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La historia se repite
CHILE | APOSTOLADO | TESTIMONIOS
Sólo Dios podía llenar la sed insaciable que sentía de permanencia, de eternidad. Él quería para mí una posesión que no tuviera límites, un amor que empieza ahora, pero que perdura por siempre.

Bernardita García Muñoz
Bernardita García Muñoz actualmente trabaja en el colegio Highlands en Sevilla, España
"Caminando, pues, junto al mar de Galilea vio dos hermanos: Simón y Andrés... y les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron". Dos mil años después la historia se repite. Allí, en aquel mismo lugar en el que llamó a los primeros, Jesucristo me miró a los ojos y me reveló su plan. Él salió a mi encuentro inesperadamente y me hizo ver que había sido escogida para una gran misión. Aquel día de mayo decidí dar un paseo por los alrededores de la región de Galilea en Israel. Había transcurrido un largo y caluroso día. Atardecía, y el sol se escondía tras las montañas del Tiberíades. El paisaje invitaba a buscar el encuentro con Dios, hacer un rato de silencio y escuchar el propio interior. ¡Quién iba a decirme que aquel lugar fuera a tener un significado tan profundo en mi vida! Allí Jesucristo había llamado a sus primeros discípulos; allí Él había caminado por la playa, predicado, se había recogido en oración... allí me estaba llamando a mí también para que comprometiera mi vida entera por la extensión de su Reino. En aquel lugar, junto al lago, descubrí la trascendencia que tenía un "sí generoso": por la fidelidad de aquellos pescadores yo podía gozar del don de la fe; por su generosidad, yo conocía la verdad; por haber seguido a Jesús en aquel entonces, tantos y tantos, al igual que yo, encontrarían sentido a su vida. Sin embargo, el momento del llamado, la certeza de saberse elegida por Dios para seguirle más de cerca, no es algo que aparezca "mágicamente"; como si fuera una pequeña semilla, tiene que madurar. Hasta ese momento, Dios había ido realizando su acción en lo profundo de mi alma, abonando la tierra, regando la semilla... esperando el momento preciso en que habría de mostrar su llamado con mayor claridad. Lo hizo en la sencillez de la vida cotidiana, en la "casualidad" o, mejor dicho, "providencialidad" de las circunstancias: mi familia, el ambiente en el que crecí, el colegio en el que me eduqué... A través de todo ello Dios se fue haciendo presente. Nací en una familia profundamente católica. Mis padres representaban para mí el ideal máximo de amor al que creía poder aspirar: un testimonio de amor verdadero, forjado en la fidelidad y donación incondicional al otro. Los veía realizados, felices, siempre abiertos a los demás. Como fruto de su amor, cuatro hijos a los que se dedicaron en cuerpo y alma. Mis hermanos y yo aprendimos por su testimonio que nada de lo que Dios nos había dado en la vida era para quedárnoslo... todo es para darlo. Estudié en un colegio del Opus Dei, donde aprendí que la vida es un camino de santidad. Allí, por primera vez, se suscitó en mi alma la inquietud de ser santa... Si todos estábamos llamados a la santidad, tenía que ser sencillo: sólo había que cumplir la voluntad de Dios. ¿De qué sirve vivir si no llegamos al cielo?, ¿no hemos sido creados para eso? Pero la "voluntad de Dios" para una niña de 9 ó 10 años es un concepto bastante abstracto. ¿Cómo nos manifiesta Dios su voluntad? En clases de religión la profesora nos dio la respuesta: se puede ser casada o tener vocación a la vida consagrada. ¿Vocación? ¿Y cómo sabías si tú la tenías? Ella contestó con sencillez, pero con mucha sabiduría. "La vocación es una luz especial que Dios pone en el alma desde el momento de tu creación. Sólo algunos la tienen, y se descubre en el momento en que Él la muestra". ¡Una luz en el alma! Algo así como una estrellita que brilla desde dentro... ¡Qué deseo de ser elegida por Dios nació en mí! Pasó el tiempo y aquella idea se perdió en algún rincón del alma; no volvería hasta que cumpliera diecisiete años. Junto a la educación recibida en mi colegio, otro de los aspectos que marcó mi vida fue la vocación militar de mi papá. Aunque por gracia de Dios, el trabajo de mi papá se concentró mayoritariamente en Santiago de Chile, sí recuerdo que cada cierto período de tiempo, había posibilidad de un "traslado". Sobre todo en la edad de la adolescencia, esta incertidumbre me hacía plantearme la idea de que "nada queda en la vida, todo pasa". Esto me llevaba a querer aprovechar cada instante que se presentara, aunque al mismo tiempo sentía que no podía poner toda mi esperanza en eso que tarde o temprano pasaría. Mis amigas, mis amigos, mi mundo, todo estaba allí, los disfrutaba, pero no podía evitar sentir un vacío, que finalmente descubriría que nada lo podría llenar, sólo Aquel para quien había sido creada. Por lo demás, llevaba una vida absolutamente normal, rodeada de amistades y actividades. Especialmente maravillosa fue la experiencia de amistad que tuve en el ECYD. Veía que allí era posible combinar varias cosas que significaban mucho para mí: por un lado, una relación sana con mis amigas, nos divertíamos mucho; por otro lado, compartir otros ideales e inquietudes: teníamos un apostolado, buscábamos dar testimonio coherente de vida cristiana, encontrábamos en Jesucristo un amigo. A punto ya de finalizar mis estudios en el colegio, empecé a tomar conciencia de todo lo recibido y surgieron nuevas inquietudes en mí. Siempre había encontrado mucha plenitud y satisfacción cuando había transmitido y dado a Cristo; pero lo que hasta ahora daba, ya no era suficiente. Así como lo veía insuficiente para mí, creía que lo era para todos. Una tarde mi madre me dijo: "Bernardita, no exijas a los demás lo que Dios te está pidiendo a ti". Sí, era yo la que tenía que dar más. Pero, ¿cuál era el camino? Pensé que Dios quería que entregase un año de mi vida trabajando al servicio de la Iglesia. Se lo comenté a mi madre. Ella, que conocía mis inquietudes, me ofreció su apoyo, pero también me comentó que podría ser que ese año mi padre fuera destinado a una misión militar al extranjero, y que en tal caso creía conveniente que me fuera con ellos. Efectivamente, a los pocos meses mi padre fue designado como observador de guerra de la ONU en Pakistán... Las cosas, que hasta entonces habían estado tan claras, parecieron nublarse, incluso contradecirse. ¿Acaso Dios no quería la entrega que le ofrecía? Por otro lado me aterraba pensar en ese año en Pakistán. Estaba acostumbrada a frecuentar los sacramentos, a los retiros, las actividades apostólicas... ¿Me los quería quitar Dios ahora? El día 16 de diciembre del año 1994, partimos a Pakistán. Allí cambió mi ritmo de vida. De ser agitada y activa, se transformó en más bien monótona y pasiva. Mis amigos, mis estudios, mis hobbies, mi apostolado... allí no tenía nada. Pasaba largos ratos en soledad, pensando, escribiendo, cantando. No era sólo una soledad externa, era también un vacío del corazón. Dios preparaba el momento de su llamada. Una tarde, de esas en las que no tenía nada que hacer, me llamó una amiga, hija también de un militar, desde Israel. Me invitó a irme con ella a estudiar allí. La idea sonaba a locura, pero fantástica... Después de varias semanas de hablarlo con mis padres, accedieron. ¡Qué caminos tan torcidos usa Jesucristo para escribir derecho! Parecía que aquello no conduciría a nada, y sin embargo, Él me esperaba en aquel lugar... allí había pensado desde toda la eternidad llamarme... Lo vi claro, tan claro como para que desde ese momento mi vida cambiara de rumbo totalmente. Aquella tarde en el mar de Galilea, la historia del amor eterno de Dios se repitió. Después de la llamada vino un largo proceso de maduración, de aceptación y de rendición ante el plan de Dios en mi vida. Un camino en momentos oscuro y lleno de inquietudes; en otros, sereno y luminoso. Ciertamente triunfó el amor sobre mi egoísmo, planes y miedos a la entrega. ¡Cuánto agradezco a Dios su espera, su amor, su predilección! Consagrar mi vida a su servicio, consagrar mi vida al amor, hacer de estos años que Él quiera darme un instrumento por el que los hombres podrán encontrar la felicidad en la tierra y en la eternidad. No niego que el camino de una vida consagrada no lleve su cuota de cruz, de negación, de sacrificio... pero, ¿qué vida no la tiene? Sólo Dios podía llenar la sed insaciable que sentía de permanencia, de eternidad. Él quería para mí una posesión que no tuviera límites, un amor que empieza ahora, pero que perdura por siempre. Un amor fecundo en la entrega no sólo a un hombre, a una familia... sino a miles de almas a las que podré transmitirles vida eterna. Dios lo fue entretejiendo todo para llamarme aquella tarde y para hacer de mí la mujer que Él había pensado desde toda la eternidad. Encontré aquella pequeña luz oculta por tantos años en mi alma. No la merezco, ha sido don gratuito de Dios, don de amor, de predilección. He encontrado el tesoro que, sin saber, siempre busqué. Bernardita García Muñoz nació el 31 de enero de 1977 en Santiago de Chile. Cursó estudios de humanidades, filosofía y teología en el International Centre of Educational Sciencies de Roma y Madrid. Trabajó como asistente de formación en la Academia de la Inmaculada Concepción en Rhode Island, Estados Unidos y como miembro del equipo directivo del centro de formación de las Educadoras Internacionales en Monterrey. Actualmente trabaja en el colegio Highlands en Sevilla, España.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2003-09-11


 


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