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La gracia de Dios es el origen de toda vocación.
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Testimonio vocacional del P. Timothy Lyons, LC

P. Timothy Lyons, LC
P. Timothy Lyons, LC


Creo que Dios ha hablado directamente a mi alma sólo dos o tres veces en mi vida, con esa certeza por la que sabes con seguridad que fue el Señor quien habló. Me sucedió la primera vez cuando tenía como 17 años y estaba viendo la televisión. Un soldado de la Marina Americana estaba bajando de un avión y pensé: “Sería genial ser él, quiero ser militar”. Instantáneamente vino como un flash, una epifanía: “Pero él no es sacerdote, no puede celebrar misa”. Fue tan repentino y claro que de hecho me reí a viva voz y dije: “¡Dios mío, eso no fue justo!”.


Primeras memorias


Nací en Denver, Colorado (Estados Unidos) en 1977. Sin embargo, antes de que tomara conciencia, mis padres nos subieron a mis hermanos, hermanas y a mí a la camioneta, con destino a Portland, en el estado de Maine, donde crecimos. Mi familia me ha inculcado siempre la conciencia de que Dios apoya su mano sobre mi hombro. Las memorias de mi infancia incluyen el béisbol, una escuela católica, el trabajo en el negocio familiar, viajes en coche al campo, algunos momentos en el océano Atlántico, pelear con mis hermanos y hermanas y ocasionalmente escaparme de casa (por algunos minutos, a lo máximo). A pesar de los fastidios típicos que le toca sufrir al hermano menor, estoy muy agradecido con cada uno de mis hermanos. La situación mejoró aún más cuando yo estaba apenas creciendo y mis hermanas encontraron novios, con quienes se casarón más tarde y ellos se convirtieron también en hermanos para mí. De niño, cuando nuestros maestros y las monjas de la escuela nos enseñaban: “Dios es bueno”, yo recuerdo honestamente que pensaba: “Yo sé que es bueno”. Mis papás tienen un gran corazón y son personas generosas. Crecieron en granjas y en familias profunda y fuertemente enraizadas en la fe y los valores. Ellos mantenían sus prioridades en casa: Dios, la familia, la educación, el movimiento provida y ayudar lo mejor posible a aquellos que nos rodeaban. Hasta el día de hoy mis padres trabajan duro y llegan a muchas vidas


de forma silenciosa, más de lo que ellos se
P. Timothy Lyons, LC
dan cuenta. Cuando tenía cinco años, mi papá abrió una pequeña tintorería y lavandería: no siempre era divertido, pero ninguno de los hijos se ha quedado sin comida –ni trabajo– gracias a este negocio. Mi papá tuvo siempre gran interés en ayudar a los empleados y a los clientes para que aprendieran algo de la fe, y desde el inicio decidió ir en contra de la presión de abrir su negocio los domingos. Mi mamá estaba siempre en la casa para cuidarnos. Yo recuerdo haberle preguntado cosas sobre Dios desde que tenía apenas siete años y ella hablaba de Dios como de alguien que conocía personalmente.


El pelirrojo va a ser sacerdote


Mi hermano Dave y yo caminábamos al colegio St. Patrick todos los días, y ahí creo que comenzó mi vocación; simplemente por haber conocido muy buenos sacerdotes y religiosas. Cuando tenía once años, comencé a acolitar las misas del P. Ansaloni, un gran sacerdote franciscano. De vez en cuando escuchaba las voces de viejitas que decían en voz baja, pero no tan baja como para que no escuchara: “el niño pelirrojo va a ser sacerdote”. Estos comentarios me fastidiaban bastante, porque no pensaba que ser sacerdote fuera algo atractivo, pero naturalmente me puse a pensar que tal vez tenían razón. Nadie más me sacó el tema.


Nuestros papás no se ahorraban sacrificios para mandarnos a escuelas católicas, para que aprendiéramos sobre la fe y tuviéramos buenos amigos. Las Hermanas de la Caridad me educaron cuando era joven y fueron siempre ejemplo de alegría en su vocación religiosa. Cuando éramos adolescentes mi papá nos llevaba todos los domingos a Massachussets a una escuela católica privada llamada Trivium, donde nos quedábamos durante la semana.


Mi hermana mayor fue a una peregrinación a Fátima, en Portugal, después de graduarse de preparatoria, y regresó con una estatua de la Virgen María. Desde ese día, si estábamos en casa cerca de las nueve de la noche, mi papá nos llamaba para rezar el rosario juntos. De esta forma, la presencia de María era verdaderamente palpable en nuestra casa y tengo la certeza de que debo mi vocación a su cuidado.


Una tormenta de gracias


Un primo mío ingresó en la Legión de Cristo, y lo visité una vez en el seminario. Se veía muy contento y yo admiraba su generosidad y bondad. Pero por lo pronto yo tenía mi corazón y mi mente en ser un hombre de familia y comenzar mi negocio algún día. En la misma temporada otros sacerdotes y hermanos legionarios visitaban ocasionalmente mi preparatoria y eran capellanes de un tipo de grupo que mis amigos habían formado. Una vez al mes el grupo visitaba una casa de ancianos y yo asistía periódicamente. Siempre me impresionaban los legionarios, especialmente porque estaban siempre optimistas y se veían muy felices en su vocación. Esto estaba influenciando bien a mis amigos. Una vez yo hice una broma sobre un compañero de clase y el dirigente del grupo no se rió. Le pregunte por qué y dijo que simplemente no había sido correcto. Era una cosa entre las varias que habían hecho sonar la alarma en mi conciencia. Dios me estaba llamando a madurar mi fe de adolescente. Era hora de superar la etapa de “lograr lo mínimo para al menos no condenarse”.


El primer paso hacia el descubrimiento de mi vocación fue Jesús presentándome dos opciones: podría continuar siendo creyente, mientras continuaba buscando mis intereses, gastando mucho tiempo y energías en mí mismo, y terminando más bien insatisfecho, o por el otro lado podría dejar que Cristo cambiara mi vida en la forma que yo veía que cambiaba la vida de otros que conocía, y comenzaría a poner el evangelio en la práctica todos los días, no sólo los domingos. Esto significaría usar mejor mi tiempo, dejar de lado algo de música mala, hablar bien de los demás, ser mejor amigo y estudiante. Mi familia, por supuesto, ya me había propuesto todo esto, pero Dios me ayudó a confirmarlo conociendo a otros sacerdotes, amigos y legionarios. Creo que no respondí tan bien a esta invitación cuando tenía 16 años pero Cristo no dejó de invitarme continuamente y siempre me mantuve cercano a Él en los sacramentos. Después de graduarme de la preparatoria, algunos de mis amigos se fueron como voluntarios a colaborar en escuelas con los legionarios. Uno de ellos me invitó a visitar el seminario con él en la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Nos tuvimos que quedar más tiempo, a causa de una tormenta de nieve, y en el día adicional que estuve, quedé profundamente impresionado por todo lo que veía: jóvenes entusiastas por servir a la Iglesia y devotos de la Eucaristía. Jugaban deportes con reciedumbre y ponían todo su corazón en lo que hacían. Regresé a casa y le dije a mi cuñado que había sido genial la visita al seminario, y me preguntó: “¿Vas a entrar al seminario?”, “No, yo no”, le respondí sinceramente.


¿Por qué no probar ir al seminario ahora?


Asistí a la universidad franciscana de Stubenville (Estados Unidos). Un sacerdote legionario de Cristo venía ocasionalmente a ofrecer dirección a un grupo de miembros del Movimiento Regnum Christi. Era un excelente predicador y confesor, que disfrutaba celebrando misa y trabajando con universitarios. Nunca me insinuó nada sobre la vocación –sus consejos eran siempre sobre cómo ser un buen estudiante católico– pero viendo su ejemplo, ciertamente me llevó a pensarlo. Un día cuando fui a la biblioteca a investigar para un trabajo, mientras buscaba, me topé con un libro llamado “La biografía de San Juan Vianney”. Era el único libro en la repisa que no era una pulgada de grueso, por eso saltó a mi vista. Lo leí y lo cerré, y como si otro espíritu trabajara en mí, fui a la capilla y dije: “Señor, si quieres, hazme sacerdote”. Sentí que escuchó mi oración. No sabía a dónde me llevaría todo esto.


El pensamiento de casarme y tener una familia no dejó de ser atractivo, y me parecía que si Dios me llamaba a una vocación sobrenatural, me daría una señal. Comenzó el semestre en primavera. No sentía ninguna prisa por dar algún paso adelante y discernir, pero escribí una postal a un seminario diocesano. Nunca recibí una respuesta y tomé esto como una señal para mantener abiertas otras opciones. Me mantenía cada vez más cercano a Dios gracias al contacto diario con sacerdotes, compañeros y maestros, así como con la Eucaristía en la capilla. Una noche recuerdo que dos muy buenos amigos y yo estábamos hablando sobre con quién queríamos casarnos, sin importarnos qué hubiera planeado Dios al respecto. Irónicamente unos años más tarde estaríamos todos estudiando para ser sacerdotes en Roma juntos. Con lo bueno que el matrimonio puede ser, Cristo nos estaba llamando a otro camino de seguirle más radicalmente, ¡qué honor!


Mi primer año en la universidad acabó, seguí el buen ejemplo de un amigo y me apunté para colaborar un año en el programa de voluntarios de la Legión de Cristo. En julio dejé mi casa para convertirme en un misionero universitario. Me encantó la experiencia de ir puerta a puerta con otros en Nueva York, invitando a los católicos a regresar a la iglesia. Un día alguien me preguntó “¿Crees que Dios te esté llamando?” y le dije que sí, que estaba en mi mente para después. Y entonces dijo: “Y si crees que Dios te llama, ¿por qué no ir al seminario ahora? ¿No crees que Dios te bendecirá por intentar?” Era la segunda vez que hacía la experiencia de este tipo de epifanía de Dios en mi alma, en la fiesta de María Reina. Al día siguiente cumplí 20 años y me apunté para el programa de discernimiento vocacional en Cheshire, Connecticut.


No fue una decisión fácil pero sin duda estoy feliz de que Dios me haya dado la gracia de tomarla. Estoy convencido de que Dios todavía me hubiera amado y bendecido si hubiera elegido otro camino. Pero creo que el sacerdocio es justo el tipo de vida para lo que me creó y donde le puedo servir mejor. Nada pudo haber sido mejor que la voluntad de Dios.


No depende de ti, depende de Él


Mis trece años de preparación para el sacerdocio han sido un reto y fueron muchas veces difíciles, pero siempre felices. Recuerdo estar una vez en cierto periodo cuando pensé que no era yo llamado porque no era lo suficientemente bueno. Este tiempo creo que fue la voz de María que escuché en mi alma, una palabra que fue repentina, firme y muy dulce: “Relájate, Jesús quiere que seas sacerdote más de lo que tú mismo quieres. No depende realmente de ti, sino de Él”.


Parecía que nunca acabarían todos estos años de preparación, pero ahora puedo mirar atrás, agradecido de que pude experimentar tantas cosas que me han ayudado a madurar en mi fe y en mi carácter. Además de la vida sacramental que gozamos, probablemente la mayor experiencia y bendición ha sido el poder encontrar personas verdaderamente inspiradoras todos los días: otros religiosos, laicos y sacerdotes del clero diocesano. Agradezco a Dios por mis padres, mis hermanos y hermanas y por todos los sacerdotes que he conocido, y por mis profesores y por todos mis hermanos en la Legión de Cristo que han discernido la voluntad de Dios conmigo en diferentes etapas a lo largo del camino. Gracias a nuestros amigos y bienhechores, a los miembros del Regnum Christi que me han inspirado y ayudado a perseverar, y a los millones de personas que rezan por las vocaciones cada día. Que esté aquí, sacerdote, hoy, es en cierta manera gracias a cada uno de ustedes.


EL P. TIMOTHY JOHN LYONS nació en Denver, Colorado (Estados Unidos) el 23 de agosto de 1977. Creció en Portland pero fue a la escuela en Massachussets (Estados Unidos). Asistió un año a la Universidad de Steubenville, Ohio, antes de entrar en el noviciado de los Legionarios de Cristo en el verano de 1997. Como legionario completó sus estudios en Connecticut (Estados Unidos), Nueva York y Roma. Ha conseguido el título de licenciado en filosofía y bachiller en teología. Colaboró además cinco años en colegios y programas juveniles en San José y Sacramento, California (Estados Unidos). Tiene 4 hermanos mayores y diecinueve sobrinos.









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2010 han sido publicados en el libro "Desde el corazón de Cristo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-23


 

 


 



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