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Tres regalos del más allá.
II domingo de Pascua - Ciclo C
MÉXICO | VIDA ESPIRITUAL | ESPIRITUALIDAD
Comentario del P. José Manuel Otaolaurruchi, L.C., al Evangelio dominical.

Recibir una carta o una llamada del extranjero nos produce una profunda alegría porque significa que existe una persona que piensa en nosotros, que nos recuerda, que nos tiene presentes en su mente y corazón. Algo así experimentó Nicolás Maduro cuando el difunto ex-presidente de Venezuela Hugo Chávez le habló en forma de pajarillo para bendecirlo y animarlo a las próximas elecciones.

Jesucristo un día emprendió un viaje a donde todos iremos, pero del cual nadie regresa. Después de su pasión y muerte descendió a los infiernos, como recitamos en el credo, para despertar a los justos que aguardaban la redención. Y en su resurrección nos trajo del cielo tres regalos para ayudarnos a fortalecer nuestra fe y para que no seamos incrédulos sino creyentes.

Cristo resucitado nos trajo la paz. La paz que nace de saber que no hemos sido engañados en la fe que profesamos, sino que Cristo es realmente el Hijo de Dios. La paz que es fruto de la feliz esperanza en Dios Padre celestial que nos dio la vida y que nos  aguarda en el cielo. No se trata de sueños infantiles, sino de una certeza que nace de la resurrección. “Porque si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1Cor 15,17). La Iglesia es también prueba de la presencia viva de Cristo, pues ante tanta fragilidad humana, ¿cómo es posible que permanezca siempre joven con dos mil años de historia a sus espaldas? Cristo va en la barca y lleva sus manos puestas en el timón de su Iglesia.

Cristo nos trajo al Espíritu Santo. Cristo pagó el precio de nuestro rescate con el sacrificio de su muerte en la cruz y como último gran don, nos da la vida nueva nacida del Espíritu Santo a través de los sacramentos que nos alimentan, nos curan y santifican. Dios se hace presente a través de esos signos visibles que llamamos: sacramentos. Cada uno de ellos es una caricia de la misericordia que unge, enardece, consuela e ilumina. El Espíritu de la verdad nos conduce a la verdad plena.

Finalmente nos ofrece el don de sí mismo. Si contemplamos a Cristo resucitado nos daremos cuenta que en su cuerpo glorificado, un cuerpo libre de las ataduras del pecado, conserva las huellas de su doloroso martirio. Le dijo a Tomás: “Trae tu mano y métela en mi costado; trae tu dedo y ponlo en las heridas de los clavos” (Jn 20,22). Dios se tomó muy en serio nuestra creación y redención. En su cuerpo victorioso conserva los estigmas de su martirio para que no olvidemos cuánto nos ha amado.

twitter.com/jmotaolaurruchi


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-04-03


 

 


 



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