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Misiones en la cárcel de mujeres
| APOSTOLADO | TESTIMONIOS
"Vos ocúpate de las cosas de Dios que Él solito se va a ocupar de las tuyas"

Maria Sofía Garat
A la izquierda, María Sofía Garat
En el año 2000 sentí claramente el llamado de Dios a una vocación más comprometida que la de una simple católica practicante. A pesar de trabajar en el Movimiento Regnum Christi en Argentina, sentía que Dios me estaba pidiendo más... y tuve mucho miedo de ese "más" que Él me estaba pidiendo.

Decidí ir poco a poco, comenzando por darle un año de mi vida al servicio de la Iglesia, a través del Movimiento. Eso sí me entusiasmaba: ser colaboradora. En verdad no tenía mucha idea de lo que implicaba serlo, pero me entusiasmaba el testimonio de las grandes colaboradoras que pisaron mi tierra durante la fundación del Regnum Christi en Argentina, y a quienes debo gran parte de la formación que recibí. Entre ellas estaban Ani Simán, Mary Arredondo, Ana Paula Nuñez, Diana Richardson, Sandra Estrada, Ana Paula Treviño, entre otras tantas...

La despedida no fue tan complicada, pues mis padres siempre han apoyado mi trabajo apostólico en el Regnum Christi. Todo estaba bien dispuesto, pero aún faltaba poner "mi" entrega, pues, a decir verdad, los objetivos personales que atraían mi atención eran otros: salir de Buenos Aires, conocer otros lugares, conocer más el Movimiento, pasarla bien, etc. Aunque sabía que también comportaba algunos sacrificios personales (novio, familia, amigos, etc.), el verdadero problema era que yo no había decidido todavía ponerme a disposición de Dios.

Mi año como colaboradora no fue tan fácil... Mi primer destino fue la Ciudad de México, en la Universidad Anáhuac. ¡Qué recuerdos tan bonitos! Lo que más me impresionó y me llenó durante todo este tiempo fue el trabajo directo con las almas. Cada día me admiraba cómo Dios era capaz de utilizarnos como finos instrumentos para repartir sus gracias a tantas almas necesitadas de Él si nos prestamos con generosidad.

A partir de este momento comencé poco a poco a comprender la misión que Dios tenía preparada para mí y mis objetivos fueron cambiando. Ahora era yo la que necesitaba cada día más la experiencia de Dios y la que, sedienta, pedía a gritos su amor. Sin embargo, todavía sentía la inquietud de que debería hacer algo más, de que me pediría algo más, lo sabía... y entonces, Dios habló. Fue a la mitad del curso cuando me dieron la noticia: "Sofía, te vas a Chile".¡Cómo sufrí ese momento! ¡Cómo sentí la angustia de dejar a mis niñas, mi Universidad, el apostolado, mis amigas colaboradoras de las que me había encariñado tanto! Ahí experimenté la virtud del desprendimiento y de lo rica que puede ser si la tomamos como un medio para amar más a Dios.

Partí a Chile a una comunidad de consagradas increíble y a encontrarme con una sección de niñas más increíble aún. Los miembros del Movimiento de la sección de Santiago me cautivaron gracias al testimonio de entrega y generosidad. Y destaco a varias de ellas, como Carola Ruiz Tagle, Anita Silva, Ignacia Ureta, etc. Mujeres verdaderamente entregadas a la misión y al apostolado, no faltaban días en que ahí se encontraban ellas prestando ayuda, ofreciendo el servicio. En esto fue un gran ejemplo para mí la Ignacia Ureta Roberts, hoy a pocos días de consagrarse.

Mi misión como colaboradora en Chile era totalmente diferente. Me encomendaron un proyecto increíble de Juventud Misionera en la Cárcel de Mujeres de Santiago. Indudablemente esta fue una experiencia que me marcó para siempre, ya que nunca había vivido tan cerca la presencia de Jesucristo como cuando estuve con los presos. Recuerdo que una vez me dijo una niña a quien invité a misiones de catequesis en la cárcel: "Pero Sofi, ¿porque tenemos que ir a ayudar a esas mujeres que sólo se han empeñado en hacerle mal a otras personas? Ellas no se lo merecen. Vamos con los pobres, pero no con las presas". En ese momento recibí una luz tan fuerte que me hizo caer en la cuenta que Jesucristo "no vino para curar a los sanos sino a los enfermos". ¡Jamás imaginé que aprendería tanto en ese apostolado! Una experiencia tan fuerte que jamás podré olvidar.

El tiempo pasó, mi año terminaba, y yo todavía no descubría que era aquello que Dios me estaba pidiendo. Todavía sentía dudas, dudas sobre mi vocación, sobre lo que debía hacer con mi vida. Y llegó la gran fiesta, esa fiesta tan importante para los miembros del Movimiento, Cristo Rey. Al momento de la comunión me arrodillé y le pedí ardientemente que me mostrara lo que quería para mí. Ya no me importaba si me pedía la vida entera, sólo quería saberlo y ya. Y nada...

Terminó la misa y a la salida de la capilla me encontré con otra de las personas que me han dado claro testimonio de entrega y generosidad: Bernardita Ureta (madre). No recuerdo las palabras exactas que me dijo, pero la breve conversación que tuvimos me dejó pensando. Ella tenía super claro que su vocación era el matrimonio y la santificación de su familia a través del mismo. Sentí unos deseos enormes de hablar con Jesucristo y regresé a la capilla del colegio Cumbres. Me arrodillé y le pedí a Dios una señal. Fue en ese momento cuando vi claro qué era lo que Dios quería de mí. Bajé la mirada y descubrí frente a mí, en el asiento de adelante, un libro del cual no recuerdo bien el título, pero se refería a la familia y a la santidad o algo por el estilo. En ese momento, una inmensa paz iluminó mi alma y me quedé tranquila sabiendo que Dios me llamaba a formar una familia y santificarme en ella, buscando la santificación de mis hijos y mi marido. Fui feliz, profundamente feliz, ya que al fin Dios me había comunicado cuáles eran sus planes para conmigo. Salí radiante de la capilla y desde ese momento recé para que pronto pudiera hacerlos realidad.

Mi año terminó y dejé Chile con mucha tristeza. Ganas para dar otro año no me faltaban, pero tenía otras obligaciones que no me lo permitían (la Universidad, por ejemplo); además la sección de señoritas de Buenos Aires también me esperaba para seguir trabajando en ella. Regresé super entusiasmada, llena de cosas dentro y con muchísimas ganas de transmitírselas a todos los que se me cruzaran en el camino: mi familia, mis amigas, mi novio, etc. Pero la llegada fue más dura de lo esperado. Sentí que yo era una extraña en medio del ambiente que me rodeaba; sufrí mucho, me costó demasiado seguir siendo fiel a Dios y a mi compromiso de ser su apóstol. Muchas veces caí, pero gracias a la oración y a la gracia volví a levantarme.

Las cosas con mi novio no resultaron como esperaba. Nos encontrábamos en sintonías diferentes y, muy a pesar nuestro -llevábamos 5 años juntos y teníamos serios planes de casarnos- decidimos terminar con nuestra relación. Pensé que ya no encontraría al hombre para llevar adelante la vocación matrimonial a la que estoy llamada y decidí seguir con mi vida.

Hoy día estoy de novia y muy feliz con un miembro del Movimiento de la sección de Chile, un ex colaborador, con el cual compartimos no sólo nuestras vidas, sino también el amor inmenso a Cristo y a la Virgen. No sé lo que el Señor tendrá planeado para nosotros, pero si algo he aprendido de todo esto es que Dios es generoso, muy generoso, y que nunca se deja ganar en generosidad. Como decía una poesía "Dios no se deja ganar cuando se trata de dar".

No querría terminar este testimonio sin dejar de agradecer a mis padres que en todo momento me apoyaron y desde chica me formaron en la fe católica para que fuera la mujer que hoy soy. Principalmente se los debo a ellos, al empeño y la paciencia que siempre me tuvieron. Y me gustaría terminar con una frase que un día me dijo mi padre y que me marcó para siempre; desde que la he llevado a la práctica en mi vida todo ha funcionado increíblemente perfecto: "Vos ocúpate de las cosas de Dios que Él solito se va a ocupar de las tuyas". Prueben.

María Sofía Garat
Buenos Aires, Argentina


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2001-09-10


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