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Testimonio vocacional del P. Esteban Zamudio Escamilla, L.C.

P. Esteban Zamudio Escamilla, L.C.
P. Esteban Zamudio Escamilla, L.C.

Ya son trece años los que han transcurrido desde aquel día en que inicie esta aventura, aventura que sólo puede realizarse tomado de la mano de Jesús y María. Son ellos los pilares de toda mi vida sacerdotal. Pero esta historia de amor, no inicia hace trece años. Inició un 26 de febrero del año 1982 cuando Dios nuestro Señor me regaló la vida por medio de mis padres. A ellos les debo muchas cosas, en especial el que me hayan enseñado a amar a Dios sobre todas las cosas.

UNA VIDA NORMAL

En mi vida personal no hay nada extraordinario; no hay ángeles que bajaron del cielo para hablarme, ni voces que me indicasen lo que debería hacer, ni sueños o apariciones. Al contrario, en mi vida lo que siempre he tenido, son grandes ejemplos de vida santa a través de los cuales Dios me hablaba y, sin darme cuenta, detrás de cada  uno ellos me decía «Ven y Sígueme» y, por medio de ellos, Dios fue entrando en mi corazón para irlo disponiendo a seguirle de una manera más intima, como lo es la vocación sacerdotal.

Mi niñez y adolescencia las recuerdo siempre con mucha alegría, por estar marcadas
P. Esteban Zamudio Escamilla, L.C.
por un ambiente de familia y de una gran unidad. Es muy normal que a esa edad siempre te pregunten qué quieres ser de grande, yo siempre respondía que abogado. No sé por qué, pero esa era mi respuesta.

Uno de estos ejemplos de vida santa es mi párroco, el P. Emigdio del Río, un gran sacerdote que ha gastado toda su vida con gran celo y amor por la misión. Me acuerdo que una vez me pregunto que si quería llegar al cielo. Yo le pregunté: «¿Qué es lo que tengo que hacer?». Él me dejó una librito ya un poco viejo: era la vida de santo Domingo Savio. Es una lectura que todavía la recuerdo como si la acabase de leer. Me quedo muy marcada la frase «Antes morir que pecar». Me impactó muchísimo cómo un jovencillo que todavía no llegaba ni siquiera a los quince años pensara de este modo, que prefiriera la muerte antes que ofender a su Señor. Esta lectura quedó como una semilla que con el pasar del tiempo iría germinando en mi corazón.

EL CAMINO

Desde adolescente siempre tuve la oportunidad de poder participar en retiros en la parroquia, campamentos de evangelización, etc., y el poder experimentar la alegría de saber que hay un Dios que te ama, que tiene un plan para ti y que quiere que te salves. Al mismo tiempo, experimentaba dentro de mi un gran vacío. Sólo pensar en las personas que sufren, que no conocen a Dios o los que conociéndolo viven como si no existiera, me llenaba de una cierta angustia que tenia su eco en aquella frase lejana «Antes morir que pecar». Puedo decir que siempre llevé una vida de lo más normal, pero al final siempre volvía ese vacío que todavía no entendía.  

UN POCO DE LUZ

Tengo un tío, al cual quiero y aprecio mucho. Él, en un cierto momento de su carrera política y profesional, llegó a ser el Director General de la Policía Judicial del Estado. Como bien sabemos, esta policía se encarga de buscar y perseguir a los criminales para luego llevarlos a juicio, etc. Más de una vez yo tuve la oportunidad de acompañarlo y de poder conocer las instalaciones. Él tenia sus reuniones de trabajo, mientras tanto yo tenía mi tour para conocer cómo funcionaba esta estructura de justicia. Recuerdo cómo eran las oficinas, divididas por escuadrones y cada escuadrón con una misión que resolver. En la parte exterior los campos de practicas y un lugar que para mí resultaba misterioso. Los separos, el lugar a donde llevan a los detenidos y aquí llega de todo, desde ladroncillos de ocasión hasta grandes asesinos, secuestradores, tráfico, etc. Había otra dependencia muy querida por mi, el comedor que es el lugar donde se preparaba la comida para todo el personal y desde luego para los detenidos. Recuerdo con gran vivacidad cuando descubrí como le llevaban la comida a estas personas y en mi curiosidad no pude más que pedir permiso para acompañarles a llevar la comida a los detenidos. El equipo encargado de llevarles de comer era un guardia y un miembro del personal del comedor y en esta ocasión también estaría yo. El procedimiento era de lo más sencillo, nos abrían la puerta principal que daba a un largo corredor oscuro y al lado las celdas. Uno pasaba celda por celda entregando las bandejas con la comida, mientras tanto yo en mi curiosidad me acercaba a los presos saludándolos y dándoles un consuelo. Esta experiencia la repetí varias veces, por lo que me toco ver de todo un poco. El momento más fuerte fue durante el invierno. Yo llevaba una chaqueta gruesa y vi a uno de los presos titiritando de frio con un rostro que nunca voy a olvidar. Me pedía algo para cubrirse. Mi reacción fue la de quitármela para dársela, pero el guardia no me dejó, pues no estaba permitido. Días después de esta experiencia comprendí las palabras del evangelio: «Cuando estuve en la cárcel y me visitaste, etc…». Fue allí donde ese vacío empezó a tener sentido. Hacer algo por los demás y por qué no, llevar a Cristo a los demás.

En aquel entonces, ya estaba terminando el bachillerato y entonces sí, la pregunta «¿Qué quieres ser de grande?», empezaba a tomar forma y sentido. En esta búsqueda de qué es lo que Dios quiere de mí, conocí a la Legión de Cristo y fueron muchas aspectos los que me llamaron la atención, pero en particular dos muy concretos. La vivencia de la caridad y el buscar extender el Reino de Cristo en nuestra sociedad. Vivir la caridad que es vivir en el amor de Dios y la extensión del Reino para que todos los hombres se salven.

Estas son sólo unas pinceladas de la gran obra que Dios ha hecho en mi vida y que sin duda seguirá haciendo ahora como su sacerdote. A lo largo de todos estos años, Dios me ha permitido pasar por muchos lugares, iniciando mi noviciado en Salamanca, España; Roma para estudiar la filosofía y teología; Venezuela donde realice mis practicas apostólicas y ahora, el Señor me ha querido llevar a Brasil para seguir luchando incansablemente por hacer que su Reino de amor crezca en este mundo.

Doy gracias infinitas a Dios por haberme permitido conocer la Legión de Cristo y por llamarme a esta familia religiosa para hacer que su Reino de amor crezca cada día más.

Ya son más de 13 años que inicie esta aventura y puedo decir que no lo hubiera logrado sin el apoyo de mi familia que día a día y en cada etapa de mi formación siempre estuvieron presentes, con su cercanía y sobre todo con sus oraciones y que mejor manera de terminar estas líneas como siempre terminaban las cartas que recibía de mis padres: «A Jesús por María».


El P. Esteban Zamudio Escamilla, L.C., nació el 26 de febrero de 1982 en Pachuca, Hidalgo, México. Ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey el 14 de septiembre de 2000 para trasladarse después al noviciado de Salamanca, España. Emitió su primera profesión religiosa en 2002 y la profesión perpetua en 2008. Estudio Humanidades Clásicas en Salamanca, España. Es licenciado en filosofía y bachiller en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Colaboró con la pastoral juvenil y vocacional en las ciudades de Chihuahua (México) y Maracaibo y Barquisimeto (Venezuela). Actualmente colabora como auxiliar de la administración territorial de Brasil.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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