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No mata, pero envenena.
XIV domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B
VENEZUELA | VIDA ESPIRITUAL | ESPIRITUALIDAD
Comentario del P. José Manuel Otaolaurruchi, L.C., al Evangelio dominical.

“La envidia no mata, pero envenena”. La envidia es una lamentable herencia del pecado que nos hace sentir tristeza por el bien del prójimo y gusto ante su desgracia. De la envidia nace la intriga, la maledicencia, la calumnia, la satisfacción por la ruina ajena. La envidia no respeta edades ni ambientes,  puede arraigar entre hermanos, amigos, compañeros de trabajo o incluso, ante personas que viven lejos de nosotros y que sólo conocemos por televisión, como los deportistas. ¿Por qué goza y festeja la afición cuando un equipo fuerte, como el Real Madrid, pierde? La envidia va dictando las preferencias deportivas, políticas o culturales. “Mal de muchos, consuelo de tontos”, parece ser el criterio de los envidiosos.

La historia está llena de conflictos nacidos de la envidia. ¡Cuánto recelo despertó en el rey Saúl la victoria del joven David sobre el gigante Goliat! El pueblo coreaba a una voz: “Saúl mató a mil, David a diez mil! (1Sam 18,7) Desde entonces le cogió tal ojeriza a David, que llegó al punto de procurarle la muerte. Por envidia Caín mató a su hermano Abel y se quedó como icono del fratricidio.

En la mitología griega encontramos que del primer concurso de belleza se siguieron innumerables guerras y muertes causadas por los celos. Entre las tres diosas más hermosas de la antigüedad: Afrodita, Hera y Palas Atenea, Paris tenía que elegir a la más bella. La ganadora resultó Afrodita (Venus para los latinos) y la celosa de Hera, herida y ofendida, alimentó en el pueblo griego un odio hacia los troyanos que no se apaciguó hasta ver a la ciudad de Troya convertida en ruinas.

Envidia fue lo que sintieron los conciudadanos de Jesús cuando regresó a su casa después de haber realizado milagros y signos portentosos en otras aldeas de Palestina. En lugar de felicitarlo y recibirlo como a un héroe, se preguntaban admirados: ¿No es este Jesús, el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder? Y estaban desconcertados (Mc 6,1-6).  El Mesías tenía que ser un extranjero para ser recibido. A lo mejor nos pasa lo mismo con relación a la Iglesia, que esperamos no sé qué de especial y nos resistimos a la acción de la gracia que nos llega por medio de los sacramentos. Dan mucha pena las palabras con las que concluye este episodio: “Y no pudo hacer allí ningún milagro por culpa de su incredulidad”.

twitter.com/jmotaolaurruchi


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-07-05


 

 


 



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