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| «Todos somos un cuerpo, todos debemos animarnos, apoyarnos, aun en los momento más duros y difíciles». | |
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Nuevo León (México), 11 de abril de 2006. Presentamos a
continuación el testimonio de tres señoras a quienes más que
importarles la edad, les importa la necesidad imperiosa de transmitir
a Cristo.
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No hay límite para amar. Todos
pueden llevar el Evangelio y el amor de Cristo en
las misiones. Así lo saben también Ana María Torres de
Lambretón, Magdalena Torres de Martínez y Pura Torres de Corella.
Las tres son abuelitas, una de ellas incluso es bisabuela.
Pero para ellas la Semana Santa no es el momento
de jubilar su fe, sino un momento de compartir y
dar testimonio a todos, chicos y grandes, de que no
hay límites para entregarse y compartir.
Magdalena es la más
experimentada. Este es su octavo año en Familia Misionera. Ana
María va por sexta ocasión y Pura por segunda vez.
Todas ellas son un ejemplo para los niños y los
jóvenes que también van de misiones.
El misionero debe realizar
un sacrificio físico, es verdad, al visitar las casas. Pero
saben que el fruto de la misión no depende principalmente
del esfuerzo material, sino que es fruto del amor y
de la oración. Y ellas ven ahí su vocación en
Familia Misionera. «Nosotras ya no podemos ir a las visitas
siempre, no tenemos la misma energía que los jóvenes. Pero
podemos rezar, y podemos prepararles la comida, y arreglar sus
cosas mientras ellos visitan a las familias. Así cuando llegan
tienen todo listo y pueden seguir misionando».
La mirada de
estas tres mujeres valientes cautiva a cualquiera: el orgullo y
la ternura de poder acompañar a sus hijos y nietos
en la misión. Nos dice Magdalena: «Hace dos años yo
estaba ya un poco desanimada y le decía a un
padre en confesión que me pesaba no poder ayudar tanto.
El padre me dijo que mirara a Cristo en la
cruz, con las manos clavadas a un madero: "Él quiso
poner sus manos ahí, sin hacer nada, para enseñarnos que
el mundo se salva por medio del amor". Me sentí
renovada y muy entusiasmada».
La misión es para todos: Cristo
en la cruz nos enseña que no hay edad para
amarlo, para contribuir en la edificacion de la Iglesia, y
servir a nuestros hermanos.
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