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Yo quería ser sacerdote, pero no legionario de Cristo
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Fernando Muñoz Zamora

P. Fernando Muñoz Zamora L.C.
P. Fernando Muñoz Zamora L.C.
Nací en la Ciudad de México en el seno de una familia católica. Mi padre era cirujano general (con cierto prestigio) y mi madre se dedicó a nuestra educación.


Una reflexión... que aún no acabo de entender


Siempre me ha llamado mucho la atención el hecho de cómo Nuestro Señor quiso llamarme desde la temprana edad de trece años. Muchas personas se admiran mucho y me comentan – o por lo menos me lo hacen ver con sus rostros asombrados – que esta edad es demasiado temprana para lograr el discernimiento de una vocación sacerdotal. Cuando los escucho, los entiendo perfectamente. Yo también consideraría que esa edad es muy temprana para que un niño descubra una vocación. Sin embargo, el hecho de mi propia vida es una prueba irrefutable de cómo Dios puede llamar cuando Él quiere. Porque la vocación no depende de la persona, de su edad o de su madurez. La vocación depende de Dios y Él decice la hora en que quiere llamar. Puede llamar desde la temprana edad, así como puede llamar en un futuro momento de mayor madurez. El paso que da la persona para descubrir el misterio del llamado e irlo entendiendo es la segunda parte de esta aventura.


Siempre le pregunté a Dios porque me quiso llamar a una hora tan “madrugadora”. Aún hasta el día de hoy no tengo clara la respuesta. A mí me hubiera gustado haber seguido mi vocación sacerdotal habiendo hecho un discernimiento como un joven en el mundo. Hablo de un gusto personal y que no tiene mayor importancia en el discurso de una vocación. De lo que sí estoy en lo cierto es que Dios me llamó en el mejor momento para que pudiera responder a su camino.

De pequeño


Desde mi infancia me dieron una formación católica. Mi primer “colegio” fue la  escuela maternal y preprimaria Fátima. Es hermoso pensar que ya desde temprana edad estaba bajo el cuidado de María. De ahí pase al Instituto Cumbres Lomas en la Ciudad de México. Del colegio tengo varios recuerdos muy agradables. Fueron un mundo lleno de travesuras (muchas de las cuales pude siempre mantenerlas en secreto), amigos y una amistad con Cristo.


De mi cercanía con Cristo recuerdo particularmente cómo no me perdía los momentos para poder ir a comulgar. Era tal mi gusto por la comunión que una vez le dije “ciertas palabras” a una maestra que no me permitía ir a tomar la comunión (creo que había hecho una pequeña trastada antes... y bueno, la maestra se ganó una amonición de mi parte). Igualmente acudía a rezar el rosario todos los jueves por la mañana. Uno llegaba un poco antes al colegio y podía participar. Incluso recibí un premio por participar en dicha actividad.
P. Fernando Muñoz Zamora L.C.
Yo creo que fue ese contacto con la Eucaristía el que permitió que se fuera encendiendo y cultivando esa vocación, ese llamado de Dios a ser un sacerdote suyo.

¿Llamado?


El llamado a ser sacerdote no puedo decir que lo haya recibido en un momento particular. Más bien fue creciendo durante mi infancia y adolescencia. Pero a la medidad en que crecía se consolidaba fuertemente y la veía como un futuro sobre mi vida. Recuerdo que en una Misa le dije descaradamente a mi mamá que quería ser sacerdote (tendría 11 años). Ella sólo se puso medio blanca y no me dijo nada. Como María, guardaba mucho en su corazón.


Ciertamente durante estos años de infancia e adolescencia no tenía en mente seguir la vocación. Sabía que había un llamado, pero dejaría más tarde el hecho de seguirlo. Estaba completamente convencido que la vocación sacerdotal la podría comprobar bien hasta que tuviera 18 años. Para mí era lógico pensar que sólo una persona adulta podría hacer un discernimiento claro acerca de una vocación al sacerdocio...  Hasta el día de hoy me sorprendo como podía tener estos razonamientos a mis doce-trece años de edad. ¿Cómo a esa edad podía estar tan convencido con esta idea? Simplemente lo considero un don de parte de Dios. Un regalo que Dios me dio para que en ese momento entrara en el centro vocacional y empezara el hermoso camino de seguir sus huellas.


Así pues, Dios Nuestro Señor tenía otros planes diversos a los míos. Mi primer discernimiento no comenzaría a los 18 años. Él tenía más prisa. Y por si no fuera poco cambiaría más cosas en mi vida.

No legionario



Yo quería ser sacerdote, pero no legionario de Cristo (¡Sorprendente, verdad!) A pesar de haber estudiado mi primaria entera y haber comenzado mi secundaria en colegios de la Legión, yo no quería ser un legionario de Cristo. Recuerdo que lo afirmaba con seguridad: “Quiero ser sacerdote, pero no legionario de Cristo”. Las noticias acerca de la Legión siempre han corrido y es evidente que también en casa llegaban todo tipo de chismes y noticias que descreditaban la institución. Igualmente también mi mamá había experimentado ciertos acontecimientos que no le habían agradado en ciertos padres. Como niño, al escuchar estas cosas, yo simplemente decidía – o pensaba que era así – que Dios no me llamaba a ser legionario: Sería sacerdote, pero no legionario de Cristo. Con esto en mente, nunca le comenté a los padres que nos acompañaban en el colegio mi deseo de ser sacerdote. Era una cosa que no deberían saber. Y mientras tanto, Dios sonreía ante mis pequeños planes.

Chismoso



Yo debo mi vocación a un chismoso. A un grande amigo que lo quiero y estimo mucho. Pero fue un chismoso (escribo esto con una sonrisa en los labios). Dios se sabe servir de todo tipo de instrumentos para llevarnos a cumplir su voluntad. Yo no tenía reparos para decir a mis amigos y compañeros que quería ser sacerdote (esta afirmación más de una vez me la hizo pasar muy mal, pero nunca me quitó la idea de esta llamada). Mi amigo, del que me refiero, una vez sintió que Dios le llamaba a ser sacerdote y habló con el padre del colegio acerca del tema. Supongo que lo habrán invitado a ver el centro vocacional. Pero, como después me lo comentaría, no quería hacer esta experiencia solo. Buscando una compañía pensó en mí: “Fernando quiere ser sacerdote. Él me puede acompañar”. Así él fue el instrumento – el divino chismoso – que Dios usó para comenzar mi camino. Así le comentó a los padres formadores mi deseo de ser sacerdote.


Al día siguiente me llamó un padre a su despacho. “Un pajarito me comentó que quieres ser sacerdote” me dijo. Cerré los ojos. “Maldito Luis (mi amigo)” fue mi primer pensamiento “no vuelvo a confiarte un secreto”. El padre esperó mi respuesta. Yo no me puse a decir mentiras acerca de una realidad que yo mismo defendía. Me invitó a conocer el centro vocacional y hacer una experiencia en ese lugar. Salí del despacho con las ganas de golpear a Luis y, al mismo tiempo, con “una voz divina” que me quemaba dentro...  No creo que Nuestro Señor se alegrara con mis pensamientos hacia mi amigo, pero todo estaba saliendo según sus planes.


Hoy yo no tengo palabras para agradecerle a este amigo por el hecho de haber sido ese instrumento de Nuestro Señor para que entrara en el centro vocacional.  Después de tantos años sólo puede decir que ¡los planes de Dios van más allá de nuestros pensamientos!

El camino



Fui a visitar el centro vocacional con unos amigos y otros alumnos del colegio. Convivimos con los apostólicos (así se llaman los “seminaristas menores”) y recuerdo que me encantó el lugar. Veía que eran niños normales, que les gustaba jugar, que bromeaban, hacían travesuras y que estaban siempre felices; me gustó mucho ver que todo mundo estaba contento.


A partir de esa fecha los padres legionarios del colegio me empezaron a dar una ayuda espiritual por si quería entrar en el centro vocacional. Yo no me sentía realmente comprometido con ellos – seguía en mi pequeño sentimiento de no querer ser legionario – pero había una voz más fuerte que siempre estaba detrás. Fue mi pequeña lucha que tuve que vivir hasta decir “sí” a Dios.


También durante ese tiempo empecé a tener más trato con algunas chicas. Tengo una hermana y somos gemelos. Era por ello muy fácil que conociera a las amigas de mi hermana y ellas a mí. Además, unos amigos míos estaban muy interesados por el grupo de amigas de mi hermana.  Para mí este tiempo fue una ocasión de generosidad con Dios. Teniendo siempre la vocación sacerdotal ante mis ojos, no quise quitarle a Dios su lugar y en más de ocasión el corazón se revolvió ante este sacrificio.

La fecha para el verano se acercaba y yo me hizo un poco el despistado. Entendía lo que significaba llegar a tomar esta decisión y las renuncias que me implicarían. Los padres del colegio siempre respetaron mi decisión. Fueron unos meses en los que veía las renuncias que iba a tomar, pero sentía la alegría de seguir lo que Cristo siempre me había invitado a tomar.

Misterio



Antes de comentar mi ingreso en el centro vocacional quisiera comentar una historia relacionada conmigo que me hizo meditar mucho. Tenía otro gran amigo en ese tiempo – aún lo considero amigo – que también él quería ser sacerdote. A mi parecer, en ese entonces, él sí que tenía todas las cualidades para ser una gran sacerdote. En su casa rezaban más que en la mía, conocía mejor el catecismo, en las clases de formación católica tenía mejores calificaciones, se le veía más fervoroso, etc. También él nos acompañó a visitar a el centro vocacional y le gustó el ambiente. Pero al llegar el verano él no pudo ingresar al centro vocacional porque sus papás no le dieron el permiso. Desconozco las razones por las cuales le negaron el permiso y no me considero la persona para juzgar esos actos. Yo ingresé en el centro vocacional y él no. Tiempo después mi amigo tuvo que cambiar de escuela. Desconozco qué escuela era, pero sin duda le cambió ciertas ideas. Tres años después nos organizamos para vernos en un domingo, estando yo en el centro vocacional. Nuestros mundos habían cambiado ya bastante y no nos entendíamos como antes. Después yo fui al noviciado y no pude verlo más. Años más tarde me enteré por mi hermana que mi amigo había cambiado de religión y había optado por tomar el New Age. Ante hechos de ese estilo sólo puedo poner todo esto en la oración. Dios sabe porque quiso llamarme desde temprana edad. No se cómo hubiera sido mi camino si hubiera entrado después. No puedo decir cómo habrían sido las cosas para mi amigo por el cambio de una decisión. Hoy sólo agradezco a Dios que me haya llamado cuando Él quiso.

¡Sí!



Entré en el centro vocacional con otros dos amigos. Ellos después vieron que no era su camino. Me acuerdo el momento en que un superior de el centro vocacional me comunicó que uno de ellos dejaría el centro vocacional. “¿A quién estoy siguiendo? ¿Por qué estoy aquí?” Fue la pregunta que me vino en mente. En ese momento mi respuesta fue Cristo: su persona y su llamada. Él ha sido la única respuesta en los años que llevó hacia mi sacerdocio. “Pues yo me quedó a seguir mi vocación” fue la respuesta que di al superior. Con la gracia de Dios, espero poderlo hacer hasta el final de mi vida.

Mi papá



No quisiera acabar estas palabras sin un recuerdo de mi papá. Durante el año de 2006 mi papá se encontraba mal de salud. Gracias a Dios me encontraba en México en ese entonces. Le habían quitado el estomago por un cáncer que le había invadido y así estuvo viviendo medio año. Sin embargo, en el mes de julio le diagnosticaron otra vez un cáncer maligno que le había atacado el esófago. Siendo médico, cuando mi papá vio los resultados de los estudios médicos entendió inmediatamente que no tendría recuperación y cayó en una depresión. Estuvo varios días internado en el hospital. Gracias a Dios pude ir a acompañarle en esos últimos momentos.

Realmente fueron momentos muy duros. Además de los dolores muy fuertes que le producía el cáncer, tenía también otros dolores intensos en la espalda. Le daban analgésicos, pero el dolor era más fuerte. Por decisión suya no quiso tomar ningún sedante que le quitara la conciencia. Como familia, sólo veíamos cómo sufría y sentíamos la impotencia de no poder hacer algo para ayudarle en su sufrimiento. Fueron días de angustia y dolor.



En estos días mi familia legionaria se hizo presente con su cercanía en la oración y en los sacramentos. Ella, en dos sacerdotes de mi comunidad, asistió a mi papá con los últimos sacramentos y con la indulgencia plenaria. ¡Dios no abandona a la familia de un sacerdote!



A medida que el momento final se acercaba, mi papá hablaba cada vez menos. Tres días antes de morir dejó de hablar. Era tanto el dolor. Pero sí podía escucharnos. Creíamos que ya no escucharíamos más su voz. Horas antes de morir mi mamá se acercó a su oído y le dijo: “Óscar, ofrece tus sufrimientos para que tu hijo llegue a ser un santo sacerdote”. No nos esperábamos una respuesta, pero mi papá en ese momento dijo su última palabra. Entre los dolores que vivía pronunció un “Sí”. Su voz débil y dolida me llegó hasta el alma. Esas fueron sus últimas palabras. Esos fueron sus últimos momentos ofrecidos por el sacerdocio de su hijo, para que fuera santo y ayudara a muchas almas a llegar donde él se encuentra, en el abrazo eterno con el Padre. La vocación del hijo llegó a ser también vocación del padre. ¡Gracias papá!

 El P. Fernando Muñoz nació en la Ciudad de México, el 20 de abril de 1982. Estudio en el Instituto Cumbres de la ciudad de México. En 1995 ingresó en el Centro Vocacional del Ajusco en la misma ciudad. Hizo su noviciado en Dublín (Irlanda). Curso sus estudios humanísticos en Salamanca (España). Fue instructor de formación del colegio Instituto Cumbres Vistahermosa y miembro del equipo de formadores de la apostólica del Ajusco. Es licenciado en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Desde agosto de 2012 desarrolla una pastoral juvenil en la ciudad de Verona y Módena (Italia).


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-03


 

 


 



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