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Sacerdote, ¡Nunca!
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Testimonio vocacional del P. Zachary Dominguez, L.C.

P. Zachary Dominguez, L.C.
P. Zachary Dominguez, L.C.

Mi relación con Cristo, por cuanto me acuerdo, siempre ha sido muy personal. Cristo siempre ha sido real para mí, una persona real a la que puedo hablar y pedir ayuda. La conciencia de Cristo en mi vida creo que viene de mi madre y de los abuelos que siempre invocaban a Cristo, especialmente cuando yo molestaba. También me influenciaron mucho mi padre y mi abuelo «Tata». Siempre me dieron un testimonio de lo que es ser hombre. Mi abuelo sobrevivió la Gran Depresión del 29, fue soldado en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial (¡Con fotos para probarlo!), y era una persona que amaba a Cristo. Mi padre me enseñó cómo hacer las cosas difíciles (aunque fuera en contra de mi voluntad) y no dejaba que me diera por vencido en mis empresas. Estas características humanas arraigadas en mí eran y siguen siendo una necesidad absoluta en mi seguimiento de Cristo.

La muerte de una amiga mía me impactó mucho. Cuando tenía unos 12 o 13 años, mi amiga Mónica, con la que acababa de pasar el día, fue trágicamente atropellada por un coche de camino a su casa. Recuerdo que pensé: «Yo acabo de decirle adiós, ¿Cómo es posible que se haya ido?». Este evento volvió mi atención hacia la eternidad...

En 1992, empecé mi primer año en la escuela secundaria. Entré en un buen ambiente escolar, diferente de lo que había conocido en casa. Mis convicciones cristianas se ponían a prueba todos los días. Normalmente, la mayor crisis en la escuela secundaria es la de tratar de encajar con el grupo. Yo creo que encajé demasiado bien. Mi primer año en la escuela secundaria, jugaba en el equipo de fútbol y en el de béisbol, así que tenía un grupo de amigos.  Ni siquiera me pasaba por la
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mente eso de ser sacerdote. Si Dios me estaba llamando, ciertamente, no estaba escuchando.

Espiritualmente hablando, este momento fue una montaña rusa en mi vida. El deseo de encajar con los demás y con el mundo que me rodeaba, con todas sus vanidades, golpeaba a la puerta. Por fuera, yo era como todo el mundo, pero en el fondo quería ser fiel a Cristo. Yo sabía que mi fe en Cristo me llamaba a ser diferente, pero no podía encontrar la fuerza para hacerlo. No era un desastre, pero no era un santo tampoco. El hecho de que experimentaba esta agitación interna era un signo de la gracia de Dios. Él me estaba llamando a la santidad. Lo que más lamento en la escuela secundaria es haber sido un cobarde. Había tanta gente que conocí que necesitaba ayuda o ejemplo, pero yo estaba demasiado centrado en mí mismo para tomar el riesgo. ¡Era demasiado cobarde para mostrar mi fe! Pensando en la escuela secundaria, es increíble que siendo sólo niños tomamos decisiones que nos afectan para toda la vida. Uno de mis amigos fue asesinado a causa de represalias después de golpear a alguien. Varias amigas abandonaron la escuela a causa de embarazos, una abortó, y otras tuvieron problemas de drogas.

Sólo la gracia de Dios me protegió de hacer cosas muy imprudentes que hubieran afectado negativamente mi vida y mi vocación. Estaba rodeado por drogas, pero no tenía ningún deseo real probarlas. Estaba rodeado por promiscuidad y niñas que querían sentirse amadas y deseadas, pero que lo buscaban en formas equivocadas. Tenía la convicción de que yo me iba a esperar hasta que me casara. Recuerdo que pensé en ese momento: «¿Qué les va a quedar para la persona con que se van a casar? Han dado sus corazones y sus cuerpos a tanta gente». Todo esto lo atribuyo a la gracia de Dios, que me estaba preparando para algo que nunca pensé que iba a hacer en mi vida. Como la mayoría de los jóvenes en esos días, yo quería ser un atleta profesional, pero me dí cuenta de la realidad en cuanto empecé a comparar talentos.  Por supuesto que a la mitad de la secundaria estaba claro que no iba a jugar deportes profesionalmente. «¿Qué sigue?», pensé. «Vamos a atrapar a los malos».  Encontré un deseo dentro de mí de ser un agente del FBI. Esta era mi nueva meta en la vida.

La tensión espiritual que existía en la secundaria sólo se intensificó en la universidad. Había un fuego dentro de mi alma que quería que yo fuera santo, que dejara de ser mediocre en la vivencia de mi fe. Tenía el deseo de dar más de mí, pero no sabía cómo ni dónde. Quería encontrar a otras personas que amaban a Cristo y que querían seguirlo. No los encontré o, mejor dicho, no busqué lo suficiente. Humanamente hablando, las cosas me iban muy bien. Recibí una beca para pagar mi primer año de universidad y, providencialmente, me conseguí un trabajo en un semiconductor en Orlando. Incluso iban a pagar el resto de mis estudios. El único inconveniente era que tenía que trabajar a tiempo completo y asistir a la escuela a tiempo parcial.

En 1998 estaba ganando una buena cantidad de dinero. Tanto es así, que tenía mi propio apartamento, había terminado de pagar mi coche, y estaba bombeando dinero a mi cuenta bancaria. Vivía con austeridad, gastando sólo alrededor de $ 30 al mes en alimentos, un montón de bocadillos de jamón y queso (pero sin pan…). La tensión espiritual crecía y se manifestaba en un sentimiento de vacío o insatisfacción que no podía entender. Tenía todo lo que pensaba que me haría feliz. Tenía un trabajo fácil, bien remunerado, coche, vivienda, dinero en el banco, y amigos. «Por qué no soy feliz!» Y entonces, Dios me dio un golpe...

Después de una noche de diversión con mis amigos, sentí la necesidad y el deseo de una buena confesión. Me propuse ir el sábado después del trabajo. Una compañera de trabajo me preguntó si quería ir a comer con ella y yo acepté. Justo antes de la pausa del almuerzo, hubo una pequeña lluvia de verano, típica de Florida, y mientras daba una curva, el coche coleteó. Terminamos contra un poste de luz. El coche quedó destrozado. Yo no traía cinturón de seguridad, y volé de cabeza contra el parabrisas. Ella traía cinturón y sufrió solo unos rasguños y algunos problemas de espalda. Cuando recobré el conocimiento, miré y vi donde mi cabeza había golpeado el parabrisas y vi que me salía sangre de la cabeza. Dije: «Me voy a morir y me voy a ir al infierno. ¿Para qué? ¿Valió la pena?». Me llevaron al hospital para que me cosieran la cabeza. Después de esta experiencia cercana a la muerte recibí una gracia de tratar realmente de vivir lo que yo creía.

Un testigo de Jehová del trabajo (un hombre muy bueno) se dio cuenta de mi conversión. Vio que en realidad estaba tratando de ser un buen cristiano y él comenzó a cuestionar mi fe católica. En ese momento no me di cuenta, pero los Testigos de Jehová tienen un libro sobre cómo convertir a los católicos, por lo que me empezó a hacer ciertas preguntas que no sabía cómo responder. Me dije : «Yo no voy a dejar que este tipo me deje callado» y empecé a estudiar apologética católica (una forma de explicar y defender la fe). La página web Catholic.com me ayudó mucho. Terminamos discutiendo diferentes temas durante horas todos los días. Un ateo ex católico se involucró y empecé a debatir con ellos. Descubrí un tesoro que siempre había tenido, pero que no me había dado cuenta. Empecé a entender mi fe por primera vez. Me enteré de la historia del cristianismo y vi que la única opción razonable es que la Iglesia Católica fue realmente fundada por Cristo. Me puse orgulloso de ser católico y de pertenecer a la Iglesia de Cristo. Mientras me enamoraba cada vez más de mi fe, odiaba la universidad cada vez más. Mis estudios de contador no me satisfacían y la realidad de la vida como agente del FBI estaba perdiendo su atractivo. Pensé: «Tengo que hacer algo que me guste, incluso si significa vivir mal. ¿Qué es lo que realmente quiero? Me encanta mi fe. ¿Qué puedo hacer con estudios de teología? Puedo enseñar».

En 2000 decidí cambiar de especialización. Empecé a estudiar teología, y fue entonces que la gente empezó a preguntar: «¿Qué exactamente vas a hacer con un título de teología? ¿Ser sacerdote?». Yo respondía: «¡Ni hablar! ¡Voy a tener diez hijos! ¡Puedo enseñar!». Pero, sin saberlo, esas personas plantaron la semilla del sacerdocio y, a partir de ese momento, la idea del sacerdocio fue como una espina en mi costado.

Empecé a estudiar teología a través de un programa de educación a distancia con la Universidad Franciscana de Steubenville en Ohio. Esto me permitió comenzar mis estudios de Teología y seguir trabajando en Florida. Mi plan era ahorrar durante un año y luego salir de Florida y pagar el resto de mi educación en Steubenville. Este era mi plan, pero no el de Dios.

Puse mi mejor esfuerzo para vivir realmente mi fe en esos años y aproveché todos los medios que la Iglesia tiene que ofrecer: la confesión frecuente, la Misa y la  adoración. La idea del sacerdocio era como un mosquito escondido en una habitación por la noche. Justo cuando ya estás tranquilo y te acostaste, se escucha un zumbido. Enciendes la luz para acabar con él, pero no lo encuentras. Entonces te acuestas de nuevo, oyes el zumbido, enciendes las luces, pero nada, y luego te preguntas si estás imaginando. Pero el zumbido no desaparece.  ¡Y luego te despiertas con una picada en la pierna! La llamada ocurrió en mucho de la misma manera.

El zumbido aumentó, pero sólo me esforzaba más para acabar con él. Un sábado, decidí asistir a una conferencia de  «Llamado a la Santidad» con varios oradores católicos. Entre cada plática había testimonios vocacionales pero yo salía convenientemente del auditorio. No quería oír hablar de la vocación, así que fui a ver la tienda de artículos religiosos. Entonces algo me llamó la atención. Me quedé muy sorprendido por un volante. «$299: Peregrinación a Roma por 12 días». Decidí en ese mismo momento que yo iba a ir, incluso si significaba dormir en el suelo.

Después de inscribirme a la peregrinación el sacerdote a cargo del viaje me dejó algunos mensajes en el teléfono, que nunca regresé. Yo era muy reacio a reunirme con él. Por casualidad, contesté el teléfono cuando llamó (los días antes del identificador de llamadas) y acepté de mala gana encontrarme con él. La reunión fue muy agradable, y me habló de un grupo de estudiantes católicos jóvenes (miembros del Movimiento Regnum Christi) que se reunían para círculos de estudio en mi antigua universidad, UCF. Estos estudiantes católicos fueron un punto de inflexión en mi vida....

Agosto 2000: Me quedé muy impresionado con este grupo de estudiantes católicos jóvenes. La universidad no les daba un espacio para reunirse, por lo que se reunían en la sala de estudiantes. Trata de imaginarte la escena: un montón de sofás de universitarios por ahí, el show de Jerry Springer en cinco o seis televisiones, y nosotros en medio haciendo oración y lectura de un pasaje del Evangelio. Recuerdo que pensé: «Estos chicos sí son radicales. Con estos me puedo llevar bien». La audacia con la que eran testigos de su fe junto con una vida normal y equilibrada de universidad me enseñó que se puede vivir la fe y no embarrarle la Biblia a todos en la cara. Me enteré de que se podía predicar el Evangelio, dando testimonio de la manera en que vives tu vida. Y eso es precisamente lo que hizo conmigo la líder del grupo... Ella era una chica inteligente, guapa, que estaba discerniendo una vocación consagrada. Recuerdo que pensé: «¿Por qué esta chica está discerniendo una vocación consagrada si me parece de lo más normal?». En ese momento pensaba que las únicas personas que se hacían sacerdotes o monjas eran personas extrañas o que no podían hacer otra cosa con su vida. Aunque yo conocí a sacerdotes normales durante toda mi juventud, me había creído visión mundana sobre ellos. Supongo que por eso ser sacerdote nunca me pasó por la mente más temprano en la vida, o tal vez sólo estaba distraído con los castillos en el aire que el mundo ofrece en abundancia.

Su ejemplo de la búsqueda de la voluntad de Dios en su vida fue probablemente la influencia más poderosa sobre mí. No pude sacarme de la cabeza la idea de ser sacerdote y la ignoraba durante la oración. Mientras luchaba con la sola idea de ser sacerdote, la veía tratando de descubrir cuál era el plan de Dios para ella. Vi su viaje a los conventos para las visitas de discernimiento y retiros vocacionales, mientras que yo estaba tan asustado de la idea que ni me atrevería a hablar de ello. Su testimonio fue una bofetada en la cara, dejando al descubierto mi cobardía y falta de amor hacia Dios. Después de tres meses con el grupo empecé a ponerme en serio la pregunta: «¿Podría Dios realmente llamarme al sacerdocio?».

Diciembre 2000-Enero 2001: Estaba en una peregrinación a Roma con cerca de 200 cientos jóvenes admirando todos los sitios y las gracias que la Iglesia tiene que ofrecer. Los legionarios ofrecían Misa diaria, retiros y diálogo espiritual durante el viaje. Decidí que dormir era más importante y no me molesté con la Misa diaria o con los retiros. Incluso evitaba hablar con los legionarios que estaban con nosotros, porque tenía miedo de la vocación. A pesar de todos mis esfuerzos para evitar pensar en la vocación, forzaba siempre su entrada en mi mente. Fuimos a la Misa de ordenación de unos 60 legionarios. A pesar de que dormí durante la mitad de la misa, en el momento de la ordenación, me sentí abrumado por la emoción.

Mi última noche en Roma, le dije a Dios: «Mira, yo no tengo vocación, pero te daré los tres meses de mi verano para discernir y probar que no es para mí!» En ese momento, una tremenda paz se apoderó de mí...


El P. Zachary Dominguez, L.C., nació el 26 de junio de 1978 en San Diego, California, Estados Unidos. Ingresó el 14 de septiembre de 2001 al noviciado de la Legión de Cristo en Cheshire, Connecticut, Estados Unidos. Emitió la primera profesión religiosa en 2003 y la profesión perpetua en 2006. Estudió Humanidades Clásicas en Cheshire. Es bachiller en filosofía y teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Colaboró con la pastoral en Washington D.C (Estados Unidos) y como miembro del equipo de formadores del Centro de Estudios Superiores de Roma. Actualmente trabaja en la pastoral juvenil en Washington, D.C.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2013-12-14


 

 


 



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