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Para salvarse.
XXI domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C
MÉXICO | VIDA ESPIRITUAL | ESPIRITUALIDAD
Comentario del P. José Manuel Otaolaurruchi, L.C., al Evangelio dominical.

Jesús iba de camino cuando alguien le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan? (Lc 13,22).

El tema de la salvación resulta incómodo porque nos coloca frente a nuestra propia conciencia, nos examina y de un solo golpe, casi intuitivamente, sabemos si somos dignos de recibir mérito o castigo.

Jesús evitó responder sobre el número de los que se salvan, y más bien prefirió responder acerca del cómo salvarse. De hecho, el joven rico le hizo la misma pregunta, “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” (Lc 18,18). Y Jesús también le respondió sobre el cómo salvarse: “Cumple los mandamientos, no cometerás adulterio, no matarás, no robarás…”.

Me resulta difícil entender por qué existe tanta resistencia a afrontar un examen general de nuestra vida, si desde que nacemos estamos sometidos a evaluaciones. El médico indica a los cuántos meses el niño debe aprender a hablar, a caminar… cuando ingresamos al colegio nos prueban para ver si hemos adquirido los conocimientos suficientes y lo mismo sucede en el campo laboral, civil o familiar.

La existencia es un maravilloso don que Dios nos concedió con el fin de compartir con nosotros su misma vida divina. La salvación consiste sencillamente en aceptar esta invitación. ¿Cómo? A través de nuestras obras, ellas hablan por nosotros. Dios nos concedió la libertad para obrar el bien, no para elegir entre el bien y el mal. El mal es una anomalía, un desorden, una transgresión, una acción que daña al mismo sujeto que lo comete.

El Papa Benedicto XVI nos habla sobre el significado del cielo, que rebasa con creces los placeres y gustos que podamos lejanamente imaginar. “El cielo no es un lugar cualquiera del universo, una estrella o a algo parecido, sino algo mucho más grandioso y difícil de definir con nuestros limitados conceptos humanos. El cielo es la participación en la vida de Dios que no deja de pensar en nosotros.  Esta realidad encuentra un pálido reflejo en la memoria que las personas guardan de sus seres queridos: podríamos decir que en ellos sigue viviendo una parte de esa persona, pero es como una sombra, porque también esta supervivencia en el corazón de los propios seres queridos está destinada a terminar. Dios en cambio no pasa nunca y todos nosotros existimos por razón de su amor. Existimos porque Él nos ama, porque Él nos ha pensado y nos ha llamado a la vida. Es su Amor que vence la muerte y nos da la eternidad, y es este amor lo que llamamos, cielo”. (Homilía 16 agosto 2010)  Como decía Lope de Vega, si nací para salvarme, dejar de ver a Dios y condenarme, triste cosa será pero posible. ¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible? Loco debo ser si no soy santo.

twitter.com/jmotaolaurruchi


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-08-21


 

 


 



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