El evangelio de este domingo nos presenta la muerte y
resurrección de una niña de doce años, la hija de
Jairo, jefe de la sinagoga. La primera lectura nos ofrece
la clave de interpretación del texto: “Dios no hizo la
muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes.
Dios creó al hombre para la inmortalidad porque lo hizo
a su imagen y semejanza” (Sb 1,13).
La muerte aparece como
un desenlace ineludible. El instinto de conservación nos hace experimentar
que estamos hechos para la vida y que la muerte
es algo que rechazamos naturalmente. San Pablo nos enseña que
por el pecado entró la muerte al mundo, ya que
Dios es la fuente de la vida y nos la
ofrece para toda la eternidad, en Cristo (Rm 6,23). El
recuerdo de nuestra mortalidad nos sirve para pensar que no
contamos con un tiempo ilimitado, que no existe la reencarnación.
La muerte llega de improvisto, sin avisar y me despoja
de todo. A la muerte se le representa con un
reloj de arena porque nuestros días están contados. Nuestra cultura
esconde el rostro de la muerte en el interior de
las salas de cuidados intensivos, en las incineraciones inmediatas, pero
esta realidad es saludable para reflexionar en el sentido que
tiene la vida. Del mismo modo como vivimos ahora, así
será mañana el momento de nuestra muerte.
Hay muertes hermosas como
la de Juan Pablo II, llena de paz y plena
lucidez. El mismo día de su muerte, cuando ya no
tenía fuerza ni modo para hablar, quiso despedirse de aquellos
sus más cercanos colaboradores. Resultaba imposible contener el llanto, pero
no de tristeza, sino de gratitud por haber gozado de
su amistad, su sonrisa picarona, el brillo de su mirada
y la seguridad de un padre que abrió un lugar
para todos en su corazón. Existen otras terribles como la
del joven que pasaba la noche de rumba en un
gran yate y estando borracho perdió el equilibrio y se
cayó al agua. El mar se lo tragó casi sin
hacer ruido, se perdió en la densa oscuridad del océano.
Abajo las olas se estiraban como los picos de los
polluelos en espera de otra presa.
Me gustaría concluir con una
consideración del padre Cantalamessa sobre diversos tipos de muertes. Dice
que no sólo existe la muerte del cuerpo, sino también
del alma y del corazón. La muerte del alma es
cuando se vive en pecado, la del corazón es cuando
se vive en la angustia y la tristeza crónica. Las
palabras de Cristo a la niña: “Talitha qumi” (Niña, contigo
hablo, levántate) no se aplican sólo a la muerte física,
sino a tantos otros que estando vivos, llevan la muerte
en su interior. Yo añadiría también la muerte de la
fe, de aquellos que no creen en Dios o que
lo han matado en su interior. ¡Levántate! No luches contra
Aquél que te dio el don de la vida.
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