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Hacer memoria de Dios.
2014-08-15 (Artículo)
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Una mujer como cualquiera
| APOSTOLADO | TESTIMONIOS
El contacto con la Escuela de la Fe cambió radicalmente la vida de esta madre de familia.

Reciban un saludo deseando que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo siga alimentando nuestros corazones para seguir adelante con Él y para Él. Gracias por permitirme expresar la razón que me hizo llegar hasta aquí. Es justo decirles que no fue otra que la “Niña María", a quien así llamo con cariño.

Mi esposo fue promovido a un puesto superior en su empresa en otra ciudad, lo cual representaba para nosotros un crecimiento económico más fuerte. Nadie se imaginaba que la riqueza verdadera vendría después. Era la primera vez que viviría indefinidamente lejos de mi familia y de mi ciudad natal donde era muy conocida y donde tenía muchas amigas, ya que siempre me ha gustado conocer mucha gente.

Tengo que explicar mi vida pasada no para justificarme, sino para que quede claro el tipo de persona que era antes y así apreciar el poder de Dios. Soy la quinta de una familia de siete hijos. Mis padres no eran profesionistas, no tenían dinero ni educación. Mi madre, por ejemplo, sólo estudió hasta tercero de primaria. Mi padre era alcohólico y mi madre siempre trabajaba haciendo costura hasta muy tarde para que pudiéramos comer al día siguiente. Creo que siempre fui una niña obediente y sensible. Me gustaba hablar con mi madre y ella me contaba incluso algunas cosas que no debía contarme. Sentía que éramos amigas. Cuando mi papá llegaba y me buscaba para que le diera un beso, yo tenía que correr a esconderme. Para una niña de cuatro años eso era terrible. Algunas veces tuve que acceder porque si no mi madre era golpeada. Tenía muchos sueños como cualquier niña, pero Dios tenía algo diferente para mí. Fui creciendo y decidí tomar las riendas de mi vida.

Empecé a trabajar a los doce años como niñera. Después como operaria. Recuerdo que a los trece años era muy delgada y bajita. Cuando llegaban los inspectores tenía que correr a ocultarme en unas cajas. Me ayudaba mucha gente buena incluso en el trabajo. Comencé a estudiar y trabajar al mismo tiempo. Mi hermano mayor siempre me apoyó muchisimo como si fuera mi padre, pero se casó cuando era joven y tenía que dedicar más tiempo a la familia. Aun así, me seguía ayudando.

Logré terminar la preparatoria. Por cuestiones económicas tuve que estudiar la carrera comercial de secretaria bilingüe. Me fue muy bien, aunque tuve que cambiar varias veces de trabajo porque a veces el jefe no se conformaba con una simple secretaria sino que buscana una chica atractiva. Sin embargo, no hay mal que por bien no venga, y al fin logré colocarme en una empresa internacional.

Allí hice una buena carrera y llegué a tener un puesto de ingeniero sin serlo. Era por entonces la única mujer en México con ese tipo de trabajo. Muchos me apreciaban y otros me odiaban. Allí conocí a mi esposo. Seguí trabajando mucho incluso después de haberme casado, pero al tener mi segunda hija dejé el trabajo y de pronto, me tocó llevar un hogar.

Me encontré con una familia, un esposo y dos hijas. Le pedía ayuda a Dios todos los días en la oración. Tenía el apoyo cercano de mis hermanas y de mi madre, pero mi esposo tuvo que irse a Estados Unidos por motivos de trabajo y me quedé sola con tres bebés. Sin embargo, “La Niña”, María Auxiliadora, siempre estuvo conmigo, aunque yo no me daba cuenta. Caí en una depresión muy grande. Mi esposo nunca se dio cuenta. Recuerdo un día cómo fui a recoger a los niños al colegio y al llegar a casa no tenía comida que ofrecerles. Yo, con el egoísmo más grande que pueda existir, me fui a dormir. Mi hijo de cuatro años nos dio unos sandwiches que yo ni probé. Seguí con mi depresión. Llegaba al colegio de los niños, saludaba y nadie me contestaba. Me sentía peor. Empecé a engordar y al verme al espejo aumentaba más mi depresión. Mis hijos tuvieron que aguantar mi mal genio y mis llantos constantes. No les traté muy bien. Se sentían solos, porque quien debía protegerlos, amarlos y cuidarlos no lo estaba haciendo.

Lloré e imploré a la Madre de Dios, de una manera muy tonta, muy desesperada, muy inconsciente. Le decía: “Si tú eres la Madre de Dios, ¡ayúdame! Dices que soy tu hija, ¿dónde estás? ¿Me has dejado sola? (Perdón, estoy llorando y me resulta difícil escribir ). Si quieres que crea en Ti, dile a tu Hijo Jesucristo que me ayude”. “La Niña”estaba muy cerca de mí y yo no me daba cuenta. Me duele en el alma recordar todo esto. Pido perdón a Dios y la Madre del cielo.

Mi vida comenzó a mejorar poco a poco. Llegó el tiempo en el que mi hijo se tenía que prepararse para hacer la primera comunión. Alguien, gracias a Dios, notó mis inquietudes espirituales y me invitó a la Escuela de la Fe. Fui para que esa persona me dejara en paz porque en realidad no me sentía capaz ni siquiera de mirar a Dios cara a cara. Entré a una clase donde una de las participantes estaba dando un testimonio muy semejante al de mi vida. Pensé que alguien le habría contado mi caso, pues era imposible que coincidiera tanto. No me cabía la menor duda de que la Madre de Dios tenía algo que ver en todo eso. Al terminar el testimonio me fui a mi casa a refugiarme y me pasé dos semanas llorando amargamente.

Mi esposo estaba muy preocupado, pues un día estuve a punto de ser internada en un hospital por esas depresiones tan fuertes. Acudí a la Virgen María y también me confesé para pedir perdón a Dios por haber estado treinta años alejado de Él.

Ahora mi vida ha cambiado. Mis hijos están creciendo con una mamá "nueva en Cristo". Le pido a la “Niña hermosa" siempre su guía y protección. Le doy gracias a Dios y también al P. Marcial Maciel, L.C. que ha sido un instrumento grandioso, ya que con su entrega a Dios ha contribuido a transformar a hombes y mujeres y familias enteras.

Con cariño,

Una mujer como cualquiera, pero con un gran amor a Dios, a la Virgen y a la Iglesia.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2002-01-06


 

 


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