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Corazón inquieto
VENEZUELA | RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS
Testimonio vocacional del P. Aldonny Varela Vivas, L.C.

P. Aldonny Varela Vivas, L.C.
P. Aldonny Varela Vivas, L.C.


Para muchos se les hizo muy difícil creerlo: “¿Tú, sacerdote?”, y es que siempre fui un joven muy inquieto, deportista, noviero y fiestero. Pero ciertamente, cuando Dios llama, llama desde siempre, pues el sacerdocio es un llamado desde la eternidad.


El don de mi familia


Nací el 15 de agosto de 1979 en la ciudad de Gainesville, Florida, Estados Unidos. Era el día de la fiesta de la Asunción de María, por lo que desde mi nacimiento ella me ha acompañado siempre en mi caminar. Siendo mi familia de Venezuela, volvimos a nuestra patria cuando yo tenía dos años de edad. Allí, en la ciudad de San Cristóbal, viví toda mi infancia y juventud.


Doy muchas gracias a Dios por la familia tan hermosa que me dio: muy unida y donde nunca me faltó amor. En ella aprendí desde muy pequeño a orar. Recuerdo cómo nos juntábamos todas las noches a rezar, haciendo nuestras peticiones sencillas de niño; o cómo me mostraba mi hermana un crucifijo y me decía: “Él es Jesús, que murió por ti”. En mi familia aprendí a amar a Dios, a ser honesto y generoso con los demás.


Tuve una infancia muy inquieta, eso sí, llena de actividades y travesuras; pero sobre todo muy feliz. Siempre fui muy activo, y a veces desastroso. Por eso desde muy pequeño me llamaban “terremotico”, pues muchas cosas las destruía a mi camino. Ante tanta actividad, mi ángel de la guarda tuvo que trabajar mucho, como cuando tenía ocho años y me caí en una piscina vacía de cinco metros de profundidad. No me pasó nada, pero si hubiera caído ligeramente más de un lado, allí hubiera acabado todo.


Un llamado eterno


Siempre fui un chico de sentimientos nobles. Me gustaba defender a los más débiles y eso me metió en muchos problemas. Pero sobre todo, lo que tenía era un corazón deseoso de Dios. Y fue así, cuando tenía sólo siete años, que descubrí mi primer deseo de ser sacerdote.


Fue después de asistir a la ordenación sacerdotal de un amigo
P. Aldonny Varela Vivas, L.C.
de la familia. Yo no sé por qué, ni cómo surgió; sólo recuerdo con mucha admiración la ceremonia de ordenación, su solemnidad y el gesto del sacerdote postrándose en tierra, mientras todos rezábamos por él. ¿Qué fue lo que me atrajo? No sé, lo único que sé es que después de esto, ante la pregunta de mi mamá sobre qué quería ser de grande, le respondí: “Sacerdote”. Esa fue la primera chispa de esta llamada eterna para la cual Dios me había creado y me llamaba.


Aunque lo olvidaba, allí seguía


En los siguientes años esta primera luz cayó completamente en el olvido. Tuve una adolescencia bastante movida. Ya a los diez, once años escuchaba música heavy metal, iba a conciertos, etc. Después fue la época del noviero, amigos, salidas, fiestas y más fiestas. Fui siempre muy sociable y amiguero, por lo que no puedo decir que me aburría. Hacía mucho deporte: natación, fútbol, básquet, béisbol y sobre todo tenis, que fue mi pasión llegando a participar en torneos estatales y clasificándome entre los mejores ciento ochenta en mi categoría en todo Venezuela. Lo último en que pensaba era en ser sacerdote.


Pero aunque yo me olvidaba de esta llamada, allí seguía. Puedo decir que no hubo en mi adolescencia algo especial que me hablara del sacerdocio. Pero hoy, girando la vista hacia atrás, veo la mano de Dios que me fue protegiendo de todos los peligros que me cercaban, permitiéndome vivir una adolescencia bastante sana y alegre. Aunque de Dios poco me acordaba.


Un corazón hecho para Dios


Ciertamente no podía decir que algo me faltara. Lo tenía todo y a la vez no tenía nada. Lo tenía todo porque tenía una familia estupenda, amigos por todas partes, fiestas, diversión, novia, deporte… y entonces ¿qué?, ¿qué me faltaba? Mi corazón bramaba por un amor más grande. Estaba insatisfecho, como vacío a pesar de todo. Recuerdo que, cuando llegaba por la noche después de una fiesta, me abrazaba a la almohada y me ponía a llorar; y desde allí le gritaba a Dios: “Señor, yo sé que tú no me quieres aquí. ¿Señor, qué quieres de mí?” Pero nunca llegaba a pensar, todavía, que fuera el sacerdocio.


Así fue como, poco a poco, esa misma insatisfacción me fue llevando y abriendo a Dios, pues no estaba muy cerca de Él. Un momento definitivo fue para mí un retiro que hice con el movimiento católico “Encuentros de Hijos e Hijas”. Yo no quería ir, pero no puede encontrar una excusa para decirle que no a mi mamá, como en otras ocasiones . Fui al retiro con actitud rebelde, hasta que me tuve que enfrentar conmigo mismo. Y allí, entre lágrimas, reconocí mi vacío interior, y en este vacío busqué a Dios y le pedí perdón. Fue entonces cuando comencé a descubrir que la verdadera felicidad está en Dios. Me acerqué más a la Iglesia, a grupos de oración, a los sacramentos, llenando cada vez más mi corazón.


Un sacerdocio atrayente


Dios preparaba mi corazón para algo que desconocía, pues realmente no esperaba que fuera ésta mi vocación; sólo sabía que Dios quería otra cosa de mí. Y en esta actitud, fue cuando conocí a un sacerdote legionario de Cristo. En él me vi a mí y en él vi cómo Dios me veía; pues era un sacerdote joven, realizado, lleno de amor a Dios y a los hombres, que había consagrado su vida entera para hacer que los demás conocieran a Dios y llegaran a su destino final. Y fue entonces, por medio de este padre legionario, cuando comprendí la belleza de la vocación sacerdotal y la grandeza de su misión, ya que un sacerdote es glorificador del Padre y salvador de las almas.


Aunque todo parecía muy claro, tenía miedo de dar el paso en mi vocación; ya que no era fácil dejar todo, separarte de tu familia, amigos e ilusiones humanas.


Y fue entonces cuando comencé a escabullirme de este sacerdote para no afrontar la verdad de mi llamado.


Golpes certeros y el sí a Dios


Dios seguía llamando a mi corazón. Mi corazón bramaba por Dios y eso no lo podía negar ni evitar. Fue en un retiro que hice con un grupo de la parroquia donde vi claro que no podía huir más. Me di cuenta de que era Dios quien me llamaba y me invitaba a seguirlo, y sabía que a Dios no podía decirle que no. Sabía para qué me había creado Dios, y que en su llamada eterna encontraría la felicidad plena de mi vida. Y fue así que, delante de Dios, tomé la decisión de ir a donde Él quisiera que yo fuera, y de acompañarlo hasta el final.


Con la decisión puesta en el cielo, busqué al sacerdote legionario y comencé un camino de preparación y de mayor acercamiento a Dios. Comencé a rezar más, asistir a misa entre semana –luego diaria– y a rezar el rosario. Cada día ponía mi vocación en las manos de María y le encendía una velita, diciéndole que esa era mi vocación, que ella me cuidara y ayudara. También comencé, junto con otros jóvenes, los grupos de juventud misionera y del movimiento Regnum Christi en mi ciudad.


Algo que me costó mucho fue hablar con mis papás sobre mi decisión. Ellos estaban muy contentos de mi acercamiento a Dios, pero no sabía cómo decírselo. Lo hice antes de una convivencia vocacional: les escribí una carta y se la dejé sobre la cama. Ellos al inicio me apoyaron mucho, pero no pensaban que eso fuera a transcender como para que entrara al seminario, pues fueron ellos los primeros en sorprenderse de mi vocación al sacerdocio.


Fui al programa de discernimiento vocacional en el verano –que fue el primero que se realizó en Venezuela– para conocer más a fondo la vocación y la Legión de Cristo, pero la decisión ya estaba tomada, pues lo veía bastante claro. Fue una experiencia muy bonita, había un buen ambiente y mucha convivencia con los padres, que eran un gran testimonio de oración y caridad cristiana y también de alegría.


Pasado el mes, regresé a mi casa para despedirme, ya que comenzaría mi vocación religiosa-sacerdotal en el noviciado de Monterrey en México, dado que en Venezuela aún no hay un noviciado de la congregación. Esto fue muy difícil, pues me costaba separarme de mi familia para emprender este camino de seguimiento de Cristo en el sacerdocio. A mis papás también les costó mucho e incluso se oponían en un principio, pero viendo mi decisión firme me dejaron ir. Ellos, al igual que mis amigos y conocidos, pensaban que duraría poco, un año cuando mucho, pues nadie creía que yo pudiera ser sacerdote.


Vocación a ser feliz


Comencé mi noviciado bastante distraído, pero lleno de alegría y gratitud con Dios. Desde ese entonces, han pasado ya trece años de seguimiento de Cristo en la Legión; años muy hermosos, llenos de alegrías, sacrificios, entrega y sobretodo de una felicidad rebosante. Ver esta felicidad ha sido lo que más ha ayudado a mis papás, pues qué más quieren unos padres que la felicidad de sus hijos; hoy son ellos los que más me apoyan y los más orgullosos de mi vocación.


Durante todos estos años puedo decir que he sido feliz y que mi mayor felicidad consiste en amar a Dios y poder ayudar a tantas personas a que encuentren a Dios y su felicidad. Es una vocación que no cambio por nada.


EL P. ALDONNY ALFREDO VARELA VIVAS nació en Gainesville, Florida (Estados Unidos), el 15 de agosto de 1979. Estudio en el Colegio Cervantes, en San Cristóbal (Venezuela). Ingresó al noviciado el 15 de septiembre de 1997 en Monterrey (México). Cursó sus estudios humanísticos en Salamanca (España). Durante un año y medio fue miembro del equipo de formadores del seminario menor de la Legión de Cristo en Porto Alegre (Brasil). Posteriormente ayudó en la pastoral juvenil en Guadalajara y Querétaro (México). Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Actualmente desempeña su ministerio en la pastoral juvenil en Tijuana (México).









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2010 han sido publicados en el libro "Desde el corazón de Cristo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-23


 

 


 



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