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Testimonio vocacional del P. John Angelo Pietropaoli

P. John Angelo Pietropaoli L.C.
P. John Angelo Pietropaoli L.C.



Al crecer en el norte de Nueva York sólo tenía segura una cosa: no tenía ninguna intención de ser sacerdote. Visto en retrospectiva, esa certeza resultaba extraña para un niño como yo, nacido en una familia muy católica en un rincón muy católico del país. Consideré muchas posibilidades de proyección durante los años previos a la universidad –entrar a las fuerzas armadas, ser arqueólogo, abogado, ciclista de montaña itinerante— pero nunca sentí el más mínimo atisbo de atracción hacia el sacerdocio y, a decir verdad, me alegraba de mantener esa cómoda ausencia de tema en mi vida. Pero Dios, al parecer, tenía otros planes… y otro regalo en mente.


El comienzo


Nací en el ducentésimo quinto aniversario de los primeros disparos de la Revolución Americana, hijo de un profesor de Historia y una profesora de Inglés. Ambos eran, y siguen siendo, católicos practicantes. Mi familia es el regalo fundamental de mi vida; es mi primera experiencia de ese amor incondicional que es espejo del amor de Dios por nosotros y que constituye la piedra de toque para toda la vida. Una componente esencial de ese don son mis hermanos y hermanas: mi hermana mayor, mis hermanos menores (gemelos que, siendo tres años menores que yo, resultaban la mejor compañía para luchas y duelos dos contra uno, hasta que su rápido crecimiento los hizo peligrosos) y mi hermana menor.



Mis padres consideraban que el legado más preciado para sus hijos era la fe que profesamos cada domingo en Misa, por lo que tomaron las medidas adecuadas para garantizar que lo recibiéramos con entusiasmo. Sin embargo, me temo que yo no era un alumno muy prometedor para ellos. Según la tradición familiar, mi intervención litúrgica se produjo cuando tenía 3 años de edad, durante la homilía dominical. Me puse de pie en el banco (por entonces mi familia solía sentarse al frente, práctica que abandonaron después de este incidente) y en voz alta pregunté si el “hombre de la túnica” iba a dejar de hablar en algún momento. (En mi defensa: parece que era un día muy caluroso y la homilía realmente se alargaba). Afortunadamente, mis padres no se desesperaron y, afrontando la mirada encendida del legítimamente ofendido pastor –que había escuchado por desgracia cada una de mis palabras—se sobrepusieron y siguieron llevando a sus pequeños a Misa.



La educación religiosa no se limitaba a la Misa, sino que se extendía a frecuentes rosarios familiares y a la memorización del Credo de Nicea y de los Diez Mandamientos. Seguramente mis padres se vieron tentados a abandonar ésta última labor el día en que una de mis hermanas, indignada por el hecho de que siempre me tocaba a mí enunciar el sexto mandamiento, preguntó por qué no le tocó nunca a ella “cometer adulterio”. No obstante esto, mis padres continuaron enseñándonos.


Una sombra aparece


Fulton Sheen solía hablar de dos tipos de gracia: la gracia blanca, o presencia de Dios en nuestras almas, y la gracia negra, o conciencia de que algo falta en nuestras vidas, que hay un enorme vacío que nada parece llenar. Este segundo tipo de gracia –también un regalo—fue la experiencia de mi adolescencia. Recuerdo mi constante búsqueda de algo más, de la perfección, con la convicción de que, si la alcanzaba –en logros, conocimientos, alguien más en mi vida—, entonces iba a encontrar la felicidad. Ahora veo que se trata de lo que San Agustín describía su famoso “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Pero entonces esta conciencia no se había despertado en mí; yo sólo me daba cuenta de este vacío que me roía por dentro y que sólo parecía aumentar cada vez que intentaba remediarlo. Por supuesto que todavía conocía los Diez Mandamientos, y todavía participaba en la Misa dominical (más por evitar riñas familiares que por convicción), pero mi actitud para con Dios se parecía a lo que describe Francis Thompson en su poema The Hound of Heaven (El Lebrel del Cielo): “(…) pensaba que el Amor que me persigue, si al final me consigue, no dejará brillar más que su llama”. Temía que, al tener a Dios, nada más tendría.



Sin embargo, hubo un momento de paréntesis en medio de esta angustia adolescente. Se dio una tarde de primavera durante mi último año en la escuela secundaria, al volver a casa desde el despacho de abogados en el que trabajaba a tiempo parcial. Mi camino me llevó por el frente de la iglesia de Notre Dame, adonde íbamos a Misa los domingos y, en un capricho, me detuve y entré al silencioso templo. Por entonces me encontraba en un dilema sobre la elección de universidad: me debatía entre la universidad que quería y la que me ofrecía una beca mayor; no estaba muy seguro de qué hacer. Recordé que mis padres, cada vez que tenían alguna decisión difícil que tomar, acudían a la oración. Hacía tiempo que había abandonado la práctica de la oración, pero cuando entré en la iglesia había decidido intentarlo. Recuerdo haberme sentado en un banco, mirar el tabernáculo y decir algo en la línea de: “no estoy muy seguro de si hay alguien ahí, pero si es así, tengo este problema y me vendría bien un consejo”. Y luego me quedé dormido. Después de lo que debieron ser unos quince minutos me desperté y decidí que esto de la oración no funcionaba y me levanté para marcharme. Pero antes de que lo lograra un pensamiento cruzó por mi mente: “Sabes, yo podría ser sacerdote”. No fue una voz; no fue una visión; fue un simple pensamiento y, sin embargo, parecía tan extraño y fuera de lugar que pensé que llegué a pensar que todavía estaba dormido. Preguntándome qué podía haber originado ese pensamiento y con la esperanza de que no volviera a ocurrir, salí a tomar el fresco aire de abril.



Al final decidí por el tema del dinero e ingresé a la universidad de San Anselmo en Manchester, New Hampshire, una maravillosa institución benedictina, contando también con un monasterio y una iglesia. Mi primer semestre fue una perfecta paradoja. Durante años había previsto que la universidad sería un momento de libertad, en el que finalmente podría vivir mi vida como yo quisiera y en el que encontraría la felicidad que buscaba. El primer semestre debía ser eso y más: las clases eran buenas, los deportes también, mis notas eran decentes y me divertía mucho. Pero me faltaba algo. Me había adueñado de todos los regalos de Dios y todavía no había comprendido que los regalos, sin el Dador están, en última instancia, huecos.



Al final del semestre fui a casa para pasar las vacaciones de Navidad. Ahí, una noche en que no podía dormir, bajé y encendí la televisión. (Entonces sólo teníamos dos canales de televisión, uno de los cuales era en francés, por lo que las opciones estaban bastante limitadas). De cualquier forma el canal en inglés estaba transmitiendo una película titulada Blackrobe (literalmente, “sotana negra”), que vagamente recuerda la heroica labor misionera llevada a cabo por los jesuitas franceses en el siglo XVII en el territorio de lo que actualmente es Quebec, Ontario y Nueva York. Mientras la veía me impactó el evidente sentido que encontraban a sus vidas: eran hombres que habían encontrado algo que los impulsó hasta vivir un increíble heroísmo; algo tan diferente del tedio que yo estaba experimentando. Me interesé y decidí aprender más sobre el tema.



Cuando volví a la universidad, saqueé la biblioteca en busca de libros sobre estos jesuitas, y comencé a devorar todo lo que pude encontrar. Lo que leí me fascinó, al punto en que empecé a pensar: "Bueno, no tengo ninguna intención de ser sacerdote, pero si yo lo fuera, este es el tipo de sacerdote que me gustaría ser". El segundo semestre de mi primer año de universidad se vio coronado por la sorpresiva invitación de mi compañero de cuarto, que me  pidió acompañarlo a la confesión. Esto también supuso para mí la primera buena confesión en un largo tiempo y me trajo de nuevo el sabor de algo que había estado ausente.



¿Invicto?



Al final de mi primer año de universidad estaba pensando seriamente la posibilidad del sacerdocio, pero no tenía ni idea de cuál debía ser el siguiente paso. Durante el verano volví a casa para trabajar, jugar y pensar. Un domingo de Junio del año 1999, el mejor amigo de mis padres –quien resulta ser un párroco excepcional en mi diócesis de origen y miembro del Movimiento Regnum Christi—pasó por la casa para visitarnos. Mencionó que se dirigía al seminario de los Legionarios de Cristo, ubicado al otro lado del río San Lorenzo, en Cornwall, Ontario, y que uno de los puntos de la agenda era un partido de fútbol. ¿Nos interesaría ir a mis hermanos y a mí? Como era un domingo tranquilo aceptamos y nos dirigimos a Canadá. Yo ya sabía alguna cosa sobre los Legionarios: varios de ellos habían visitado mi casa junto con este sacerdote unos años antes y habían dejado información sobre el seminario menor que la Legión tiene en New Hampshire que, en aquel momento, suscitaba menos interés en mí que una visita al dentista. Sin embargo, me causó curiosidad saber cómo jugaban ellos al fútbol. Mis hermanos y yo estábamos en muy buena forma después de un par de años de entrenamiento, y no pensábamos encontrar gran competencia en los seminaristas. ¡Pero esos seminaristas, contra toda expectativa, jugaban realmente bien! Después del juego nos dieron un pequeño tour por el seminario. A mí me impresionó mucho ver a los mismos chicos con los que acabábamos de jugar ya duchados, vistiendo la sotana y rezando ante el Santísimo Sacramento en una pequeña capilla sin aire acondicionado. De hecho me recordó un poco lo que me había impresionado tanto en aquellos misioneros jesuitas.



Empecé a considerar los Legionarios de Cristo como una posibilidad legítima, pero no lo busqué ese verano y volví a la universidad en otoño. A principios del segundo semestre de mi segundo año, recibí un correo electrónico de un seminarista legionario, diciendo que pasaría por Manchester y que le gustaría hacerme una visita. Aunque no estaba seguro de cómo había conseguido mi nombre, pensé que podría ser divertido ver lo serios que eran estos chicos, y acepté la invitación. (Por entonces yo estaba en plan skater, con el pelo y la ropa propios, así que pensé que probablemente me miraría, se giraría y buscaría algún otro candidato más respetable). Finalmente llegaron los dos seminaristas y, como les interesaba hacer algo de deporte, nos fuimos a jugar raquetbol. El raquetbol era (y es) un deporte desconocido para mí, pero aun así me quedé impresionado por la energía con que mis competidores golpeaban la pequeña bola azul. Después del juego (que perdí) fuimos a comer a un restaurante de Bickford y tuvimos una conversación muy agradable y un almuerzo que, si no recuerdo mal, acabé pagando yo. Me quedé intrigado por todo lo que escuché y, cunado me invitaron a participar en un retiro en el centro de noviciado de la Legión en Cheshire, Connecticut, decidí ir.



Sin embargo, por como se dieron las cosas, estuve a punto de no asistir. Me enfermé fuertemente justos antes del retiro y, además, el transporte que esperaba me llevase a la estación de autobuses de Manchester desde donde saldría a Connecticut, se perdió en una tormenta de nieve. Pero irónicamente uno de mis compañeros de cuarto –un ateo declarado—se ofreció a llevarme a la estación, y así pude hacer mis ejercicios espirituales ignacianos, un retiro en silencio diseñado para ponerte en contacto directo con Dios. Había escuchado a quien comparaba este tipo de ejercicios con beber de una manguera contra incendios: el diluvio de gracia es sobreabundante. Y mi experiencia no fue distinta. Fue la primera vez en mi vida que me di cuenta de Jesucristo es una persona real, que está presente en mi vida, que tiene un plan para mí y que yo puedo hacerlo feliz. Verdades sencillas, pero que cambian una vida.



Resultó que el retiro comenzó el día de la fiesta de San Patricio, así que la primera noche tuvimos cerveza en la cena. El siguiente también fue día de fiesta, por lo que tuvimos vino en la comida y cerveza por la noche. El último día de retiro era la fiesta de San José, por lo que tuvimos más vino en el almuerzo. Todo esto, sobra decirlo, era gratis, y empecé a pensar que podría acostumbrarme a ese estilo de vida en el seminario (no fue sino hasta más tarde que me enteré de que eso era la excepción y no la regla). 



El final del principio



El resto del semestre pasó volando, y en la primavera sabía que tenía que tomar una decisión. El período de candidatado de los Legionarios comenzaba en junio y los seminaristas antes mencionados, que me visitaron otra vez poco después del retiro, me habían dejado un formulario de solicitud de admisión con un montón de preguntas, al parecer necesarias. Dudaba si incluso la CIA  preguntaba tantas cosas, pero finalmente lo rellené varias semanas antes de que el postulantado comenzara y fui a Connecticut a mediados de junio del 2000, no muy seguro de lo que esperaba. Desde entonces soy Legionario de Cristo.



Cuando pienso en el sacerdocio siempre recuerdo las memorias que el Papa Juan Pablo II publicó en 1996, bajo el título “Don y misterio”. El misterio: que pecadores sean llamados a ser el rostro de Dios en el mundo; el don: que son capaces, con la gracia de Dios, de hacerlo. El misterio: que alguien que ha vivido sólo para sí mismo sea llamado a vivir para los demás, en Cristo; el don: que Dios confía en él y que nunca revocará su llamada y designio. El misterio: que un hombre pueda decir “este es mi cuerpo entregado por vosotros… esta es mi sangre, derramada para el perdón de los pecados”; el don: que por la ordenación sacerdotal estas palabras se hagan realidad.



El sacerdote es un recordatorio viviente de que la gran tarea de nuestra vida es dejar que Dios nos ame, permitirle trabajar en nuestra alma y darnos esos regalos insospechados que tiene preparados para nosotros. Creo que hay momentos en nuestra vida en los que vemos el don de Dios con más claridad. La sola bondad de su plan nos abruma y nuestra respuesta se reduce a un simple “gracias”, que si bien es lamentablemente inadecuado, de alguna manera, es también suficiente. Y sólo nos queda maravillarnos viendo los hilos que tejen nuestro pasado y las promesas para el futuro, vistos desde un presente que completa el don y lo hace nuestro.




El P. John Pietropaoli nació en Malone, Nueva York, el 19 de abril de 1980. Después de dos años de estudios universitarios entró en el noviciado de los Legionarios de Cristo en Cheshire, Connecticut, en septiembre de 2000. Después de su profesión religiosa en agosto de 2002, estudió humanidades clásicas en Cheshire y filosofía en Roma, Italia. Posteriormente, pasó varios años en Thornwood, NY, en una un período de práctica del ministerio, y allí comenzó sus estudios de teología en 2009. En 2011 regresó a Roma para terminar sus estudios y fue ordenado diácono el 30 de junio de 2012. Actualmente está trabajando en su Maestría en Teología Espiritual, y es uno de los asistente del rector en centro de estudios superiores de la Legión en Roma.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-03


 

 


 



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