Eva Gloserová nació el 30 de abril de 1974 en
Ivancice, República Checa. Es licenciada en Literatura y Lingüística Checa
e Inglesa por la Universidad de T.G. Masaryk, Brno. Cursó
también estudios de Humanidades, Filosofía y Teología. Eva se consagró
a Dios en el Movimiento Regnum Christi en 1997, actualmente
ejerce su apostolado en Oakhill Academy en Dublín. Ofrecemos su
testimonio vocacional.
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Nací en medio de una sociedad comunista en
decadencia, donde practicar la fe significaba con frecuencia perder una
vida digna y adquirir un futuro sin esperanzas. Por ello,
muchos a mi alrededor abandonaron su fe; otros, por miedo,
la ocultaron o dejaron de practicarla. Mi familia no fue
una excepción. Fui bautizada en una parroquia lejana y a
escondidas. De niña, mi abuela me llevaba a la iglesia
cuando salíamos de viaje y me enseñó el Padrenuestro y
el Avemaría. Más tarde aprendí en el colegio algunos datos
culturales sobre la Biblia y el cristianismo, pero Dios era
para mí sólo una leyenda.
Parecía no necesitar a Dios. Mi
familia estaba muy unida, feliz; mis padres nos querían mucho
a mi hermano y a mí. Dios estaba presente en
el amor que nos unía, pero yo no me daba
cuenta. Creía en la ciencia, en la sabiduría de la
naturaleza y nada más. Pero Dios había planeado que un
día nos encontráramos, un año después de la caída del
régimen comunista. Sucedió en un campamento de verano. Era viernes,
13 de julio.
En una conversación durante la noche, alguien comenzó
a hablar sobre unas profecías acerca del fin del mundo.
Aquellas palabras me rompieron los esquemas. ¿Acaso podía existir algo
más allá de este mundo visible? ¡Sí, algo tiene que
regir este mundo y su curso! ¿Será la suerte, el
azar... o Dios? Por primera vez en mi vida me
planteé esta pregunta. La primera opción me parecía tan cruel,
tan inhumana: ¡No, Dios tiene que existir! Enseguida regresaron a
mi mente todas las sugerencias que me hizo mi abuelita
a lo largo de los años: tienes que ir a
la iglesia, confesarte, comulgar, rezar... ¡Necesitaba a Dios!
A partir de
aquel día, cada noche me arrodillaba frente a mi cama
y rezaba las oraciones que me habían enseñado. Después de
unos meses, recibí de mi abuela un resumen del catecismo.
Empecé a hojearlo y mis ojos cayeron sobre la parte
que decía: la oración. Descubrí una definición de oración cristiana
que me asombró: oración como un encuentro con Dios, nuestro
Padre, quien nos ama, escucha y acoge. ¿Por qué no
me habían dicho antes que esto era la oración? Hasta
entonces conocía sólo el Padrenuestro y el Avemaría. Me arrodillé
y por primera vez me encontré personalmente con un Dios
lleno de compasión, de amor e interés por mí.
Descubría todas
las cosas como si fueran nuevas. En esa semana tuve
la oportunidad de asistir a la misa dominical de mi
pueblo. Tenía 16 años. En pocos meses me preparé para
mi primera confesión y comunión, y me involucré en la
vida parroquial. Mis actividades empezaron a cambiar: en lugar de
seguir con el grupo de la juventud comunista, que dirigía,
ahora animaba un grupo de niñas católicas y un grupo
de jóvenes de la parroquia. Ayudaba en campamentos de verano
católicos, atendía cursos para formadores de jóvenes en la diócesis...
La vida tenía otro sabor: el de la entrega, el
de una amistad mucho más profunda y el descubrimiento de
un Amigo maravilloso.
Cuando escuché que Dios llamaba a algunos a
consagrarse totalmente a su amor, me pareció muy atractivo, porque
los conversos somos una especie de enamorados de Dios recién
descubierto. Sin embargo, la idea de casarme y tener una
familia católica me atraía también. Así andaba entre los dos
amores. Conocí a un joven del que me enamoré y
decidí que me casaría con él. Pero en un encuentro
de jóvenes conocí a algunas señoritas consagradas del Regnum
Christi. Guardé sus datos, pero no di al encuentro ninguna
importancia, sobre todo porque no pensaba en consagrarme.
Dos años más
tarde, en enero de 1995, tuve la gracia de participar
en la Jornada Mundial de la Juventud en Manila, Filipinas:
una experiencia inolvidable de la Iglesia y de Cristo. Comprendí
que Él era la respuesta y solución a todos los
problemas de la humanidad. Escuché repetidas veces en las conferencias
que todos teníamos vocación a la santidad y al apostolado,
y decidí seriamente que, en aquella vocación a la que
Dios me llamase, quería trabajar por Cristo con todo mi
tiempo y todos mis talentos.
Ahí en Filipinas, otro viernes,
el 13 de enero, después de recibir la comunión de
manos del Santo Padre, le confié a Jesucristo este propósito,
esta promesa que me llenaba de felicidad. No sabía bien
cómo realizarla. Me imaginaba casada y con hijos, trabajando a
tiempo completo por la Iglesia, pero el dónde y el
cómo no estaban claros.
Después de la misa me dirigí
a la capilla para hablarlo con Cristo. Con todo el
fervor de mi alma, le pedía fuerzas para perseverar en
mi propósito; deseaba que Él me iluminase y me enseñase
el camino que debía seguir. Cuando terminé mi oración, me
fijé que un sacerdote iba a celebrar la misa. Me
levanté y salí, pero él me alcanzó en el pasillo.
«Me gustaría ofrecer la misa por su intención». ¿Le impresionó
la intensidad con la que rezaba? No lo sé. Pero
sentí un gran deseo de compartir con él la única
intención que me importaba en ese momento. «Hoy decidí que,
sea cual sea mi vocación, quiero dar todo mi tiempo
y mis talentos al Reino de Cristo». El sacerdote, con
una sonrisa, aprobó mi decisión y añadió: «Sé la esposa
de Cristo».
Cuando regresé de Manila, necesitaba un poco de
tiempo para pensarlo, orar, ver que no era solamente un
acontecimiento sentimental y pasajero. Pero Jesucristo se desbordaba en muestras
de su predilección con su gracia. A veces regalos espirituales,
otras veces detalles muy humanos y casi tangibles, encuentros, ayudas...
como si no le bastase haberme enseñado su amor una
vez. El Jueves Santo, 13 de abril, después de la
comunión, le di un sí total a Dios y para
siempre.
En cada sacrificio de la misa, recuerdo que Él me
sigue amando y se sigue entregando por mí. Yo también
trato de amarle y entregarme a Él en los demás
para responder a su amor. Soy feliz, y puedo decir
que su amor me ha llenado plenamente y que no
lo cambiaría por ningún amor humano.
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Para saber más sobre
la vida consagrada femenina en el Regnum Christi o para
contactar a una de las señoritas consagrados puede escribir a
movrc@inteducators.org.