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Un camino con la firma de Dios
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS
Testimonio vocacional del P. Alejandro Valles González, L.C.

P. Alejandro Valles González, L.C.
P. Alejandro Valles González, L.C.


Pudiera parecer difícil de entender, pero puedo asegurar que hasta los 21 años yo nunca pensé en ser sacerdote. Nací en la ciudad de Monterrey, México. En la familia somos tres hermanos, y mis padres nos formaron en un ambiente de gran libertad y responsabilidad. Desde pequeños nos inculcaron a buscar siempre el bien, a ser honrados, a dar lo mejor de nosotros mismos, a no conformarnos con la mediocridad. Su mejor modo de enseñarnos era con el ejemplo.


Con grande gratitud recuerdo su testimonio constante de sacrificio y de amor, dando todo su tiempo y energías por el bien de la familia. Éramos católicos, ciertamente, pero nuestra práctica religiosa se limitaba a la misa dominical. Más prioritario era el tema de los estudios.


Los tres estudiamos en el Colegio Americano de Monterrey, laico, pues mi padre deseaba que recibiésemos una muy buena formación académica y que pudiéramos hablar diversos idiomas.


Un adolescente como los demás


Mi adolescencia fue del todo normal. La vida giraba en torno a la familia, los amigos, las fiestas, los estudios y, por supuesto, el fútbol. Si bien entre mis hermanos y yo existían los clásicos conflictos de hermanos, teníamos claro que la familia era lo primero. Felizmente tengo muchos tíos y primos. Hasta la fecha, permanecemos todos muy unidos en torno a los abuelos y entre nosotros.


Los amigos del colegio también hemos formado un grupo numeroso y compacto hasta el día de hoy. Hemos sido siempre compañeros de juegos, de travesuras, de aventuras, de diversión, de fiestas, de viajes, de etapas de maduración, de convicciones y de los momentos importantes en la vida de cada uno. Siempre fui dedicado y esforzado para los estudios. Puedo decir que me gustaba estudiar y me apasionaba el reto de conseguir buenas calificaciones. Tuve siempre claro que por medio del estudio estaba construyéndome un exitoso futuro profesional. Terminé la secundaria con el mejor promedio del colegio.


Aunque ocupaba mis tardes en muchas actividades (tenis, clases de francés, clases de música), puedo decir que mi verdadera pasión, desde pequeño, fue siempre el fútbol. Fui siempre
P. Alejandro Valles González, L.C.
titular en el equipo del colegio y varios años fui también el capitán. Participamos en muchos torneos a nivel nacional. Me sentía orgulloso de formar parte de un buen equipo y me entusiasmaba esforzarme con toda mi persona para acumular triunfos deportivos.


Un buen día, Le conocí


Digna de mención es una experiencia que viví en la secundaria. Las mamás de algunos amigos del colegio nos invitaron a todos a un club en el que se impartía formación religiosa. Casi todos se apuntaron. En un principio, por mis muchas actividades, yo no fui. Sin embargo, al paso de un año, el entusiasmo contagioso de mis amigos fue tal que me vi arrastrado a acompañarles. Comencé a ir con ellos a este club juvenil católico que apoyan los Legionarios de Cristo, el Club Faro. Tenía 12 años y no podía imaginar el influjo que aquel lugar iba a tener sobre el resto de mi vida.


En el Club Faro se fortaleció mucho de lo que yo ya había recibido en casa: la importancia de aprovechar la vida para hacer el bien y dejar una huella que el tiempo no pudiera borrar; la certeza de que cada uno de nosotros había recibido talentos particulares que debía hacer fructificar buscando potenciarlos al máximo; el compromiso de cada uno por cumplir con los propios deberes de hijo, de hermano, de amigo y de estudiante del mejor modo posible. Además, se me inculcó el valor de la amistad, del apostolado, de la caridad y del buen uso del tiempo. Esas eran las reglas del juego.


La verdadera novedad para mi vida, sin embargo, la aportó el aspecto religioso. Descubrí cosas que en ningún otro lugar había escuchado y que daban sentido pleno a mi vida. Comprendí, a mi breve edad, en la medida y profundidad en que lo puede comprender un adolescente, que nuestra verdadera patria no está en esta vida, sino en la eternidad. También entendí que cada uno de nosotros ha sido creado por Dios con una finalidad particular, con una misión. Así las cosas, me quedaba claro que lo único realmente importante en la vida es cumplir la voluntad de Dios, es decir, el plan que Dios tuvo para hacernos felices al pensar en cada uno de nosotros, y que teníamos muy poco tiempo, lo que durara esta vida, para realizarla. Sobre todo, tuve la gracia a esa edad y en esas actividades, de recibir el don más grande que he recibido en mi vida: conocer a Jesucristo y, clavado en la cruz, le descubrí como quien es verdaderamente, mi mejor Amigo.


Por fuera, nada cambió. La vida proseguía por sus caminos y ambientes normales. Por dentro, en cambio, ya nada era igual. Desde entonces me di cuenta de que era Cristo quien hacía comprensible toda mi vida, quien le daba su sentido pleno, quien la llenaba de paz y felicidad. Desde entonces decidí vivir, hasta el fin de mis días, bien agarrado de su mano, amigo del Amigo.


Ahora, todo era cuestión de tiempo


Socio de Cristo en el negocio de la vida, me dispuse a vivirla con grande entusiasmo e ilusión. Deseaba dejar huella; deseaba entregarme al proyecto de formarme lo mejor posible para ser un profesionista exitoso, un cristiano santo, un testimonio de Cristo y un buen padre de familia. Por ello, terminé la preparatoria en el Instituto Tecnológico de Monterrey con mención honorífica y posteriormente la carrera de Ingeniería Industrial y de Sistemas en la misma institución. Hice un año de intercambio en la Universidad de Wisconsin, en Madison. Me gradué en diciembre de 1998 con los mismos resultados excelentes.


Invertí gran parte de mi tiempo a formar niños y adolescentes en el mismo Club Faro. Entré en el Movimiento Regnum Christi y me decidí a participar en apostolados y en las actividades espirituales que se me ofrecían: retiros, cursillos de formación, misiones de evangelización, actividades de voluntariado, etc. Seguí jugando fútbol y formé parte de los equipos representativos de fútbol de la preparatoria y de la universidad. Además, seguí llevando una intensa vida social con mis amigos, al mismo tiempo que me aventuraba a vivir diversas experiencias en el extranjero. En todo ello me acompañaba mi Amigo y me iba invitando siempre a ser más generoso en mis relaciones con Él y con los demás.


Con alegría contemplaba que mis proyectos poco a poco se iban realizando. Era joven, lleno de ricas experiencias, con las mejores disposiciones y óptimas credenciales. No tardaron en llegar las ofertas de trabajo sin que yo las buscara. El futuro se me abría de par en par lleno de posibilidades. Claro está, yo no lo quería vivir sin Cristo: NADA sin Cristo.


Decidí ser generoso con Él y regalarle dos años de mi vida dedicándolos al apostolado a tiempo completo como colaborador del Movimiento Regnum Christi, antes de enrolarme en el mundo del trabajo profesional. Se me encomendó el trabajo con adolescentes en Medellín, Colombia. Afronté el reto como una verdadera misión de Dios. Dos años de desgaste apostólico por Él me parecían una respuesta lógica a todo lo que Él había hecho por mí. Confiaba en que, después de dos años, volvería a Monterrey y Él me ayudaría a construir el resto de mi vida: trabajo, esposa, carrera, hijos, etc.


Al cabo de algunos meses en Colombia, justo antes de cumplir 22 años, Cristo, mi Amigo, alzó la voz y se hizo presente con gran claridad en mi vida. Mediante un rayo de luz misterioso en mi alma me hizo comprender que Él es el Señor de la vida y de la historia, el Señor de mi vida y de mi historia. Le bastaron fracciones de segundo para demoler mis planes: ¿dinero?, ¿éxito?, ¿familia?, ¿fama?, ¿carrera? Sí, eran buenos planes, pero no eran los suyos. Todo el camino formativo que yo había recorrido con tanta dedicación no desembocaba en lo que yo pensaba. Cristo lo había diseñado y permitido porque tenía otros planes para mí. Planes más altos, más trascendentes, planes divinos, misteriosos, eternos. Cristo me invitaba a ser sacerdote, legionario de Cristo. Yo nunca lo había pensado. Yo me había propuesto las más altas metas, los más altos ideales y objetivos. Lo que mi amigo ahora me proponía lo superaba todo: ser otro Cristo.


La vida, para Cristo


Terminé mi periodo como colaborador en Colombia y decidí ponerme en manos de Dios y responder con un “sí” a su invitación. Ingresé en la Legión de Cristo en México en el verano del año 2000 con 23 años de edad. Después de diez años, cuatro países e infinidad de experiencias espirituales, formativas y apostólicas, no me arrepiento de nada. Soy un hombre feliz. Comprendo que Cristo, mi Amigo, con la vocación sacerdotal ha querido hacerme un regalo personal y maravilloso, que apenas comienzo a comprender y por el cual, ciertamente, vale la pena dejarlo todo. He llegado a comprender que correr el riesgo de seguir la vocación no es, como a veces se piensa, un dejar que te corten las alas. Seguir la propia vocación pensada por Dios es, en realidad, dejar que quien te creó con amor y por amor te enseñe finalmente a volar.


EL P. ALEJANDRO VALLES GONZÁLEZ nació en Monterrey (México) el 15 de junio de 1977. Estudió en el Colegio Americano de Monterrey y completó la carrera de Ingeniería Industrial y de Sistemas en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey en 1998. Fue colaborador del Movimiento Regnum Christi en Medellín, Colombia, durante dos años, donde trabajó como formador de niños y adolescentes. Realizó el noviciado en Bad Münstereifel (Alemania) y cursó los estudios humanísticos en Salamanca (España). Durante tres años trabajó en la pastoral vocacional en el norte de Italia. Es bachiller en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Desde el verano de 2010 continúa con su trabajo en la pastoral vocacional en el norte de Italia.









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2010 han sido publicados en el libro "Desde el corazón de Cristo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-23


 

 


 



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