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Yo no era un legionario perfecto (y nunca lo seré)
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Testimonio vocacional del P. Louis Frederick Melahn

P. Louis Frederick Melahn L.C.
P. Louis Frederick Melahn L.C.


La fidelidad del Señor dura por siempre.


Orígenes.


Nací el 16 de marzo de 1978, en Lawrence, Massachusetts, aunque viví toda mi vida en la ciudad vecina de Andover. Soy el más joven de 4 hijos, con un hermano y dos hermanas mayores. Mi padre, originario de Queens en Nueva York, y abogado de profesión, trabajó por muchos años como abogado para los juzgados de Massachusetts. Mi madre, originaria de la ciudad de Quebec, estudió enfermería, pero nunca ejerció como tal para dedicarse a tiempo completo a la educación de los hijos. Siempre practicamos la religión Católica, y mis padres hicieron muchos sacrificios económicos para asegurarse que sus hijos fuesen a colegios católicos. Me podría describir como un católico practicante durante toda mi vida, pero, por lo que yo sé, nunca destaqué por mi piedad o fervor. Yo era un poco como el joven rico de los evangelios (Mateo 19:16–30, Marcos 10:17-31, Lucas 18:18–30): seguí todos los mandamientos, fui a misa todos los domingos, pero mi fe no iba más allá.


Recuerdos de la infancia



Desde donde yo recuerdo, estaba interesado en las ciencias. Desde el inicio, cuando tenía 3 o 4 años-quizás porque admiraba a mi abuelo paterno-aspiraba a ser médico, pero cuando ya estaba en segundo de secundaria, descubrí que mi pasión era por las ciencias ‘puras’: química, física, y especialmente biología. Soñaba con hacer investigaciones en un laboratorio y descubrir algo que me hiciese famoso. Debo decir que amaba, y sigo amando, todas las asignaturas académicas-Inglés, historia, geografía, cualquier cosa que me ofrecieran-pero amaba las ciencias por encima de todo. (Las matemáticas no me gustaban tanto, hasta que empecé a ver geometría en secundaria, y desde entonces me han gustado) Por esta razón, pasé la mayoría de mis años en primaria y secundaria con una carrera de ciencias en mi mente, y por lo tanto, una vocación al sacerdocio no se me cruzó jamás por la mente hasta el final del colegio.



Siguiendo a mis hermanos, asistí al colegio Saint Augustine para la primaria, el colegio de la parroquia, y después fui al Regional Catholic High School, Central Catholic en Lawrence y dirigido por los hermanos Maristas. Tuve buenas notas, pero no estaba muy involucrado en deportes, excepto excursiones y bicicleta. Sin embargo, sí estaba muy involucrado en una serie de actividades extra-curriculares como el grupo de teatro, el coro litúrgico, el comité del libro anual, y trabajos sociales dirigidos por los maristas.


Primeras semillas de la vocación



A lo largo de mis años en High School, empecé a sentir una necesidad de aprender más sobre mi fe y cómo crecer más en mi amistad con Dios. Asistí a los retiros que los hermanos Maristas ofrecían a los estudiantes, pero quería
P. Louis Frederick Melahn L.C.
ir más a fondo. Esta oportunidad me vino cuando estaba en el último año de colegio, cuando unos amigos me invitaron a un retiro ofrecido por unos sacerdotes de la Orden de Basilio Salvador, una comunidad de sacerdotes católico-melquita, en su seminario en Methuen, Massachusetts. (Una ciudad al lado de Lawrence) Allí-además de ser introducidos a la Liturgia Divina de San Juan Crisóstomo, la manera en que la mayoría de los ritos católicos orientales celebran la eucaristía-estaba profundamente impresionado por los sacerdotes jóvenes y los diáconos que dirigían el retiro, porque amaban su vocación y promovían las enseñanzas morales de la iglesia de forma entusiasta, a pesar de que es difícil y va contracorriente. Por primera vez en mi vida, me di cuenta de que el sacerdocio podía ser atractivo, a pesar de que no lo consideraba todavía como una posibilidad para mí mismo.



En cualquier caso, yo estaba decidido a hacer una carrera científica, y así, en 1996 comencé mis estudios en Biología en el College of the Holy Cross, de los Jesuitas en Worcester, Massachusetts. Seguí desarrollando mis otros intereses, especialmente el canto. Gracias a mi experiencia en varios coros, desarrollé un gran amor por diversos tipos de música, especialmente el canto gregoriano, así como también el polifónico, Barroco, Clásico y la música Romántica. Toda la música sacra compuesta en estos estilos me empezó a fascinar: toda la riqueza y belleza de la tradición artística y litúrgica de la iglesia me atraía mucho.



Al mismo tiempo, era muy consciente de que muchos de los elementos de mi vida universitaria suponían un reto muy serio para vivir de acuerdo a la fe católica. El estilo de vida de muchos estudiantes no tenía nada de sano, con un abuso excesivo de drogas y alcohol, así también como muchos abusos a la castidad. Más serio aún era el desacuerdo de muchos estudiantes en un número importante de enseñanzas de la iglesia, tales como la imposibilidad de la ordenación sacerdotal de mujeres y la inadmisibilidad de aceptar actos contraceptivos u homosexuales. Yo estaba convencido por la fe que estas enseñanzas de la Iglesia estaban bien, pero al inicio no era capaz de explicarlas o defenderlas.



Como busqué estas respuestas, me encontré con una organización de San Diego, California, llamada Catholic Answers. (Se puede encontrar en internet en la página http://www.catholic.com) Me sorprendí inmediatamente por la claridad de las respuestas a mis preguntas, así como de la bondad y tacto con la que presentaban las enseñanzas de la Iglesia. Pronto comencé a leer los artículos de su página web y a escuchar su programa diario de radio. Encontré que mi apetito por doctrina de la Iglesia iba más allá que unas pocas preguntas morales, y así me encontré leyendo sobre los sacramentos, historia de la Iglesia, la Biblia, y los padres de la Iglesia. Estaba encantado de descubrir que la Iglesia Católica no enseñaba simplemente una serie de doctrinas sin relación alguna y de unos principios morales, que deben ser aceptados por una fe simplista y supersticiosa. Lo que encontré es que las enseñanzas de la Iglesia hacen un todo coherente que está en perfecta consonancia con la razón y que en cierta forma, tiene una base racional. Estaba tan ansioso, que creo que aprendí más en un año (creo que estaba en mi primer año) que lo que había aprendido en toda mi vida hasta ese punto.


Cómo escuché la llamada



Un evento casual hacia el final de mi primer año resultó ser decisivo en mi vocación. Nada más entrar en universidad, decidí vivir en un dormitorio libre de Alcohol. Al final de cada año, para conservar mi dormitorio, lo único que tenía que hacer era incluir mi nombre y el de un compañero; si no, entraría en el sorteo general de dormitorios. Hacia el final de mi primer año, mi antiguo compañero quería moverse a otro dormitorio; sin embargo, me olvidé de incluir un nuevo compañero hasta el último día. Afortunadamente, un compañero, estudiante de química y compañero de coro llamado John, estaba también interesado en una habitación libre de alcohol, y por lo tanto acepté compartir cuarto con él.



Resultó que John estaba en contacto con unos Hermanos Legionarios. De hecho, ese otoño se incorporó como miembro del Regnum Christi, una asociación de los Legionarios para Laicos. En colaboración con los legionarios, John estaba intentando organizar un grupo de estudiantes universitarios-parte de una iniciativa de los Legionarios llamada ‘‘Compass’’, que desde entonces no se ha continuado-en el que los estudiantes se reunían periódicamente, rezaban juntos y hacían trabajos sociales. Yo estaba interesado en la iniciativa, pero también estaba lleno de estudios-para este tiempo ya me estaba especializando en Bioquímica, que es un programa de estudio muy intenso-y por lo tanto mi aportación era muy pequeña. Como resultado de mi aportación al grupo, uno de los legionarios me invitó a recibir dirección espiritual cada mes, y yo acepté. Es algo que ya había pensado en hacer por un tiempo, sobre todo desde que empecé a leer más sobre las enseñanzas de la Iglesia. Supongo que ese hermano notó cómo estaba interesado en todas las cosas relacionadas con la Iglesia Católica, y vio que la vocación sacerdotal era una posibilidad para mí. Sin embargo, nunca me sugirió directamente. La mayoría de nuestras discusiones se centraban en aspectos de una vida espiritual sana: Tener un programa para combatir los propios vicios, formar las virtudes morales y teologales, incrementar la devoción a la eucaristía, y más cosas. Es más, todavía tenía más preguntas sobre doctrina y moral.



Me gradué en el año 2000, y comencé a trabajar en una compañía que hace pruebas clínicas para una industria farmacéutica. (La descripción de mi trabajo sería ‘‘Manejo de datos’’: Tenía que corregir la base de datos de unas pruebas clínicas, basado en las libretas que tenían los resultados escritos a mano) El Legionario que me atendía en dirección espiritual me invitó varias veces a visitar el seminario en Cheshire, Connecticut-a dos horas y media en coche desde mi casa-pero como no tenía coche propio, no podía aceptar la invitación al inicio. Cuando empecé mi trabajo, mi padre me regaló su coche, y así pude ir a visitar Cheshire durante un fin de semana justo antes de Thanksgiving. La ocasión era la ordenación diaconal de un seminarista: yo fui no tanto porque sospechase que tuviese vocación, sino porque tenía curiosidad de conocer cómo era la vida del seminario y lo que experimentaban los seminaristas. (Detrás de la curiosidad, yo creo que había una atracción hacia la vocación, pero al inicio no lo veía.) Cuando llegué-atrasado por el tráfico-me sorprendió ver cerca de 100 seminaristas jóvenes procedentes de los diversos seminarios de la Legión, todos vestidos con sotana y roquete (el vestido ceremonial blanco, bordado, que se llevan sobre la sotana en ceremonias solemnes), sin mencionar una serie de seminaristas menores perfectamente vestidos, procedentes del Seminario de los Legionarios en New Hampshire. No habiendo tenido ninguna experiencia de seminarios antes, tenía la impresión de que la vida del seminario era excesivamente estricta y rígida. Mis temores fueron grandemente aliviados en la comida que siguió a la ordenación: el seminario de Cheshire recibía una donación anual de pavos para Thanksgiving ese mismo día por parte de un club de motoristas (motoristas vestidos con su atuendo). Fui grandemente aliviado al ver a los seminaristas ayudándoles alegremente, riendo, y pasando un buen rato.



Aunque no estaba del todo convencido de que tenía vocación sacerdotal, estaba lo suficientemente impresionado para asistir a un fin de semana vocacional, un retiro ‘‘prueba-tu-llamado’’, ese enero. (El P James Shekelton, cuya historia se puede encontrar en este libro, era un gran organizador) El retiro vino y se fue, y a pesar de que pasé un buen rato con otros jóvenes, no me sentí más convencido que antes. Para ese tiempo, estaba ocupado aplicando para escuelas de post-grado, a fin de continuar con mis estudios de Bioquímica. Sin embargo, acepté hacer un fin de semana vocacional más, esta vez durante un tiempo tranquilo del año, sin otros huéspedes, simplemente siguiendo las actividades de los novicios. Después de esa experiencia, me engancharon y decidí entrar ese verano al candidatado, un programa de discernimiento de tres meses para entrar al noviciado, que se iba a tener en el seminario de Connecticut.



Hice mi decisión de entrar al candidatado en Marzo, pero en Abril recibí una carta de aceptación de la universidad de Chicago de parte del programa de post-grado de Bioquímica. Siguiendo el consejo de mi director espiritual, pedí a las oficinas de admisión si había la posibilidad de aplazar mi admisión un año para facilitar el proceso de discernimiento; para mi sorpresa, la universidad dio el visto bueno sin ningún problema.



Disfruté tremendamente el candidatado. Desde que empecé, decidí entrar al noviciado si era aceptado. Recibí la noticia de mi aceptación hacia finales de agosto, notifiqué a la universidad que iba a aplazar un año la entrada, y recibí mi sotana legionaria el 14 de octubre de 2001. (Para prepararme para el noviciado, estuve en retiro en silencio desde el 7 al 14 de septiembre, sin ningún acceso a fuentes de noticias. No supe nada de los trágicos sucesos del 11 de septiembre hasta el 15, el día en que el retiro terminó.)



Yo no era un legionario perfecto (y nunca lo seré)



Sin embargo, el noviciado fue una experiencia mucho más difícil de lo que yo me imaginaba. El ajuste más difícil para mí fue probablemente que el horario era muy apretado y muy rápido: parecía que no podía terminar una actividad cuando ya se me estaba pidiendo que pasase a la siguiente. Al mismo tiempo, había mucho más trabajo manual del que yo estaba acostumbrado a hacer. En parte por mi previo conocimiento de francés (gracias a mi madre canadiense), me pidieron que hiciera mi noviciado en el seminario de habla francesa de Cornwall, Ontario. Ese seminario era mucho más pequeño que el de Connecticut- tenía espacio para 20 novicios-y por lo tanto los turnos para lavar los platos, limpiar la cocina, y otros trabajos similares, venían muy a menudo. Por otra parte, yo todavía tenía los hábitos de limpieza y orden de un estudiante de universidad, y por lo tanto mantener mi cuarto limpio-y al mismo tiempo mantener el ritmo y hacer todo tipo de trabajos en la casa-no fue cosa fácil. Nunca llegué a dominar estos malabares, un hecho que me hizo comprender que nunca seré un novicio o religioso ‘‘perfecto’’, que siempre habría espacio para la improvisación, tanto en aspectos externos, como estos, y en el crecimiento espiritual.



Hice mi primera profesión religiosa en Ontario y regresé a Connecticut para hacer mi año de Humanidades clásicas. Nunca había estudiado Latín y Griego en profundidad antes, y sin embargo- como con la mayoría de asignaturas académicas-las disfruté muchísimo. Probablemente me ayudaron mis estudios previos de Biología, pues muchos de los términos científicos se emplean en estas lenguas. Necesité toda la ayuda que pude conseguir en las lenguas, pues cuando llegué a Roma para mis estudios de filosofía tuve que aprender español e italiano al mismo tiempo: español, porque es la lingua franca de los legionarios, e italiano, porque la mayoría de los cursos de nuestra universidad son en italiano. El problema se agrava, porque el español e italiano-ni qué decir el francés-son tan similares que pueden ser confundidos muy fácilmente. Sin embargo, me sorprendí de mi progreso: supongo que cuando uno necesita aprender una lengua simplemente para que le pasen la sal en la cena, aprende rápido.

La filosofía en sí misma me abrió a un mundo nuevo. Había tomado un par de cursos de filosofía en la universidad, pero su enfoque era histórico(explicando lo que cada filosofo decía) más que sistemático (haciendo una única y coherente filosofía a partir de todo lo bueno que decía cada filósofo). Por primera vez, podía formular respuestas convincentes para un gran número de preguntas que había ponderado frecuentemente: ¿podemos saber si hay una verdad absoluta (no solo aquella que depende de mí)? ¿Podemos fiarnos de aquello que nos dicen los sentidos? ¿Podemos saber con certeza si Dios existe, usando la sola razón? Estaba encantado de poder argumentar por primera vez de forma convincente que la respuesta a todas estas preguntas es afirmativa. Mis estudios filosóficos también me ayudaron a valorar las contribuciones de la ciencia moderna, que antes había estudiado con tanto entusiasmo, siendo al mismo tiempo capaz de criticar la debilidad de los presupuestos filosóficos que frecuentemente yacen en ellos.


Sé Humilde, y También Confiado



Obtuve mi bachillerato en filosofía, y entonces, como es costumbre para los seminaristas legionarios, fui enviado tres años de ‘‘prácticas apostólicas’’, es decir, un entrenamiento práctico para el ministerio activo. Hubo dos circunstancias en este periodo que me ayudaron a ser más humilde, y al mismo tiempo, más confiado y seguro. Mi primer destino fue a la dirección territorial-es decir a las oficinas provinciales-cerca de Atlanta, Georgia. Ahí tuve la fortuna, (o mala suerte, depende del punto de vista) de sustituir a un hermano-ahora santo sacerdote-que era un trabajador extremadamente rápido y productivo. Durante los primeros tres meses de trabajo, no pude ni acercarme a su nivel de productividad. Cuando se generó un atraso inevitablemente, cometí el error de querer sacarlo adelante yo mismo, sin pedir ayuda. Un día, sin embargo, mi jefe se dio cuenta de que parte de la correspondencia de la que yo me encargaba tenía un atraso de un mes. Después de que me regaño bastante por no darle a conocer la situación, distribuimos el trabajo acumulado entre el personal secretarial: una solución muy sencilla, y una importante lección aprendida de humildad.



Al año siguiente, me asignaron para ayudar a fundar una nueva comunidad en las afueras de Houston, Texas. Nuestra comunidad estaba muy baja de personal (como suele suceder al inicio), y por lo tanto me reclamaron frecuentemente para realizar tareas que nunca me había esperado. En una ocasión, por ejemplo, habían programado un retiro de medio día -que consistía en unas cuantas reflexiones sobre un pasaje evangélico-y resultó que solo había un sacerdote en la ciudad ese día. Le llamaron rápidamente para escuchar confesiones, y por lo tanto tuve que salir al paso y dar una de las reflexiones, algo que nunca antes había hecho para adultos. En ese entonces, yo no tenía una opinión muy alta de mis propias habilidades para hablar en público. A pesar de todo, la reflexión acabó bien, y gané confianza para sustituir a otros en una buena cantidad de ocasiones.


El Cruce de Caminos



Dado que había un puesto vacío en la secretaría territorial, fui llamado a las oficinas de Atlanta para mi último año de prácticas: tuve una experiencia mucho más agradable comparado con mi primer año, pues ya conocía el terreno. Sin embargo, ese año, 2009, las tristes realidades con respecto a la conducta del fundador de los Legionarios y Regnum Christi fueron públicamente aceptadas por primera vez. Las noticias me vinieron en un momento crítico, porque mi segundo periodo de votos temporales se me estaba acabando, y tenía que elegir entre pedir un tercer periodo de votos temporales, pedir los votos perpetuos, o regresar a la vida laical. Después de orar y reflexionar, decidí hacer mis votos perpetuos. Pensé, en primer lugar, que había consagrado mi vida, no al fundador (que resulta que tenía graves defectos), sino a Jesucristo. En segundo lugar, pensé que una tribulación como esta no era razón suficiente para revocar una decisión que había hecho libremente y con amor al Señor a lo largo de mi vida legionaria. Por lo tanto, recibí con alegría la noticia de que era admitido a la profesión perpetua, e hice mis votos ese verano en Atlanta.



Dado que mis tres años de practicas se habían acabado, estaba esperando una notificación para empezar mi licencia en filosofía en Roma. Para mi sorpresa, me dijeron que comenzara mi bachillerato en teología directamente-que adelantó mi ordenación a este año-y de vivir en la Dirección General, en lugar de vivir en el principal seminario para filosofía y teología. Tenía un poco de miedo al inicio, porque el encargo implicaba tener algo como un trabajo parcial, mientras se mantiene un ritmo completo de estudios (y hacer malabares con programas, como ya he dicho, no es mi actividad favorita). Pero en relación con las asignaturas, la teología es probablemente lo más gratificante que he estudiado nunca, un hecho que compensó en gran parte cualquier inconveniente de mi trabajo. Las preguntas que había empezado a responder en filosofía ahora tenían su respuesta definitiva en Jesucristo: Jesús es la Verdad Absoluta; él nos dejó su Iglesia para mostrarnos que Él es el verdadero Dios; y su presencia puede ser percibida siempre en la Eucaristía.


Su Fidelidad Dura por Siempre



A medida que se acercaba la ordenación, me preguntaba a menudo si estaba realmente preparado para tomar esta inmensa responsabilidad: me hice muy consciente de mi propia indignidad, y sin embargo me di cuenta que la vocación es asunto de Dios, no mío. Yo no era-para parafrasear Juan 15:16-el que lo había escogido, sino Él el que me había escogido, y yo tenía que confiar que me iba a dar la fuerza que necesitase. La ordenación está ahora encima de mi, y rezo y pido para que, con la gracia de Dios, sea un instrumento fiel. Soy muy consciente que hay jóvenes más santos, inteligentes, graciosos, o valiosos que yo. Conozco a muchos que ya son sacerdotes, incluidos muchos que fueron ordenados conmigo este año, pero también muchos que no fueron llamados al sacerdocio. En su plan misterioso, Dios me ha elegido a mí. Es su tarea asegurarse de que yo permanezca fiel: ‘‘Pues grande es su amor a nosotros; y la fidelidad del Señor dura por siempre.’’ (Salmo 117:2).





El P Louis Melahn, L.C., nació en Lawrence, Massachusetts, el 16 de Marzo de 1978, y creció en la ciudad vecina de Andover. En 1996, se graduó como primero de su clase del Central Catholic High School en Lawrence, Massachusetts. Asistió al College of the Holy Cross en Worcester, Massachusetts, donde se graduó en Biología, especializado en Bioquímica, y graduado con magna cum Laude en 2000. Entró en los Legionarios de Cristo como novicio en 2001, haciendo su profesión en Cornwall, Ontario, en 2003, y su profesión perpetua en Atlanta, Georgia, en 2009. Ha obtenido su bachillerato en filosofía y teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, y está actualmente estudiando ahí la licencia en Bioética.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-03


 

 


 



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