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Mira que viene a buscarte.
XXIII domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C
MÉXICO | VIDA ESPIRITUAL | ESPIRITUALIDAD
Comentario del P. José Manuel Otaolaurruchi, L.C., al Evangelio dominical.

Jesús propone en el evangelio las condiciones para seguirlo, “Si alguno quiere seguirme y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26).  La exigencia es total, pero ahondando en la dinámica de la relación de Dios con el hombre, nos damos cuenta de que la iniciativa no parte del hombre sino de Dios. Antes de que nosotros salgamos a buscarlo, él acude a nosotros. La experiencia de quienes se han encontrado con Dios demuestra de mil formas distintas que la iniciativa parte siempre de Dios, no del individuo.

¿Qué es lo que buscamos? El Papa Juan Pablo II decía que cuando corremos detrás de la felicidad o del amor, en realidad lo que estamos buscando es a Cristo, pero sin darnos cuenta. Lo que sucede es que no lo conocemos. Dios nos manda continuamente mensajes, pistas para encontrarlo en el dolor moral o físico, en el gozo, la dicha, el maravilloso milagro de la vida y la salud.

“Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no se lo concede” (Jn 6,44). No vayamos a creer que somos atraídos contra nuestra voluntad, a la fuerza; el alma es atraída por la fuerza del amor. El hombre es libre para abrazar la verdad y adherirse al bien, o de rechazarlos. El seguimiento de Cristo es dulce y placentero pues la vida de gracia, la fe, la confianza, la caridad, la paz del corazón son más dulces que la miel y valen más que todos los tesoros de este mundo. En filosofía nos enseñan que el apetito va detrás de aquello que le conviene, no por obligación, sino por gusto.  El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, llevamos impreso en nuestro ser la huella del Creador, por eso es que nuestro  corazón lo busca como a su último fin incesantemente.

Si cada uno va en pos de su apetito, ¿Cómo no va a atraernos la persona misericordiosa de Cristo, el buen pastor, que da la vida por sus ovejas? ¿Nos vamos a resistir al Corazón de Jesús que sigue llamando a la puerta de cada corazón en espera de que le abramos para recibirlo? “Mira que estoy llamando a la puerta. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

¿Cómo seguirlo, dónde mora? No se necesita nada extraordinario, Dios mismo sale a nuestro encuentro y nos indica qué espera de cada uno. Basta escucharlo en el silencio de la oración y en el interior del corazón. “Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti” (San Agustín).

twitter.com/jmotaolaurruchi


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-09-04


 

 


 



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