“Acoger la Palabra de Dios con entusiasmo”

¡Venga tu Reino!

Medellín, 22 de febrero de 2015
Primer domingo de cuaresma

A los miembros del Regnum Christi

Muy estimados en Cristo,

La cuaresma es una invitación para acompañar a nuestro Señor mientras sube a Jerusalén para ofrecer al Padre la prueba más grande de amor dando su vida por nosotros en la cruz. Durante estos cuarenta días los bautizados buscamos acercarnos más a Cristo con un corazón arrepentido y renovado por medio de la oración, la caridad y la penitencia y recibiendo su gracia en el sacramento del perdón.

Para nosotros, miembros del Regnum Christi, la cuaresma de 2015 reviste un significado especial, que podríamos incluso llamar histórico. Nos encontramos en medio de la tarea de revisar los Estatutos del Regnum Christi, que serán un punto de referencia y orientación autorizado para las futuras generaciones de miembros del Movimiento en su servicio a Dios y a la Iglesia.

Esto se traduce, en concreto, en expresar lo que vivimos y que el Señor ha puesto en nuestros corazones al llamarnos a servirlo en un Movimiento que manteniendo su identidad se va desarrollando en el tiempo. Este reto de poner en palabras la obra de la gracia de Dios en nuestros corazones, en nuestros equipos, en nuestras familias, supera infinitamente lo que nosotros podemos lograr con nuestros esfuerzos. Necesitamos ponernos a la escucha del Espíritu Santo para que Él nos auxilie, guíe e ilumine en esta tarea.

Es por esto que quiero dedicar esta carta a reflexionar con ustedes sobre el modo en que las prácticas cuaresmales nos ayudan a ser la «tierra buena» (Mt. 13, 8) que pueda recibir «con docilidad la Palabra sembrada en [nosotros]» (Sant. 1, 21). Me valdré de la explicación que Jesús dio a sus discípulos de la parábola del sembrador. La parábola se encuentra en el evangelio según san Mateo 13, 1-8 y la explicación en Mateo 13, 18-23.

En primer lugar, nuestro Señor habla de la «semilla que cayó en el camino». Y explica que es quien «oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón» (Mt. 13, 19). Nos advierte de que hay alguien que quiere evitar a toda costa que la Palabra del Señor eche raíces en nuestros corazones. Si queremos escuchar al Señor, necesitamos  «un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios» (Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2015). Por eso, quiero invitar a todos los miembros del Regnum Christi que busquen este corazón fuerte y firme con la ayuda de la gracia de Dios y se acerquen durante la cuaresma al sacramento de la reconciliación. La gracia que recibimos al confesar humildemente nuestros pecados ante Dios y pedirle sinceramente perdón fortalecerá nuestros corazones y nos abrirá el oído para escuchar su Palabra.

Después Jesús habla de la «semilla que cayó en terreno pedregoso». Se trata del «hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe» (Mt. 13, 20-21). La capacidad de acoger la Palabra de Dios con un entusiasmo alegre es uno de los rasgos más hermosos de la fisonomía del miembro del Regnum Christi. Es un don del cielo que debemos conservar, incrementar e irradiar como parte de nuestra misión. Al explicar la parábola, nuestro Señor nos advierte que este entusiasmo será puesto a la prueba por momentos difíciles. Cuando perseveramos con Él en la oración ante las tribulaciones de la vida, la Palabra sembrada en nosotros empieza a echar raíces. Por este motivo, quiero invitar a cada miembro del Movimiento a perseverar en la oración (cf. Rm. 12, 12) durante esta cuaresma, buscando esos momentos diarios para estar en silencio y a solas con el Señor en donde él nos renueva.

El Maestro después se refiere a la «semilla entre espinas» que describe como quien «escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto» (Mt. 13, 22). Aunque hayamos acogido la Palabra del Señor y hayamos perseverado con Él en sus pruebas (cf. Lc. 22, 28), en nuestra vida de cada día van brotando tentaciones y preocupaciones egoístas que pueden impedirnos dar fruto. La cuaresma es una invitación para ejercitarnos en el desprendimiento y encontrar algunas prácticas penitenciales que nos ayuden a mantener a raya y vencer estas tentaciones.

El ayuno (que es privarse de algo legítimo) reviste una importancia especial. Al desprendernos de algo que necesitamos nos acordamos de nuestra dependencia radical de Dios y de que sólo Dios basta. Hoy hay muchas formas de ayuno que son muy útiles, pensemos por ejemplo en limitar el uso de los teléfonos móviles o la participación en redes sociales, limitar el tiempo dedicado a la diversión, etc. La limosna, como ejemplo concreto de caridad, nos ayuda a sobreponernos al engaño de las riquezas entregando como un don lo que nosotros también hemos recibido gratuitamente. Necesitamos una gran libertad interior para entregar los dones que hemos recibido de Dios a cada hermano que los puede necesitar. Más libertad interior necesitamos también para amar a los demás de manera verdadera y desinteresada. Muchas veces los resentimientos y la indiferencia que podemos experimentar en relación a nuestros hermanos, fruto de las preocupaciones que nacen de nuestro deseo de riquezas, fama y bienestar, se convierten en verdaderas enredaderas de espinas que ahogan nuestros corazones. Podemos arrancar esas espinas reconciliándonos unos con otros. La cuaresma es un tiempo muy propicio para buscar a quienes hemos ofendido para pedirles perdón y perdonar a quienes nos han ofendido a nosotros.

Si aprovechamos esta cuaresma para recibir el sacramento de la confesión, perseverar en la oración, ayunar, dar limosna, pedir y ofrecer el perdón a nuestros hermanos, nos estaremos liberando de lo que nos puede robar la intimidad con Cristo. Al caminar por esta senda con el Señor durante cuarenta días, y perseverando con él al pie de la cruz, la gracia irá transformando nuestros corazones para que sean la tierra buena en la que la Palabra que nos ha sido dirigida pueda producir fruto, «ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno» (Mt. 13, 23).

La semilla sembrada en nuestros corazones es Cristo mismo. Cuando acogemos esta semilla y quitamos lo que impide su crecimiento, estamos haciendo vida esa invocación que resuena profundamente en nuestro corazón: «¡Venga tu Reino!» (Mt. 6, 10). Este Reino, que es la perla preciosa para la cual ningún precio es demasiado elevado (cf. Mt. 13, 46), crece en nuestros corazones como la levadura que fermenta la masa (cf. Mt. 13, 33). Al inicio es pequeño, como el grano de mostaza, pero si lo dejamos crecer hará nuestros corazones grandes y fuertes (cf. Mt. 13, 31-32).

Conforme vayamos dejando que la gracia de Dios actúe en nuestros corazones, empezaremos a amarnos los unos a los otros más y mejor, a alegrarnos incluso en medio de las dificultades, a dar —y darnos— generosamente a nuestros hermanos. Esto es posible porque ya no somos nosotros quienes vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros (cf. Gal. 2, 20), como dice la oración que rezan a diario los miembros del ECYD: «Sobre todo te entrego mi corazón para que en mí ames a tu Padre y a todos los hombres».

Queridos miembros del Regnum Christi, durante este período cuaresmal pido al Señor dos cosas para todos nosotros: Primero, que abramos nuestro corazón a su gracia para que el legado que dejemos a las futuras generaciones de miembros del Movimiento a través de la revisión de los Estatutos sea una obra de Dios y no de los hombres; segundo, que la participación de todos en el proceso de revisión sea una ocasión para agradecer todo lo bueno que hemos recibido y vivido y nos permita encontrarnos con el Espíritu Santo que nos encienda en celo por las almas y nos renueve a nosotros y la faz de la tierra.

Les agradezco infinitamente sus oraciones y les ofrezco un recuerdo en las mías,

 

Eduardo Robles Gil, LC