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| Puesta de sol en el mar. | |
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Los herederos de la cultura "maya", casi un millón, viven
hoy en el estado de Quintana Roo, al sur de
México. De un pasado glorioso, les queda ahora la fe,
la tierra, una extensión de 51.580 km2, y unas cuantas
ruinas perdidas en el corazón de la selva. El resto
es pobreza que, bajo una piel morena, esconde grandes tesoros.
Selva,
sol y mar son el escenario donde más de 30
misioneros comparten el destino de estos hermanos mayas. Una labor
admirable que ocupa a los legionarios de Cristo desde 1970,
por especial encargo del Papa Pablo VI. Misioneros que, cada
día, conviven con los indígenas, aprenden sus dialectos, viajan en
jeep o a lomos de mula. Hombres que, junto a
más de 300 iglesias y oratorios, levantan dispensarios y talleres
de oficios. Sacerdotes que siembran el evangelio y enseñan el
arte de robar a la tierra un poco de maíz
para el sustento diario.
En la península de Yucatán, las misiones
de Cancún-Chetumal presentan tres realidades, tres caras muy diversas. Cancún
y la zona norte constituyen el centro turístico y desarrollado:
hoteles, arena y extranjeros millonarios. En la zona central se
extienden los poblados mayas. Al sur, Chetumal, gobierna como cabeza.
Ante esta diversidad social, los misioneros, dirigidos hoy por Monseñor Pedro
Pablo Elizondo, buscan la salvación espiritual y temporal de cada
persona. En muchas ocasiones el misionero se estrella contra el
muro de la indiferencia y el rechazo de la sociedad.
Pero le anima la certeza de trabajar y desgastarse, no
por las misiones de tal o cual parte, sino por
la gran misión de la única Iglesia de Cristo.
Experiencias como
la de este misionero recompensan una y mil vidas: "No
podía quitarme de la cabeza la idea del enfermo. A
medio día, en vez de regresar a casa, decidí visitarlo.
Me suponía quedarme sin comer y apresurarme para llegar a
tiempo a los demás pueblos. El sol castigaba sin clemencia:
40 grados a la sombra. Llegué. Lo atendí. Sufría lo
indecible. Dos veces había intentado quitarse la vida. Respiraba con
dificultad. Lo confesé. Era su primera confesión en 42 años;
la segunda de toda su vida. A cada palabra tosía
penosamente y escupía sangre. Le administré la unción de los
enfermos. Recé y, después de decir dos palabras de aliento
a su mujer, me marché. Cuando regresé al día siguiente,
ya estaba sepultado. Había muerto media hora después de mi
partida".