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Cimientos de esperanza |
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CHILE | APOSTOLADO
| TESTIMONIOS |
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Soledad Fernández, alumna de periodismo cuenta a través de sus vivencias el gran significado que tuvo para los alumnos de la Finis Terrae convivir con familias de extrema pobreza, en Parral, y trabajar de sol a sol en esta comunidad.
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| Al partir se llevan las sonrisas, preocupaciones y momentos compartidos duratne estos días. | |
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Estábamos todos a la mesa. A la una en punto,
la señora Marisol Sastra nos llamó para almorzar. Dejó un
balde con agua, un jabón Lux recién abierto y una
toalla limpia para lavarnos las manos. Era el cuarto día
de los trabajos de invierno y ésta era la segunda
mediagua que los siete miembros de nuestra comunidad construíamos. El
dueño de la casa, don Rodolfo Fuentes, nos miraba con
una sonrisa nerviosa; todavía medio impactado de que le pidiéramos
que se sentara a comer con nosotros los tallarines con
salsa que les llevábamos ese día. Entre plantaciones de frambuesa
y remolacha, quedaba la casa de esta familia, una de
las treinta favorecidas por los trabajos de la universidad. Tres
niñas de 6, 10 y 14 años, compartían junto a
Marisol y don Rodolfo, los quince metros cuadrados, las tablas
podridas y el piso de tierra de su hogar. Los
cinco dormían en dos camas; en una pequeña pieza forrada
con plásticos y cartones. Fuera, en una especie de gallinero,
preparaban el fuego para el bracero y cocían el pan.
Teníamos hambre. Desde las nueve de la mañana no habíamos
parado de cavar, medir y nivelar los hoyos para los
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| Las inclemencias del tiempo no fueron obstáculo para realizar su proyecto. | |
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diecisiete pilotes de madera que sostendrían el piso. A esa
misma hora, tanto en el centro de la ciudad como
en otras zonas rurales de Parral, otras ocho cuadrillas se
preparaban para cargar baterías con un plato de comida preparado
por la dueña de la casa. Ese era el requisito.
La familia debía participar con nosotros en la construcción de
la mediagua. No llegamos como una empresa constructora. Necesitábamos la
ayuda de todos. De la buena mano para los tallarines
de la señora Marisol; de la fuerza de don Rodolfo;
de los besos y abrazos de las hijas; del agua
limpia de pozo que nos traían las vecinas. En dos
días la casa ya estaba lista. A la tarde siguiente,
volvimos a inaugurarla simbólicamente con la familia. Esa noche, con
las manos unidas, don Rodolfo y doña Marisol cortaron la
cinta tricolor en la entrada de su nueva casa. Estaban
de pie sobre un pedazo de cartón para proteger el
piso recién encerado. La luz de una ampolleta colgaba desde
el centro del techo, permitía distinguir sobre las tablas rojas
y las limpias paredes, decenas de pequeñas marcas hechas con
lápiz mina. Don Rodolfo había medido todos los objetos de
su antigua casa. Ya tenía los dieciocho metros cuadrados de
la mediagua totalmente distribuidos: dónde irían las camas, las muñecas
de sus hijas, el póster autografiado de Talía que le
había regalado su esposa; el baúl de la ropa, el
calendario, el reloj musical de pared con forma de violín.
Como los paneles aún estaba húmedos, harían falta unos cuantos
días de sol para que iniciaran una nueva vida. No
sé si mejor, pero, por lo menos, más digna.
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FECHA DE PUBLICACIÓN:
2002-02-26
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