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Jn 20,19-31 (Artículo)
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El Dios de los vivos.
2014-04-10 (Artículo)

Despertando a la belleza, los tesoros y el amor de Dios
FILIPINAS | APOSTOLADO | TESTIMONIOS
El mundo es un lugar hermoso y sólo necesitamos abrir los ojos. Precisamente eso es lo que experimenté en mi misión a Pinagkiluhan, Filipinas.

Misiones en Filipinas
Durante el rezo del via crucis
7 de abril de 2004 Hoy tomé una decisión que va a cambiar mi vida para siempre. A pesar de mi compromiso con esta misión, siempre dudé de la capacidad de mis habilidades, y estas dudas incluso se incrementaron tras enfrentar esta nueva invitación. ¿Seré capaz de hacerlo? ¿Tengo acaso el derecho de hablar acerca de la Palabra de Dios cuando no he vivido mi vida de acuerdo a ella? Todas mis preocupaciones - ¿tendré tiempo? ¿Qué pasará con mis estudios? ¿Cómo se afectarán mis otros compromisos? ¿Seré capaz de mantener mi decisión?- fueron puestas a un lado durante las oraciones nocturnas que tuvimos en nuestra cuarta noche aquí. 8 de abril de 2004 ¡Hoy tuvimos un día realmente maravilloso! Ni todos los superlativos del mundo se acercarían a la descripción de la gracia que recibí hoy. Hoy, el lugar que me asignaron fue diferente. En vez de ir a Papaya, como usualmente hacíamos mi compañera y yo, fuimos asignadas a Pinagkiluhan. La primera casa que pudimos visitar, era el
Misiones en Filipinas
La comunidad participaba con entusiasmo en todas las actividades organizadas por los misioneros
hogar de un agradable señor mayor llamado Rodolfo, muy sincero y a la vez simpático, con quien tuve una maravillosa experiencia. Como teníamos acostumbrado, le preguntamos con qué frecuencia le era posible asistir a misa. Rodolfo nos dio una respuesta común: que solamente se celebraba misa en la capilla una vez al mes. Mientras la conversación se desarrollaba, quisimos saber sobre su vida espiritual, por lo que le preguntamos cuándo rezaba. Él estuvo orgulloso de decir que reza a menudo y aún más orgulloso de admitir que va a la Iglesia cada domingo. Esta respuesta me confundió mucho ya que sabía que solamente se celebraba misa una vez al mes, por lo que le pedí me aclarara sus respuestas. Tal vez me había equivocado, pero en una manera clara y con una sonrisa de confianza que daban lugar a pensar que estaba diciendo la verdad, me dijo que a pesar de que no hay sacerdote que celebre la misa cada domingo, él va para rezar. Su respuesta me hizo reflexionar sobre mí misma y al mismo tiempo se convirtió en un signo que Dios envió para guiarme. Esta gran fe que Rodolfo tenía, su habilidad para perseverar aún cuando las oportunidades no estaban abiertas para él, me hicieron verme a mi misma y preguntarme ¿por qué no aprovechaba esta maravillosa oportunidad que se me presentaba? Mientras que aquí estaba este hombre, detenido por la falta de oportunidades y sin embargo perseverando fielmente. Hoy conmemoramos la celebración de la Santa Eucaristía, no con la celebración de la Santa Misa, puesto que no había sacerdote disponible, sino que a través de una representación de la Última Cena y del Lavatorio de Pies. Unos días antes de esta celebración, conocí a una niña llamada Mei-mei. Mientras caminábamos de regreso a la casa después de la celebración en la capilla, entre la multitud que nos rodeaba sentí un pequeño abrazo en la orilla de mi camisa. Pude sentir que alguien se sujetaba a mí. En ese instante, sin siquiera mirar atrás, sabía que se trataba de esa pequeña niña. Ella había sido otro signo que Dios me había enviado. Aquí estaba yo, caminando, prácticamente arrastrada por la multitud, y sintiendo ese pequeño abrazo, una pequeña llamada para mirar atrás y responder. Ese mismo día, un poco más tarde, todos los misioneros fuimos a Papaya y llevamos con nosotros a un gran número de niños que nos siguieron desde la capilla. Tras terminar nuestra pequeña merienda, caminé a la orilla del agua, buscando pedazos de coral roto que parecieran letras y poder escribir mi nombre con ellas. Los niños ofrecieron ayuda y me preguntaron mi nombre. Yo respondí rápidamente, dándoles mi nombre de cariño. Pero ellos no estuvieron satisfechos con mi respuesta y me preguntaron de nuevo, esta vez, preguntando por mi nombre completo, así es que se los di. Poco tiempo después, Penny, una hermana mayor de Mei-mei vino conmigo y preguntó por mi apellido. Con alguna preocupación, también se lo di. Pude oír a los niños gritar, por lo que levanté mi cabeza para escuchar. Me sorprendió oír que estaban diciendo mi nombre, una y otra vez, casi como si lo estuvieran coreando, por lo que de inmediato me sentí avergonzada. Le pregunté a Penny la razón y ella me respondió con timidez que era para que cuando regresara, ellos no olvidaran mi nombre. Una vez más, me di cuenta que está era una llamada de Dios para regresar a este lugar y a Él. El sol empezaba a ocultarse así es que teníamos que iniciar el regreso a casa para poder llegar antes de que oscureciera. Mientras caminábamos, traía a Mei-mei tomada de mi mano izquierda y a su hermana Lyn-lyn en la derecha. No habíamos caminado lejos de Papaya cuando Lyn-lyn me tiró del brazo brazo para mostrarme algo que sostenía en la palma de su pequeña mano. Era una moneda de un peso. Su carita estaba iluminada de orgullo cuando me dijo que había estado guardándola. Dejó su moneda en la misma mano que utilizaba para sostener la mía y como sus manos eran muy pequeñas, le dije que la llevara en su otra mano para que pudiera detenerla bien. Éramos muchas personas las que caminábamos de regreso a casa, así que no me di cuenta que Lyn ya no estaba junto a mí. Solamente me di cuenta que había regresado. Ella sostuvo mi muñeca y no le di importancia pensando que tal vez mi mano era demasiado grande para sus manitas, pero luego ella volteó mi muñeca para poner la palma de mi mano hacía arriba y luego puso algo sobre mi mano. Cuando la miré, Lyn me sonrió levemente, puso su mano sobre mi puño cerrado y lo apretó, como sellando lo que hubiera en el interior. Cuando abrí la mano para ver lo que ella había puesto, vi el regalo más maravilloso: con el dinero que había ahorrado, Lyn compró dos chocolates y uno de ellos estaba ahí en la palma de mi mano. Por primera vez en mi vida, he cumplido un sacrificio de Cuaresma, así que el domingo, cuando la Cuaresma termine, voy a celebrar mi sacrificio de chocolates con ese pequeño tesoro que un ángel me dio. Dios ha respondido a mis plegarias. A través de las experiencias que tuve a lo largo de este día, Él me ha enseñado la belleza del mundo que creó para nosotros, los tesoros que Él puso dentro de cada persona y el amor incondicional que Él nos da. Él me ha despertado con su llamado y me ha inspirado para responder.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2004-07-26


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