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Hacer memoria de Dios.
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No tuve que cortar
ESPAÑA | RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS
Testimonio vocacional del P. Cristóbal Vilarroig Martín, L.C.

P. Cristóbal Vilarroig Martín, L.C.
P. Cristóbal Vilarroig Martín, L.C.


¿Quién fue el culpable? ¿Un sacerdote? ¿Algún tío cura? ¿La insistencia de la familia? ¿Tal vez mis padres me repetían día y noche que tenía que entrar al seminario? ¿Un ángel que se me apareció? Creo que no: ninguno de estos. Normalmente uno busca un origen “científico” de su vocación. Pues nada de esto encuentro yo en el origen. Sólo sé que desde que tengo conciencia quería ser o sacerdote o maestro. Recuerdo alguna de aquellas tardes de mi niñez en que, revestidos con un batín, celebrábamos misa mi hermano y yo para mi madre y mis tías que conversaban animadamente en el sofá.


Capítulo primero: una familia


Mi familia es católica y practicante. Mis padres pertenecen a la Adoración Nocturna, y nosotros éramos “tarsicios”, una especie de club para niños de la Adoración Nocturna, y teníamos cada sábado nuestra reunión. Por lo demás, las oraciones que hacíamos en familia consistían en la misa dominical y el rosario prácticamente cada noche. El resto del día, que no era poco, lo pasábamos estudiando, jugando (somos siete hermanos y cinco primos que vivíamos en la misma finca) y trabajando en la granja—¡ay, dolor!—los fines de semana y parte del verano. En la granja no nos aburríamos, y nos lo pasábamos bomba construyendo cabañas, haciendo obras de teatro con marionetas, experimentando con gallinas, cazando gatos…


De mis padres tengo que decir algo que salta a la vista: nos educaron en la libertad y en la libertad nos han dejado escoger a cada uno el camino que elegimos. Hoy somos cuatro quienes nos hemos consagrado a Dios y tres que han seguido la vocación matrimonial. Desde que entré en la Legión varias veces me han dicho que, si alguna vez quisiera regresar a casa, tengo las puertas abiertas. Y he tenido ocasión de saber que su apoyo es real e incondicional. Y a lo de mi familia he de añadir una cosa más: entre nosotros, con las riñas y piques normales entre hermanos, siempre ha habido una grandísima unión y respeto. Lo bien que lo pasamos cuando todavía hoy podemos reunirnos todos…


Capítulo segundo: una parroquia

P. Cristóbal Vilarroig Martín, L.C.
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Pasamos a otro ambiente: la capilla de San Agustín y San Marcos. Surgió un sacerdote, llamado Joaquín Amorós. Su valenciano apellido lo decía todo: amaba a todos como a sí mismo, y todos le amaban como se quiere a un santo. Capellán de un antiguo sanatorio, dedicaba sus tiempos libres a atender las capillas de la parroquia de San Juan Bautista. Un día avisó a mis padres que iba a comenzar a celebrar misa cada día en la iglesia de nuestro barrio. Ellos le pidieron a mi hermana Ana, entonces de doce o trece años, si podía ir para tocar el órgano en la misa. El mismo P. Amorós le había enseñado, como nos enseñó a todos a tocar algún instrumento. Entonces, fue mi hermana. El segundo día nos unimos mi hermano Jaime y yo, que hicimos de monaguillos. Al día siguiente, mi primo Alberto, que de camino se encontró con ocho amigos que también se vinieron. Al terminar el año en la misa cotidiana había unos quince monaguillos, una orquesta de guitarras, bandurrias y laúdes, y un ambiente de alegría y entusiasmo que no cambiábamos por nada.


Además, el P. Amorós no se esperó a que nos aburriésemos. Antes de la misa nos reuníamos en la sacristía para que nos contase la vida del santo del día, y nos tenía a todos más atentos que si estuviésemos ante el mejor de los videojuegos. Después de la misa teníamos ensayo de instrumentos, juegos y otras actividades. Conclusión: todos los días estábamos en la iglesia desde las cinco y media hasta las siete por lo menos. Luego con nuestra rondalla comenzamos a dar funciones: en los desfiles de la ciudad, en el colegio, en los clubes de ancianos… y las noches de los sábados de mayo íbamos a darles serenata a quienes habían de hacer su primera comunión. Luego excursiones, obras de teatro, una propia revista… Y en medio de esto nos iba enseñando con la práctica, la felicidad que hay en ser cristianos coherentes. Mi deseo de ser sacerdote creció durante este tiempo. ¡Padre Amorós, descanse en paz, que se lo merece!


Capítulo tercero: un campamento


Todos los veranos íbamos a los campamentos que organiza la Unión Seglar de San Antonio María Claret. Sinceramente, y sin exagerar, creo que eran los días que más esperaba en el año. ¿Es que nos pasábamos el día en la cama? Mmmm, creo que no: levantarnos temprano, vestir el uniforme, dejar pulcra la tienda de campaña (o intentarlo), formar para izar banderas, oraciones de la mañana, meditación, misa, charlas, clases de canto… juego (menos mal), rosario, arriar banderas, cena, oraciones de la noche, fuego de campamento, dormir. Pero lo curioso es que estas actividades no sólo me gustaban a mí (no sea que digan que es porque soy raro): es que estábamos todos encantados. Allí yo me preguntaba: “¿Y por qué no podría ser toda la vida como este campamento? ¡Hay muchos rezos, y hasta muchos sermones –que, como a cualquier niño, en sí, no me entusiasmaban especialmente–, pero siento que quiero explotar de felicidad. Desearía que este campamento no se acabase nunca!” También en estos campamentos recibía el ejemplo de dos sacerdotes excelentes: el P. Alba, q.e.p.d., y el P. Cano, verdaderos misioneros de Cristo Rey.


Capítulo cuarto: donde se narra cómo se pueden juntar las tres cosas anteriores para toda la vida


Mi hermana Mariví llevaba ya seis o siete años de misionera, Javier hacía cinco años que se había ido al centro vocacional de los Legionarios de Cristo y, a la sazón, era humanista en Salamanca. Ana estaba en el centro estudiantil de las consagradas del Regnum Christi en Valencia. Yo siempre había querido ser sacerdote, pero ahora tenía mis catorce años, y comenzaba a darme cuenta de que la vida en el seminario requiere renunciar a la vida de fuera del seminario, que ya comenzaba a hacerme guiños. Ahora me daba un poco de miedo esto de ir a probar al seminario… ¿Y si me gustase? Tampoco quería dejar todas esas cosas maravillosas que Dios me había regalado y que he descrito más arriba. Pero bueno, ya me había comprometido, y mis padres me animaron a ir: “Si ya le has dicho al padre que vas, no puedes dejarle plantado. Si no te gusta, al final te vuelves a casa, y santas pascuas”. De hecho, poco antes de la convivencia, fui con mi madre a inscribirme al instituto Ribalta para cursar el año siguiente. Así mis padres me decían que no tenía ninguna presión por su parte para quedarme en el centro vocacional. Ya está: iría ese verano y luego me regresaría a casa. Más adelante veríamos esto de la vocación… o no.


Los primeros días en el centro vocacional los pasé mal: no quería que me gustase, pero me gustaba… No sé, todo se me hacía tan familiar, me venía como anillo al dedo (nunca he usado anillo, pero me dicen que suelen encajar bastante bien). Me sentía tan bien como cuando iba a los campamentos. Por fin, una semana antes de terminar el cursillo, me di cuenta de que lo que me pasaba era una verdadera estupidez: con la excusa de “ser feliz”, no quería quedarme en el lugar en que me sentía tan feliz. Por otro lado pensé: “Estos dones que Dios te ha regalado: familia, parroquia, campamentos, son una etapa de tu vida, y pasarán. Si te casas, tendrás que reestructurar los lazos con tu familia que, además, de cualquier manera –ley de vida–, tampoco es eterna. El P. Amorós también tendrá que irse en unos años y muchos de tus amigos de la parroquia también cambiarán de lugar. Y los campamentos… son para los niños, y llegará un día en que ya no podrás ir. Has de saber desprenderte. ¿Entonces qué? ¿Para qué me ha dado Dios todo esto? Para que viva la niñez y adolescencia cerca de Él, y para que luego los haga fructificar. Y ¿qué mejor modo hay de dar a los demás esto que he recibido, si no es a través del camino que el mismo Dios me propone?”


Entonces decidí vivir esa última semana como si efectivamente me fuese a quedar, y le prometí a Dios que, si veía que era lo mío, me quedaría. Y así fue: me di cuenta de que todo lo que había sufrido las semanas anteriores se debía a ese razonamiento tan tonto e inmaduro que había en mi mente. Y me lo pasé en grande, y me di cuenta de que la Legión de Cristo era el modo de continuar y hacer fructificar el campamento, la parroquia y también la familia. En realidad, más que cortar con lo anterior, era continuarlo.


Han pasado 16 años, y he vivido en Valencia y Salamanca, en Alemania, Brasil e Italia; he conocido a gente maravillosa, he podido aprender mucho de tantas culturas; he podido dedicarme al estudio, a la enseñanza, a la oración, a la música (que me encanta), a ayudar a los demás. Mis superiores han sido verdaderos padres en los cuales he visto tanto afecto y cercanía, en los hermanos a mi alrededor también he encontrado siempre apoyo y ánimo. Ha habido momentos difíciles, sí, pero también muchos, muchos momentos que no cambiaría por nada, y me he dado cuenta también de que no hay felicidad sin cruz. Pero, sobre todo, ha estado muy presente Dios: “Yo estoy siempre contigo” (Sal 73, 23).


EL P. CRISTÓBAL VILARROIG MARTÍN nació en Castellón de la Plana (España) el 23 de enero de 1980. Es el sexto de siete hermanos. Realizó sus estudios básicos en el Colegio Público San Agustín. Ingresó al centro vocacional de los Legionarios de Cristo en Moncada cuando tenía 14 años. Hizo dos años de noviciado en Bad Münstereifel (Alemania). Cursó los estudios humanísticos en Salamanca. Desde el año 2000 al 2004 estudió en Roma la licenciatura en filosofía. Terminada ésta, fue encargado de estudios y profesor en el centro de noviciado de la Legión de Cristo en São Paulo (Brasil). Realizó los estudios teológicos en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Actualmente se encuentra en Roma estudiando la licenciatura en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico.









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2010 han sido publicados en el libro "Desde el corazón de Cristo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-23


 

 


 



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