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¿Cómo bajar a Cristo de la cruz?
MÉXICO | APOSTOLADO | TESTIMONIOS
Testimonio de una señora de familia misionera donde nos narra una experiencia que dio un vuelco a su vida durante las misiones.

La gran mayoría de las personas misionadas son de escasos recursos.
La gran mayoría de las personas misionadas son de escasos recursos.

México, 04 de abril de 2006. Nos encontramos a escasos días de comenzar las misiones de evangelización que se realizarán durante la Semana Santa. Aprovechamos esta ocasión para ofrecerles un testimonio que llegó recientemente a la página de Juventud y Familia Misionera. Es la narración de una señora que nos dice cómo su vida dio un vuelco desde sus primeras misiones de evangelización. Si desea saber más sobre las próximas misiones en su localidad, visite www.demisiones.com

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Sucedió en mis primeras misiones. Este hecho marcaría mi historia.

Era el final de la misión, y acababa de dar unas pláticas sobre el matrimonio a parejas amancebadas. Éstos estaban dispuestos a casarse por la Iglesia. Cuando ya se iba la gente, se me acercó una mujer. Era una señora joven, que había asistido a esas pláticas, pero aún no se convencía de casarse con su pareja, pues él no le era del todo fiel.

Estuvimos dialogando un rato sobre los "pros" y los "contras" de tal decisión. Fue una discusión bastante acalorada. Cuando nos encontrábamos enfrascadas en el punto más controvertido, se acercó por detrás su hijito, y de repente, empezó a tirarle de la falda.

—Mami, mami, le llamaba.
No era la primera vez que lo veía, pues otros días me había fijado en él cuando jugaba con los otros niños y las misioneras. Parecía muy avispado para su corta edad.
—Mami, mami, volvió a repetirle, tirándole de la falda.
—Mi hijito, respeta. ¿No ves que estoy hablando?
—Sí, mamá. Pero lo que tengo que decirte es muy importante. Ahí dentro hay un señor con los brazos abiertos colgado de la pared.

Las dos nos miramos asombradas, sin saber qué decir. Segundos más tarde me asombró aún más la contestación de la señora.

—No, mi hijito, no es un señor. Es Jesús, ¿recuerdas que
Niño preguntón durante las misiones.
«¿Qué has hecho hasta ahora por bajarlo de la cruz?».
yo te expliqué que cuando Jesús fue grande los hombres nos portamos mal con él, le hicimos daño en sus manos y en sus pies, le clavamos una lanza en su pecho y después lo colgamos de una cruz? Pero si tú recuerdas también, yo te dije que cuando te portas bien puedes hacer que baje de la cruz, y cuando te portas mal lo dejas colgado en ella.

Ante esta explicación el niño no respondió nada. Se quedó mirando a su mamá, y después, una vez comprendió lo que le había dicho, regresó corriendo a donde se encontraba el Cristo.

Nosotras pusimos cuidado en qué hacía sin llamar su atención. El chiquillo entró en la capilla del pueblo y se quedó mirando fijamente el crucifijo del altar. Este representaba un Cristo bellísimo en el momento de la expiración. El muchacho permaneció ahí un instante y regresó con la mamá.

—Mami, ¿cuánto tiempo lleva ahí Jesús?
—¡Ay, mi hijito! Muchas años. Mira, tú tienes cinco, y yo tengo muchos más que tú. Pues más de los que tienes tú y de los que tengo yo, hace ya que Cristo está clavado en la cruz.

Y ante esta expresión de la madre, el hijo afirmó:

—Pues, mamá, estoy pensando que si tú me has dicho que cuando me porto bien lo bajo de la cruz, y cuando me porto mal lo dejo ahí colgado, tú que tienes más años que yo, ¿qué has hecho hasta ahora por bajarlo de la cruz?

Estas palabras me llegaron directamente al alma. Jamás nadie me había hablado tan claro como lo hizo en esa tarde de verano este niño de cinco años, de cara manchada y pelo negro. Me dolió hasta el punto más interno de mis entrañas ¡Cuántas veces lo había dejado clavado ahí! ¿Qué había hecho yo con mis años por bajarlo de la cruz?

Y desde entonces prometí trabajar porque cada vez más lo bajáramos de la cruz, y porque cada vez fuéramos menos los que lo dejáramos ahí colgado.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2006-04-04


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