Por el P. John Bartunek, L.C.
CONCENTRARSE
Cada mañana salgo de casa con tiempo suficiente para detenerme
en la parroquia, donde hay una pequeña capilla de adoración
abierta las 24 horas del día. Dejo el teléfono celular
en el coche y entro en la capilla. Me arrodillo
y hago la señal de la cruz. Mi mente está
llena de muchos pensamientos y todavía estoy cansado, pues no
tuve tiempo de tomar una taza de café antes de
salir.
Miro el crucifijo y luego al Santísimo expuesto… -
Señor, sé que estás aquí y que nunca me dejas.
Tú eres fiel. Gracias Señor por estar aquí. Gracias por
todos los dones que me has dado: la vida, mi
fe católica, mi vocación. Oh, Señor, tú eres rey eterno
y me has hecho ciudadano de tu Reino. Sólo ahí
seré feliz. Y eso es lo que deseo, ser feliz.
Para eso me has creado y es lo que me
impulsa hacia Ti. Sé que nunca dejas de llamarme a
estar más cerca de Ti. Guía mis pensamientos esta mañana,
llena mi corazón de amor por Ti, fortalece mi fe.
Te ofrezco esta pequeña oración para glorificarte y para que
tu Reino se extienda. Te pido que me ayudes a
aumentar la virtud de la paciencia en mi corazón, mientras
paso este tiempo meditando en tu palabra. Enséñame a ser
manso y humilde de corazón como Tú eres.-
CONSIDERAR
Me pongo a buscar el libro de meditaciones
que he estado usando y me doy cuenta de que
lo olvidé en casa una vez más. Afortunadamente hay un
misal en la banca de enfrente. Lo tomo y leo
el pasaje del evangelio del domingo anterior. Habla sobre no
poner vino nuevo en odres viejos, y no poner un
parche nuevo en un paño viejo. Lo leo una vez
más y nada me llama la atención. Lo leo una
vez más lentamente, pero sólo escucho la respiración de la
persona que está sentada atrás de mí. ¡Señor, enséñame qué
me quieres decir hoy! - Miro una vez más la
custodia en donde estás silenciosamente presente pero ninguna idea aparece.
Traigo a mi mente mi salmo favorito y lo recito
en silencio dentro de mi corazón.
- “No está inflado,
Yahveh, mi corazón, ni mis ojos subidos. No he tomado
un camino de grandezas ni de prodigios que me vienen
anchos. No, mantengo mi alma en paz y silencio como
niño destetado en el regazo de su madre. ¡Como niño
destetado está mi alma en mí! Espera, Israel, en Yahveh
desde ahora y por siempre!” -
Como siempre, encuentro mucho
material para considerar en estas simples palabras. Tener confianza en
Dios y entregarle el control de mi vida. Yo siempre
me estoy preocupando por tener el control de todo, especialmente
de mi futuro; pero es Dios quien realmente tiene el
control. Él me ha creado, tiene un plan para mí
y quiere que confíe en Él. Vino al mundo para
ganarse mi confianza. Él está ahora aquí presente en la
Eucaristía para reafirmar su amor y su omnipotencia. Debo confiar
en Él. Necesito dejar que la quietud y el silencio
penetren mi corazón.
CONVERSAR
- Mi Señor, mi Dios,
mi Creador. ¿Quién soy yo? Sólo una pequeña criatura. Uno
de los millones de seres humanos que vagan por la
tierra. No soy nada y, sin embargo, siempre estoy pensando
en mí mismo como si fuera el centro del universo.
Voy a hacer un silencio interior para escuchar por un
momento.
Mi amado Señor, Tú eres el centro del universo
y tienes el control de todas las cosas. Sé que
tienes un plan para mi vida y que, cualquiera que
éste sea, será lo mejor para mí, para mi familia,
para la Iglesia. Tú me has creado para algo y
quieres que yo lo haga. Quiero conocer tu plan sobre
mí y seguirlo. Oh, Señor, soy tan débil. Me preocupó
tanto cuando no puedo tener todo bajo control. ¿Por qué
no me dices cuál es tu plan en vez de
que trate de adivinarlo, me preocupe y luche para descubrir
lo que quieres de mí? - Pausa para escuchar.
Tus
caminos son misteriosos, pero Tú eres Dios, yo no. Mi
parte consiste sólo en hacer todo lo mejor posible y
en confiar en Ti para todo lo demás. Hoy, por
lo menos, sé qué quieres que haga. Tengo mis obligaciones,
y a pesar de que Tú sabes que preferiría eludirlos
e irme a descansar, no lo haré. Trataré de hacerlos
lo mejor que pueda porque eso es lo que Tú
quieres, Señor, y Tú siempre quieres lo que es mejor
para mí. Silencio para poder escuchar.
- Jesús, Tú eres
mi Maestro, mi Salvador, mi Luz, mi Amigo. Envía tu
Santo Espíritu a mi mente y a mi corazón para
que pueda ser un siervo digno hoy.-
- María, tú
sabes lo que es caminar en la oscuridad por los
caminos de Dios. No me dejes escoger otro camino. -
Ahora dejo un tiempo más largo para escuchar.
Un par
de minutos pasan con una variedad de pensamientos, algunos de
ellos pueden ser inspiraciones del Espíritu Santo y otras distracciones
del mundo, las cuales trato de alejar tan pronto como
las identifico.
- ¡Ah! Tengo que llamar a Juan a
las 2 p.m…., es una distracción, pero si no lo
escribo sé que se me olvidará.- Saco mi agenda, lo
anoto y con calma continúo contemplando el Santísimo y disfrutando
de la presencia del Señor.
COMPROMETERSE
Miro una vez
más la Hostia en la custodia. - ¿Qué puedo hacer
hoy para mostrarte mi amor, Señor? No se me ocurre
nada. En mi programa de vida estoy trabajando en la
virtud de la paciencia. Siempre la pierdo cuando hablo con
Jaime acerca de la Iglesia. No podemos ponernos de acuerdo.
Hoy comeremos juntos. No lo voy a contradecir y trataré
de desviar la conversación lejos de estos puntos en que
discutimos. Señor, te prometo que no discutiré con Jaime hoy.
Quiero que mi sinceridad y gentileza reflejen las tuyas. Ayúdame
a ser más como Tú. - Padre Nuestro….Ave María….Gloria.
Si
hago la meditación en la mañana, es una buena idea
hacer algo más por la noche. Detenerme en una iglesia
de regreso a casa, rezar un misterio del Rosario, o
los cinco, antes de cenar o en familia. O pasear
por un parque después de clases o del trabajo para
hacer una lectura espiritual por 15 minutos. Asistir a Misa
todos los días es la mejor manera de consolidar la
vida espiritual; la comunión frecuente y la participación atenta en
el Santo Sacrificio se combinan para fortalecer la fe, la
esperanza y la caridad más que cualquier otro acto de
piedad.