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¡Un paso más!
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Testimonio vocacional del P. Alejandro Pérez, L.C.

P. Alejandro Pérez, L.C.
P. Alejandro Pérez, L.C.

A la hora que quería escribir mi testimonio vocacional, sencillamente no me salían las palabras. Es como querer escribir una historia de la cual aún falta lo más importante: el final. Con mi ordenación sacerdotal sólo estoy dando un paso más en mi camino a la meta final: el cielo.

Quiero compartirles dónde comenzaron estos pasos y los caminos tan misteriosos por los que el Señor me ha llevado.

Nací el 31 de marzo de 1983 a las 11.30pm. Era un jueves santo. Mi mamá me platicó que esa mañana había ido a consagrarme al Señor, precisamente ese día de la institución de la Eucaristía, del sacerdocio y del mandamiento de la caridad. Tres grandes regalos que han sido mi motivación en todo momento y con los cuales Dios ha ido fortaleciendo esa llamada. Soy el primero de dos hijos y era el primer nieto y sobrino de la familia por parte de mi madre.

Mis padres son muy católicos. Desde pequeño me fueron infundiendo las verdades de la fe. Algo que aprendí mucho fue a dialogar, escuchar y respetar las otras confesiones religiosas, ya que casi toda la familia por parte de mi papá pertenecen a diversas confesiones de fe.
P. Alejandro Pérez, L.C.
Esto me ha ayudado mucho, pues al crecer en este ambiente, me di cuenta de que por encima de la confesión somos familia. En diversas ocasiones he tenido que entablar diversas conversaciones con personas de otra confesión y siempre puedo ver en ellos a un familiar, a un hermano mío, hijo de Dios.

Quisiera compartirles cómo estos tres regalos que Cristo nos dejó el jueves santo, día en que nací, han estado muy presentes en mi historia vocacional.

El mandamiento del amor

Gracias a mi abuela materna pude descubrir la necesidad de convertir mi fe en verdaderas obras de caridad: obras que deberían ser ocultas y sin necesidad de recibir aplausos. Recuerdo cómo salía en las noches con mi abuela con grandes botes de chocolate caliente y pan para repartirlo por las calles a las personas sin hogar. Yo era muy pequeño. Veía como mi abuela no sólo les daba un poco de comida, sino que entablaba una conversación con cada uno de ellos, les daba un poco de amor. Recuerdo muy claramente esas noches en las que incluso llegábamos a los lugares donde se encontraban prostitutas y sufren vendiendo su cuerpo para ganar algo de dinero. Era solo un niño y Cristo abría mi corazón a la caridad. Una fe sin obras era una fe muerta. Todo era de noche, todo sin buscar un aplauso. Nadie se daba cuenta. Nadie nos daba un premio por recorrer las calles cargando esos enormes botes con chocolate, pero no se imaginan la felicidad, la alegría de poder ver a ese Cristo roto en la vida de mis hermanos más marginados.

Me acuerdo perfectamente las navidades en las que salíamos a los barrios más marginados a hacer un pequeño censo. Después de visitar todas las casas, escogíamos las más necesitadas (alrededor de 100 casas) para ir en la madrugada del 24 de diciembre, cuando todavía todos estaban dormidos, para llevarles lo suficiente para que pudieran preparar la cena de navidad y algunos regalos que muchas veces eran juguetes míos o comprados con mis ahorros. No se me puede borrar de mi corazón ese frío de la madrugada, los callejones obscuros y esas puertas de metal. Una voz dudosa nos respondía dentro: «¿Quién es?» Y contestábamos: «¡Ha llegado el Niño Dios!». El rostro iluminado de la persona que abría nos daba la fuerza para seguir más y más.

Con mi madre llegué a visitar la cárcel haciendo lo mismo en las noches. Recuerdo entrar a ese lugar, donde nos quitaban los cordones de los zapatos, los cinturones y sólo veíamos manos extendidas entre las rejas. Rostros tristes, rostros opacos, pero las sonrisas que allí dábamos llenaban el lugar. Tengo que confesar que nunca tuve miedo. Amaba escaparme a hacer estas cosas, incluso años más tarde en mi labor apostólica en San Luis Potosí, cuando salía con uno o dos chicos para realizar visitas y poder contagiar lo que tanto aprendí de mi familia: una fe sin obras es una fe muerta.

Allí estaba Dios preparando mi corazón con este primer regalo. Está claro que un sacerdote sin un corazón caritativo puede llegar a convertirse en un mero oficinista o secretario de la gracia de Dios, sin llegar a tocar a ese Cristo viviente y sufriente en las personas.

El sacerdocio

Fue precisamente en una misa, viendo a un sacerdote donde recibí el llamado a mis 12 años de edad, aunque sólo hasta los 16 pude entrar al seminario. Me acuerdo perfectamente que era viernes. Ese año yo vivía con mi abuela. Mentí un poco para no ir ese viernes a la escuela y poder así alargar el fin de semana. Mi abuela que nada podía negar a su primer y único nieto hombre me puso como condición sólo acompañarle a misa. No es que me gustara mucho la idea de ir a misa, pero si ponía en una balanza la hora que dura la misa comparado con las 6 horas que duraba la escuela creo que salía ganando.

Allí estábamos. Jamás se me había pasado la idea de ser sacerdote. Comenzó la misa. La iglesia estaba llenísima de gente. Yo pensaba que eso de ir a misa entre semana era cosa de ancianos. Pero al ver la iglesia llena, especialmente de jóvenes, mi actitud cambió y me sentí orgulloso de estar allí. La misa duró 15 minutos. Me acuerdo perfectamente, porque en ese momento, en lugar de alegrarme en mi corazón de niño por haber durado sólo 15 minutos y haber ganado más tiempo de lo que esperaba ganar, me enfadé por dentro. ¿Cómo era posible que, con tantas personas allí reunidas, se repartiera a Cristo en menos de 15 minutos?. Yo sentí claramente en mi corazón el llamado de Dios a ser un sacerdote a predicar y dar a Cristo como se debe. Con el paso del tiempo he comprendido que Cristo se valió de ese pequeño e insignificante detalle para poner en mi corazón de niño la llamada a una vida entregada por completo al servicio de los demás. No puedo explicar más. Así de sencillo fue, pero así de lleno también. Nunca lo había pensado, pero en ese momento lo decidí: decidí ser sacerdote. Fue rápido. Fue un llamado que allí nació y se ha ido fortaleciendo cada día. No ha cambiado casi nada, sino que ha madurado. Quiero ser sacerdote, quiero darle mi vida a Cristo para ser un buen sacerdote.

La Eucaristía

Lógicamente no fue fácil comenzar este camino. Lo primero que me dijeron mis papás es que estaba muy pequeño y que debía esperar. Pero yo no quería esperar. Recuerdo que busqué en las páginas amarillas teléfonos de seminarios e hice citas para que me entrevistaran. Lo veo ahora con el paso del tiempo y se me dibuja una sonrisa en la cara de sólo verme y recordar cómo hacía estas llamadas. En ningún seminario me aceptaron por ser tan pequeño. Recuerdo que visité un seminario: al entrar, con mi visión de niño, no me gustó para nada. Era una casa vieja y tenía un olor a madera ya desgastada. Reinaba un silencio que en ese momento lo único que me provocó fue un poco de miedo. Veía todo aquél lugar y por dentro le decía al Señor: «Si me aceptan aquí, prometo entrar sólo porque quiero ser sacerdote. Pero el lugar no me gusta para nada…».

Me entrevistaron después de mostrarme el lugar, pero me dijeron que estaba muy chico y debía esperar. Fue para mí un gran alivio. Esa espera se alargó y comencé mi adolescencia. A esa corta edad tuve dos novias. Y obviamente, la idea del sacerdocio se fue apagando un poco. Sólo un día en que nos visitaron unos franciscanos en casa de mi abuela, reavivó en mi corazón la llama de mi vocación. Yo quería ser un hombre así entregado por completo a Dios. Me acuerdo que esa noche no podía dormir y a la mañana siguiente ya estaba platicando con ellos para pedirles que me llevaran.

Lógicamente mis padres no aceptaron eso. No podía irme así. ¿Dónde encontré el consuelo ante una negativa así tan rotunda? En la Eucaristía. Me acuerdo que un día iba en mi bicicleta a la iglesia y entré con todo y bici hasta el altar. La dejaba a un lado y me sentaba delante del Sagrario para pedirle ayuda a Cristo. Recuerdo con tanto amor esos momentos pasados allí junto a Cristo Eucaristía. Hace unos meses me encontraba en Colombia con un grupo de jóvenes del ECYD y les llevé al lugar donde muchas veces fui a pedirle fuerzas a Cristo. Era la capilla del Santísimo de la catedral de mi ciudad. Lo más curioso es que sólo esta vez pude entender el mosaico que estaba atrás del Sagrario: Cristo Sacerdote. Me impactó muchísimo. Sólo esta vez lo vi y me estremecí de alegría al saber que Cristo Sacerdote había estado siempre allí. Hasta pregunté si la imagen aquella era nueva, la respuesta fue: «Siempre ha estado allí».

Conocí a los legionarios por pura casualidad. Dios me los puso en el camino y comencé unos meses de preparación para irme al seminario menor el 1 de diciembre de 1998. Mis padres no estaban muy convencidos. Me dijeron algunas negativas: es más, apostaban a que duraría sólo una semana allá, dado que era la entrada al seminario era en Navidad, y era para nosotros la fiesta más familiar. Esa semana se ha alargado a 15 años. Años que han pasado volando y todavía siento la frescura de esa misa en viernes en la que sentí: «YO TENGO QUE SER SACERDOTE». Todos estos años han significado ir dando un paso más. He sentido el mismo llamado que Dios hizo a Abraham: «Vete a la tierra que Yo te mostraré». No son mis pasos, mis gustos, mis fueras, sino el camino y la tierra que Dios me mostrará. Cada día, cada etapa en mi vocación ha sido un paso más a esa tierra prometida que es el cielo.

Agradezco de manera especial el que Dios me haya enviado por siete años a San Luis Potosí, lugar donde mi vocación fue madurando, porque allí aprendí a ser sacerdote. Esos tres regalos que siempre estuvieron desde el inicio de mi vocación, allí los viví en carne propia. Allí dejé los mejores años de mi juventud y no me arrepiento porque se los di al Señor y Dios los supo hacer fructificar. Soy consciente de que yo soy sólo un instrumento y debo tratar de no estorbar. La gracia de Dios que es la que actúa y se queda en cada uno de los corazones de las personas. Allí aprendí que no quiero ser un “sacerdote de zapato lustrado”. Es sólo una imagen. Estaba de misiones y me preparaba para presidir una liturgia de la Palabra con permiso del párroco. Pasé un buen tiempo lustrándome los zapatos, preparándome para la ceremonia. Al llegar a la pequeña iglesia que estaba llenísima de gente, unos de los niños del ECYD, me pide que llevara la comunión a una persona. Al inicio dudé, pues vi a todas las personas que estaban fuera. Lo puse en la balanza y ganaban todas esas personas. Pero los niños insistieron. Me dijeron que llegaríamos rápido. Accedí y comenzamos a caminar ya en la oscuridad. Pasamos por charcos, terrenos de cultivos… Sólo pensaba en mis zapatos lustrados y no quería enojarme por el simple hecho de que llevaba a Cristo entre mis manos. Los niños comenzaron a discutir porque habíamos tomado el camino equivocado. Era de noche y ya no se veía nada. Al llegar a la casita, después de un buen rato de caminata, entré a la casa y unos ojos iluminaron la habitación y mi vocación. Era una ancianita sin piernas que dormía en el piso sobre unos plásticos y rodeada de gallinas para darse calor. La escena era muy fuerte, pero la fe que allí había y que iluminó ese lugar sólo me hizo pensar una cosa: «No quiero ser un sacerdote de zapatos lustrados». Le pedí al Señor, en ese instante, la gracia de que nunca me permitiera poner en una balanza su gracia; que me permitiera ser dócil y no un sacerdote que mida los esfuerzos que hace, cuando los planes del Señor pueden ser otros. Desde entonces comprendí que soy sacerdote de Cristo, entregado a los demás, pero de Cristo y he tratado de ir dejándome llevar por Él.

Todo esto y mucho más, lo aprendí en esos 7 años, dedicándome por completo a la formación de adolescentes. Comprendí que mi única misión era ayudarles a que dieran cada día un paso más: un paso al cielo.

Ahora, a pocos instantes de recibir el don inmerecido del sacerdocio, sólo puedo pensar que es el inicio de esta aventura que comencé hace 15 años. Cuando uno piensa que lo ha dado todo, descubre que puede dar un paso más. Vale la pena luchar por esa meta final. Vale la pena apostarlo todo para alcanzar el cielo. El día en que entre en mi corazón la seguridad de haberlo dado todo, ese día habré caído en la comodidad, en la rutina, porque el verdadero amor busca cada día formas nuevas de demostrarlo. Por eso, ahora que estoy a punto de ser sacerdote para siempre, sólo puedo decirle al Señor: «¡Un paso más, por Ti!» Si le puedo responder, es por Dios. Él es quien me ha dado la gracia y la fuerza para buscar hacer visibles cada día los tres regalos que nos dejó el jueves santo: la caridad en la entrega a los demás (sean niños que necesiten de mi tiempo, sean personas necesitadas que necesiten de mi mano), la Eucaristía (a la que siempre he tratado de conducir a todos los adolescentes que he conocido en mi camino) y el sacerdocio (del cual me siento muy orgulloso de haber sido llamado y el cual busco vivir con dignidad, porque es un llamado de Él).


El P. Alejandro Pérez Gómez, L.C., nació en Calarcá, Colombia, el 31 de marzo de 1983. Ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Medellín en el año 2001. Emitió su primera profesión religiosa en el año 2003 y su profesión perpetua en el año 2009. Estudio las humanidades clásicas en Salamanca, España. Es bachiller en filosofía y teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Colaboró en la pastoral juvenil en la ciudad de San Luis Potosí, México. Actualmente reside en la Sede de la Dirección General y estudia la licencia en teología dogmática.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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