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Encontré la verdadera felicidad y el amor de mi vida |
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ESPAÑA | APOSTOLADO
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«¿Eres feliz?». «Sí... Bueno, totalmente feliz, plenamente feliz... no». Hasta bastantes años después no pude responder, en voz alta y en mi interior, «Sí, ahora sí soy feliz»
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«¿Eres feliz?». Fue la pregunta que alguien, no recuerdo bien
quién, me hizo siendo aún niña. «Sí», recuerdo que respondí
en voz alta. Pero luego... en mi interior, me volvió
a resonar la pregunta y me escuché a mí misma
respondiéndome de nuevo: «Bueno, totalmente feliz, plenamente feliz... no». Hasta
bastantes años después no pude responder, en voz alta y
en mi interior, «Sí, ahora sí soy feliz, encontré la
verdadera felicidad». Nací en Segovia, una pequeña ciudad española, muy
bonita y entrañable, con monumentos romanos, góticos y barrocos que
fueron dejando huella de la historia. Soy la mayor de
siete hermanos de una familia sencilla, normal, en la que
aprendí lo más valioso que se puede heredar: la fe.
Como en cualquier familia, cada uno tenía su forma de
ser, sus gustos y pasatiempos, había a veces peleas y
enfados; pero todos los hermanos nos queríamos y, aún ahora
que la distancia física nos separa, seguimos unidos a través
de algo que es más fuerte: la oración. Recuerdo que
mi madre nos reunía a todos para rezar el rosario
y ofrecer las flores a María en el mes de
mayo, dedicado a la Virgen. De mi madre aprendí también
el orden, la limpieza, a ser organizada; pero sobre todo,
recuerdo su capacidad de sacrificio y abnegación, su saber callar
y guardar silencio, su testimonio de entrega, a pesar de
la ingratitud inconsciente con que a veces respondíamos. De mi
padre aprendí el arte de trabajar y aprovechar el tiempo;
recuerdo que me invitaba a adelantar en el verano las
materias del curso siguiente, cosa que nunca llegué a hacer;
pero ahí quedó su lección: el día tiene muchas horas
y si te organizas puedes sacar tiempo para todo. Le
recuerdo activo, siempre haciendo o pensando en algo que hacer,
alegre y con espíritu emprendedor, buen negociante y sin respeto
humano para pedir que le regalasen, o rebajasen. Durante muchos
años procuró que fuéramos todos juntos a misa los domingos,
cuidó las amistades y ambientes en los que estábamos, buscando
siempre darnos lo mejor. Como éramos tantos, cada uno tenía
su responsabilidad en la casa, empezando por hacer su propia
cama. Por las noches, antes de dormir, me enseñaron a
rezar y a despedirme de Dios. Desde niña estuvo presente:
acudía mucho a Él para pedirle por toda una lista
interminable de personas e intenciones que terminaba en «por todos
y cada uno de los hombres y lo que necesiten».
En alguna ocasión hasta llegué a ofrecerme por la salvación
de los hombres... pero le pedía que no me doliera.
Fue una infancia realmente feliz. Cuando tenía 14 años, dos
de mis hermanos se fueron con los Legionarios de Cristo
–una congregación apenas conocida en España en aquel entonces– para
ser sacerdotes. No nos hizo mucha gracia a ninguno de
los hermanos, pero mis padres, sobre todo mi madre, siempre
los apoyaron. Después de esa primera reacción de rechazo, pasé
por la aceptación de lo que yo creí que era
su elección; al igual que yo quería ser médico como
mi padre, ellos querían ser sacerdotes. Y terminé envidiando a
mis hermanos porque eran felices. Recuerdo que alguna vez llegué
a pensar que si fuera hombre, sería sacerdote legionario. Pero
no lo era, así que Dios tenía que tener otro
camino para mí. Me encantaba el cine, la música, leer,
coser y las labores manuales, y ¡bailar!; mi último descubrimiento,
¡el baile de salón!: el vals, el swing, pasodoble, rumba,
rock,... Me encantaba mi carrera y estudiaba, y mucho, con
gusto. Pero todo ello (carrera, amigos, trabajo, baile...) no me
hacía feliz; había algo que me faltaba y no sabía
qué era, no me sentía plena. En enero de 1994
mi hermano Nino –así le llamamos en casa al ahora
P. Marcelino L. C. – me invitó a ir a
Roma donde tendrían lugar unos eventos. Decidí ir para encontrarme
con mi hermano, pues la verdad, no tenía ni idea
de lo demás. Además de mi hermano, me encontré con
mucha gente a la que veía feliz y con una
certeza: la felicidad está en Dios, en encontrar la misión
para la que Dios me ha creado, en descubrir la
voluntad de Dios en mi vida y seguirla. Al regresar
a Madrid y empezar la residencia, pues acababa de aprobar
el examen para poder estudiar una especialidad médica, empecé a
preguntarme qué era lo que Dios quería de mí. Un
día, estando en el hospital, algo en mi interior me
dijo que no era ese mi lugar, que había algo
más, aunque no sabía qué era. Dios, valiéndose de la
inquietud que tuve desde niña de ser misionera (aunque más
bien había pensado en ello como médico), me llevó a
México de misiones. Un libro que mi hermano Juan Ramón,
hoy el P. Juan Ramón L. C., escribió y me
envió por correo, «Pocos se atreven», fue el instrumento del
que se valió para dar ese paso. Siempre había dicho
que si terminando mi carrera no tenía la vida resuelta
(novio, marido, hijos), me iría de misionera. Y por las
misiones empecé a conocer más el Movimiento Regnum Christi y
a Jesucristo. En una adoración nocturna, con el Santísimo expuesto,
cuando llegó mi turno y me encontré sola con Él,
descubrí, más bien experimenté con una gracia especial de Dios,
Quién estaba detrás de la paz que sentía en las
visitas al Sagrario, Quién era el que me daba fuerza,
consuelo, ánimo... lo que necesitaba en el momento que lo
necesitaba, a lo largo de toda mi vida. Reconocí de
pronto su presencia durante tanto tiempo como un amigo fiel,
como si antes hubiera sido un poco inconsciente, y empezó
una relación personal con quien es realmente una persona. Regresé
a casa verdaderamente feliz por la experiencia. A los pocos
meses de empezar a acudir a actividades con el grupo
con el que me había ido de misiones, todo me
empezó a hablar de vocación, de la posibilidad de que
yo tuviera vocación, de que Dios me estuviera llamando a
seguirle más de cerca, con totalidad. ¿Y si era ése
el camino, la voluntad de Dios para mí? Araceli Delgado,
una consagrada del Regnum Christi que estaba trabajando en Madrid,
me invitó a vivir con ellas el Triduo Sacro. Era
un momento muy bueno para preguntarle a Dios. Mi única
duda, mi única inquietud era que yo quería estar segura
de que Dios me quería consagrada. No quería equivocarme, porque
estaba en juego mi felicidad. Le pregunté muchas veces a
Jesucristo durante el Jueves y parte del Viernes Santo si
estaba seguro de querer que yo me consagrara, y su
respuesta fue siempre la misma: una pregunta, no una afirmación
como yo esperaba. «¿Quieres ayudarme a salvar a los hombres?,
¿quieres seguirme?, ¿quieres...?». Durante la ceremonia del viernes, en el
momento en que Jesucristo estaba a punto de morir, y
al volver a hacerle mi pregunta, me di cuenta de
que su pregunta era la respuesta, era una invitación y
la que tenía que responder si quería era yo. Entonces
le dije que sí, y de la mano de María
repetí con ella: «He aquí la esclava del Señor, hágase
en mí según tu palabra». En ese momento experimenté una
paz inmensa como nunca había tenido, esa fue mi certeza.
A María solía acudir para pedirle que me ayudara a
encontrar un buen novio, y la lista de requisitos para
el candidato cada vez era más larga, así que no
tuvo más remedio que llevarme hasta su Hijo, que superó
con creces mi listita. Encontré también el amor de mi
vida. Hoy puedo decir que soy feliz, que encontré la
verdadera felicidad que nada ni nadie me puede quitar, porque
la felicidad es Cristo. Una felicidad que no libra de
momentos de dolor, de sacrificio, de desprendimiento, porque amar exige
donarse y donarse duele. La felicidad es un camino de
rosas, bellas, pero con espinas. Si no estás dispuesto a
clavarte alguna, no podrás tener la rosa, la verás de
lejos, pero no la podrás disfrutar. Sólo puede amar el
que está dispuesto a sufrir. La vida consagrada a Dios
tiene exigencias, momentos de dificultad, de egoísmo, de pasiones, de
debilidades y limitaciones, como la vocación al matrimonio, pero he
encontrado en ella la plenitud del amor, la realización humana,
espiritual... en todos los campos. Además, todo lo que haga
en mi vida tiene un sentido de eternidad, estoy construyendo
para el cielo, ayudando a Jesucristo a salvar sólo Él
sabe cuántas almas. ¡En el cielo lo sabré! Ese cielo
que será la plenitud del amor y la felicidad. Mª
Elena de Andrés Núñez nació el 30 de julio de
1965 en Segovia, España. Es Licenciada en Medicina por la
Universidad Autónoma de Madrid, con especialización en Medicina familiar y
comunitaria. Cursó estudios de humanidades y filosofía en el International
Center for Educational Sciences de Roma. Trabajó en la dirección
de un centro educativo en Colombia. Actualmente trabaja en Roma,
en la formación de mujeres consagradas a Dios en el
Regnum Christi.
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FECHA DE PUBLICACIÓN:
2004-10-13
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