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¿Y este uno eres tú?
ALEMANIA | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Georg Rota, L.C.

P. Georg Rota, L.C.
P. Georg Rota, L.C.

Yo perseveraba en adoración al aire libre. Mis rodillas apenas sentían las toscas piedras, tanto me había compenetrado con la presencia del Señor en la Eucaristía. Igual de a poco me di cuenta del mar de gente que había alrededor mío: miles de jóvenes que, como yo, habían venido a Medjugorje al festival juvenil a buscar una renovación en la fe, oración y comunidad. El sacerdote que dirigía la adoración, después de un largo momento de silencio, pidió a todos aquéllos que sentían en su corazón que Jesús les llamaba a seguirle más de cerca como sacerdotes o en la vida religiosa que se levantaran. Por donde yo estaba se levantaron varios jóvenes vacilantes. Mi corazón comenzó a latir fuertemente. No eran sólo los latidos de mi corazón sino que Alguien más tocaba hoy a la puerta, a quien yo ya conocía y quien desde hacía algún tiempo había entrado en mi corazón.
Como el tercero de seis hijos pasé mi niñez armoniosamente como las tierras alpinas que nos rodeaban, con sus praderas verdes a lo largo del Iller, simplemente idílico. Mis hermanos eran también mis compañeros de aventuras y con ellos aprendí muchas cosas: a tener respeto y atención,
P. Georg Rota, L.C.
a compartir, a darme cuenta que el mundo no gira sólo en torno mío, y rapidez, sobre todo cuando se trataba de ganar el último pedazo de chocolate.

La fe desempeñaba  un papel muy importante en la familia. Era una obligación ir a misa los domingos, aun cuando a mis papás no les era fácil motivarnos por la mañana. La oración era una parte constitutiva de la vida familiar, si bien era una lucha para mi mamá el conseguir que todos nosotros fuéramos y estuviésemos quietos. Ocurría a menudo que, de la nada, se desencadenaran pequeñas riñas entre nosotros. En medio de esta vida familiar acariciaba el sueño, como muchos otros niños, de ser piloto o bombero. A veces soñaba también con ser sacerdote… Esos fueron los primeros tiernos toques de Dios a la puerta de mi corazón de niño.

No obstante, como joven tuve muchas otras cosas más importantes que Dios: amigos, diversión y música. Seguía yendo como quiera a misa los domingos, pero la idea de ser sacerdote parecía perdida desde hacía mucho tiempo.

Cuando tenía 16 años, mis papás me preguntaron si quería participar en una peregrinación de jóvenes. No sabía exactamente cómo iba a ser eso, pero me inscribí. Ahí me encontré por primera vez con otros jóvenes que vivían su fe con mucha alegría y profunda convicción y que, sin embargo, tenían los pies en la tierra. Su ejemplo me impresionó y renovó en mí el deseo de interesarme con mayor intensidad por la fe. La gracia de Dios se encargó de lo demás. En una noche, mi mamá me dio una estampita del Sagrado Corazón. En la otra cara había una pequeña oración de entrega, junto con la promesa de abundantes bendiciones para aquellos jóvenes que lo rezaran cada día. No la rezaba todos los días, aunque sí lo intenté. Viendo ahora mi pasado, atribuyo mi vocación sacerdotal a esta gracia del Sagrado Corazón de Jesús, que me llevó a una congregación dedicada a su Corazón.

Pero antes, tuve que pasar por un tiempo difícil. Mientras se acercaba el final del bachillerato, me alejaba de Dios, a pesar de todas las buenas experiencias y propósitos. No fue fácil mantenerse en pie en medio de un ambiente no creyente, en el cual me veía sumergido en el colegio y tiempos libres. Por un lado, estaban los momentos luminosos de mis peregrinaciones a Medjugorje, por otro lado estaba el abismo oscuro de mis dudas, inercia y superficialidad.

Cuando estaba por terminar el colegio, surgió la pregunta de mi futuro. Tenía muy claro que quería cumplir la voluntad de Dios. El único problema era: ¿Cómo iba a conocer la voluntad de Dios para mí? Pensé que su voluntad para mí consistía en estudiar, anunciar el Evangelio cómo buen católico y luego fundar una familia. Era un buen plan y no hay nada que objetar a eso, y sin embargo, sentía una cierta inquietud en mi interior. Ahora ya entiendo que se trataba de las silenciosas llamadas del Señor.

Entonces, inicié de nuevo la búsqueda de la voluntad del Señor. Quería tener una seguridad definitiva y buscaba desesperadamente alguna señal. Comencé a rezar: «Dios, ¡dame alguna señal!» Pero lamentablemente no escuché ninguna voz del cielo que me dijera lo que tenía que hacer. Poco a poco, Dios dejó crecer dentro de mí esta planta tierna de la vocación. Poco antes de terminar el bachillerato, murió de repente mi papá. Esta experiencia dolorosa me ayudó a contemplar mi vida a la luz de la eternidad. Mi papá había sido para mí un ejemplo muy grande, dispuesto a sacrificios y trabajador. Había puesto toda su vida al servicio de la familia y de los demás. Había sido muy activo en la Iglesia. Uno de sus pasajes evangélicos favoritos había sido el ejemplo de la falsa seguridad en uno mismo de aquel hombre en el Evangelio según san Lucas. El rico derribó sus graneros después de una buena cosecha para construir otros más grandes para sus posesiones, para que después pudiera relajarse y disfrutar la vida. Ahí Dios le dice: «Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has almacenado, ¿para quién será?» (Lc 12,20). La contemplación de nuestra vida tan corta comparada con la eternidad, que luego estimé mucho en los ejercicios espirituales ignacianos, fue el primer paso en la maduración de mi vocación.
Después del bachillerato, hice mi servicio social en una residencia de ancianos. A través de este trabajo, tuve contacto con muchos ancianos, enfermos y solitarios. Me di cuenta de cuánta sed de Dios tiene nuestro mundo. No sólo los ancianos y los enfermos que tienen que enfrentar la muerte, sino también los jóvenes tienen sed de un significado más profundo, aunque esta búsqueda de la felicidad a veces se encubra con la diversión superficial y las distracciones triviales. Se me planteó la pregunta: ¿Quién ofrece a este mundo la respuesta, el camino, la verdad y la vida verdadera? ¿Quién le proclama a Cristo como el cumplimiento de los anhelos humanos más profundos? Dios tocó a mi puerta invitándome y esperó pacientemente mi respuesta.
Estoy muy agradecido por haber conocido en estos meses al P. Cliff Ermatinger. Él me ayudó con admirable paciencia a ponerme en el camino correcto en mi búsqueda de la voluntad de Dios. Este camino a los hombres, a veces, nos parece trivial: es el camino de la oración y de una intensa vida sacramental. Para mí, eso significaba la misa diaria y la confesión frecuente. En este ambiente, comencé a escuchar el llamado de Dios, que al inicio no es más que una pequeña semilla en el corazón del hombre. Además tenía dirección espiritual periódica con el P. Cliff, quien me ayudó con muchos consejos.

Dios no sólo toca suavemente. Trabaja, como puedo ver ahora, incluso de manera extraordinaria. Una buena tarde, durante mi servicio social, me tocó pasear por el parque con una residente del hogar de ancianos que usaba silla de ruedas. Esto resultó muy difícil porque la señora sufría de demencia senil severa. Así que tuve que convencerla el primer cuarto de hora de que yo era una persona de confianza y no tenía intención de secuestrarla ni robarle nada. Después la amable señora trató de engañarme diciéndome que su hija llegaría en unos pocos minutos para visitarla. Un truco que yo ya conocía, porque la hija estaba viviendo en el extranjero. Finalmente logramos dar una pequeña vuelta en el parque, pero ninguna conversación sensata fue posible debido a su enfermedad mental. Cuando la llevé a su habitación, me preguntó bruscamente que cuántos alumnos había en mi curso que habíamos terminado la prepa. «Cien», respondí. Entonces ella preguntó: «¿Y cuántos de estos cien van a ser sacerdotes?». Me quedé con la boca abierta. La pregunta me cayó como un rayo. Yo no sabía qué decir. Después de una cuidadosa consideración, le dije: «Tal vez uno, si acaso». La señora siguió preguntando: «¿Y este uno eres tú?». Eso fue demasiado. Yo sentía que la señora había dado al blanco, y me fui meneando la cabeza, tratando de tranquilizar mi conciencia diciéndome que esta mujer sólo era una loca. Más tarde, admití que aquí el Señor se había permitido una broma conmigo.

Después de mi servicio social, mi director espiritual, el P. Cliff, me invitó al candidatado de los Legionarios de Cristo en el noviciado en Bad Münstereifel, para discernir seriamente una posible vocación y para llevarla a la oración. Allí tuve la oportunidad de recogerme y conocer la vida religiosa. Eso fue importante y útil para mi decisión.

Hasta poder dar el sí definitivo hubo una lucha constante entre lo que se tenía que dejar atrás y la oferta de Dios, de seguirle de manera especial. Durante este tiempo de oración y discernimiento me acordé de lo que me había pasado en Medjugorje: aquella adoración en la cual el sacerdote invitó a todos los jóvenes que sentían en su corazón el llamado a la vida consagrada a ponerse de pie. En aquel momento yo también escuché claramente cómo alguien tocaba a la puerta de mi corazón. Yo también fui uno de tantos jóvenes que se levantaron. En el silencio del noviciado llegué por fin a abrir ampliamente la puerta de mi corazón a Cristo. Los siguientes años de formación fueron un largo proceso, en el cual buscaba constantemente renovar y profundizar mi respuesta a la llamada de Dios. Aún ahora, cuando estoy por dar el último paso hacia el altar, siento la necesidad de renovar y profundizar cada día la amistad íntima y el amor a Jesús. ÉL me da cada día una prueba de su amor y amistad, cuando se hace presente sobre el altar y en mis manos.

No fui yo quien le ha elegido, sino que fue Él quien me eligió. Él fue el primero en tocar a la puerta de mi corazón. Le agradezco a Dios todos los días por este regalo. También agradezco a todos los que me han acompañado con su solicitud y su oración en mi camino hacia el sacerdocio; especialmente a mi madre de la tierra y a mi madre del cielo, María.

Te pido también a ti que me acompañes con tus oraciones, para que pueda realizar mi ministerio sacerdotal con un corazón abierto, para que pueda regalar a todos aquellos, que Jesús deje tocar a mi puerta, algo del amor que me ha regalado en abundancia.


El P. Georg Rota, L.C nació el 7 de noviembre de 1981 en Kempten, Allgäu. Ingresó el 6 de septiembre de 2002 al noviciado de la Legión de Cristo en Bad Münstereifel, Alemania. Hizo su primera profesión religiosa el 2004 y la profesión perpetua el año 2007. Estudió Humanidades Clásicas en Cheshire, Connecticut, Estados Unidos. Es bachiller en filosofía y teología por el Ateneo Regina Apostolorum. Fue miembro del equipo de formadores del Centro de Noviciado y Humanidades Clásicas de Cheshire y del Centro de Estudios Superiores de Thornwood, Estados Unidos. Actualmente trabaja en la pastoral juvenil en Baviera, Alemania.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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