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Testimonio vocacional del P. Reuben Edward Nuxoll

P.  Reuben Edward Nuxoll
P. Reuben Edward Nuxoll
¿Qué voy a hacer cuando sea grande? Eh… No sé. Tal vez jugador de béisbol o quizá sea un científico. No me vinieron muchas ideas a la cabeza, era apenas un niño de doce años. La otra opción era continuar en la granja. ¿Sacerdocio? Nunca lo había pensado. Si alguien lo hubiera mencionado, probablemente hubiera respondido: “¿Y por qué querría yo hacer esto?”



La vida que viví y las bendiciones que recibí inmerecidamente



Era el inicio de 1993. Yo era un niño como los demás. Me integraba fácilmente con mis compañeros de clase, excepto cuando el profesor de matemáticas me pedía corregir los exámenes porque fruncía el ceño a los que sacaban debajo del 80%, y varias niñas se enojaban. Estaba en la liga menor de béisbol y después en nuestro equipo local Babe Ruth. Jugué mucho baloncesto. Me encantaba el fútbol. No me importaba mucho estudiar como a muchos otros, pero no me daba cuenta pues mis amigos eran como yo. En primer grado tuve una competencia para contar lo más alto que podía y terminé perdiendo contra Tom Hattrup cuando estábamos en los miles y fue ahí cuando se hizo mi amigo. Por las tardes, si no estaba manejando el tractor en nuestra granja de 500 hectáreas, o en un partido de béisbol, me encontraba montando a caballo o leyendo un libro. Amaba leer “El Señor de los Anillos” (cuando aún no hacían las películas). Cada verano mi familia y unos amigos íbamos a acampar en las Montañas Rocosas y paseábamos en hermosos paisajes de pinos y abetos y a pescar en lagos claros y fríos. Una vez mi amigo Tom y yo atrapamos veinticinco peces arcoíris y truchas en menos de una hora. Cuando tenía doce años fui a mi primer viaje de caza con mi papá. Después del tercer día de búsqueda, cacé un venado cola blanca. Nunca lo olvidaré: de cara a una pendiente, cerca de un precipicio, con un pequeño grupo de venados corriendo a 200 yardas debajo de nosotros. Yo disparé al macho y mi papá a la hembra de al lado.



Así, mi vida era muy similar a la de cualquier otro niño de Cottonwood, y definitivamente no deseaba irme a otro lugar ni me imaginaba estar en otro sitio, pues tenía todo lo que quería.



Tal vez tenía más que otros, pero no me daba cuenta, hasta que lo dejé: una excelente familia católica. Nuestra primera identidad era la de ser católicos y después venía lo demás. Éramos también una familia típica norteamericana, como cualquier familia lo es en un pueblo de 822 personas (¡Y ahora de 944!) en los límites de una pradera de Idaho, rodeada por las Montañas Rocosas en los más profundo de América del Norte, es decir, en medio de la nada. Estábamos tan en medio de la nada que los jóvenes de mi pueblo, cuando salían para ir a la universidad, les decían “chicos de la pradera” y todo el mundo sabía a qué lugar se referían. Tuvimos una formación religiosa digna de enorgullecerse. ¿Cuántos adolescentes hoy en día se saben los diez mandamientos, las obras corporales y espirituales de misericordia, los siete sacramentos, el rosario, las respuestas de la misa y el credo?



Tengo cuatro hermanas, dos mayores y dos más pequeñas (y por supuesto, entonces no me daba cuenta de lo maravillosas que son todas). En nuestra formación, mi mamá y mi papá hicieron su mejor esfuerzo. Por poner un ejemplo: nos hacían tomar clases de piano por dos años y después podíamos tomar otro instrumento que queríamos; yo tomé el saxofón. Ahora que lo recuerdo, me sorprendo por todas las bendiciones que recibí.



Un retirado capellán de militares, el padre Víctor, celebraba todos los días la misa a las 6:30 a.m. para que los granjeros pudieran llegar a los campos a tiempo. Toda mi familia iba a esta misa, y yo me iba antes en bicicleta, haciendo carreras con mis amigos, para ver quién llegaba primero para ser acólito. Y también me confesaba, normalmente con el padre Víctor, cada dos semanas, hasta que mi mamá decidió que iríamos cada semana (¡Las mamás tienen mucha autoridad en la familia!). Como familia rezábamos el rosario todas las noches, de rodillas. Mi mamá nos decía: “Rachel, tú diriges el siguiente misterio”, o: “Yvonne, ¿tienes alguna intención?”,
P.  Reuben Edward Nuxoll
El H. Reuben Nuxoll, L.C., con su familia en una visita familiar en su rancho en Cottonwood, Idaho, USA, el 20 de agosto de 2010. En la foto superior, de izquierda a derecha están Mary Nuxoll, Yvonne Nuxoll, H. Reuben Nuxoll, L.C., John Gehring, Felix Nuxoll (papá), Sheryl Nuxoll (mamá), Bridget Nuxoll, Grant Gehring, Mark Gehring, Rachel Gehring, y Levi Gehring. En la foto inferior, de izquierda a derecha están Bridget Nuxoll, Levi Gehring, Mark Gehring, Grant Gehring, Rachel Gehring, John Gehring, Sheryl Nuxoll (mamá), Felix Nuxoll (papá), H. Reuben Nuxoll, L.C., Yvonne Nuxoll, Mary Nuxoll, Derek Nuxoll.
o a mí: “Reuben, junta las manos”, u otras frases típicas: “Bridget, ponte derecha”, o “Mary, no te muevas por todos lados”. Nuestra devoción a la Virgen María no era sólo externa, sino muy profunda, pero ciertamente el rosario no era mi momento preferido del día. Era mucho tiempo dedicado a la oración que quería haber “aprovechado mejor” jugando en la computadora, o viendo películas. Pero la misa y el rosario diarios hicieron mucho efecto en mí. Encontré paz, pude experimentar un poco lo que era la felicidad. Casi nunca perdimos el rosario ni la santa misa, y por eso la felicidad nunca se ausentó.




La provocación del sacerdocio



Nunca quise ser sacerdote hasta el día en que conocí a un legionario y me dije: “Yo quiero ser como ellos”. Entonces el sacerdocio me empezó a atraer. Ser sacerdote es algo hermoso y un don inmenso, y ser llamado al sacerdocio en la Legión es también una vocación sacerdotal específica, como religioso en esta congregación: yo he encontrado en la Legión de Cristo un carisma que encaja conmigo, a pesar de que sea todo un reto el vivirlo.



La persona que más admiré como niño y que más influencia tenía en mi vida, además de mi papá, fue el padre Víctor. Por supuesto que mi primo John Stockton (jugador de los Utah Jazz) fue un súper héroe para mí, pero nunca pensé poder llegar a su nivel. También me impresionaban los sacerdotes de la parroquia de St. Mary, muy especialmente el padre Muha. Sin embargo, Dios tenía sus caminos y nunca tuve el deseo de ser como ellos. Ellos fueron muy santos y estuvieron muy presentes en mi vida, pero Dios tenía otros planes, así como los tiene para cada uno de nosotros.



La posada en la que conocí a Robin Hood y a Little John



Una tarde de 1993 fuimos a una posada. Un sacerdote y un seminarista que pertenecían a una congregación llamada Legión de Cristo estaban de visita en la ciudad y estaban invitados a la posada. Este sacerdote y el seminarista que llamaban “hermano” me llamaron mucho la atención: con su uniforme bien puesto. Me impresionaron el P. Edward y el H. Ned pues se veía que pertenecían a algo fuera de lo normal, y estaban muy orgullosos de ello.



El P. Ed, como le solía llamar, nos mostró un vídeo acerca de la Legión de Cristo y su seminario menor: misa diaria, sacramentos, el rosario, las montañas y lagos de New Hampshire, fútbol y baloncesto todos los días (equipos completos y organizados), una banda que tocaba canciones alegres, justo para que yo pudiera tocar mi saxofón, esquí, trineo, hockey sobre hielo, piscina, una vida académica desafiante… todo esto vi. ¿Qué más podría pedir? Sin embargo, lo más llamativo era que los seminaristas parecían tan felices. Y cuando digo feliz, no me refiero a “divertidos”, sino realmente felices ¿Por qué? ¿Por qué yo no era tan feliz como ellos?



Me gustó el video y simpaticé con el P. Ed, pero pensar en el sacerdocio… bueno, realmente no. Todavía no era una opción.



Esa noche cuando se fueron, logré que el P. Ed me prometiera venir a mi casa, la siguiente vez que pasara por mi pueblo, para jugar béisbol conmigo. Mi familia quedó tan impresionada que les compusimos una canción. Tomamos la melodía de los dibujos animados de Robin Hood y la cambiamos: “el padre Ed y Ned Hermano / Conduciendo por todos los EE.UU.” en lugar de “Robin Hood y Little John / Caminando por el bosque.” Yo estaba tan entusiasmado que transformé casi toda la letra. Tan pronto como el P. Ed y el H. Ned regresaron unos meses más tarde, les cantamos la nueva canción.




El juego de béisbol



No se me había olvidado la promesa del P. Ed y fue lo primero que le dije cuando llegaba a mi casa de nuevo: “Claro, ¿tienes un guante?” me respondió. Fui por dos guantes y una pelota y corrí de regreso. El P. Ed estaba todavía sentado en su traje. “Pero padre, ¿no se va a cambiar?”, le dije. “Creo que así estoy bien” me respondió. Yo quedé impresionado: jugará beisbol conmigo ¡con su uniforme! ¡Y era tan natural! Su deporte era en realidad el hockey sobre hielo, pero jugaba bastante bien. Mientras jugábamos platicábamos. Todo lo que decía me parecía sumamente interesante.



Casi la verdad



Estábamos hablando sobre la posada de hace unos meses y me preguntó si me había gustado el video del centro vocacional que nos había presentado. “Es un lugar increíble, padre. Me gustó sobre todo la banda de música y los deportes” le respondí. Él me dijo que existía la posibilidad de ir a este centro vocacional a un retiro, una convivencia o simplemente de visita y poder jugar deportes con los alumnos y conocer a la banda de música. Yo le dije que me gustaría mucho pero que mis papás tal vez no me dieran permiso porque estaba muy lejos. “Si estás seguro de que quieres ir, yo puedo verlo con ellos” y le pedí que hablara con mis papás en mi lugar.



Esperé unos minutos mientras él estaba con mis papás en otro cuarto. Vinieron los tres conmigo, recuerdo la imagen perfectamente. Mi mamá me preguntó: “¿Reuben, y quieres ser sacerdote?”, “¡Oh sí!” fue la respuesta entusiasta que di, aunque había ya olvidado ese aspecto del centro vocacional.



Vi algo en estos legionarios, algo que yo no tenía y quería conseguir. Estaba muy entusiasmado con el centro vocacional: Y yo iba a formar parte de la canción de Robin Hood que habíamos inventado.




Para siempre



En el centro vocacional hice grandes amistades con muchos de los cuales algunos son ahora legionarios como yo –los padres Joseph, Vito, Thomas, Gregory, Nathan, Aaron– y otros que encontraron su camino, uno diverso que el sacerdocio legionario, gracias al discernimiento que promueve el centro vocacional.



¿Cómo llegué entonces aquí, dieciocho años después? Nuestro Señor usó este mismo interés en el centro vocacional para atraerme hacia sí, y para comenzar a formar en mí un nuevo corazón con el cual pude comprender el don del sacerdocio y discernir que éste era el camino para mí. Ningún rayo cayó del cielo ni tuve una señal sobrenatural. Lo que Dios hizo conmigo fue tomar la educación que recibí en mi casa y lanzarme a la Legión de Cristo, en la que pude comprender que me llamaba al sacerdocio. No hubo un momento particular, pero hubo muchos signos que indicaban el camino. Mi relación con María, que aprendí en casa, y el haber sido monaguillo de niño fueron preparación para poder reconocer el llamado de Dios. Y el conocer a un sacerdote, en su uniforme completo, al P. Ned, fue también una señal en el camino. Parecen coincidencias pero ahora las veo como la mano de Dios que iba preparando mi corazón para poder discernir su llamado en mi corazón. Estoy aquí siguiendo las huellas de Cristo, como muchos otros antes que yo. A veces Él me ha levantado o me ha cargado y yo no he renunciado a la lucha.



Por supuesto que eché de menos mi casa, como cualquier buen hijo. También me costó dejar la posibilidad de casarme. Pero con el corazón nuevo que el Señor ha formado en mí, veo que mi casa y seres queridos están también muy cerca por medio de la Eucaristía que compartimos todos y que con este corazón puedo amar más a mis papás y a mis hermanos aunque estén lejos. Dios realmente lo da todo.



Pido al lector que rece para que yo y los demás sacerdotes ordenados conmigo, los que fueron ordenados antes que yo y los que vienen después de mí, para que perseveremos en este don del sacerdocio que somos indignos de recibir, para que nuestro amor a Cristo y a la Iglesia sea grande y nuestro esfuerzo por donarnos a los demás sea agradable a Dios.


 


EL P. REUBEN EDWARD NUXOLL nació en Cottonwood, Idaho (Estados Unidos) el 25 de marzo de 1980. A los 13 años ingresó en el Centro Vocacional de los Legionarios de Cristo en New Hampshire, Connecticut (Estados Unidos). Comenzó su noviciado en Cheshire, Connecticut, y lo terminó en Monterey (México). Estudió dos años de humanidades en Cheshire y durante tres años trabajó en las oficinas territoriales de la Legión de Cristo en Nueva York y en Atlanta (Estados Unidos). Obtuvo una licenciatura en filosofía y una en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma. Ahora trabaja en la oficina territorial de la Legión de Cristo en
Santiago de Chile.









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2011 han sido publicados en el libro "Dios lo da todo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-12


 

 


 



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