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| P. José Antonio Guzmán Díaz L.C. | |
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Una ocasión sentí que el mar me estaba tragando. Traté
de salir pero el mar me estaba llevando. Trataba de
escapar con todo mi ser, pero la fuerza del mar
pudo más que yo.
Como habíamos ganado nuestra competencia
de natación, mi papá se confió y nos dejó en
la playa muy seguro, mientras iba rápido a la casa,
porque ya sabíamos nadar.
Desperté en la arena.
Ya estaban mis papás ahí. María Luisa mi hermana mayor
le decía a mi madre que un joven me había
rescatado del mar. ¿Quién era ese joven? Nunca lo supe.
Mi madre quería agradecerle, pero no había ya nadie en
la playa.
Cuando fuimos a Misa en la noche
para dar gracias a Dios, mi hermana le dice emocionada
a mi madre que ahí estaba el que me había
sacado del mar… ¡era una imagen de Cristo! Mi madre
comenzó a llorar…Yo no sé por qué, pero
casi siempre me tocaba estar donde había problemas. Si había
vidrios rotos, ahí estaba yo; si había bardas rotas, también;
si había incendios en los baldíos cercanos de casa algo
tenía que ver yo, directa o indirectamente. Si habían peleas
en la escuela ahí estaba también yo metido. Era casi
como un deporte. No sucedía nada a propósito. Era pura
casualidad. Me tocaba estar ahí y yo aprovechaba la ocasión.
Siempre me la pasaba bien.
Como ven, un niño
normal. Inquieto y muy cariñoso con mis padres y hermanos.
Verdaderamente la casa era una auténtica escuela de generosidad.
Sin muchos discursos aprendíamos a ser generosos. Recuerdo muy bien
que mi madre nos decía a Salvador y a mí
cuando jugábamos canicas, que cuidáramos los pantalones para que se
los pudiéramos dar a mis hermanos menores o a los
niños pobres.
Gracias a Dios siempre tuvimos todo, pero
sabíamos que no nos pertenecía.
Recuerdo una Navidad que
yo le pedí al niño Dios una bicicleta, pero no
estaba dispuesto a prestársela a nadie. Nunca llegó. Cuando mi
madrina me regaló $5,000 pesos, lo primero que pensé fue:
Voy a comprar un carro deslizador y se lo prestaré
a mis hermanos y mis primos.
Sin darme cuenta
mi corazón se iba preparando a ser generoso.
Jueves 2
de noviembre de 1989. Esta fecha es inolvidable, para mí
y por mi culpa también para mi familia. Dios sacó
de un mal, un gran bien. Pude experimentar en carne
propia la Misericordia de Dios.
Estaba barriendo la calle
y mi madre salió a la tienda con Luis Alonso,
mi hermano menor. Me dijo que metiera “la Wagoner” a
la cochera. Me subí a la camioneta y en lugar
de dar marcha atrás, se me hizo fácil dar la
vuelta al camellón. Giré, pero venía un coche un poco
rápido así que no volví a girar, sino que continué
unas cuantas cuadras más adelante. Giré a la izquierda y
comencé a acelerar. Giré de nuevo y aceleré más. Sentía
que la “willis” tenía turbo. Antes de volver a girar,
presioné los frenos y la camioneta se dio una coleada,
que casi pierdo el control de la camioneta por completo…
Por supuesto que choqué y por eso dejé sin
vacaciones de navidad a toda la familia.
Hablé con
mi padre por teléfono a su trabajo. Lo saqué de
una junta muy importante. Lo supe porque me lo dijo
la secretaria. Llegó en siete minutos. Lo primero que me
dijo fue: ¿Cómo estás? Me desarmó, pues yo estaba pensando
que vendría en plan regaño y con mucha razón. Después
me indicó: vete a tu habitación y no salgas. Cuando
yo estaba en la habitación estaba pensando que me enviarían
a una academia militar, que ya no tendría derecho a
tener familia; ni padres, ni hermanos. Pensaba que me correrían
de la familia. ¿Cómo era posible que hubiera hecho esto?
Reflexionando me dije: no quise hacer mal, no supe
controlar el coche y me fue mal. Ahora me debía
preparar para reparar los daños. Gracias a Dios no hubo
nadie involucrado. Sólo yo y “la Wagoner”.
Cuando llegó
mi papá a casa, después de dos horas, fue a
buscarme a mi habitación. Lo primero que me dijo fue:
¿Cómo estás? -Le respondí: bien. – ¿Seguro que estás bien?-
Sí.
Yo estaba pensando: ¡¿cómo es posible que
mi papá esté tan tranquilo?!
Ahí aproveché para decirle
de la manera más sincera posible. Papá, ¡perdóname!
En ese perdón yo estaba metiendo tanto el golpe del
coche, el haberle sacado del trabajo, la desconfianza que había
provocado, los inconvenientes, consecuencias, el enojo que causé…en pocas palabras,
¡todo!
Me respondió: ¡No te preocupes! Y me dio
un abrazo. En ese abrazo sentí un perdón sincero y
total.
Ahora que estoy escribiéndolo tengo las lágrimas en
los ojos, nada más de acordarme. Pude experimentar un gran
amor de mi papá. Yo sabía que no era normal
y que se estaba haciendo violencia… pero me estaba perdonando.
Después me dijo: Tú no sabías que estaban mal ajustados
los frenos, por eso no pudiste controlar la camioneta.
En ese momento que me estaba dando un abrazo pensé:
Si mi papá me perdona por haber hecho esta tontería,
¿cómo será la misericordia de Dios? Dios se valió de
esto para que yo pudiera experimentar su gran amor y
misericordia. Eso me ha hecho volver una y otra vez
a la confesión, cuando tengo la desgracia de caer en
pecado.
Una cosa tengo clara: Cuando confiese, transmitiré el
gran amor y la misericordia que Dios nos tiene. Yo
seré su instrumento, pues al haber experimentado tanto su amor,
no puedo no darlo.
No me mandaron a la
academia militar de castigo, pero estuve trabajando a “marchas forzadas”.
No podía salir a ningún lado. Sólo podía salir a
Misa. No saben cómo disfruté esas salidas. Una vez nos
tocó que fue a celebrar el Señor Obispo y por
supuesto que me quedé más tiempo. Cuando regresamos Salvador mi
hermano y yo, nos pregunta mi madre: “¿Dónde estaban?” Y
contestamos que en Misa. Nos pregunta: “¿De Obispo?” A lo
que respondimos afirmativamente.
En una de esas salidas a
Misa, una chica me pidió que si podía acompañarle (como
chambelán) en su fiesta de quince años. Yo le dije
que no podía porque estaba castigado. Al llegar a casa
lo comenté, porque esta chica era hija de un amigo
de mis papás. Mi papá me dijo que le dijera
que sí. Con eso estaba cayendo el tiempo de reparación.
Así es también en la vida espiritual. Pecamos, pedimos perdón,
pero hay que reparar. Es lógica pura.
En ese
entonces, estudiaba la carrera de control automático, trabajaba en un
restaurante los fines de semana, entrenaba Tae Kwon Do, tenía
mis encuentros semanales en el Regnum Christi y tenía novia.
A veces la novia se desesperaba que no me veía
mucho, pero tampoco en casa me veían mucho. Gracias a
Dios gané varios torneos de TKD. No todo era siempre
éxito; una ocasión me noquearon, pero fue mejor, porque mis
amigas estuvieron más al pendiente de mí. El deporte me
libró de muchos peligros. Una vez un amigo me reprochó
porque casi no iba a fiestas a emborracharme con ellos,
pero si lo hacía me pegaban una paliza en el
TKD.
Era el tiempo de los cambios. Comenzaba con
una novia, terminaba y después con otra. Yo comenzaba a
percibir que Dios quería algo de mí, pero no sabía
qué era. Un día recibí un comentario de mi madre
que me dejó el alma helada, y fue el siguiente:
“Si Dios te pidiera que le siguieras, ¿le entregarías el
alma usada?”
Tuve algunas novias. En especial quise a
una, que me ayudó a crecer en el amor. Sin
darme cuenta el amor que sentía en mi corazón, Dios
me lo estaba pidiendo. Yo buscaba siempre, y sobre todo,
llevarlas a Dios. Si yo quiero a una persona, debo
llevarla a Dios, porque me interesa que su alma se
salve. Y, ¿no tendré más cuidado de aquellas a quienes
mi corazón más quiere? ¿Mi familia, mi novia, mis amigos?
Recuerdo que platicando con una de ellas me dijo:
“¿Sabes? He platicado con mi madre y me dijo que
a lo mejor terminarías de sacerdote”. Yo le respondí “¿Por
qué?” Y me contestó: “No sé. Por tu forma de
ser”.
Siempre traté de llevar mis noviazgos castamente, pues
sabía que como fuera mi noviazgo, así sería mi matrimonio.
Por supuesto ni me imaginaba que Dios me llamaría. En
verdad, yo creía que me casaría.
En una ocasión
me preguntó mi novia que si nos casábamos, cuántos hijos
me gustaría tener. Yo hábilmente le contesté que esa pregunta
debería hacérsela a ella, porque ella los iba a tener.
Me contestó que como en mi familia. La verdad que
no me disgustó nada la idea, pero le dije que
tendría que trabajar mucho. Ella me respondió que me ayudaría.
Ahora te estarás preguntando ¿cuántos hermanos son en su
casa?
Yo soy el cuarto de ocho hermanos. María
Luisa, Mónica y Salvador, el que escribe José Antonio, Adriana,
Rodrigo y Rossana, y Luis Alonso. (Mónica y Salvador –
Rodrigo y Rossana son cuates). Por cierto todos ellos son
unos hermanos ejemplares. Me han ayudado mucho en mi vocación
con su entrega generosa, su ayuda económica, sus consejos y
sus oraciones y sacrificios.
Pero volviendo a la pregunta
¿cuántos hijos te gustaría tener? Toda esa noche me estuve
preguntando en profunda oración, le preguntaba a Dios también si
ella era la chica que quería para mí, o si
yo era el tipo que quería para ella. Si eso
era lo que quería de mí. No pude dormir pensando
qué era lo que Dios quería de mí. Yo me
sentía pleno con ella, pero Dios me pedía algo más.
Le dije: “Señor, ¿qué quieres de mí?” Y me respondió
en lo más profundo de mi alma: “No quiero nada
de ti. ¡Te quiero a ti!” Quedé desarmado. Ahí experimenté
otra vez la grande misericordia de Dios al llamarme. “¿Por
qué a mí?... “¡Porque quiero!”. Ya no pude y me
dejé seducir. Todo en la soledad de las visitas al
Santísimo.
Yo creo que todos los católicos debemos preguntarnos
si Dios nos llama al sacerdocio o a la vida
consagrada, con honestidad, sencillamente.
Comenzó un gran tormento interior:
Si no es lo que Dios me pide y salgo…entonces
perdí tiempo. Pero me vino una de esas respuestas prácticas
que ni tú mismo te esperas: Ya pierdes demasiado tiempo
en tonterías, por qué no probar. Si acaso te equivocas,
Dios no te tomará a mal que fuiste generoso. Al
contrario, te ayudará.
Ahora, buscaba la manera de ser
generoso. Yo sé desde siempre, que a Dios se le
da lo que pide. Como San Agustín le decía: “Señor,
dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”.
En una ocasión que fui a hacer una visita al
Santísimo en la Catedral de Torreón, donde estaba de dando
un año de voluntariado como colaborador en el Regnum Christi.
Una señora me pidió dinero para comprar leche o medicina
para su hijo. Le dije que no tenía y entré
a hacer la visita. Cuando estaba rezando sentí en mi
corazón como un grito que me reprochaba “generosidad”. Salí de
la catedral sin haber terminado de rezar y fui decidido
a darle los $50 pesos que tenía escondidos en la
billetera. Le dije: “Señora le dejo esto, sólo úselos bien”,
y me fui. Se me salió una queja, pensando que
estaba solo. Me pregunté en voz alta: “¿Por qué no
puedo ser generoso?” El colaborador que iba detrás de mí
extrañado me replicó: “¿Si eso no es generosidad, entonces qué
es la generosidad?” Yo le afirmé que eso no era
generosidad. Yo estaba pensando en algo más grande que el
dinero.
Esa pregunta me ha ayudado mucho en mi
vida, porque en ocasiones me gana el egoísmo por debilidad,
pero yo quiero ser siempre generoso con Dios. Me digo:
como en Torreón que no querías ser generoso con Dios
y al final sí lo fuiste. El corazón que está
atento a responder al querer de Dios responde positivamente. ¡Al
final sí fuiste generoso! No veas sólo lo malo, ve
también lo bueno y el esfuerzo que haces por ser
generoso, por ser bueno. Creo que esa también será una
de mis máximas cuando confiese: animarles a ver lo positivo
de su alma.
Estoy convencido que Dios sigue llamando,
pero como no hay silencio en las almas, como no
están habituados a escuchar al amigo, a Cristo, no han
entendido qué es lo que Dios quiere.
¿Por qué primero
consagrado y después sacerdote?
Yo estoy persuadido que la
vocación a la vida consagrada en el Regnum Christi se
da en la libertad y en la caridad. Sólo los
cristianos que han entendido y viven a plenitud su vocación,
esto es, su llamado al estado y condición de vida
que Dios les llama, pueden llevar adelante con elegancia su
cristianismo. Y esto no es una excepción en el Regnum
Christi.
Al primero que le comenté de mis inquietudes
vocacionales fue a mi hermano Salvador. Siempre me animó. Al
segundo fue al P. Miguel Viso, LC que en ese
entonces era el Director de la Sección de jóvenes del
RC. Yo le pedí que fuera mi director espiritual.
A decir verdad, yo escuchaba entre algunos amigos que decían
que los legionarios sólo quieren vocaciones. Pero a mí nadie
me tocaba el tema de la vocación. Yo comencé a
hablar de vocación porque ya me estaba cansando que nadie
lo hiciera y yo estaba inquieto. Uno de mis amigos
del Regnum Christi decía: como toda empresa, si no creces,
mueres. Si no hay vocaciones en la Iglesia, la Iglesia
muere.
Yo le comenté al P. Miguel que quería
hacer algo más con mi vida, porque no estaba haciendo
nada, y él, caritativamente me hizo ver que me equivocaba,
porque estábamos haciendo varios apostolados semanalmente y también, que el
ambiente donde estábamos era cada vez más cristiano, etc. Yo
le repliqué: sí padre, pero puedo hacer más. “Eso es
otro boleto”, me contestó.
Cuando estaba de colaborador, yo
fui quien le pidió dirección espiritual al que en ese
momento era el promotor vocacional del Norte de México, el
P. Ricardo Sada Castaño, LC.
Hablando una vez con
él, le comenté que, según yo, veía claro que Dios
me llamaba, porque había signos claros del mismo, pero…quería hacer
otra carrera para estar seguro de que fuera mi vocación
y tener una “seguridad”, por si no lo era.
El
P. Ricardo Sada, LC me recomendó comenzar la otra carrera
que quería, como consagrado, para así cuidar mi vocación. Recuerdo
perfectamente el diálogo:
-Por tu temperamento, creo que sería
bueno que hicieras la carrera que me dices, pero ya
como consagrado, para que puedas proteger tu vocación. En la
universidad vas a tener amigos, fiestas, amigas, novia, etc. Si
comienzas de novio te enamorarás, se te olvidará la vocación
y la perderás. Si comienzas como consagrado la podrás proteger.
Piénsalo y después me dices-.
Yo le contesté inmediatamente:
-Padre, ya lo he decidido. Le digo que sí.
Me contestó:
-Piénsalo.
-Padre, le digo que
sí, porque me ha dejado una gran paz en el
alma.
En ese momento, me sentí no sólo como
el joven rico del Evangelio que quiere ser generoso con
Dios, sino como el millonario que descubre un gran tesoro,
vende todo cuanto tiene para comprar aquel terreno que contiene
su gran tesoro.
A unos cuantos meses de mi ordenación
sacerdotal, no puedo sino reconocer la gran ayuda que he
recibido de la Virgen María.
El día que decidí
dar el sí definitivo a Dios, era el 27 de
junio de 1995, día de la Virgen del Perpetuo Socorro.
A lo largo del camino de mi vocación siempre ha
estado la Virgen acompañándome. Les cuento algo muy rápido.
En una ocasión me fui a terminar mi oración a
la capilla del Centro de Estudios Superiores en Roma. Ahí
me sentí envuelto, de manera casi física, por el cariño
de la Virgen. Cosa que agradecí. El Sacerdote, que celebraría
la Misa, salió con ornamentos de fiesta Mariana. Para mis
adentros pensé, qué bonita fecha para recordar; la fiesta de
nuestra Señora de Chiquinquirá. En la noche me habló mi
madre y le conté eso que me había pasado en
la mañana; le dije que la emoción me había durado
todo el día. No había terminado de decirle eso cuando
mi madre comienza a sollozar. Le pregunté que por qué
lloraba y me contestó que, porque a esa misma hora
en que yo estaba terminando la meditación, ella estaba pidiéndole
a la Virgen que nos protegiera la vocación a mí
y a Adriana, mi hermana consagrada en el Regnum Christi.
Agradezco mucho también a mis papás y a mis
hermanos por todas sus oraciones y sacrificios. Han sido el
motor que me ha ayudado de manera poderosa y real
en momentos de dura prueba. Gracias por su ramillete espiritual.
Una noche caliente de verano en Roma, fui muy
tentado contra la pureza, estuve rezando mucho. Casi no pude
dormir. Tomé el Rosario y estuve rezando hasta que me
quedé dormido, no sé si recé tres o cuatro Rosarios
seguidos. Al día siguiente me habló una de mis hermanas
y me preguntó: “¿Cómo estás? -La típica pregunta. También la
típica respuesta: “Bien”. Vuelve: “No, en serio, cómo estás, porque
ayer soñé que el diablo te pegaba una paliza y
estuve rezando por ti toda la noche”. Le conté cómo
había estado la noche y también le agradecí su gran
ayuda.
A ti, querido lector te pido de manera
especial me recuerdes en tus oraciones diarias. Si alguna vez
no tienes ninguna intención por la que puedas ofrecer tus
sacrificios, oraciones, alegrías, etc., te pido me incluyas para que
sea santo y fiel hasta la muerte.
Pídele a Dios
que sea un santo sacerdote, y que si no me
va a dejar ser santo, me retire a su lado
para nunca estorbarle a sus divinos planes.
Yo por
lo general, pido el cielo para aquellos que me ayudan,
junto con toda su familia.
Dad gracias al Señor
porque es bueno, porque es eterna su Misericordia.
Oremus
ad invicem! (Oremos unos por otros)

El
P. José Antonio Guzmán Díaz nació el 8 de junio
en Guadalajara, Jalisco(México). Ingresó al Regnum Christi en mayo de
1992. En 1994 fue colaborador en Torreón, Coah. En 1995
se consagró a Cristo en el Regnum Christi; trabajó apostólicamente
en una Residencia Universitaria en Monterrey; en la Sección de
Jóvenes; en el Ecyd con adolescentes; ayudaba en la promoción
vocacional; Asistente del director de Evangelizadores de Tiempo Completo encargado
de los Centros Locales de México y El Salvador; Prefecto
de disciplina en la Preparatoria del Cumbres en la Ciudad
de México y después Instructor de Formación en la misma
preparatoria; Hizo su noviciado en Monterrey y Salamanca (España), La
filosofía la hizo en Roma y la Teología en New
York y Roma. Tiene la carrera de Control Automático con
especialización en instrumentación y control de procesos industriales hecha en
el Centro de enseñanza Técnica Industrial y la carrera de
Administración de Empresas, hecha en el Tec de Monterrey (ITESM).
Actualmente está encargado de la promoción vocacional de menores de
la zona del norte de Italia en Lombardía y Piemonte