|
|  | |
| P. Fernando Salvador Nuño Dávalos | |
 |
Muchas veces me he preguntado cuándo nació mi vocación.
Por más que he analizado no he encontrado un
momento preciso que responda con plenitud a un llamado interior.
Hace no mucho tiempo, leyendo la sagrada escritura descubrí
la respuesta: “Antes de que fueras formado en el
seno materno te llamé; te consagré para que fueras
profeta de las naciones” (Jer 1, 5). Y nunca mejor
me sentí identificado con la vocación de los profetas:
hombres normales, tomados de entre los hombres, en un
contexto de fe, llamados por Dios para llevar un mensaje
de salvación. Muchos de ellos sintieron que la misión
les sobrepasaba completamente, a tal grado que incluso trataron
de rebelarse. Siempre me impresionó la historia de Jonás,
ese joven inquieto que, habiendo recibido una misión, trata
de escapar hacia una dirección totalmente opuesta a la que
Dios le estaba llamando. Se va de viaje, se
esconde, y Dios, que todo lo ve, no lo
deja, sino que incluso lo persigue para que vaya a
realizar la misión encomendada. Una vez que cumple con
el encargo de Dios, toda la ciudad se salva
gracias a su predicación. Así actúa Dios: Él quiere salvar
a todos los hombres, no necesita grandes talentos, sino
sólo disponibilidad, humildad y mucho amor.
Tierra de mártires
Soy de Zapotlanejo, Jalisco, un pueblo
cercano a Guadalajara. Es allí donde comienzan los “Altos
de Jalisco”, tierra privilegiada por la fe y regada
con la sangre de los mártires cristeros (en los
inicios del s. XX). En ese tiempo, obligados por la
persecución religiosa, los sacerdotes celebraban los sacramentos en casas
privadas, a escondidas y a media noche. Los fieles
hacían correr la voz avisando dónde, cuándo y a qué
hora sería la misa. Luego llegaba el sacerdote y
una vez terminada la celebración, poco a poco cada
quien regresaba a sus hogares de modo precavido. El padre
José Isabel Flores, celebró varias veces la Eucaristía en
la hacienda de mi bisabuelo en la ranchería de
‘Mezquite Grande’ y un poco después todos fueron testigos
del último testimonio que el padre dio de su fe
en Jesucristo. Fue delatado por unas personas cuando estaba
celebrando la Eucaristía, llegaron los soldados, lo prendieron y
luego lo ajusticiaron en el cementerio de Zapotlanejo. Mi
abuelo paterno fue testigo de estos los acontecimientos, cuando
era todavía un niño.
Mis abuelos
La fe siempre fue un elemento constitutivo de
toda mi familia. Gracias a Dios siempre conté con
buenos ejemplos de fe de mis abuelos y de mis
tíos. Uno de los hermanos de mi abuelo fue
sacerdote y dos de sus hermanas fueron religiosas. También
un hijo suyo es sacerdote y misionero diocesano en Chiapas.
Por ello, siempre para mí ver a un sacerdote
era ver a alguien cercano, alguien querido y venerado
por mi familia. Todos los veían como una bendición de
Dios.
La familia de mis abuelos
paternos fue numerosa. Mi abuelo Jesús siempre fue muy
trabajador y un hombre muy religioso. Siempre alegre, contando
anécdotas y adivinanzas a sus nietos. Siempre repetía: “¿Para
qué fue creado el hombre? Para alabar y glorificar a
Dios en esta vida y gozar eternamente de Él
en el cielo”. Él lo tenía clarísimo y así
vivió hasta el último día. Mi abuela, con toda su
fortaleza y tesón, fue la colaboradora excepcional con la
que lograron forjar una familia hermosa, de la que
hoy vemos sus frutos: un hijo sacerdote, dos nietos que
se ordenan en 2011 y dos nietas consagradas en
el Regnum Christi.
Mis abuelos
maternos también formaron una familia muy bonita, muy unida,
aunque mucho más pequeña. Mi abuelo Félix siempre ha
querido mucho a sus nietos. Un hombre de profunda vida
cristiana y de trabajo duro, sensible, honrado, siempre dispuesto
a ayudar a quien lo solicitara. Mi abuela Ana
María siempre ha sido una mujer muy trabajadora, humilde,
silenciosa y siempre preocupada de que todos estuvieran bien
atendidos. Se prodigaba en sus servicios y el buen ejemplo.
Mi familia
Mis
papás han sido una gran bendición, un testimonio de
total dedicación y cuidado de sus hijos. Han sabido
ser ese reflejo del amor de Dios por nosotros. En
los últimos años han crecido mucho espiritualmente y son
un gran testimonio para toda la familia. Mi papá
colabora como ministro extraordinario de la Eucaristía y mi
|
|  | |
| El P. Salvador en el 2005, durante las misiones de Semana Santa en México. | |
 |
mamá ha colaborado en la promoción vocacional y dirige grupos
en el apostolado de ANSPAC (Acción Nacional Pro Superación
Personal).
Yo soy el cuarto de
siete hijos. Mis hermanos mayores ya están casados y
los menores aún estudian.
Vocación
Yo solía juntarme mucho con mi primo Francisco. Siempre
estuvimos muy unidos y compartimos muchos momentos de diversión y
de travesuras. En el año 1992 el P. Enrique
invitó a Francisco al centro vocacional de los legionarios
en México… y después de un tiempo, lo dejé de
ver. Fui a visitarlo un día y mi tía
me dijo que se había ido al seminario. Me
llamó la atención que se hubiera ido tan lejos y
a tan corta edad. La primera vez que volvió
después de unos meses me contó que el seminario le
había gustado mucho y que si yo quería también
podría ir el siguiente año. Nunca fui de convivencia,
sino que cierto día llegaron los padres legionarios a mi
colegio invitándome a México: “¿Quién quiere ser sacerdote?” Y
yo, que ciertamente no quería, sí tenía deseos de
ir a conocer una aventura nueva, lejos de mi casa
y de mis papás. Contesté que sí para que
me invitaran. Convenimos una reunión en mi casa y
mis papás dijeron que hablarían conmigo primero. Así sucedió y
como yo seguía insistiendo, al final me apoyaron. Salí
el día 2 de julio de 1993 hacia la
Ciudad de México. El viaje fue muy largo y aburrido,
y no pasaron tres horas cuando ya estaba extrañando
a mis papás… la historia sería muy larga.
México D.F.
Al llegar al seminario
me sorprendió mucho la acogida tan calurosa que nos dieron
algunos padres y hermanos apostólicos. Nunca había visto un
sacerdote con sotana, tan alegre y jovial. Pasaron los
días y la añoranza de la casa se hacía
sentir más. Pero poco a poco me fui metiendo más
en las actividades hasta que por fin llegó el
día familiar. Mis papás llegaron y yo ya había hecho
mi maleta: estaba decidido a regresar a casa. Saludé
a mis papás entre lágrimas de alegría. Pasamos todo
el día de convivencia en el seminario y al final
cuando me preguntaron si me quería regresar; yo no
supe responderles. No sé de dónde saqué las fuerzas
para decirles que no.
Iniciamos el
curso escolar y no veía la hora en que
llegara la visita a mi casa. Por fin llegó
octubre y me llevé todas mis cosas para olvidar definitivamente
el seminario. Mi papá se extrañó que no quisiera
regresar. No me dijo nada; pasó la visita y
el último día habló personalmente conmigo, me dijo: “Yo respeto
tu decisión, pero te recomiendo que no pierdas el
año, si te quedas te vas a retrasar”. Me
propuso que terminara el curso y luego me regresara a
casa. Me costó mucho pero era lo más sensato.
Volví al centro vocacional y comencé a tomar el
ritmo. Me siguió costando mucho, pero cada vez me fui
habituando a mi nueva situación. Llegó el verano y
ya tenía la intención de quedarme en casa. Lo
que no sabía era que ya me había hecho a
la vida del seminario y no a la de estar
en casa aburrido y perdiendo el tiempo. Pasaron los
quince días de visita y decidí hacer un año
más… la historia fue cambiando: fui conociendo más a la
Legión y mi vocación. Hubo también un torneo de
la amistad de todas las apostólicas del mundo en
1994. Para mí fue un gran descubrimiento el ver la
grandeza y maravilla de la Legión de Cristo, compuesta
de hermanos de tantas naciones diversas y con un
mismo espíritu y entusiasmo por Cristo. Fue una gracia
que siempre aprecié.
Europa
España
me asombró por sus tradiciones y sus paisajes tan
peculiares. Cuando voy a conocer algún lugar, me gusta
relacionarme con las personas del lugar para ver cómo
piensan, cuáles son las costumbres y sus gustos. Cuando salíamos
de paseo al campo, yo acostumbraba saludar a las
personas por la calle, pero para mi sorpresa nadie
contestaba al saludo; todos iban mirando el suelo, otros nos
miraban extrañadísimos. Recuerdo una vez cuando regresaba a casa
después de una cita con el dentista. Era yo
apenas un novicio de diecisiete años. De pronto sale
corriendo una chica de unos quince años y, al verme,
se me acerca llorando y me pregunta: “¿Eres sacerdote?”
Obviamente le dije que no. Y luego: “¿Te puedo
ayudar?, aquí cerca está el seminario, por si necesitas un
sacerdote…”. “¿Qué pasa?”, insistí. “Es que me acaban de
violar mis hermanos… me quiero morir”.
Y se echó a correr. “Espera”, le dije. Pero
sólo la vi desaparecer.
Yo quedé
en shock durante varios días pensando en qué habrá
sucedido con aquella chica. ¿Qué habría hecho? ¿A dónde
habrá ido? ¿Seguiría viva? ¿Por qué tanta maldad, dónde estaba
Dios? Y yo, ¿por qué no pude hacer nada
por ella? ¿Por qué no pude salvarla, ayudarla? ¿Qué
iba a hacer yo para remediar un poco este mundo
que estaba “patas arriba”? Sentí que aquella niña representaba
a todo este mundo que me gritaba: “¡Ayúdanos!”. Ese
fue uno de los primeros momentos en que sentí
grandes deseos de ayudar a los demás y llevarlos a
Dios.
Pasó el noviciado y realicé mi
primera profesión religiosa. Luego inicié las humanidades. Recuerdo que
tuve la gracia de ir a Roma con ocasión
del año jubilar del 2000, junto con mis papás.
Fue un evento que realmente me llegó hasta lo hondo
del corazón: el ver la universalidad de la Iglesia,
el testimonio de vida del Papa Juan Pablo II, su
fuerza y todo el bien que Dios estaba realizando
a través de él… Gracias que me dieron un
nuevo empuje y la fuerza de un nuevo comienzo. Pocos
meses después inicié mi filosofía en la ciudad eterna.
Yo aproveché muchísimo mi estancia en Roma para conocer
la Iglesia y sentirme parte viva de su cuerpo. Fue
una experiencia muy enriquecedora.
Colombia
Después de dos años de filosofía me destinaron a
la ciudad de la eterna primavera: Medellín. Fueron años
muy bonitos, de mucha maduración personal, de responsabilidad, de
saber defender mi vocación de tantos peligros que me
hubieran hecho perderla. Colaboré como profesor, prefecto de disciplina en
el colegio Cumbres y asistente del ECYD en la
ciudad. Fueron años de mucho trabajo, de muchas experiencias
nuevas y también de pruebas difíciles. Pero al que
se confía en Dios, Él no lo abandona.
Roma, de nuevo
Regresé a Roma para
iniciar esa recta final hacia la ordenación. Las prácticas
apostólicas me dieron una mayor madurez y un empuje para
perfilarme hacia el sacerdocio. Realicé la licencia en filosofía
y posteriormente la teología. En esos últimos años me
ayudó mucho el centrarme más en Dios, en la vida
espiritual, más que en mí mismo y mis proyectos.
Al paso de unos meses de teología, me di
cuenta la riqueza tan grande de la tradición de la
Iglesia, y me dio una gran sed por descubrir
todos esos tesoros que hasta ese día habían estado
un poco escondidos para mí, como son la lectura de
los santos padres, los concilios, etc. Me nació una
sed muy profunda de Dios. Además el tiempo de
la ordenación sacerdotal se acercaba y yo sentía un vacío
por dentro. Tuve la gracia de realizar los ejercicios
espirituales de un mes. Fue una experiencia un tanto
difícil, pero la viví como un gran reto. Quise aprovecharla
al máximo y Dios me dio su gracia: me
concedió el don de experimentarlo más vivamente y de
sentir una gran sed de Él. En este periodo crecí
mucho espiritualmente. En este periodo también se juntó la
prueba por la que hemos estado viviendo todos juntos
como congregación, pero encontré fortaleza en Dios. Sentí por dentro
las palabras de santa Teresa: “Nada te turbe… Sólo
Dios basta”.
¡Gracias!
Todos
estos años he vivido muy feliz tratando de llevar una
sonrisa a todos. No sé lo mucho o poco
que he podido dar. Dios me ha dado mucho: me
ha dado ojos para ver las necesidades del mundo
y un corazón para aprender a amar a todos. Ahora
que llego a esta primera meta del sacerdocio sólo
tengo una palabra: ¡Gracias!
Gracias a
Dios, a mis papás por su apoyo, a mis
familiares por su cariño y su ejemplo, a mis formadores
por su generosidad y a todos los amigos con
quienes me he encontrado en mi camino: ¡Gracias por
su afecto y amistad!
EL P. FERNANDO SALVADOR NUÑO DÁVALOS nació
en Zapotlanejo, Jalisco (México), el 7 de agosto de 1981.
Ingresó al centro vocacional de la Legión de Cristo de
la Ciudad de México en 1993. Realizó su noviciado y
sus estudios humanísticos en Salamanca (España). Durante tres años fue
instructor de formación en el Instituto Cumbres de Medellín (Colombia).
Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el
Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma). Actualmente colabora como promotor vocacional
en la
ciudad de Monterrey (México).

Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que
recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2011 han sido
publicados en el libro "Dios lo da todo". |