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Dios eligió a dos de nuestros hijos para servirle
MÉXICO | APOSTOLADO | TESTIMONIOS
Nos queda claro que quien elige siempre es Dios y tanto nuestros hijos como nosotros hemos respondido de manera diferente pero siempre con fe y generosidad a esa llamada.

En casa había una gran devoción a la Virgen de Guadalupe.
Familia Leal con un hijo sacerdote legionario de Cristo y una hija que está consagrada en el Regnum Christi.

Presentamos a continuación el testimonio de los señores Leal, papás de un sacerdote legionario y de una señorita consagrada en el Regnum Christi.

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No es fácil tratar de explicar en pocas palabras lo que hemos vivido y sentido como familia desde que nuestros hijos Alberto y Maye salieron de casa siguiendo el llamado de Dios. Alberto, desde hace 13 años, entró al noviciado de la Legión de Cristo. Maye, desde hace 6, se consagró en el Movimiento Regnum Christi.

Alberto estudiaba en Monterrey la carrera de ingeniero mecánico administrador y justo a la mitad de la carrera, en el quinto semestre, se dio cuenta de que eso no era lo suyo. Era el año 1993 cuando nos dijo que, durante esa Semana Santa, se iría a pasar el triduo santo a Monterrey con los novicios, al seminario.  Cuando su papá le preguntó qué pasaba, él respondió que en su corazón estaba muy fuerte “la vocación”. Le dijimos que apoyaríamos su decisión y la respetaríamos, pero no por eso dejamos de preguntarnos: “¿Por qué él? ¿Por qué tuviste, Señor, precisamente por él esta predilección tan especial?”.

Nos queda claro que quien elige siempre es Dios y tanto nuestros hijos como nosotros hemos respondido de manera diferente pero siempre con fe y generosidad a esa llamada.

Hemos escuchado en muchas ocasiones a los padres que trabajan buscando vocaciones decir que la vocación es una cruz, y esa cruz la cargamos también el resto de la familia. Aquí no caben razonamientos humanos porque son siempre cortos y pobres. De lo que estamos seguros es que Dios, desde siempre, nos tuvo en su  mente para este llamado.

Maye decidió consagrase hace sólo 6 años. Inició su formación en Madrid, España. Después de 3 años la destinaron a Monterrey, donde ella había dado un año de su vida como colaboradora. Ahora está desempeñando su apostolado en la ciudad de Washington, D.C.

Cuántos recuerdos, cuántas añoranzas, cuántas lágrimas también por su ausencia. Cuando hablábamos por teléfono con ellos, a cada uno le escuchábamos feliz en su comunidad, haciendo lo que debían hacer. Poco a poco entendimos que en ese “sí” que le habían dado a Dios de manera concreta, también le estaban dando gloria.

Entendimos entonces que a Dios no se le puede negar a un hijo o una hija y fue entonces que le dijimos “Señor, te los entregamos con el mismo amor y confianza con la que Tú nos los entregaste cuando nacieron. Con esa misma alegría con la que los recibimos, porque sabemos que con nadie van a ser tan felices ni a estar tan bien como contigo”.

Cuantas veces imaginamos a nuestro hijo vestido de sacerdote subir al altar para ofrecer la santa misa por toda su familia. Ahora, después de 13 años, es ya una realidad.

Tuvimos la dicha inmensa de acompañarlo en su ordenación el pasado 23 de diciembre en Roma. Fue realmente una vivencia hermosísima, difícil de expresar con palabras, porque la emoción lo rebasa todo. Una experiencia muy fuerte en donde abundaron las lágrimas y el agradecimiento a Dios nuestro Señor por permitirnos verlo ese día convertido en sacerdote, y alegrándonos porque la Iglesia tiene desde el pasado 23 de diciembre 57 nuevos sacerdotes.

Agradecimiento también a Dios porque nos conservó la vida y la salud para acompañarlo toda su familia ese día tan hermoso. Cuántos papás de sacerdotes no han podido ver a sus hijos el día de su ordenación porque Dios ha querido llevárselos al cielo y a nosotros nos permitió verlo y acompañarlo en vida.

Uno de los momentos más emotivos y hermosos fue cuando nos dio la comunión y cuando recibimos su bendición sacerdotal. Venían a nuestra mente esos recuerdos cuando era niño y rezábamos con él y le dábamos la bendición antes de irse a dormir. ¡Cuántas gracias, Señor, cuántas bendiciones!

En verdad que no hay palabras suficientes, no alcanza la vida para darle gracias a Dios,  porque siempre lo sostuvo con su amor y su gracia a través de sus superiores y directores. Ellos le ayudaron y lo guiaron siempre. Como lo hacen también, con nuestra hija Maye, sus directoras. Viven rodeados de un mar de caridad y alegría.

Bien valieron la pena tantos sacrificios, tantas oraciones, la renuncia amorosa de tenerlos tan lejos. Le damos gracias a Dios porque sólo Él nos dio la fuerza necesaria, permitiendo en nuestros corazones una generosidad sin límites para entregárselos.

Terminamos este sencillo testimonio dando gracias a Dios por el don de nuestra familia y por haberse fijado en ella para pedir dos vocaciones.

Alberto y María Elena Leal (Ciudad de México).


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2007-03-29


 


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