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Gracias a la confesión
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS
Testimonio vocacional del P. Felipe Villagómez Amézquita, L.C.

P. Felipe Villagómez Amézquita, L.C.
P. Felipe Villagómez Amézquita, L.C.


Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan, él no era la luz, sino que vino a dar testimonio de la luz. En este caso no se trata de Juan el Bautista, sino del P. Juan Márquez, L.C. Él no era la luz, pero me dio un gran testimonio de su sacerdocio, comunicándome la paz de Dios. Eso fue lo que despertó en mí la primera inquietud de querer conocer a los Legionarios de Cristo. Gracias a él encontré la Luz verdadera en mi vida, encontré a Cristo.


Familia


En mi familia somos cuatro hermanos, de los cuales soy el tercero. Compartimos muchos momentos de alegría; y de dolor, por la muerte de algunos familiares. En el ambiente familiar reinaba una gran unidad entre todos. Un momento que recuerdo de forma particular es la participación en la celebración eucarística de cada domingo, pues siempre acudíamos en familia.


Mi mamá se dedicó al hogar y a la educación de sus hijos. Nos enseñó el amor a los demás sabiendo disculpar lo malo que pudiéramos ver. Mi papá, un hombre trabajador, compartía mucho tiempo con nosotros en los momentos de diversión y deporte. Aprendí de los dos el amor sencillo y espontáneo a Cristo y a la Santísima Virgen. Recuerdo a mi papá, cuando se despedía de la Virgen antes de ir al trabajo, o su prolongada oración al salir de viaje.


Desde el inicio encontré un gran apoyo para mi camino vocacional en mi familia, tanto por parte de mis papás como por parte de mis hermanos. No fue fácil la decisión final, por la cercanía que tenía con mis hermanos y al ambiente de casa. Era consciente desde el inicio de que, si ingresaba al seminario, sería para siempre, para seguir a Dios por el camino por el que Él me conduciría y, por lo tanto, no podía volver la vista atrás.


El primer llamado


A los ocho años me preparé con mucha ilusión para recibir la primera comunión. La confesión, un día antes, es un recuerdo imborrable. La catequista, mi tía Margarita, nos ayudó a
P. Felipe Villagómez Amézquita, L.C.
mi hermano y a mí a preparar la confesión, de rodillas ante el Santísimo. Conforme se acercaba el momento, sentía el latir de mi corazón y el deseo de que pasara rápido ese momento. Fue un encuentro maravilloso con Dios. Recibí su perdón y encontré su misericordia. Ahora ya lo podía recibir.


Sentía que la misa era sólo para mí. El momento más emocionante fue el de la homilía. No recuerdo las palabras del sacerdote. Sólo me quedó claro que yo tenía que predicar a Jesucristo como lo hacía aquel sacerdote. Si él lo hacía, ¿por qué yo no lo daba a conocer de la misma manera?


Durante una semana ese pensamiento volvió continuamente a mi mente. Pensé que se trataba de un sentimiento bonito, algo propio de cualquier niño en el momento de recibir su primera comunión. Además, no quise comentarlo con nadie para que no pensaran que yo quería ser sacerdote, pues el llamado no era claro. Sentía la necesidad de predicar a Cristo, pero no sabía si era como misionero, catequista o sacerdote.


Los Misioneros Xaverianos


Los Misioneros Xaverianos tienen un seminario mayor en Salamanca, Guanajuato, cerca de mi casa.


Durante la infancia tuve la oportunidad de compartir muchos momentos con los seminaristas. Su alegría me atraía, así como el entusiasmo que ponían


durante la catequesis que impartían en mi parroquia. Los veía y luego escuchaba a mis hermanos hablar de las clases que recibían de ellos, pues sólo daban a los más grandes la catequesis. Me atraía, de manera especial, lo que contaban sobre las misiones.


En el colegio donde estudiaba, ellos impartían la clase de religión a los alumnos de sexto de primaria. Dos seminaristas me dieron clases. Me sentía atraído por su dinamismo y por lo divertida que resultaba la clase. Nos transmitían el amor a Dios y los conocimientos de nuestra religión a través de juegos o de explicaciones apropiadas para niños.


Con frecuencia organizaban convivencias en el seminario, el día mundial de las misiones, festejo del día del niño… y nos invitaban tanto en la parroquia como en el colegio. Además, en algunas ocasiones, invitaban a un grupo reducido a pasar una tarde de juego con ellos. Dios iba preparando el camino para el llamado.


Tú, sígueme


Hacia el final de quinto de primaria me vino una pregunta a la mente: ¿Qué quiero hacer con mi vida? Empecé a pensar en posibles caminos y volvió la idea del llamado de Dios. Ahora se presentaba con mayor claridad. Ya no era algo genérico sino que se concretaba en la vocación sacerdotal. Durante el período de vacaciones no volví a pensar en el tema.


Al empezar sexto de primaria llegó el P. Juan Márquez, L.C., a dar una charla vocacional. Nos habló del centro vocacional, el apostolado con adolescentes y jóvenes. A mí no me interesaban mucho estos temas. Al final nos dijo que un grupo de legionarios se dedicaba a las misiones en Quintana Roo. Esto fue lo que me llamó la atención para ver la Legión de Cristo como una posibilidad. Nos preguntó si alguna vez habíamos pensado en ser sacerdotes, si queríamos conocer algo más sobre Dios y si queríamos conocer algo más sobre los Legionarios de Cristo. A las tres preguntas respondí afirmativamente.


Lo que más me interesaba en ese momento era el conocer algo más sobre Dios. En realidad deseaba pedirle un consejo para que, al salir de la primaria pudiera continuar la confesión mensual, como se acostumbraba hacer en el colegio. Mi experiencia de la paz de Dios me llevaba a buscarlo en este sacramento.


Supe que otros dos compañeros también estaban interesados. A los tres nos invitó el P. Juan a conocer el centro vocacional, en el mes de diciembre. Los tres participamos en la convivencia. Ahí encontré un ambiente de caridad,


respeto y amor a Dios, reflejado en la vivencia de la santa misa. Sentí que ese era el lugar que Dios quería para mí.


Por motivos de edad, compartía mi tiempo de forma especial con mi hermano menor, pues nos llevamos sólo un año de diferencia entre los dos. Habíamos vivido tantas aventuras, travesuras y otras experiencias juntos, que no era sencilla la separación. Recibí de Dios un mensaje muy claro el día de Navidad de 1990. Estando en familia ante el pesebre, cada uno presentaba al Niño Jesús una petición. Se quedó en mi memoria la petición de mi hermano menor con sus once años: pedía que si era ésta mi vocación, recibiera la fuerza para seguirla. Entendí que ya no podía mirar hacia atrás. A partir de ese momento mi pensamiento se centraba en el ingreso al seminario, al final del año escolar.


Faltaba una aventura más. El P. Juan me había dicho que volvería a mi casa para ver cuál era mi decisión. Sin embargo, la ocasión en la que me visitó no se encontraba nadie en casa. Esperé hasta el mes de mayo. Al ver que el padre no volvía, le pedí a mi papá que llamara al centro vocacional. Lo intentó tres veces y respondía una señora diciendo que era una casa particular, no un seminario. Sólo Dios sabe lo que sucedió, pues el número de teléfono era correcto, como pude comprobar más tarde. Entonces pedí a mi papá que me llevara a buscar al P. Juan al seminario de León. Mi papá accedió a mi petición, haciéndome ver que sólo yo conocía el camino. Con mucha seguridad le dije que yo le podía guiar, aunque en el fondo no tenía claro el recorrido. Gracias a Dios encontramos el centro vocacional y al P. Juan.


El 8 de julio de 1991, a las cinco de la tarde, llegué al centro vocacional. Fue difícil la decisión, pero en ningún momento me he arrepentido. Como regalo de Dios, nunca he dudado de mi vocación, a pesar de los momentos de dificultad que se han presentado. El llamado de Dios a seguirlo ha seguido presente en todo momento.


EL P. FELIPE DE JESÚS VILLAGÓMEZ AMÉZQUITA nació en Salamanca, Guanajuato, (México), el 2 de diciembre de 1978. Ingresó en el centro vocacional de León, donde cursó los tres años de secundaria. Hizo su noviciado y sus estudios humanísticos en Salamanca, España. Durante seis años trabajó pastoralmente en clubes juveniles. Colaboró durante tres meses en el equipo de formadores del centro vocacional de Monterrey. Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Actualmente está cursando la licenciatura en teología.









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2010 han sido publicados en el libro "Desde el corazón de Cristo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-23


 

 


 



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