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| El Padre Ravindra, mano derecha de la Madre Teresa, con un niño, en el dispensario médico. | |
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Por Amalia Casado
Tomado de la revista "Alfa & Omega", n° 604 / 31-VII-08.
En un corazón joven,
palpita el deseo de hacer cosas grandes. Es un anhelo
a veces acallado por la rutina, por el ruido del
mundo capaz de silenciar al hombre interior. Es un anhelo
al que quizás muchos no saben ponerle nombre, pero se
delata con el clásico: «Me siento vacío», o cuando, justo
al contrario, se dice: «Quiero ampliar mi perspectiva de la
vida»; «crecer como persona y en mi relación con Dios»;
«valorar lo que tengo, entregarme y darme a los demás»…
Ésta fue la particular forma de gritar «¡Quiero cambiar el
mundo!» de 21 alumnos de la Universidad Francisco de
Vitoria, días antes de emprender un viaje a la India
que les cambiará la vida.
A las 4:30 de la madrugada
están en pie para desayunar, y trabajan de 6:30 a
6 de la tarde sin parar, salvo para comer, y
caer rendidos en la cama. ¡Vaya vacaciones! Uno puede preguntarse
para qué se han ido ahí, a Nueva Delhi, a
ese lugar en el que nadie puede escapar de la
pobreza y el dolor.
¿Qué pueden hacer 21 chicos y 5
adultos? ¿Acaso acabar con la miseria? ¿Con el sufrimiento? ¿Por
qué irse tan lejos, si hay tanto que hacer aquí?
Pilar Giménez es profesora de la Universidad Francisco de Vitoria.
Con otras dos profesoras y dos sacerdotes Legionarios de Cristo,
acompañan a estos jóvenes, los forman y los cuidan. Explica
cómo se produce el viaje interior: «India te produce primero
un rechazo. Los alumnos pasan primero una fase de rebeldía.
Lo que ven les parece una injusticia a la que
no hay derecho. Nunca han visto tanto sufrimiento, como si
el mar hubiera vomitado millones de peces en una playa
y hubieran quedado allí olvidados y agonizantes. No das abasto.
Pero India también nos habla. Y los chicos empiezan a
hacerse preguntas: ¿Por qué el sufrimiento? ¿Y nosotros qué? ¿Qué
podemos hacer?».
El misterio del sufrimiento
Esta terapia de choque les propulsa
fuera de la burbuja que es Occidente, donde el sufrimiento
se esconde con vergüenza, con miedo, y tiene un rostro
distinto, casi invisible. De alguna manera, se van lejos para
ver de cerca: para verse de cerca a sí mismos.
El resultado es –dice Pilar– «una revelación ante el dolor
y la pobreza. Te das cuenta de que detrás de
ese sufrimiento, ¡terrible!, hay personas que saben superarlo, que no
se quejan, que sonríen; que responden aceptándolo y superándolo con
dignidad. Descubrimos la perspectiva de que sufrir es un misterio,
no un problema. Y te encuentras con el misterio del
sufrimiento redentor de Cristo en la cruz que pide: Tengo
sed».
Estos universitarios trabajan en tres proyectos. Los chicos, en un
orfanato que dirige un sacerdote católico, el padre Ravindra, mano
derecha de Madre Teresa de Calcuta durante algunos años. Están
con los niños, pintan la casa. Se van a las
afueras de Delhi y trabajan con indigentes, les hacen curas
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| Joaquín, alumno de la Universidad Francisco de Vitoria, cura la herida de un hombre. | |
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y los recogen de la calle. Las chicas trabajan en
dos casas de las Misioneras de la Caridad: por la
mañana, con indigentes enfermas discapacitadas mentales. Las levantan, lavan y
dan el desayuno. Hacen 70 camas, limpian la casa, juegan
y hacen deporte con ellas. Por la tarde, van a
un orfanato. Los alumnos, además, tienen formación todos los días,
a cargo de los sacerdotes.
Los alumnos afrontan una contradicción. En
los centros trabajan con personas a quienes miran a los
ojos y llaman por su nombre. «Pero sales a la
calle –describe Pilar– y no puedes mirar y dar dinero
a cada uno de los niños y mujeres que se
te acercan echándose la mano a la boca y diciendo
¡Chapati! ¡Chapati! (que significa pan), porque son cientos». Lo que
decidió Pilar fue devolver un pez al mar: «Ya que
no puedo ayudar a los miles y millones de personas,
me fijaré sólo en una». Cada día le compra la
comida para toda su familia. «Poco a poco, algo que
era feo, que parecía un estorbo, se ha convertido en
algo precioso. Por las mañanas viene a recogerme con su
hijo, y desde el mercado hasta que nos despedimos, me
da las gracias sin cesar, alabando a todos sus dioses
indios». Pilar, ni idea de hindú. La mujer, lo mismo
con el español: «Pero cuando nos decimos adiós, me pide
que le haga la señal de la cruz. Antes me
buscaba ella, y ahora la busco yo. Ella lo sabe:
sabe que la necesito».
Madre Teresa es uno de los testimonios
más incontestables de ese amor que puede transformar el mundo
más desolado, olvidado y oscuro en una fuente de luz,
fecundidad y sentido. Cómo viven las Misioneras de la Caridad
es hasta más elocuente y provocador para los alumnos que
la mismísima pobreza. En la casa donde ayudan, una de
la Misioneras es española. «Los chicos le preguntaron: ¿En qué
les podemos ayudar? ¿Qué necesitan? Sister Rua contestó: Vuestras oraciones.
Los chicos insistieron: ¡Vale, hermana! Rezamos. Eso por descontado. ¿Qué
más? Y sister Rua también insistió: Rezad para que seamos
fieles». Pilar exclama: «¡Sólo nos pidieron que rezáramos! Eso te
hace pensar».
A su vuelta, una respuesta de estos jóvenes a
la pregunta: Y yo, ¿qué puedo hacer?, será el VAS
(Voluntariado de Acción Social), la sociedad de alumnos que van
a constituir en la Universidad Francisco de Vitoria para promover
la acción social, compartir con sus compañeros lo que han
visto y vivido, y continuar apoyando estos proyectos.
Sister Rua cuenta
que, a veces, se dice: «Si no me hubiera consagrado,
estaría ahora mismo en el cine. Entonces me voy con
mis leprosos a cortar rosas, y les digo: ¡Ésta es
la mejor película!».