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¡Vivo una aventura desde hace 19 años!
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Ángel Fernando Dávila Villarreal, L.C.

P. Ángel Fernando Dávila Villarreal
P. Ángel Fernando Dávila Villarreal

En los 19 años de vida legionaria me ha tocado muchas veces explicar o contar la historia de cómo Dios me llamó o cómo me he dado cuenta de este llamado; sin embargo, esta ocasión es especial porque esta vez será la historia de no sólo de cómo ingresé a la Legión, sino también de cómo Dios me ha ido guiando en este camino.

Una de las lecciones prácticas que he aprendido, de la mano de Dios, es el espíritu de disponibilidad para lo que Él quiera; pues sin este espíritu no podremos ser buenos instrumentos para la misión que Él nos ha encomendado. La certeza de estar en el lugar que Dios quiere da una gran paz y estabilidad que permite una entrega total. Esto no quiere decir que todo sea o haya sido fácil.

Esta apertura sincera y dócil a la voluntad de Dios me ha hecho experimentar con más fuerza su misericordia. Pues en las dificultades y caídas, Dios me ha hecho descubrirlo con más facilidad.
Por eso, quiero dar gracias a Dios y la Santísima Virgen su cercanía en mi camino. Nunca  he dudado de su auxilio en mi vocación.

Niño atrevido

De mi infancia recuerdo que tenía un gran
P. Ángel Fernando Dávila Villarreal
P. Ángel Fernando Dávila Villarreal
entusiasmo por ser policía, bombero, militar o cualquier profesión que implicara riesgos “mortales”. Quería que mi vida estuviera en peligro siempre. No recuerdo ninguna ocasión en la que quisiese ser sacerdote. Mi vida transcurría del colegio a mi casa; y ya en mi casa daba rienda suelta a mi imaginación. Un día estaba rescatando gente en un incendio y al otro realizando misiones súper secretas en un lugar desconocido que ni siquiera yo podría ubicar en un mapa.

El “cambio”, si es que se le puede llamar así, llegó a eso de los 10 o 11 años; mi atención se centró en cosas más “reales” como ser deportista… Sin embargo, apareció en el horizonte otra profesión de alto riesgo: ser misionero.

Tuve la oportunidad de estudiar en un colegio llamado Guadalupe Victoria, que dirigen unas religiosas llamadas comúnmente plancartinas (Hijas de María Inmaculada de Guadalupe). En el colegio se abrió un grupo misionero,  cuya tarea era básicamente rezar por las misiones, hacer colectas, un poco de formación espiritual extra… No es que fuese muy comprometedor, ni tampoco hicimos misiones, pero mi corazón se sentía 100% misionero.

Un año, una de las religiosas organizó un viaje a una reunión nacional del grupo misionero I.A.M. cerca de Celaya, Gto. Allí entré en  contacto con la verdadera realidad de los misioneros; allí dieron su testimonio sacerdotes que venían o iban a China, África o algún país de Asia. Yo quedé muy impresionado, porque yo pensaba que los iban a matar, pues siempre escuchaba que en los países de esas zonas había persecución.

Llamada a la Legión.

Pasó el tiempo y en el sexto año de primaria, como a muchos les ha pasado, un padre llegó a dar una plática vocacional y pasó la típica ficha con las preguntas: «¿Qué te gustó más de la plática?», «¿Qué te gustaría ser de grande?», «¿Has pensado en ser sacerdote o misionero?», etc. A las cuales yo respondí con total sinceridad: «Me gustaría ser misionero».

Parte de la plática fue presentarnos el centro vocacional del Ajusco. A mí los ojos se me llenaron de ilusión, pues ir a México DF, era una gran aventura para mí. Inmediatamente me decidí a ir a esa súper escuela, que la dirigían unos padrecitos “súper buena onda”.

Llegué a mi casa con la novedad y obviamente mis padres trataron de tranquilizarme, pues no sabían de lo que se trataba. Con el pasar del curso escolar los padres se presentaron a mi familia y explicaron bien lo que era el centro vocacional, aunque para mí seguía siendo una oportunidad que no podía perder.

En ese año hubo un hecho que me llamó mucho la atención y fue que un sacerdote franciscano, de mi parroquia, fue acusado, al parecer injustamente ante el obispo, que se había pasado de duro con una persona y lo tuvieron que cambiar de parroquia; él lo mantuvo en silencio hasta el día en que se tuvo que ir… las personas reaccionaron de una forma solidaria con el padre. Me acuerdo que también mi mamá se acercó a expresarle su apoyo. Me impactó su testimonio, pues el padre perfectamente podría haber hecho frente a las personas que le acusaban, gracias al apoyo de los feligreses, pero prefirió el perdón.

Pasaron los meses y llegó el tiempo de partir hacia el centro vocacional. De mi ciudad fuimos dos, mi mejor amigo y yo. Gracias a la formación que recibí en el colegio y en mi casa, las actividades que se proponían en el curso introductorio no me parecieron nuevas… Todo eso de la disciplina, orden silencio, misa, rosario, me eran familiares.

El curso introductorio siguió su curso y yo, poco a poco, fui descubriendo el centro vocacional y aceptando la posibilidad de que Dios me llamase al sacerdocio. Lo que más recuerdo de ese periodo y, en definitiva de mi tiempo vivido en el centro vocacional, es el sentido de la Providencia, es decir, que las cosas importantes no pasan por casualidad. Realmente me sentía un privilegiado de Dios, pues había muchas coincidencias “inexplicables” que hicieron que llegase al centro vocacional, que en mi mente de niño veía con claridad la mano de Dios.

Conforme avanzaba en formación en el centro vocacional fui madurando esta convicción del llamado de Dios. Ciertamente hubo momentos difíciles, tanto para mí como para mi familia, pero creo que el sacerdote comparte en cierto modo su vocación  con su familia, pues las penas y las alegrías se hacen más profundas.

La Legión… donde encontré la felicidad.

Así pues, llegó el momento de ir al noviciado, de dar un salto, no solo físico (ir a España) sino de discernimiento. Era un gran paso, pues conllevaba adquirir un compromiso con la Iglesia y sobre todo con la Legión, que me acogía.

Durante estos años de pertenencia a la Legión he experimentado ese espíritu de acogida en mis superiores y compañeros de batallas. La convicción de que la Legión es más que un simple colectivo, en el que un grupo de personas tiene un objetivo común, me ha facilitado ver a Dios en los acontecimientos de mi vida.

Este espíritu de acogida, de familia, de fraternidad me ha acompañado durante mi vida en la Legión y ha enriquecido mi personalidad y sobre todo me ha ayudado a perdonar… porque sé también que yo he sido perdonado muchas veces, por Dios y por mis hermanos. Este espíritu de familia, que muchas veces se traduce en perdón, es lo que me motiva a creer más en mi sacerdocio, en la Iglesia y en la Legión.

Mi camino en la Legión ha estado marcado por momentos difíciles, personales e institucionales, pero también con muchos momentos de alegría y satisfacción profundas, que da el hacer el bien y que el mundo conozca un poco más a Cristo.

Es casi imposible resumir en pocas páginas las experiencias vividas en 19 años de vida en la Legión, o de poner qué cosa es lo que más te ha ayudado, pues la vida es más o menos larga y, a veces, Dios te da empujones de gracia de un lado, luego por otro, de modo que son muchos aspectos que te ayudan en este camino, además que espero seguir recibiendo más de estos empujones.

Dios se encarga de darte lo que más necesitas en cada momento y una de las gracias que me ha hecho experimentar con fuerza es su Misericordia y a la vez es una motivación para mi sacerdocio ser ministro de su Misericordia, que va unido a la misión intercesora del sacerdote.

Al final de este testimonio vocacional no puedo omitir el agradecimiento a Dios y a la Virgen por su protección: ellos se han encargado hacer patente esta protección a lo largo de mi vida.

Agradezco a toda mi familia, desde mis papás, hermanos, primos, hasta mis sobrinos, pues siempre han sido parte esencial en mi vida. Agradezco mucho sus oraciones.

También agradezco a toda mi familia legionaria y del Regnum Christi en quienes he encontrado apoyo, solidaridad, comprensión, mucha santidad y amistad. Agradezco de modo especial al P. Antonio León Santacruz, al P. Jesús María Delgado y al P. Óscar Nader que me acompañaron en los primeros pasos de mi vida religiosa; también a todos mis formadores desde el centro vocacional, cada uno de ellos les debo mucho por su dedicación y oraciones.

Llegar al sacerdocio marca el inicio de otra nueva aventura en mi vida, quizás más ajetreada, más feliz, más plena de lo que yo pudiese imaginar. Soy consciente que en esta aventura no estoy solo, están Dios y la Virgen, mis hermanos legionarios y las personas que me quieren.

¡Es hora de continuar la gran aventura!


El P. Ángel Fernando Dávila Villarreal, L.C nació el 13 de agosto de 1982 en Monclova, Coahuila de Zaragoza, México. Ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey, México, en 1998, para trasladarse después al noviciado en Salamanca, España. Emitió su primera profesión el año 2000 y la profesión perpetua el año 2006. Estudió Humanidades Clásicas en Salamanca, España. Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Colaboró en la pastoral juvenil y vocacional en las ciudades de Zaragoza (España), Aguascalientes y Monterrey (México). Fue auxiliar de la secretaría territorial de Italia. Actualmente colabora como administrador del Pontificio Colegio Internacional María Mater Ecclesiae de Roma.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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