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Algo que dure para siempre
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS
Testimonio vocacional del P. Pedro Guzmán Lupercio, L.C.

P. Pedro Guzmán Lupercio, L.C.
P. Pedro Guzmán Lupercio, L.C.


Hablar de mi vocación sacerdotal no es hablar de un momento, ni de un hecho histórico. Por más que hago memoria, no recuerdo cuándo fue la primera vez que dije que quería ser sacerdote. Desde muy temprana edad se despertó en mí, como algo muy natural, el deseo de ser sacerdote. Y así lo pensé y dije en más de una ocasión. No obstante, también me atraía mucho el fútbol y la música; por lo que “futbolista” y “roquero” eran otras dos buenas opciones para mi futuro.


Nací en Guadalajara, México, el 30 de julio de 1980, en el seno de una familia cristiana. Ya antes de mí, la casa se había alegrado con el nacimiento de tres mujeres y dos hombres. Conmigo iniciaba la serie de los ocho varones más que faltaban para completar el hogar. En esta familia numerosa, disfruté de una infancia alegre y juguetona entre mis doce hermanos. Nunca tuve problemas para encontrar con quién compartir mis juegos, ni necesitaba ir muy lejos de casa para divertirme. Por temporadas jugábamos canicas, trompos, “yoyo”, lotería… y, por supuesto, no había día que no tocáramos un balón de fútbol.


Dios era de casa


Crecí y me desarrollé en un ambiente donde la fe se vivía de modo sencillo y continuo. Dios ocupaba un lugar central en la familia. Tanto al despuntar el día como a su ocaso, mi mamá nos hacía la señal de la cruz y nos dirigía las oraciones. No se iniciaba a comer sin antes haber bendecido los alimentos. También había una especial devoción a María. En cuanto regresaba mi papá del trabajo, honrábamos a nuestra Madre del Cielo con el rezo del santo rosario. En casa, los problemas y dificultades se afrontaban con la ayuda de Dios. Era habitual que de los labios de mis papás salieran frases como: “Dios proveerá”; “Él sabe por qué suceden las cosas”; “si Dios lo pide, Él te va a dar las fuerzas para realizarlo”; “Dios mediante” o “si Dios quiere”. También recuerdo con particular cariño cómo después de recibir la comunión, mi mamá nos ponía de rodillas y dirigía en voz alta un diálogo con Dios, hablando como se
P. Pedro Guzmán Lupercio, L.C.
habla con cualquier persona. Todo esto fue modelando mi corazón de niño. Me quedó claro y se grabó en mí la certeza de que Dios es mi Padre Bueno, quien lleva los hilos de nuestras vidas y quien me espera con los brazos abiertos al final de mi peregrinar terreno. Como parte de esta educación en la fe, mis papás se preocuparon siempre porque participara de la vida de la parroquia: misa dominical, catecismo semanal sin falta y pastorelas. Por estos motivos, la figura del sacerdote me era muy cercana y atractiva. Y seguramente por esto, desde niño brotó de mi corazón, como lo más normal, la atracción por esta vocación.


Algo que valga la pena


Cuando tenía ocho o nueve años ocurrió otro hecho que vino a reforzar mi decisión de ser sacerdote. Podría parecer insignificante, pero para mí fue clave. Se despertó en mí una grandísima ilusión de conseguir el juguete del momento: un rifle de gomas. Era tanto mi deseo, que todo dinero recibido lo guardaba para esto. Me imaginaba derribando los soldaditos de plástico, me soñaba abatiendo al enemigo desde lejos como el mejor de los francotiradores… Por fin lo compré. Abrí el estuche lo más rápido que pude y dispuse los objetivos a derribar... pero, ¡qué desilusión! A los pocos minutos de haberlo estrenado, ya me había aburrido. ¡Tanto esfuerzo y ahorro para tan poco! Lo mismo me sucedió días después con un tráiler a control remoto. En mi interior nacía la inquietud: “tiene que haber algo que dure y no sea tan pasajero; algo por lo que sí valga la pena vivir.”


En sexto de primaria, uno de mis hermanos menores comenzó a ayudar como monaguillo en la parroquia. No habían pasado ni dos semanas cuando yo ya pertenecía al mismo grupo, donde confirmé mis deseos de ser sacerdote. Agradezco mucho a Dios el testimonio que recibí a través del P. Higinio, mi párroco, que en paz descanse, quien siempre me permitió ver el ejemplo de un sacerdote alegre y entregado a su vocación. También agradezco a mis catequistas. Preparaban tan bien las actividades que acudíamos gustosos.


Iniciado el segundo semestre de mi sexto año de primaria, empecé a interesarme por lo que se necesitaba para ser sacerdote. “Para llegar a ser sacerdote te tienes que ir al seminario”, me dijeron a mis once años. Por ese motivo visité el seminario de la arquidiócesis de Guadalajara y recibí un folleto con los requisitos para ingresar. La opción que se me presentaba era continuar viviendo en mi casa y acudir al seminario sólo algunos días a la semana. Recuerdo que esto y el leer todos los exámenes de las materias que debía presentar para ser admitido, no me dejaron muy contento; pero lo puse en manos de Dios: “Si Dios quiere que sea sacerdote, Él proveerá”. Mi decisión de entrar al seminario ya estaba tomada hacía tiempo, sólo faltaba el cómo y el cuándo.


Los amigos de mi amigo


A finales de mayo, como de costumbre me encontraba jugando fuera de mi casa. De repente vi a uno de mis amigos vecinos llegar acompañado de 2 jóvenes vestidos completamente de negro. Corrí hacia él y saludé a los tres. Me quedé admirado pues nunca antes había saludado a alguien así: vestidos con distintivo religioso, muy bien presentados, simpáticos... eran dos legionarios de Cristo. Entraron en casa de mi amigo y comenzaron a conversar con sus papás. “Seminario, instalaciones, estudios, requisitos, inicio del curso de verano…”, yo seguía todo desde la puerta de la sala. Terminada la reunión, mi amigo me señala y dice a los religiosos: “él también quiere ir al seminario…”. No habían pasado ni cinco minutos cuando los padres ya estaban sentados en la sala de mi casa.


En esa ocasión sólo estaba presente mi mamá. Realmente creo que le saqué un buen susto, pues aunque más de alguna vez manifesté en público mi deseo de ser sacerdote, siempre había pensado que eran cosas de niño. Ahora me veía ella entrando en casa acompañado por dos religiosos que le hablan de un seminario ubicado en la ciudad de León, de la posibilidad de vivir ahí y cursar mi secundaria en un ambiente propicio para profundizar en mi llamado al sacerdocio, etc.


Dado que era ya tarde, todo tuvo que ser rápido y en breves pinceladas. Sin salir de su asombro, mi mamá les respondió muy amablemente: “Ya lo hablaré con mi esposo cuando llegue del trabajo”. Creo que esa fue la primera vez que mis papás se dieron cuenta de que mi deseo de ser sacerdote iba en serio.


El apoyo de mis padres


Trasladarme a la ciudad de León, Guanajuato –a tres horas de mi casa–, vivir en comunidad en el seminario, cursar la secundaria con unos padres que apenas había conocido esa noche… Cualquier cosa me parecía normal si me ayudaba a realizar mi objetivo. Además, pensé, Dios me está facilitando las cosas. Antes de este encuentro, yo tenía que investigar qué hacer para entrar en el seminario; ahora, el seminario viene a mi casa y me facilita el ingreso. Cuando mi papá me preguntó sobre el tema, sin titubear le dije que sí.


Los acontecimientos siguieron su rumbo. Unos días más tarde, concluidos ya mis exámenes de sexto de primaria, los padres vinieron nuevamente a mi casa. Era el 23 de junio, si bien recuerdo. Mis papás los hicieron pasar directamente a su habitación y tras de ellos se cerró la puerta. Aún recuerdo la ansiedad que viví durante esos casi 45 minutos. ¿Me darían permiso? ¿Les inspirarían confianza esos jóvenes religiosos que me impactaron desde el primer momento que les vi?


Mis papás siempre habían sido personas de una gran visión sobrenatural por lo que esta vez no sería la excepción: “Si tú quieres ir al seminario, te apoyaremos. Si Dios te llama, tú síguele.”


La mañana del 6 de julio de 1992, trece días después, mi papá me condujo a su recámara en donde mi mamá aún descansaba; hacía apenas 16 días que había dado a luz a mis hermanos menores, unos gemelos. “Despídete, hijo” –me dijo. Le di un fuerte abrazo a mi mamá, quien no pudo contener las lágrimas por mi partida. Partí de casa con mi papá para emprender el camino que me conduciría hasta la meta deseada.


Agradezco sinceramente a Dios el don de mis papás y de mi familia. En sus designios providentes, Dios quiso llevarse consigo a mi mamá justo antes de mi ingreso al noviciado. Ha querido así que ella nos acompañara más de cerca a mí y a cada uno de mis hermanos.


Han transcurrido ya 18 años desde aquel 6 de julio. Desde el primer día que pisé el seminario me sentí en familia. De la mano de Dios y con la ayuda de mis formadores, he caminado con paso firme por las distintas etapas y dificultades. En la Legión de Cristo encontré mucho más de lo que esperaba. Dios me concedió no sólo el llamado, sino una auténtica familia para vivir ese sacerdocio. Me concedió una fuerte espiritualidad centrada en Jesucristo, real y personal, que me amó y se entregó por mí. He experimentado que realmente por esto sí vale la pena entregar la vida.


EL P. PEDRO GUZMÁN LUPERCIO nació en Guadalajara, Jalisco (México), el 30 de julio de 1980. Ingresó al centro vocacional de la Legión de Cristo en León, Guanajuato, el 6 de julio de 1992 donde cursó la secundaria. Posteriormente se trasladó al centro vocacional de la Ciudad de México para estudiar la preparatoria. Hizo el noviciado en Monterrey (México) y los estudios humanísticos en Salamanca (España). Colaboró como formador de novicios en el noviciado de Medellín, (Colombia). Es licenciado en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, en donde cursó también sus estudios teológicos. Actualmente realiza su ministerio sacerdotal como instructor de novicios en Medellín, Antioquia (Colombia).









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2010 han sido publicados en el libro "Desde el corazón de Cristo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-23


 

 


 



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