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Curso de formación para superiores de comunidad

Del 7 al 12 de se está teniendo en Roma un curso de formación para superiores de comunidad. Se trata de un curso que responde al encargo del Capítulo General de ofrecer “un plan de formación específica de superiores” y “ayudar a los superiores y formadores para que conozcan y apliquen los principios formativos [propuestos por el Capítulo General y el camino de renovación] y sean promotores de la recepción y asimilación de las Constituciones y otros documentos del Capítulo” (CCG2014, 153).

El curso busca profundizar en la identidad y misión del superior como animador de la comunidad y el ejercicio del servicio de la autoridad. El P. Armando Santoro OSV y el P. Gianfranco Ghirlanda SJ han dado un curso sobre el discernimiento espiritual y comunitario.

Otro de los temas previstos es el papel del superior en la vida comunitaria. También se han afrontado temas como la pobreza, el uso de los medios de comunicación en la vida fraterna y el acompañamiento a los hermanos en prácticas apostólicas y a los sacerdotes al inicio de su ministerio.

El programa formativo también prevé algunos elementos de derecho canónico y de derecho propio para los superiores. Se añaden algunas sesiones con recomendaciones para un mejor acompañamiento de sacerdotes que pasan por momentos de dificultad por edad, salud o situaciones personales.

Martha Rodríguez, consagrada del Regnum Christi y directora del Instituto per la Donna del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, dará un curso sobre la madurez afectiva en la vida consagrada. Así mismo, el horario prevé varias sesiones para adquirir y fortalecer habilidades directivas, propias para quien debe servir a sus hermanos.

Todos los días se tienen sesiones de estudio y de trabajo y discusión en equipo, además de momentos de oración en común y convivencia.

Están presentes en el curso 42 superiores, principalmente de los territorios de Europa.

 

¡Nunca fue tan fácil ganarse el cielo!

El 16 de octubre el papa Francisco canonizó a José Sánchez del Río, mártir y patrono del ECYD, al mártir Salomón Leclercq, al obispo español Manuel González García, a la carmelita francesa Isabel de la Trinidad, al sacerdote argentino José Gabriel del Rosario Brochero y a los sacerdotes italianos Lodovico Pavoni y Alfonso María Fusco en una ceremonia en la Plaza de San Pedro a la que acudieron unos 70 mil fieles de diversas partes del mundo. Estuvieron presentes miembros del ECYD y del Movimiento de Roma y de varios países del mundo. 

Se puede leer más sobre la celebración aquí.

José Sánchez del Río nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Michoacán, México. Cuando en 1926 estalló la «guerra cristera», sus hermanos se unieron a las fuerzas rebeldes al régimen violento y anticristiano que se había instaurado en el país. También José se unió a los cristeros diciendo a su madre: «Nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo, y no quisiera perder la ocasión».

En Sahuayo el catolicismo era muy activo y por esta razón el movimiento de los Cristeros estaba muy arraigado. Los sacerdotes que vivían como clandestinos se quedaron en Sahuayo durante toda la persecución, sin abandonar jamás a su grey, celebrando la Eucaristía en secreto y administrando los sacramentos, de los que el joven José participaba asiduamente. En esos años, se hablaba con frecuencia de los primeros mártires cristianos y muchos jóvenes estaban deseosos de seguir sus huellas.

El 25 de enero de 1928, en el curso de una violenta batalla, José fue capturado y llevado a su ciudad natal, donde fue encarcelado en la iglesia parroquial, que había sido profanada y devastada por los federales. Le hicieron la propuesta de huir para evitar la condena a muerte, pero él la rechazó.

Durante su detención, y con el fin de hacerlo renegar de su fe para que pudiera salvarse, fue torturado y obligado a asistir al ahorcamiento de otro muchacho que estaba prisionero con él. Le desollaron las plantas de los pies y lo obligaron a caminar hasta el cementerio. Allí, puesto ante la fosa donde sería enterrado, lo apuñalaron sin darle muerte, pidiéndole de nuevo que renegara de su fe. Pero José, cada vez que lo herían, gritaba: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». Por último, fue ejecutado con un disparo de arma de fuego. Era el 10 de febrero de 1928. Tenía casi 15 años de edad. Tres días antes había escrito a su madre: «Resígnate a la voluntad de Dios. Yo muero contento porque muero al lado de Nuestro Señor».

En el año 2005 fue beatificado por el Papa Benedicto XVI.

Jornadas de programación de la Dirección general

Los días 7 al 9 de octubre el Director general, los consejeros generales y oficiales mayores de la Dirección general se reunieron en Santa María de Termini para analizar el cumplimiento de las directrices del Capítulo General de 2014 y planear el trabajo del año 2017. Estuvo presente durante el fin de semana el Asistente pontificio, P. Gianfranco Ghirlanda SJ.

El sábado 8 de octubre el P. Eduardo Robles-Gil predicó la homilía en la concelebración al inicio del día. Después se tuvieron sesiones de trabajo en la que cada responsable de área o departamento presentaba el trabajo hecho, los resultados conseguidos y los retos que se tenían por delante. Los demás miembros del equipo de trabajo podían aportar sugerencias y recomendaciones, o evidenciar puntos que, a su juicio, requerían una mejor atención.

El domingo 9 fue el P. Ghirlanda quien presidió la celebración eucarística y predicó la homilía en la que insistió en la gratitud, y el examen de conciencia como momento de discernimiento más auténtico, para poder vivir en todo buscando la gloria de Dios y la salvación de las almas. Las reuniones con el equipo de la Dirección general continuaron por la mañana e inicio de la tarde.

En este aniversario, confíen en Jesucristo que los llamó en su juventud…

En la Solemnidad de la Virgen de los Dolores, 15 de septiembre, muchos legionarios de Cristo celebran un aniversario de haber iniciado el Noviciado o de haber hecho su primera profesión religiosa. El Director general, P. Eduardo Robles-Gil invitó a los sacerdotes presentes en Roma que celebraban 25 años de haber ingresado a la Legión a una concelebración en la Sede de la Dirección General. También se recordaron en la misa el 40º aniversario de la profesión religiosa del P. José Cárdenas y los 35 años de vida consagrada del responsable general de los laicos consagrados, Jorge López.

«Confíen en ese Jesucristo que los llamó en su juventud y que es el único amigo que nunca defrauda y es el mismo ayer, hoy y siempre», escribió el padre Eduardo en una carta a quienes cumplían 25 años en la Legión. Pedimos sus oraciones por ellos para que Dios nuestro Señor les conceda la gracia de caminar junto al Corazón de Cristo y estar, como María, al pie de la cruz de nuestros hermanos para acompañarlos y hacerles sentir la misericordia.

Capacitación para formadores de las casas de Roma

El 15 de septiembre el padre Germán Arana SJ impartió un curso de capacitación y formación permanente a los superiores, formadores y directores espirituales de las casas de formación de los Legionarios de Cristo en Roma sobre el discernimiento vocacional.

El P. Arana ha sido Rector del Centro de Espiritualidad y de la Casa de Ejercicios en Javier; Rector de la comunidad jesuita de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Actualmente es Rector del Colegio Mayor y Seminario Pontificio Comillas, en Madrid. Es profesor de dirección espiritual y asesor en la formación espiritual de varios seminarios e instituciones de formación sacerdotal.

Durante su exposición, el padre Arana explicó en qué consiste el discernimiento del llamado divino que compete a los superiores y que hacen en nombre de la Iglesia. Describió las etapas más importantes en el proceso del discernimiento vocacional, desde la admisión al noviciado hasta la profesión perpetua, la promoción a los ministerios y la aceptación a las sagradas órdenes del diaconado y del presbiterado. También ofreció al equipo de formadores algunos consejos para realizarlo y crecer en la escucha del Espíritu Santo. Así mismo, sugirió también modos concretos de ayudar a los formandos a crecer y madurar en el arte del discernimiento personal.

Durante la capacitación, que duró una mañana, se tuvo también ocasión para hacer preguntas e intercambiar experiencias.

Agradecemos al padre Arana por compartir con nosotros su experiencia en la formación de sacerdotes y religiosos.

El noviciado, un periodo para enamorarse de Jesucristo

El P. Eduardo Robles-Gil escribió una carta a los novicios que recientemente han ingresado al noviciado dándoles la bienvenida a la Legión y animándoles a aprovechar el noviciado como un momento para enamorarse de Jesucristo.

¡Venga tu Reino!

15 de septiembre de 2016

 

A los novicios de primer año

 

Muy queridos hermanos,

Les escribo en esta solemnidad de la Virgen de los Dolores, patrona de la Legión y, de modo especial, del noviciado, para saludarlos y darles la bienvenida a nuestra familia religiosa. He ido viendo con mucha ilusión las fotografías de la entrega del hábito legionario en los diversos países y siempre me ha venido a la mente la misericordia de Dios que sigue enviando obreros a su mies y que nunca abandona a su pueblo.

Ustedes ahora emprenden sus primeros pasos en la Legión. El noviciado es un período fundamental para su futura vida religiosa en el que han de buscar enamorarse de Jesucristo y confirmar en la oración y con la ayuda de sus formadores su decisión de consagrarse enteramente al servicio de Dios y de los hombres como legionarios. No pierdan nunca de vista este deseo de ser santos y amigos íntimos de Jesús, pues eso les podrá sostener siempre, incluso en medio de las pruebas y retos de la vida. Esta experiencia además les hará capaces de ser testigos de esperanza para las personas que Dios quiera asociar a su vocación.

El evangelio de la misa de hoy nos ha trasladado al calvario, al pie de la cruz junto con María. Ahí ella nos aceptó a todos y cada uno como hijos porque así se lo pidió Jesús. Desde entonces vela por cada uno de nosotros llamados a ser otros Cristos. Igual que San Juan, acojan a María en todas sus cosas: proyectos, ilusiones, temores y sueños… Ella sabrá llevarlos a buen puerto.

Cuenten con un recuerdo en mis oraciones. No dejen de encomendar al Señor, especialmente en sus ratos de adoración, las vocaciones que el Señor regala a su Iglesia para un especial seguimiento como sacerdotes o consagrados, y particularmente a quienes Él quiere llamar a la Legión y a la vida consagrada en el Regnum Christi.

¡Bienvenidos a la gran familia de la Legión y el Regnum Christi! Ustedes son nuestros hermanos menores, y en cada uno descubrimos una bendición y signo del amor de Dios.

Su hermano en Cristo, P. Eduardo Robles-Gil LC

N.B. Cuando tengan oportunidad, transmitan mi agradecimiento y mi saludo a sus familias, especialmente a sus padres. Les adjunto también el texto de un encuentro del Papa Francisco con los novicios y seminaristas del mundo el año 2013 cuya lectura seguramente les será de mucha utilidad.

La cruz es signo de victoria

El director general envía una carta a los legionarios de Cristo en la Solemnidad de la Virgen de los Dolores sobre la cruz en la vida religiosa en la que anima a todos a ver en la cruz un instrumento de identificación profunda con Jesucristo y de fecundidad apostólica.

¡Venga tu Reino!

15 de septiembre de 2016

Solemnidad de la Virgen de los Dolores

 

A todos los Legionarios de Cristo,

 

Muy queridos padres y hermanos,

Ayer fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz estaba quejándome un poco interiormente por las propias dificultades, pero sobre todo, por las dificultades que no pocos de ustedes tienen en el seguimiento de Jesucristo en la vida religiosa. Pedía a Dios me iluminase, y terminé meditando sobre la forma amorosa y convencida con la que Cristo tomó su propia cruz: la voluntad del Padre para Él, la razón por la que vino al mundo, el instrumento de salvación. La Iglesia celebra la fiesta del triunfo de la Cruz. La vida del religioso no es triunfar sin cruz, sino vencer con la cruz a cuestas.

Durante la mañana de ayer tuvimos un retiro con los consejeros generales y con los directores territoriales de legionarios, consagradas y consagrados. Lo predicó el P. Germán Arana, S.J. y en la homilía con mucha elocuencia nos hacía ver que para nosotros la Cruz es signo de victoria. Nos invitaba a tomar la cruz y seguir a Cristo. Ese es el signo que nosotros, como religiosos, ofrecemos al mundo.

Quisiera que pidamos hoy a la Virgen de los Dolores por todos los legionarios, consagrados y consagradas que llevamos la Cruz, que estamos con Cristo en el Via Crucis, acompañándolo en la realidad de nuestra vida o en lo que sentimos en nuestro corazón en alguna de sus tres caídas. La dificultad de amar a Jesucristo en estas circunstancias, cuando tal vez hemos caído, es mucho mayor. Podría incluso parecer que Dios nos pide no levantarnos. En la oscuridad podríamos llegar incluso a pensar que Él nos pide abandonar la lucha y seguir otro camino. ¡Cómo cuesta ver hacia delante y hacia el cielo cuando estamos tirados! Parece mucho más simple mirar hacia los lados. El misterio pascual es sufrimiento, cruz, muerte y resurrección. La salvación es morir con Cristo, crucificar al hombre viejo y resucitar con Cristo a una vida nueva, llena de esperanza.

Los animo a todos a ver con fe a Jesucristo resucitado pero con las llagas de la pasión abiertas. Tocar sus llagas y tocar las nuestras. La abnegación, la renuncia, el dolor, la oscuridad, la frustración, el desengaño, la infidelidad, el pecado, la lucha, las recaídas, la falta de frutos, los fracasos, el ser ignorados, la falta de reconocimiento, las diferencias de opinión que nos duelen, etc., y más… pueden ser todas manifestaciones de la cruz para nosotros. Nos hacen sufrir, tal vez mucho. Pero ante todo esto, que Jesús conoce, nos invita inequívocamente a unirnos a Él. “Venid a mí todos los que estáis cargados y agobiados, y yo os aliviaré… mi carga es ligera…” (Mt 11, 29-30).

Jesucristo tres veces anunció su pasión y resurrección. Tres veces cayó y se levantó. Setenta veces siete nos pide perdonar y perdonarnos (Mt 18, 22). Y a los que nos llama a seguirlo más de cerca, a los que aspiramos a identificarnos con Él, nos regala la cruz. San Pablo es elocuente. Su gloria es la cruz (Gal 6, 14). Su aspiración completar en su vida lo que falta a la cruz de Cristo por su Iglesia (Col 1, 24).

Tenemos que pedir unos por otros, pero pedir sobre todo por los que en la dificultad o en la caída, cierran los ojos del alma y pierden la visión sobrenatural de su propia vida y del seguimiento cercano de Cristo. No podemos olvidar que la cruz no es sólo un lugar privilegiado de conocimiento y unión con Cristo, sino también de identificación profunda con Él y de fecundidad apostólica.

La Santísima Virgen de pie, frente a Jesucristo crucificado, sufre con Él y con nosotros, pero nos ve ahí, se apiada de nosotros y nos acoge. Nos cuidará siempre como le ha pedido su Hijo. Ella es nuestra madre, madre de misericordia en la que podemos confiar.

Les ofrezco mis oraciones y sacrificios y les pido que me encomienden como hermano que comparto las mismas dificultades y pruebas, afectísimo en Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Carta a los padres que cumplen 25 años en la Legión

El P. Eduardo Robles-Gil, L.C. envía una carta a los padres legionarios que iniciaron su noviciado hace 25 años para felicitarlos e invitarlos a no dejar de buscar la santidad y el bien de las personas que Dios ha querido asociar a su ministerio.

 

¡Venga tu Reino!

15 de septiembre de 2016

 

A los legionarios que ingresaron al noviciado en 1991

Muy queridos padres,

En estos días se cumplen 25 años de que muchos de ustedes recibieron el hábito legionario y empezaron el noviciado. Les escribo para felicitarlos y unirme a su acción de gracias a Dios por el don de la perseverancia en la Legión y por todos los dones y gracias que el Señor ha querido regalarles y, a través de ustedes, a muchas personas.

Hace 25 años acabábamos de celebrar el 50 aniversario de nuestra fundación, con la ordenación sacerdotal de 60 hermanos nuestros conferida en Roma por san Juan Pablo II. La Legión y el Movimiento crecían a un ritmo vertiginoso y las obras que emprendía para el servicio de la Iglesia y de los hombres eran cada vez más. Fue en ese clima en que cada uno de ustedes, con circunstancias ideales de edad, salud y convicción personal, emprendió su camino en la Legión. Progresivamente fueron dando los pasos por los que ese compromiso inicial con Cristo y con la Iglesia, hecho con corazón indiviso, se fue consolidando hasta llegar a la profesión perpetua y a la ordenación sacerdotal.

Son muchos años los que han vivido en la Legión y han sido etapas histórica y espiritualmente muy distintas. Ilusión, orgullo, cercanía de san Juan Pablo II, crecimiento, esperanza… y más recientemente años con dificultades, de purificación, renovación y penitencia. No han sido años fáciles, y somos conscientes de que todavía no hemos llegado a la meta. Pero también constatamos que el tiempo presente es una verdadera oportunidad para vivir nuestra vida religiosa y nuestro apostolado de manera más auténtica. Es importante que cada uno de ustedes analice bajo la mirada misericordiosa de Dios cuál es la situación de su vida religiosa y sacerdotal hoy y que pida al Señor la gracia de responder a su vocación a la santidad prestándose generosamente a la acción santificadora del Espíritu y al servicio de los hermanos.

Hoy más que nunca la Legión y el Movimiento están en sus manos, queridos padres. Ustedes están en una edad y etapa de su ministerio en la que han asumido ya o se les pedirá que asuman responsabilidades no indiferentes en la Congregación. Gozan además todavía de la juventud, la flexibilidad y la energía para ir poniendo en práctica lo que el Capítulo General nos ha marcado.

Por eso, los invito a que en este aniversario traigan de nuevo a su corazón las principales gracias que han recibido en su camino así las convicciones profundas que los han sostenido a lo largo de su vida. Sacando de lo antiguo y de lo nuevo, busquen en las Constituciones y en los Comunicados del Capítulo nueva gracia y nueva luz para encarnar lo que ahí se nos propone e irradiarlo con su vida en sus comunidades. Con su vida y sus palabras, se encuentran en una posición privilegiada para transmitir eficazmente del espíritu legionario y del Movimiento a las nuevas generaciones. Por favor, no teman poner su lámpara en un lugar que alumbre a toda la casa: no la oculten bajo el celemín.

Los animo, también, a crecer en su intimidad con Jesucristo. Normalmente esta etapa de la vida es de ajustes importantes de la personalidad y de la propia vida espiritual, acompañada a veces por situaciones de oscuridad e incertidumbre. No tengan miedo a enfrentarlas acompañados por su director espiritual y sus superiores. Es común que el Señor nos haga ver una vez más que sin él no podemos hacer nada y nos haga la invitación, como a Pedro, a caminar sobre las aguas. Se trata de experiencias que el Señor puede permitir para ayudarnos a crecer en su seguimiento. Confíen en ese Jesucristo que los llamó en su juventud y que es el único amigo que nunca defrauda y es el mismo ayer, hoy y siempre.

Estamos celebrando el Año de la Misericordia. Agradezco a Dios nuestro Señor, el amigo de las horas alegres y tristes de nuestras vidas, que nos haya concedido tener a cada uno de ustedes como hermano y como un apoyo para que la Legión y el Movimiento respondan con un sí generoso al plan de Dios. Veo en todo ello un signo del cariño y la misericordia del Corazón de Cristo.

Les pido una oración por mí. Cuenten con mi oración también por ustedes para que siempre lleven con sano orgullo y dignidad la sotana legionaria que recibieron con ilusión hace 25 años. En este día pediré a la Virgen de los Dolores por sus familias y por quienes han caminado a su lado en estos años de vida legionaria, especialmente sus formadores.

Su hermano en Cristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Fallece el P. Eugenio Blanco de la Quintana, L.C. (1945-2016)

El director general comparte a todos los legionarios de Cristo la triste noticia del fallecimiento del P. Eugenio Blanco, L.C. acaecido el 14 de septiembre en Cancún.  Se ha puesto en línea un libro de condolencias donde pueden expresar sus condolencias o compartir algún recuerdo del P. Eugenio.

¡Venga tu Reino!

 

Roma, 15 de septiembre de 2016.

Muy estimados en Cristo,

Les comparto que anoche, a los 71 años de edad, 48 de vida legionaria y 35 de sacerdote, falleció el P. Eugenio Blanco de la Quintana, L.C. en Cancún, México por un infarto cardiaco. Desde hace algún tiempo el P. Eugenio sufría varios padecimientos como diabetes, hipertensión y se le había puesto un marcapasos. Todo esto lo había limitado mucho.

El P. Eugenio fue uno de los primeros miembros del Regnum Christi. Ejerció su ministerio como asistente para el ECYD en la Ciudad de México y en Monterrey. Fue también director de los tres colegios Mano Amiga de Monterrey. Desde 2005 ejerció su ministerio en la Prelatura de Cancún-Chetumal.

Encomendemos el alma de nuestro hermano a la Santísima Virgen de los Dolores para que Ella le haga experimentar la misericordia divina. Pidamos también por quienes lo cuidaron y atendieron durante su enfermedad y, también, a todos nuestros hermanos legionarios y del Regnum Christi que están afectados en su salud. Que María nos alcance a todos la gracia de la perseverancia final en el servicio de Jesucristo y de su Reino.

¡Descanse en paz!

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

El sacerdocio legionario

El 4 de agosto el P. Eduardo Robles-Gil envió una carta a los casi 50 legionarios que están haciendo sus ejercicios espirituales de mes en Roma. El tema que eligió para sus reflexiones es el sacerdocio y la vida religiosa en la Legión de Cristo. En años pasados afrontó temas como la conversión del corazón (2014) y el discernimiento (2015). A continuación se ofrece el texto íntegro:

¡Venga tu Reino!

4 de agosto de 2016

 

 

A los Legionarios de Cristo que se encuentran

en Ejercicios espirituales de mes

 

Muy queridos padres y hermanos,

La razón de ser de la Legión de Cristo es «dar gloria a Dios y buscar que Cristo reine en la vida de sus miembros, en el corazón de los hombres y en la sociedad» (CLC 2 §1). Los ejercicios espirituales de mes que están viviendo ahora son uno de los medios privilegiados que la Legión nos ofrece para avanzar decididamente por este camino. Espero que estas líneas los encuentren muy confiados de que el Señor que ha empezado en ustedes la obra buena, él mismo la llevará a término. Saludo a todos y cada uno y les aseguro mi oración por sus intenciones, a la vez que pido a todos que no dejen de rezar por mí.

Durante los ejercicios espirituales resuena con fuerza la invitación de Jesucristo a estar unidos a Él y participar de la misión de instaurar su Reino. Se trata de un llamado para compartir con el Señor su modo de vivir, sus criterios, sus sentimientos, sus penas y sus alegrías. Nuestra respuesta se encarna progresivamente según la vocación de cada uno. En nuestro caso, se trata de la vocación a la vida religiosa y el sacerdocio en la Legión.

Deseo hacerme presente de alguna manera entre ustedes en este tiempo de gracia. Para ello, les comparto algunas reflexiones sobre la vocación a ser sacerdotes religiosos y, especialmente, sobre algunos aspectos del sacerdocio legionario en una triple dimensión: llamados, ungidos y enviados.

 

Sacerdotes religiosos

Cristo ha regalado un único sacerdocio a su Iglesia, del que los fieles participan de dos maneras distintas. Todos los bautizados en Cristo son consagrados para constituir un sacerdocio santo que se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal. A la vez, el Señor, con amor de predilección, elige a algunos de entre los hermanos para ejercer, a través del sacramento del Orden, el sacerdocio ministerial, al servicio del sacerdocio común. (cf. Lumen Gentium 10).

Cuando un legionario recibe el sacerdocio, el sacramento del Orden se encuentra con el carisma de la vida religiosa, que le da una fecundidad peculiar. La consagración por la profesión de los consejos evangélicos presenta y favorece la exigencia de una pertenencia más estrecha al Señor. En efecto, en el legionario la vocación al sacerdocio y a la vida religiosa convergen en una profunda y dinámica unidad (cf. Vita Consecrata 30).

Nuestra identidad sacerdotal se define a partir del servicio que estamos llamados a desempeñar a favor de los fieles. Existimos y actuamos para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, actuando in persona Christi capitis (cf. Pastores Dabo Vobis 15). La gracia de los consejos evangélicos y de la vida común ayuda en gran medida a adquirir la santidad que exige el sacerdocio, conscientes de la íntima relación que hay entre la propia vida espiritual y el ejercicio fecundo del ministerio.

El Capítulo General nos recordaba a este respecto: «Sin reducir la amplia gama de apostolados y funciones que el legionario puede asumir, nuestra misión específica en relación con los demás miembros del Regnum Christi consiste en acompañar, formar e impulsarlos en su camino de santidad y apostolado, ejercitando la paternidad espiritual propia del sacerdote» (CCG 2014, 32). Nuestra condición de religiosos legionarios nos permite complementarnos con otras formas de vida con las que compartimos un mismo carisma. Es un signo de eclesiología de comunión y de la igual dignidad de todos los bautizados y la diversidad de funciones en el Cuerpo místico de Cristo.

En el rito de la ordenación sacerdotal hay tres momentos que nos ayudarán a profundizar en el sacerdocio legionario al que el Señor nos invita: el llamado de los elegidos, la unción y el envío.

 

Llamados por el Padre

Cada legionario ha sido llamado por su nombre. Ha sido amado con un amor eterno (cf. Jr 31,3) y ha descubierto con sorpresa que Dios lo conoce desde toda la eternidad, lo invita a la intimidad que cobra esa palabra en la Sagrada Escritura, y lo invita a compartir su misma vida.

Jesús nos ha tomado de entre los hombres, con nuestras cualidades y defectos que Él conoce de sobra, y ha querido fiarse de nosotros. No se impone. Más bien, se insinúa para no violentar nuestra libertad. Invita y propone un camino evangélico, arduo y difícil, pero que se recorre junto con Él. De algún modo nos ha dicho a todos con grandísima originalidad y respeto: «¿Qué buscas? ¡Ven y verás! ¡Sígueme!».

La cercanía con el Maestro también conlleva la conciencia de la propia pequeñez y fragilidad, de la desproporción entre nuestra realidad y la misión que se nos confía. Igual que a Pedro no debe sorprendernos la sensación de indignidad que brota de la conciencia de nuestra miseria y nuestro pecado: «¡Apártate de mí que soy un pecador!».

Pero nuestra miseria no puede ser nunca motivo de temor. Así se lo dijo Jesús a Pedro en después de la pesca milagrosa: «No temas. Desde hoy serás pescador de hombres». Pero a lo largo de su vida, Pedro siguió experimentando el peso del hombre viejo en su corazón. Después de la resurrección, con plena conciencia de las áreas de oscuridad en su vida, confía en la mirada de Jesús que ve también todo lo bueno que hay en su amigo: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». Jesús le confirma su misión pastoral. Es como si le dijera: «No temas. Yo estoy contigo. No te abandono. Tú no me abandones a mí, aunque a veces tengas que gritar: “¡Señor, sálvame!”».

Con esta conciencia, el legionario puede ponerse de pie ante su Señor que lo llama por su nombre. La Legión, que lo conoce bien, lo presenta a un sucesor de los apóstoles y «da la cara» por él ante la tremenda pregunta: «¿Sabes si son dignos?». Y así, respaldado por su familia religiosa que confía en él, puede responder con un «¡Presente!» a su Señor.

A este respecto, nos puede hacer mucho bien repasar las palabras de San Pablo en 2Co 1, 18-22, que si bien se refieren en primer lugar al Bautismo, cobran un significado especial el día de la ordenación:

«Les aseguro, por la fidelidad de Dios, que nuestro lenguaje no es hoy “sí”, y mañana “no”. Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, el que nosotros hemos anunciado entre ustedes […] no fue “sí” y “no”, sino solamente “sí”. En efecto, todas las promesas de Dios encuentran su “sí” en Jesús, de manera que por Él decimos “Amén” a Dios, para gloria suya. Y es Dios el que nos reconforta en Cristo, a nosotros y a ustedes; el que nos ha ungido, el que también nos ha marcado con su sello y ha puesto en nuestros corazones las primicias del Espíritu».

En Cristo no se mezclan el “sí” y el “no”. No acepta respuestas a medias, porque Él mismo no las da. Él invita a los que llama para confiarles el sacerdocio a que reiteren ante la asamblea su «sí», a manifestar su fe en la verdad, la belleza, en la bondad de la creación y en la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Hoy, por desgracia, en el mundo parece proliferar y dominar el «no». Nuestra cultura posmoderna ha desarrollado una visión negativa de la humanidad y del mundo y culpa a las generaciones anteriores de sus males actuales. No son pocos quienes piensan que negando lo pasado, que consideran negativo, saldrá algo positivo. De ahí surge una lógica de ruptura, de rebeldía, de individualismo a ultranza, que considera tener el verdadero progreso en sus manos, precisamente dando un «no» a todo lo que no ha hecho él mismo, a lo que les dado.

El candidato al sacerdocio, en cambio, responde con un «¡Presente! ¡Sí, Padre!» que repetirá cada día de su vida. Sabe que el Señor lo llama porque ha creado un mundo bueno y ama a los hombres, incluso cuando le hemos dado la espalda. Dios tiene el firme propósito renovar el mundo y ha querido necesitar del «sí» de su elegido para que se le abra la puerta de la historia, para caminar por nuestras calles y proclamar desde los tejados el mensaje de la salvación.

El legionario recibe la ordenación a los pies de la imagen de María, precisamente porque ella fue la mujer que con su «sí» permitió que Cristo nos revelara el rostro misericordioso del Padre.

El «sí» a la llamada nos recuerda que nuestra misión consiste en ayudar a las personas a encontrarse con Cristo para que, a su vez, puedan también ellas entregarle su vida entera.

 

Ungidos por el Espíritu

Un segundo momento especialmente significativo de la ordenación sacerdotal es la unción de las manos del neosacerdote con el Santo Crisma. El obispo le dice: «Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar el pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio».

El Papa Benedicto XVI en la homilía de la misa crismal de 2006 decía: «Si las manos del hombre representan simbólicamente sus facultades, […] entonces las manos ungidas deben ser signo de su capacidad de donar, de la creatividad para modelar el mundo con amor […]. En el Antiguo Testamento, la unción es signo de asumir un servicio: el rey, el profeta, el sacerdote, hace y dona más de lo que deriva de él mismo. En cierto modo, está expropiado de sí mismo en función de un servicio, en el que se pone a disposición de alguien que es mayor que él».

La unción del sacerdote legionario se renueva cada día en los momentos de intimidad con Jesucristo, en los momentos de oración personal, en la celebración fervorosa de la liturgia y de los sacramentos, en la escucha atenta de la Palabra de Dios. En el cultivo de la dimensión contemplativa de su vida se dispone para difundir el buen olor de Cristo, por medio de palabras y de acciones. Es ahí en donde una vez más Jesús nos llama amigos y nos pide que anunciemos todo lo que Él le ha oído al Padre y Él nos ha dado a conocer (cf. Jn 15, 15). Es en el ejercicio cotidiano de las virtudes teologales que se renueva la confianza ante el futuro, pues descubrimos que Dios cuida de nosotros y nos guía por senderos rectos.

Esta especial unción es para santificar el pueblo cristiano, no para guardarla. Jesús nos ha constituido en el sacerdocio y nos ha puesto en condiciones de ser cooperadores de la misión y de la autoridad con la que él mismo cuida el crecimiento, la santificación y el gobierno de la Iglesia (cf. Presbyterorum Ordinis, n 2). Somos sacerdotes no para nosotros mismos, sino, parafraseando el responsorio del común de pastores del breviario, para orar mucho por nuestro pueblo que es la Iglesia, que son nuestros hermanos, tanto los de cerca como los de lejos. Somos sacerdotes para interceder por ellos y presentarle al Señor los gozos y esperanzas, dolores y angustias de los hombres. Y también lo somos para salir a buscar a las ovejas perdidas, para acercarlas al Señor, y derramar en ellas el bálsamo de la misericordia con el que Dios nos ha enriquecido.

Conviene recordar que la unción que hemos recibido es para servir, para ponernos a disposición del Señor. Existe el peligro del clericalismo, del que tanto habla el Papa Francisco, y que, simplificando mucho, tiene un aspecto especialmente pernicioso: creer que solamente los ministros ordenados podemos llevar adelante la Iglesia, y los demás, están ahí para seguir indicaciones. En el Regnum Christi tenemos la enorme bendición de poder colaborar en la misión con miembros consagrados y laicos, hombres y mujeres. Nosotros estamos a su servicio. Algunas veces este servicio será de dirección, pero muchas otras consistirá en colaborar en su formación, su acompañamiento espiritual y sumarnos a las iniciativas apostólicas que vayan surgiendo.

¡Cuánto daño podemos llegar a hacer cuando pretendemos que los sacerdotes somos superiores y cuando no sabemos sumarnos a un equipo, contribuir a la comunión! ¡Y cómo se difunde el buen olor de Cristo cuando recordamos que estamos configurados sacramentalmente con aquel que no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos! Así contribuimos fuertemente a la comunión, propiciando que esta unción baje por todo el cuerpo, hasta llegar a «la franja del ornamento« (cf. Sal 133, 2), es decir, hasta los más alejados pero que han sido llamados a participar de esta comunión en Cristo.

 

Enviados por el Hijo

En 1991, san Juan Pablo II decía en la homilía de ordenación de 60 hermanos nuestros: «Legionarios de Cristo quiere decir que habéis aceptado con decisión y generosidad la invitación a difundir y actuar el reino de Dios, dispuestos a dedicaros a la conquista de las almas. A ellas, efectivamente, sin asomo alguno de distinción o particularismo, os vais a dedicar como apóstoles, comprometidos en un servicio consagrado, para su salvación: la salvación del hombre, de todo el hombre, en cooperación con la Iglesia entera para responder a las esperanzas de nuestra época, tan hambrienta del Espíritu, porque siente a su vez el hambre de justicia, de paz, de amor, de bondad, de fortaleza, de responsabilidad, de dignidad humana. Legionarios de Cristo, porque sabéis muy bien que la vía del bien de la humanidad pasa necesariamente por Cristo».

Con la ordenación sacerdotal, el religioso legionario ha completado su formación y está listo para ser enviado, de manera que resuene la voz del Señor en nuestro tiempo. Con su vida y apostolado, invitará a los hombres a dar el paso de la fe. Por la predicación, los sacramentos y la caridad podrá ser un signo por medio del cual Jesús revele el amor de su corazón a los demás y puedan luego optar por poner en sus manos la propia existencia.

El camino para realizar la misión no puede ser diverso al de Cristo. Él se entregaba a todos, especialmente a los más necesitados, les predicaba, los sanaba, los liberaba del maligno y de sus dolencias. Al mismo tiempo, el Señor dedicaba una parte significativa de su tiempo a formar a los doce, y también a un círculo más amplio de hombres y mujeres, que continuarían con su misión y serían sus testigos en Jerusalén y hasta los confines de la tierra. Salía además al encuentro de quienes buscaban un sentido de su vida, y de quienes eran rechazados por los demás. En esta actividad, entretejía momentos solitarios de íntima relación con su Padre en la oración y momentos de descanso con sus amigos más cercanos.

El sacerdote legionario busca con su oración y con su acción apostólica que los cristianos sean sal de la tierra y luz del mundo, y por eso los anima a todos a formar y ejercer su liderazgo que es connatural a la condición de cristiano:

«No digas: “Soy incapaz de influir sobre los demás”, porque si eres cristiano es imposible que no influyas. En la naturaleza no existen contradicciones; tampoco las hay en el hecho de que influyas, porque está en tu naturaleza de cristiano. Si dices que el sol no puede brillar, es una injuria la que le haces; si dices que un cristiano no puede hacer mejores a otros, le haces injuria a Dios y caes en la mentira. Es más fácil que el sol no caliente ni brille a que un cristiano no resplandezca, es más fácil que la luz sea tinieblas a que esto suceda» (San Juan Crisóstomo, Homilía XX sobre los Hechos de los Apóstoles, PG 60, 163-164)

Con la ordenación, Dios tiene la suprema audacia de confiarse a las manos de un hombre. Al sacerdote, Jesús lo ama como amigo, ha dado su vida por él y le demuestra su afecto que no conoce límites. Lo ha elegido para que vaya y dé fruto. Quiere que comparta esta experiencia con otras personas para ayudarlos a realizar la plenitud de su vocación bautismal. Pero sobre todo, lo quiere disponible: quiere que sea un signo claro de su amor y presencia en la vida de los hombres.

En el rito de la ordenación, el obispo entrega al sacerdote el cáliz y la patena mientras le dice: «Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor». El sacerdote es ministro de la misericordia perdonando los pecados, da a los hombres el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo, y predica la Palabra como un profeta de Dios. Pero además profundiza en el misterio que ha sido puesto en sus manos: debe buscar fecundar su misión apostólica al unirse a Cristo que se ofrece cada día por la salvación del mundo.

El envío encuentra en el legionario la conciencia del valor de una sola alma, de la brevedad del tiempo y de la realidad de la eternidad. De ahí que busque capacitarse para poder llevar mejor el mensaje, imitar mejor a Cristo para que sea Él quien aparezca. Se concibe a sí mismo como el amigo del esposo, que lo asiste y lo oye y se alegra con su voz, pero sabe que él es voz, y sólo Cristo es la Palabra que hay que anunciar. Por eso se gasta y desgasta por las almas que le han sido confiadas (cf. 2Co 12, 15) y está realmente disponible para ser enviado al mundo entero y busca toda ocasión para manifestar el amor de Cristo.

El sacerdote legionario, para serlo de verdad, debe también saber abrazar la cruz de Cristo y unirse así al sacrificio que ofrece cada mañana. A veces la cruz se hace presente a través de incomprensiones, fracasos según los criterios del mundo, de la experiencia de la propia debilidad, de problemas de salud… También la podemos sentir en la necesidad de doblegar el propio orgullo, de vencer al hombre viejo, de dar un cauce adecuado a nuestras pasiones… Y cómo no sentir la cruz en el cansancio que a veces nos aqueja al echar las redes uno y otro día sin demasiados resultados, o al constatar nuestra pequeñez. Pero precisamente ahí nos encontramos con la fuerza del Resucitado. Cuando algo nos duela, vivamos con la esperanza de quien sabe en quién ha puesto su confianza.

Queridos hermanos, muchos de ustedes se encuentran en la recta final para su ordenación sacerdotal. Algunos ya han hecho la profesión perpetua y otros están por solicitar ser admitidos a ella. Los invito a que miren a Cristo, el único y supremo sacerdote y que sea Él quien les inspire en todo momento. Conozcan también las Constituciones y los documentos del Capítulo General, seguros de que también ahí el Señor tiene guardadas luces especiales para todos los legionarios.

Podría alargarme mucho más, pero no pretendo trazar un dibujo completo de lo que ha de ser un sacerdote legionario. Espero que estas líneas los animen a descubrir y reavivar el don que han recibido de parte del Señor al llamarles al sacerdocio y a la vida religiosa en la Legión. Le pido a Jesucristo, nuestro Rey y Señor, que les conceda responderle con un «sí» cada día más generoso hasta el final de sus vidas.

Su hermano en Cristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

 

N.B. Por favor, no dejen de encomendar a los jóvenes y chicas que están en los diversos cursos de discernimiento vocacional de la Legión y de la vida consagrada del Regnum Christi.