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Una misión para mí
| APOSTOLADO | TESTIMONIOS
El fin de este testimonio no es conmover a nadie, sino tenerlo junto a mi cama, repasarlo todas las noches, y nunca olvidar lo que pasó en Telolotla. Es para que reflexione en el trascurso del tiempo y en cuánto valieron la pena las misiones

Sentado bajo el rayo del sol en el colegio Lomas por más de una hora, a las 9 de la mañana de un sábado, miraba a mi alrededor y no encontraba la respuesta a una pregunta que me hice muchas veces durante la semana, ¿Qué hago yo aquí?

Un poco arrepentido de haber tomado la decisión de ir de misiones, pensaba en mis amigos que estaban disfrutando sus vacaciones en la playa; anhelaba el poder estar con mi familia en la nieve, pero no, había decidido sacrificar esta semana. Empezaron a llegar mis amigos. Sólo cinco incluyéndome a mí habíamos tomado este camino, un camino largo, cansado, difícil y muy sacrificado.

¿Qué tendrían de especial las misiones?

Nos enteramos de que un tal Andrea Piccolo sería nuestro responsable. Al preguntar a otros misioneros, nos llevamos una gran decepción por la apatía con la que nos describían su personalidad. Sin embargo, era increíble pensar que éstas eran las octavas misiones a las que él asistía. Algo han de tener de especiales las misiones, pensé.

Dios me pedía a gritos que fuera

Tardaron, pero al fin llegaron los camiones que nos llevarían a la Basílica de Guadalupe para la misa de partida. Subí mis múltiples bultos: un saco de dormir, una maleta llena de botellas de agua, una maleta llena de comida y una más de ropa, derramando las primeras gotas de sudor de la semana. Salimos hacia la Villa y yo simplemente miraba por la ventana. La curiosidad, la ansiedad, la desesperación y la incertidumbre eran sólo algunos de los sentimientos que llevaba conmigo. Estaba desubicado, no sabía ni a dónde iba, ni qué iba a hacer, ni por qué lo iba a hacer. Hasta que recordé la razón por la que había decidido ir. No fue alguien que me invitara, no fue un vídeo el que me convenció, ni siquiera una decisión que tomé porque quería hacer algo por alguien. Fue Dios el que sembró en mí la necesidad de ir y sabía que si no oía su llamado y lo obedecía, no estaría tranquilo. Sabía que había una razón por la que me lo pedía y que aunque yo le reclamara ¿por qué yo, por qué no alguién más? Yo quiero divertirme en estas vacaciones, Dios me lo seguía repitiendo. Y fue tal su insistencia, que me encontraba ahí, mirando por esa ventana, dirigiéndome a la Villa.

Fue una misa larga. los misioneros de varios estados de México estaban en esa explanada, todos con una misma misión, una misión que hasta hace un mes, pensaba que era para otros, bromeaba sobre ella con mis amigos y hasta me burlaba de la posibilidad de ir.

Rumbo a la sierra

Minutos después nos dirigíamos a la Sierra Poblana. Llegaríamos a la cabecera, donde cada comunidad mandaría por sus misioneros. Caí en un profundo sueño que fue interrumpido por la inesperada parada de los camiones que habían sido atrapados, debido a la dificultad y el peligro de las curvas. Tuvimos que bajar y seguir a pie. Caminamos un par de horas, subiendo una pendiente cada vez más inclinada. Los moscos empezaron a aparecer, una de las múltiples pesadillas de las misiones. El cansancio ya era mucho, pero tuve suerte pues conseguimos que el párroco nos llevara en su coche a un amigo y a mí hasta el lugar de reunión, donde la gente del pueblo nos dio una gran bienvenida, con comida local que nos habían preparado con gran dedicación. La comida era una gran preocupación para mí. Estaba negado a comer lo que me dieran, pues sabía que los alimentos no iban a ser de mi agrado. Pensaba comer sólo de lo que yo llevaba: jamón serrano, atún enlatado, sopa instantánea, etc.

Las primeras dificultades

Esa noche no tenía nada de eso, pues mis maletas estaban atrapadas en la sierra dentro del camión, y no había probado bocado desde aquella mañana. Cansado, hambriento y preocupado, pensaba en ¿qué sería de esta semana si se llegaran a perder las maletas?, ¿me regresaría a casa? Ahora sé que no me hubiera afectado en nada. Los rumores de que muchas maletas estaban perdidas se esparcían, pero fue un gran alivio cuando llegó el camión seis, y el equipaje estaba completo.

Mi estómago rugía de hambre, pero no estaba permitido comer de lo nuestro enfrente de los pueblerinos, habiendo ellos preparado comida para nosotros. Veía y analizaba detenidamente todo lo que yacía sobre esa mesa larga, y después de unos minutos me convencí de probar un poco de arroz, el primer platillo local de muchos que consumí.

La larga espera para que llegaran por nosotros estuvo llena de anécdotas sobre misiones pasadas. Anécdotas sobre apariciones del diablo, sobre las garrapatas que se metían en la piel, los alacranes, las arañas, las víboras, en fin, de lo complicado que era misionar en muchos de los pueblos. Decidí ir a comprar un machete para facilitar el trabajo.

Llegaron por nosotros y nos dirigimos hacia Telolotla, el pueblo que nos habían asignado. De camino hacia allá no hicimos más que criticar a Piccolo, comentando la mala suerte de que nos hubiera tocado y diciendo que nadie obedecería sus órdenes. Finalmente llegamos a una comunidad totalmente aislada de la civilización, arriba de una montaña, en una selva muy verde, en la que en pocas horas se pasaba de un infierno caluroso a un ambiente de neblina y lluvia, muy friolento por momentos, pero seguidos de intenso calor. El polvo era un abundante integrante del lugar.

Nos prestaron la sacristía de la pequeña iglesia para que pasáramos esa noche. Inflé mi colchón, me acosté sobre él y me metí en mi sleeping bag para protegerme del frío y de los arácnidos que compartían el cuarto con nosotros. Cerré los ojos y pronto el sueño me venció, un sueño que fue interrumpido incontables veces por el viento que azotaba la lámina, los perros, los gallos, los puercos, los camiones... Con todo eso, y con mi colchón que se desinfló sin razón, pasé una noche realmente mala.

Una actitud positiva

Nos levantamos muy temprano y amanecí con un dolor muy intrigante en el hombro por la dureza del piso. Piccolo nos levantaba con gran insistencia y abríamos los ojos sólo para mirarlo con furia, pero a los pocos minutos nos acoplábamos al entorno en el que nos encontrábamos. Dios me dio su gracia para poder tomar una actitud positiva desde esa primera mañana, y empecé con ganas y dispuesto a dar todo para ayudar en lo que pudiera a la gente.

Esa misma mañana nos mudamos a la escuela que colindaba con la iglesia. Usamos un salón para dormir y otro de cocina. Las bancas nos servían de camas, aunque yo me refugié toda la semana en la tienda de campaña que armó un amigo, para escaparme de las masas de moscos y de arañas que nos invadían. Podíamos sacar agua de una especie de pozo, con una cubeta de agua. Basura flotaba en la superficie del pozo, pero ya era una ganancia importante el contar con un poco de agua. Los baños asustaban al más valiente, pero poco a poco nos acostumbramos.

Nos instalamos y posteriormente Piccolo nos describió nuestro itinerario diario: meditación, desayuno, visitas a las casas por cuatro horas, comida, juegos con los niños, catecismo a los niños, rosario, pláticas a los adultos y luego misa algunos días; finalmente cena y tribuna libre.

Las comidas las hacíamos en diferentes casas cada día. Ése fue uno de los tantos sacrificios que hice durante la semana. Pero al ver que la gente, siendo que no ganaban más de seis mil pesos al año y que no te daban lo que les sobraba, sino lo que les faltaba, no podías dudar en comer lo que ofrecían. Se veía la decepción en su rostro cuando alguien dejaba algo en el plato, así que decidí comer todo lo que me pusieran enfrente.

La experiencia de compartir

Por la mañana pasábamos de casa en casa hablándoles de Dios e invitando a la gente a que acudieran a las actividades que organizábamos en las tardes. Todos nos recibían con gran alegría y amabilidad y querían que estuviéramos todo el tiempo posible en sus hogares. Lo que más apreciaban era que les escucháramos, que viviéramos con ellos sus tragedias y compartiéramos con ellos sus momentos de dolor.

Un día, después de visitar docenas de casas y dispuestos mi compañero Alonso y yo a regresar a la escuela para descansar un poco, nos encontramos con una casa que no habíamos visitado. Hicimos un último sacrificio y resultó una experiencia que cambió el panorama de mi vida, tornando mis problemas más grandes en ni siquiera preocupaciones. Nos atendió una amable señora, ya grande, con la que platicamos de muchas cosas. Entre ellas nos contó sobre su hijo Abel, quien hacía algunos años era un joven normal (estaba bueno, exclamaba la señora). En un lapso de tiempo muy corto, su vida había dado un giro de 360°, como una maldición. Abel empezó a actuar como un ser irracional, violento, que mordía a la gente, huía a la selva y regresaba, hasta llegarle a tumbar los dientes a una señora indefensa con un machete. La gente se escondió por 15 días de la amenaza en la cual se volvió Abel. Un gemido que salió de atrás de mí me hizo voltear y ver entre los orificios de la madera a un hombre acostado, en una jaula. Llevaba sin ver la luz del sol nueve años, dentro de un espacio de metro y medio por metro y medio. Se le daba de comer por una pequeña abertura. Al verlo se me fue el habla. La señora señalándolo nos decía: Decidí encerrarlo, ya no podía vivir así, y derramó una lágrima. Ése era verdadero sufrimiento, verdadero dolor. La hermana de Abel nos dijo que sí entendía cuando se le hablaba, así que nos paramos Alonso y yo, caminamos lentamente hacia la jaula y nos asomamos por el hoyo. Abel se paró rápidamente y se acercó a nosotros. Conmovido ante el momento y sin pensarlo extendí mi mano y la metí a la jaula. Abel rápidamente agarró mi mano y me saludó como un hombre con sentimientos, que necesita de amor. Se le veía en los ojos su sufrimiento y la necesidad de cariño, la necesidad de una oportunidad de rehabilitarse. Rezamos por él junto con la familia, y luego partimos. Regresamos diariamente a rezar por él y la familia nos lo agradeció mucho, pero no había más que pudiéramos hacer.

Un día, mientras platicaba con Piccolo de mis cosas, pues su misión no era con la gente sino con nosotros, una mujer se acercó y nos dijo que su padre quería hablar con los misioneros. La seguimos hasta su casa. Ahí estaba el anciano, con gestos de pleno dolor y enfermedad. Nos sentamos junto a él y nos explicó todo lo que le pasaba, punzadas por dentro de la cabeza, en el cuello y en el hombro. Se retorcía ante nosotros y cada segundo que pasaba era una tortura para él. Yo sentía una gran impotencia por no poder hacer nada, simplemente le aconsejaba paciencia y oración. Pero en esos momentos vivía los sufrimientos del señor con él, quería ayudar de alguna otra forma pero me era imposible.

Lo mismo me pasaba con otros, como con Vicenta, quien no tenía más de 25 años y sufría de algún trauma probablemente causado por maltratos en su casa. Sus dientes se los había tumbado su padre de algún golpe, por lo que no se le entendía al hablar. Vivía al aire libre en la soledad con los puercos de su padre, pues éste no la dejaba entrar a la casa en donde vivían sus hermanos y su madrastra. Su deber era limpiar sin recompensa. Poco se le daba de comer para que se muriera. Después de conocer su forma de vida, fui por ella para brindarle un poco de cariño del cual estaba muy necesitada. La llevé a misa y a que se confesara, y supe que sintió un poco de paz. Pero esa felicidad era momentánea, pues sabía que cuando llegara a su casa, su entrada sería negada y regresaría al tormento de vida en el que había vivido desde que llegó al mundo.

La pobreza de la comunidad era impresionante. La suciedad en la que vivían, el poco conocimiento que tenían, su forma de vida en general contrastaba tanto con la que yo vivía. Yo les iba a enseñar algo que les sirviera para vivir felices, cuando ellos realmente me enseñaban a mí con su manera de vivir como debería afrontar mi vida.

La convivencia con los niños fue algo especial en las misiones. Los juegos y el catecismo eran una convivencia que provocaba que me encariñara mucho con ellos. Siempre participaban en todo y estaban ahí para aprovechar todo el tiempo que podían con nosotros. Todo querían y todo pedían, y llegaba a quererlos tanto, que con tal de verlos felices hacía lo que podía para conseguir algo que darles.

La asistencia de los adultos a las pláticas y rosarios fue aumentando cada día, y yo trataba de trasmitirles algo de lo que sé para que les ayudara. Era una necesidad de echarles la mano que jamás hubiera imaginado.

Una carta a Dios

El ver el sol ponerse día con día en Telolotla era un gran alivio. Cada vez se acercaba más la comodidad de nuestras casas, regresar a la burbuja en la que no había problemas, ni preocupaciones, ni sacrificio. Y aunque había dejado todo en cada casa, en cada plática, y me había sacrificado todos los días y había visto lo afortunado que soy, me urgía dejar ese lugar y sentirme satisfecho y generoso por lo que había hecho.

Fue el jueves en la noche cuando todo cambió, dándome cuenta de muchas cosas de las cuales había estado cegado toda mi vida por el mismo entorno y ambiente de superficialidad en que vivo. Me tocó adorar al Santísimo de cuatro a cinco de la mañana. Sentado ante Él, no tenía más remedio que hablarle, sin distracciones, sin poderme esconder. Hasta ese día no creía que Dios me podía decir algo tan claro y tan conciso. Ahí solo con Él le escribí una carta en mi mente que era así:

Dios, no me queda más que darte las gracias de estar aquí, de todo lo que he logrado con estas misiones. Sé que te renegué cuando me pediste que viniera pero hoy no puedo dejar de agradecerte que me hicieras venir. Sentado en una banca, a las cuatro de la mañana en medio de la nada, debajo de un cielo empapado de estrellas y de una luna llena que me invita a pensar en Ti y en tu grandeza. Quiero decirte que vine a cambiar vidas, y la vida que más ha cambiado es la mía. Vine a tratar de ayudar a alguien y el más ayudado he sido yo. Aprendí a verte a través de los ojos de un niño y de un anciano, y así he aprendido a amar al prójimo y poner los intereses del prójimo antes que los míos. Sé que de hoy en adelante, viendo lo que he visto no viviré en paz si no me pongo a hacer algo por los demás, porque me doy cuenta de lo que me has dado y te lo agradezco, pero no sólo te lo agradezco sino que me queda claro que así como me diste me vas a pedir. Estoy dispuesto a hacer lo que tenga que hacer para ser feliz, y sé que no seré feliz de otra manera mas que cerca de Ti y amándote por medio de ese anciano, ese enfermo o ese niño que me necesita. Una vez más muchas gracias y te pido que no me quites esta actitud con el tiempo ni que el ambiente en México disuelva estas ganas que tengo de cambiar, porque sé que mi voluntad es débil, pero tu gracia es fuerte. No permitas que me separe de Ti, porque contigo me siento tranquilo, me siento lleno. Ya no le tengo miedo a nada, ni siquiera a mi más amargo temor que es el demonio. Contigo ya no le tengo miedo al fracaso en esta vida, porque estar cerca de Ti ya es el éxito mismo. Es aterrador lo que puede cambiarte el rumbo de la vida la sola mirada de un niño desamparado, la lágrima de una señora necesitada de un consejo, el agradecimiento de un anciano al cual escuchaste. Porque eso es lo que he vivido en estas misiones y una vez más, muchas gracias”.

Contemplando las estrellas

Después de decirle esto a Cristo, salí de la Iglesia, me paré junto a un árbol, admiré las estrellas y la luna, cerré los ojos por un segundo, sentí una felicidad y una paz que nunca había sentido y deseé guardar ese momento y que nunca desapareciera. Quise que durara para toda la eternidad y en ese segundo me di cuenta de cómo más o menos es el cielo. Después de unos minutos regresé a mi colchón de alberca y dormí a gusto.

El viernes en la noche, vi salir la primera estrella ante una luna brillante y completamente llena. Como de costumbre pensé en pedir un deseo, como en el pasado siempre hacía al ver brotar la primera estrella. Me recosté y traté de pensar en algo que deseaba o necesitaba pero pasaban los minutos y cada vez me extrañaba más el ver que no encontraba nada. Tenía alguna que otra ocurrencia que alguna vez había pedido, pero ahora no quería nada. Ahí me di cuenta de lo lleno de felicidad que estaba, lo lleno de Dios, porque nada me faltaba. Sentía que todo lo tenía.

Hacer algo por los demás

Esa noche tuvimos una tribuna libre, en la cual todos expresaban sus experiencias y opiniones acerca de las misiones. Fue claro que fue una experiencia inolvidable para todos, pero para mí fue algo más profundo. No lo tomé como una experiencia para recordar, sino como un llamado a reaccionar y hacer algo. No sólo aprendí a valorar lo que tengo y apreciarlo, sino también a darle la importancia que merece a cada cosa, porque para mí lo material ya no es lo más importante, sino sólo un medio para ayudar a los que no lo tienen. Me queda claro que para que otros se den cuenta de esto tienen que vivirlo, pues ni un testimonio, ni un video, ni una conferencia los ayudará a darse cuenta de qué es lo que realmente vale en esta vida. También le agradecimos a Piccolo, que fue una base importante en estas misiones, que toda la apatía que le teníamos al principio se convirtió en admiración y agradecimiento por habernos guiado y apoyado tanto.

Todos concluimos en la lástima que sentíamos hacia la gente, hasta que otro responsable que estaba de visita nos dio unas palabras que nos dejaron helados. Sus palabras me hicieron sentir basura, pero tenía razón. No tengan lástima por la gente de aquí, que es cierto que tiene carencias, pero deben tener más lástima por ustedes mismos. Esta gente tiene poco, pero vive tranquila con lo que tiene. Para ustedes nada es suficiente, no valoran nada ni agradecen lo que tienen, y sobre todo no lo aprovechan. Tienen muchas cualidades que deben de ser utilizadas para Dios y no para su propio placer.

Al final ya no consideraba nada de lo mío como una seria preocupación. De sentirme el ser más generoso en la tierra por haber dado una semana a los demás, me sentí basura. Basura por haberme quejado por cosas insignificantes como una araña, un piso demasiado duro para dormir, una rata en nuestro cuarto, los 39° de calor, demasiadas tortillas, lo agotante que fue bajar por una hora y media al río. Porque yo viví ahí una semana, pero hay gente que vive ahí una vida entera.

Lo más importante es que salgo de ahí con el firme propósito de hacer algo productivo por los demás, y de seguir la palabra de Dios sin que mi soberbia, mi avaricia, mi pereza o mi egoísmo sigan influyan en mi vida.

¿Por qué no te quedas?

Llego el último día. Regalé mucha de la ropa que traía y traté de aprovechar los últimos momentos con los niños, quienes una y otra vez me repetían ¿Por qué no te quedas, por qué te tienes que ir? Yo les contestaba que tenía que ir a ver a mi familia, pero que regresaría el año siguiente si podía. Era muy poco probable que un misionero se volviera a parar en esa tierra, pero no quería causar decepción. La tristeza en su mirada y el llanto de las ancianas me petrificaba. Era como una ilusión para ellos la que se iba. Uno por uno les di la mano y cada vez me entristecía más. Llegué al coche con un nudo en mi garganta y un dolor en el pecho que no resistía. Quería no sólo llorar, sino berrear.

Me despedí de Telolotla, un lugar al que me había costado mucho trabajo el llegar, pero mucho más el salir. Lo admiraba desde lejos, con las pupilas envueltas en lágrimas, y fue entonces cuando me entró la seguridad de que ese momento no iba a ser el último en el cual iba a respirar el aire de Telolotla.

Solo hay una respuesta para mí a la pregunta ¿Cómo te fue de misiones? Y ésta es: lo mejor que he hecho en toda mi vida.

El fin de lo que escribo no es conmover a nadie, ni tratar de hacer cambiar a nadie, aunque me gustaría que así fuera. No trato de recrear sentimientos mediante palabras, sino que son los sentimientos los que crean estas mismas palabras y les dan un sentido quizá un poco conmovedor. El fin de este testimonio es personal, es para tenerlo junto a mi cama, repasarlo todas las noches, y nunca olvidar lo que pasó en Telolotla. Es para que reflexione en el trascurso del tiempo, en un futuro cercano o más bien lejano cuánto valieron la pena las misiones. Porque las misiones no acabaron cuando me limpié las lagrimas y partí hacia mi casa, sino que ahí comenzaron.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2003-03-25


 

 


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