristianismo ha
habido quienes afirmaron que Jesús no formaba parte del contenido
mismo de su Buena Nueva; su persona misma podría desaparecer
sin que ello afectase en nada a la integridad de
su doctrina. Con esto, Jesús sería uno más de tantos
mensajeros, un maestro moral que señalaba el camino, pero que
no era el camino (cf. Romano Guardini, La esencia del
Cristianismo, Cristiandad, Madrid 2007, p. 31).
Sin embargo, ya C.S.
Lewis dejaba ver la incongruencia de este modo de pensar
y de actuar tachándolo de “auténtica estupidez”. Decía: “Un hombre
que fue meramente un hombre y que dijo las cosas
que dijo Jesús no sería un gran maestro de moral.
Sería un lunático […] Tenéis que escoger. O ese hombre
era, y es, el Hijo de Dios, o era un
loco o algo mucho peor. Podéis hacerle callar por necio,
podéis escupirle y matarle, o podéis caer a sus pies
y llamarlo Dios y Señor. Pero no salgamos ahora con
insensateces paternalistas acerca de que fue un gran maestro moral.
Él no nos dejó abierta esa posibilidad. No quiso hacerlo”
(Mero cristianismo, RIALP, Madrid 2007, p. 69).
El Nazareno, lejos de
parecerse a Buda, Sócrates, Mahoma o cualquier otro personaje brillante
con el que se le quiera comparar, es único, es
Dios.
Ante un Medio Oriente preocupantemente crispado; un Occidente que ha
pasado de la opulencia a una terrible crisis ético-económica; una
juventud dominada por el pansexualismo, el narcisismo y la inseguridad,
las palabras de Jesucristo, Hijo de Dios, resuenan de nuevo
en toda su gravedad y entereza: “Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). “Yo soy la
luz del mundo; el que me siga no caminará en
la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida”
(Jn 8,12).
“El que no está conmigo está contra mí, el
que no recoge conmigo, desparrama” (Lc 11,23). Esta tremenda decisión
ante la que Cristo pone a todo hombre se plantea
más enérgicamente a los cristianos de hoy que viven en
un mundo no ya indiferentemente religioso, sino categórica y beligerantemente
opuesto a su enseñanza.
Podría parecer una arrogancia afirmar que
Jesús, un individuo que murió crucificado en Palestina hacia el
año 30 y que desaparece a pasos agigantados en la
niebla del pasado, es Dios, el centro de la historia
humana (cf. J. Ratzinger, Introducción al Cristianismo, p. 163). Sin
embargo, ningún cristiano puede sepultar esta realidad sin estar enterrando
en ese mismo momento su esencia, sin estar cortando la
rama del árbol sobre la que está parado.
Jesús de Nazaret,
que murió crucificado hace más de dos mil años, no
es ya solo el Rey de los judíos, sino que
también es un Rey universal, y esto hace que la
solemnidad con la que termina el año litúrgico sea una
llamada a la conciencia de un cristianismo que no puede
vivir en la esfera privada, un cristianismo de puertas para
dentro, un cristianismo de titubeos y poquedad.
Quien está cerca de
Cristo está cerca del fuego, afirmaba Orígenes. Y quien quiera
servirle debe dejar contagiarse por el fuego de ese Amor.
Todo aquel, cristiano o no, que formule a Jesús aquella
pregunta del confuso Pilato: “¿Tú eres rey?”, recibirá la misma
respuesta de un Cristo que gobierna en el servicio y
en la cruz: “Tú lo has dicho, yo soy Rey.
Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio
de la verdad. Todo el que es de la verdad
escucha mi voz” (Jn 18,37).