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“Un texto para conformar nuestra vida con Cristo”

¡Venga tu Reino!·

Prot. D.G. 882-2014/1
Circular


São Paulo, 1 de noviembre de 2014
Solemnidad de todos los santos

A los legionarios de Cristo

Muy estimados en Jesucristo:

Tengo el privilegio y la inmensa alegría de comunicarles que la Santa Sede, a través de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, ha aprobado la nueva versión del texto de nuestras Constituciones, en respuesta a la petición presentada por el Capítulo general extraordinario, celebrado a inicios de este año. La carta que nos comunica la aprobación lleva la fecha del 16 de octubre, memoria litúrgica de santa Margarita María de Alacoque y aniversario de la elección pontificia del Santo Padre Juan Pablo II.

Ante todo, los invito a elevar una ferviente oración de acción de gracias, agrade­ciendo a Dios esta nueva muestra de su amor hacia la Legión de Cristo y hacia cada uno de sus miembros. Agradezcamos también a los Pontífices Benedicto XVI y Francisco, al Cardenal Velasio De Paolis y a sus consejeros, por la paterna solicitud con la que han guiado los pasos de nuestra congregación en estos años pasados, marcados por la prueba, pero también por el cercano acompañamiento de la Iglesia.

Tenemos ahora en nuestras manos el texto de nuestras Constituciones que describe para cada uno de nosotros el modo propio de vivir la vida religiosa en la Legión, siendo así el camino que nos guía hacia la santidad y la fecundidad apostólica al servicio de la Iglesia y de los hombres. Como establece el último número del texto aprobado, hemos de conformar nuestra vida con Cristo, regla suprema del religioso, según el Evangelio y las Constituciones (cf. n. 235).

El día 8 de enero de este año, en la celebración eucarística que daba inicio al Capítulo general, el Cardenal De Paolis afirmaba: «las Constituciones que se darán, no serán simplemente un código de leyes que les una sólo externamente en la disciplina; serán más bien un texto que exprese una vocación común, un ideal común, una visión común y un camino común de santidad. Serán un impulso para tender juntos hacia la realización del proyecto de Dios sobre la congregación y sobre cada uno de ustedes, para la gloria de Dios y el servicio a la Iglesia y a la misma Legión. El corazón de las Constituciones es el carisma o el patrimonio espiritual del Instituto».

Precisamente por esta razón los invito cordialmente a conocer el texto de las Constituciones, meditarlo y, sobre todo, llevarlo a la vida personal, comunitaria y apostólica con mucho amor y generosidad, acogiendo así el plan de Dios sobre la Legión y cada uno de nosotros. En este sentido, Mons. José Rodríguez Carballo, O.F.M., escribe lo siguiente en el último párrafo de la carta de aprobación: «Confío vivamente que la observancia de las Constituciones sea para los legionarios de Cristo una ayuda valiosa en la realización de su compromiso apostólico, en fidelidad al carisma».

Además, para valorar mejor este evento de la vida de la Legión, los invito a recordar la historia de este nuevo texto de nuestras Constituciones. El Cardenal De Paolis en la homilía que acabo de citar nos decía: «lo que el Señor ha hecho durante este período de preparación debe ser el recuerdo y la memoria a la que están llamados a volver para reencontrar la confianza, la serenidad y la esperanza».

En el documento adjunto a esta carta (cf. anexo 3) encontrarán una breve memoria de este camino que hemos recorrido juntos, desde el inicio de 2011, con la participación activa y generosa de todos los religiosos legionarios. Espero que nos ayude a apreciar el don que ahora recibimos y que, si podemos decirlo así, cierra la parte principal de esta etapa de nuestra historia.

Finalmente deseo mencionar que esperamos promulgar en breve las Normas complementarias (directorio) y el Reglamento de las casas de apostolado, para así completar una parte importante de los encargos que el gobierno general recibió del reciente Capítulo general.

Agradezco a la Santísima Virgen María su ayuda y cercanía materna a lo largo de este camino, y le pido que interceda para que todos los legionarios vivamos con fidelidad estas Constituciones. Les pido un recuerdo en sus oraciones y les aseguro las mías, me confirmo de Uds. afmo. en Jesucristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

c.c.p.: P. Gianfranco Ghirlanda, S.I., Asistente Pontificio

Anexos:

  1. Texto aprobado de las Constituciones (PDF)
  2. Decreto de aprobación
  3. Breve resumen del proceso de revisión de nuestras Constituciones (2010 – 2014)
  4. Tabla con un resumen de algunos de los cambios introducidos a la versión presentada por el Capítulo general, por petición de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica
  5. Carta del Director General en original (PDF)

Detenernos con María ante las cruces del hombre de hoy

¡Venga tu Reino!

MOVIMIENTO
REGNUM CHRISTI

DIRECTOR GENERAL

15 de septiembre de 2014
Solemnidad de la Virgen de los Dolores

A los Legionarios de Cristo y
a los miembros del Regnum Christi

Muy queridos padres y hermanos, muy queridos amigos,

En la solemnidad de la Virgen de los Dolores les envío a cada uno un saludo y mis oraciones por sus intenciones, sus familias y su misión apostólica.

En este día la Iglesia nos invita a contemplar, desde el corazón de la Virgen María, la exaltación de su Hijo en la cruz para atraernos a todos hacia sí, y también a venerar a la Madre que comparte su dolor. La compasión de María, que se mantuvo fiel junto a la cruz, nos puede dar muchas lecciones para responder mejor a nuestra vocación de apóstoles del Reino, llamados a anunciar el amor misericordioso de Cristo e invitar a otros a dejarse conquistar por él y así convertirse en apóstoles. Les escribo para compartirles algunas de ellas que me parecen especialmente importantes.

El Evangelio de hoy nos describe en rápidas pinceladas uno de los momentos decisivos de nuestra salvación: «Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa». (Jn. 19, 25-27).

Contemplar a María al pie de la cruz nos ayuda a tomar conciencia desde el corazón y desde la fe de la realidad del dolor y del sufrimiento humano en todas sus dimensiones. Todos nosotros tenemos la experiencia personal del dolor en la propia vida. La Virgen, que sufría al ver a su Hijo ultrajado, nos invita a levantar la mirada para descubrir a tantos miembros dolientes del cuerpo místico. Si miramos atentamente, podremos descubrir a nuestro derredor enfermos y ancianos, personas sin trabajo, hombres y mujeres con dificultades en su matrimonio o con un hijo, huérfanos, viudas, personas heridas por la vida y con ideales rotos, presos, víctimas de la violencia, de las guerras, de la persecución, de la soledad, de la fidelidad a su conciencia y a lo mejor también de nuestra indiferencia…

Jesucristo crucificado quiere acariciar también hoy a quien atraviesa el valle del dolor y que, quizás incluso con lágrimas en los ojos, lanza a Dios esa pregunta tan humana y tan dramática: «¿por qué»?

Jesús responde desde la cruz, de manera a veces casi imperceptible, invitando a quien padece a colaborar en la obra redención participando en su propio sufrimiento, a hacer el bien con Cristo a través de su sufrimiento. (cf. Juan Pablo II, Salvifici Doloris, n. 26).

Pero si el dolor humano es como una invitación de Cristo completar lo que falta a su pasión, la presencia de la Virgen Dolorosa en el Calvario se convierte en un reto para cada uno de nosotros: lo que hiciste con el más pequeño de mis hermanos, lo hiciste conmigo. (cf. Mt. 25, 40). Es un llamado a sentir con Cristo el dolor de los demás; a sentirlo con María que es madre de todos. Ella nos invita a no cerrar los ojos ante el dolor, sino a compadecer, a mostrar misericordia, a hacer el bien a quien sufre. Con su ejemplo, nos impulsa a mirar con fe al hermano o a la hermana que sufren y nos despliega en ellos los horizontes del Reino, que se hace presente por el servicio y la caridad. A veces lo único que puede hacerse será acompañar con la oración y cercanía discreta. Pero también muchas veces podrá hacerse mucho más.

La Virgen de los Dolores, al pie de la cruz, nos enseña a ser audaces en la caridad, a «tocar la carne sufriente de Cristo», como le gusta repetir al Papa Francisco. María nos invita a sacudirnos la indiferencia y a ponernos en camino, a saber dejar de lado nuestras propias preocupaciones, como hizo el buen samaritano: detenernos, interesarnos, curar las heridas, derramar el bálsamo de la caridad, acompañar, saber estar y, si fuera el caso, saber pedir perdón.

La caridad de María al pie de la cruz también tiene una dimensión que se nos puede escapar: Ella no ha querido ser la única que consuela a Cristo, sino que se ha dejado acompañar por Juan y las otras mujeres para aprender juntos del Señor cómo se ama. ¡Cuánto bien nos hacen quienes nos invitan a vencer el temor natural ante el dolor y a buscar aliviarlo en el prójimo! Juan, gracias a María, estuvo ahí para ver el Corazón traspasado por la lanza, y experimentar en primera persona lo que es el amor de Dios y anunciarlo con pasión.

El dolor en la propia vida y en la de los demás puede también oscurecer nuestros horizontes. Me conforta mucho pensar en María. Ella ve a su Hijo muriendo como un malhechor mientras resuenan en su corazón las palabras del ángel: «será grande… reinará… se sentará en el trono de David… será llamado hijo del Altísimo». La imagino luchando como creyente, de pie, mientras se tambalean los fundamentos de su fe. Ella confía en la Palabra de Dios independientemente de lo que ella percibe con sus ojos. Confía que Dios es fiel y repite su «hágase en mí según tu palabra».

La Virgen nos invita a enfrentar el dolor junto a ella, llenos de fe y de esperanza cristiana. Nos alienta a confiar más en el Señor que en las propias fuerzas. Nos anima a hacer lo que está en nuestras manos para seguir el plan de Dios con la certeza de que la gracia no nos faltará. María se mantiene en pie junto a su Hijo y se convierte en modelo de esperanza para nosotros. Nos recuerda que la grandeza de un hombre o una mujer —o de la sociedad entera— «está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre». (Benedicto XVI, Spe Salvi, n. 38) y nos pide que le permitamos acompañarnos y ayudarnos a darle sentido a las cruces de nuestra vida.

Dejo aquí estas reflexiones, invitándolos a imitar a María, que estaba de pie junto a la cruz de Cristo de modo que como ella y con ella, nos detengamos ante todas las cruces del hombre de hoy. Que éste sea un rasgo de todos los apóstoles del Reino, que no temen ir a las periferias existenciales.

Con un recuerdo en mis oraciones y pidiéndoles las suyas,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.
Director general

1ª Sesión de la Comisión para la Ratio Institutionis del 26 al 31 de julio de 2014

Se elaboró el proyecto “Redacción de la Ratio institutionis” que define los objetivos, las características del documento, Se han propuesto al director general los asesores para la redacción, las fases para la elaboración del documento y un calendario. Los miembros de la comisión partieron de un estudio comparativo de diversas Ratio de otras congregaciones religiosas clericales.

Carta a los ejercitantes de mes sobre la conversión del corazón a Dios

Roma, 19 de julio de 2014

A los padres y hermanos que hacen Ejercicios Espirituales de mes

Roma, Italia

Muy estimados en Cristo:

Con mucha alegría y esperanza les escribo, al inicio de sus Ejercicios Espirituales de mes, para hacerme presente con mi oración y ofrecerles algunas reflexiones que espero les ayuden en estos momentos de grandes gracias para todos ustedes. Los invito a tomar conciencia de que precisamente en su silencio y oración, Dios obrará en sus almas con el deseo eficaz de acercarlos aún más a Él, de ayudarles a consolidar la práctica de las virtudes y de infundirles
un deseo siempre mayor de servir a la Iglesia y a los demás en la Legión de Cristo y en el Regnum Christi. Esta será, sin duda, la mejor aportación que cada uno de ustedes puede hacer en estos momentos tan importantes de nuestra historia institucional, caminando al paso y bajo la guía de la Iglesia.

Para la mayoría será también una ocasión para confirmar su opción de vida como religiosos, mientras que para algunos otros, según sus necesidades personales, será una valiosa oportunidad para su discernimiento vocacional. Por ello el borrador de las Constituciones que aprobó el capítulo prevé que los ejercicios de mes se tengan, ordinariamente, durante el tiempo de los votos temporales (cf. n. 49).

En este contexto me vienen a la mente las palabras de Jesucristo a sus apóstoles: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8, 34). San Pablo, habiendo experimentado la acción de Dios y habiendo ofrecido su plena colaboración expresa esta verdad evangélica de modo similar:
«Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2, 19-20).
Estas dos frases están unidas por la referencia a la cruz, es decir, al misterio pascual de Cristo, es decir, a su muerte y resurrección de las cuales participamos misteriosamente. Nuestra consagración a Dios, como ofrecimiento libre y amoroso de todo nuestro ser a Él, es nuestro modo de estar crucificados con Cristo. Estar crucificado tiene, por tanto dos vertientes: la negación de nosotros mismos («que renuncie a sí mismo») y la identificación con Cristo («y me
siga…»).

La primera vertiente podríamos llamarla «ascética» y está muy bien expresada en el formulario de la renovación de las promesas del bautismo que utilizamos en la vigilia pascual o al terminar los ejercicios espirituales. En esa ocasión la Iglesia nos invita a renunciar, una vez más, a la seducciones del demonio, entre las que encontramos
el creernos ya convertidos del todo, el creernos los mejores, el quedarnos en los medios y no ir a Dios. Esta conclusión de los ejercicios espirituales expresa sintéticamente un fruto importante, sobre todo para ustedes que hacen una intensa experiencia de oración durante un mes. En efecto, por nuestra vocación a la vida religiosa,
es decir, por el llamado que Dios nos ha hecho de ser suyos de modo particular, debemos ser firmes y constantes en la lucha por la perfección que no es sino la siempre mayor unión con Él por el amor.

Nadie puede creerse convertido del todo porque la conversión es una tarea ininterrumpida, como ininterrumpida es la acción de la gracia que realiza eficazmente esta conversión en nosotros a la vez que pide, misteriosamente, nuestra colaboración. Ininterrumpida, porque en esta vida terrena no logramos poseer a Dios. Precisamente
por esto el cristiano, y más aún el religioso, debe buscar sin cesar la penitencia y la renovación como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: «Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito» (cf. Sal 51, 19), atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero» (n. 1428).

El Papa Francisco ha querido presentar a la atención de la Iglesia algunas tentaciones que hoy nos afectan a todos. En particular quisiera centrarme en la tentación de vivir la vida religiosa de manera «meramente mundana». Dice el Santo Padre en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 93: «La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la
gloria humana y el bienestar personal. Es lo que el Señor reprochaba a los fariseos: ¿Cómo es posible que creáis, vosotros que os glorificáis unos a otros y no os preocupáis por la gloria que sólo viene de Dios?» (Jn 5, 44). Es un modo sutil de buscar «sus propios intereses y no los de Cristo Jesús» (Flp 2, 21). Toma muchas formas, de acuerdo con el tipo de personas y con los estamentos en los que se enquista. Por estar relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre se conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto. Pero, si invadiera la Iglesia, «sería infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral». La gracia de la conversión que les invito a pedir y acoger generosamente, como algo eminentemente positivo, tiene varias dimensiones a las que deben prestar atención: intelectual, afectiva y moral.

Dimensión intelectual: Les invito a analizar con serenidad, y hasta con entusiasmo, si sus criterios y juicios son los de un religioso que vive del Evangelio o son simplemente, tal vez de un modo sutilmente escondido, los del mundo. Los ejercicios espirituales son ocasión para que cada uno reflexione delante de Dios cuánto puede
haber en su vida ordinaria de racionalismo, pragmatismo, relativismo, utilitarismo o hedonismo. Aquí tienen un desafío importante en las actuales circunstancias en las que estamos escribiendo un nuevo capítulo de nuestra historia para lograr que la Legión —y en primerísimo lugar sus hombres— sea, cada vez más, lo que Dios quiere que sea, sin fáciles acomodos al espíritu del mundo. Tenemos necesidad como Institución, y como personas individuales, de seguir cambiando siempre más nuestros criterios para adecuarnos fielmente a la enseñanza de Jesucristo, tal como nos la presenta el Evangelio y la doctrina de la Iglesia. Es decir, necesidad de cambiar permanentemente nuestra forma mentis para pensar siempre bien, para razonar, decidir, reaccionar y enfocar todo desde la sabiduría de Dios, como Legionarios de Cristo, teniendo como punto
de referencia el Evangelio y nuestras Constituciones.

Dimensión afectiva: No es difícil —si hay sinceridad— descubrir, con la luz del Espíritu Santo, lo fácil que puede ser dejarse contagiar por el mundo en su ansia de triunfalismo, en el deseo de comodidad, en el apego desordenado a las personas, en el uso inapropiado de los medios materiales, en particular los medios de comunicación social, etc. Esta purificación afectiva equivale a reconocer y desapegarse de una manera tal vez demasiado humana de concebir la vida religiosa y sacerdotal. Según los casos puede resultar ser un reto enorme. En efecto, con realismo podemos todos admitir cuán fácil es el apego a nuestros gustos, al propio interés y al amor propio, y cuánto estos apegos pesan y condicionan nuestras decisiones de santidad y apostolado.

Para recorrer este camino se requiere, ante todo, la luz de Dios y la generosidad de la apertura. Se requiere aquello que san Ignacio de Loyola llama la «indiferencia» ante todo lo que no es Dios. Por esto él nos recuerda que una de las tareas propias de los ejercicios espirituales, sobre todo en las primeras etapas, es precisamente el deseo y la
firme decisión de purificarse de las afecciones desordenadas. Dicho de otro modo, se trata de trabajar para desarraigar el propio corazón de todo cuanto es «del mundo», para que esté verdaderamente libre, sin afición a las creaturas, de aquello que el Santo Padre llama «mundanidad» en sus múltiples manifestaciones.  Así pues, les animo mucho a luchar por liberarse afectivamente de cualquier salpicadura de mundanidad espiritual. Pidan a Dios
la gracia de poder vivir coherentemente y con gusto el Evangelio en la vida religiosa en la Legión de Cristo.

Dimensión moral: Para entender esta tercera dimensión, les invito a preguntarse si hay algo en su vida que contradiga objetivamente su condición de cristiano, de religioso y, si es el caso, de sacerdote Legionario de Cristo. Los ejercicios espirituales les ofrecen una valiosa ocasión para responder esta pregunta con sinceridad y humildad, confiados en el amor del Padre que nos ama incondicionalmente. Los invito a buscar desterrar con firmeza y alegría todo lo que sea ajeno a su estado y condición de vida. La conversión en su dimensión moral consiste en dejar el camino equivocado para volver al camino de Dios. Se podría decir que es hacer efectivo, de modo estable, el desapego afectivo del que acabamos de hablar. San Juan Pablo II nos recuerda que el deseo de hacer penitencia
y convertirse será algo auténtico y eficaz en la propia vida sólo si se encarna en actos y gestos de conversión, es decir en «el esfuerzo concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la propia vida por Cristo como único modo de ganarla; para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo; para superar
en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual; para elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba donde está Cristo. La penitencia es, por tanto, la conversión que pasa del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano» (Exhortación apostólica Reconciliación y penitencia, 8).

Aquí es donde entra de lleno la segunda parte de la frase de Jesús que he citado al inicio de esta carta: el seguimiento de Cristo y la creciente identificación con Él. En este próximo mes dedicarán muchas horas a la oración y al esfuerzo por escuchar la invitación que Él les hace para compartir su vida, con sus pruebas y tribulaciones,
para luego triunfar con Él. Les invito a contemplar al Señor con el corazón, o mejor dicho, con todas sus facultades, porque sólo de la experiencia de Cristo, hecha en la fe, brota el amor y la capacidad de ser sus testigos creíbles en un mundo tan necesitado. Se trata de buscar hacer verdad lo que san Pablo decía: «Es Cristo el que vive en mí». Esta parte de la vocación sacerdotal es extraordinaria. En efecto Cristo vive en mí, o mejor, yo en Él. Cada
uno de nosotros puede, realmente, identificarse con Cristo, en la medida en que Él lo dispone y permite. Sabemos que esto no es algo que podamos alcanzar con nuestro esfuerzo humano sino que es obra del Espíritu Santo en nuestras almas. Dios nos purifica y nos eleva, nos transforma y renueva cuando le abrimos nuestro corazón
y nuestra vida sin medidas. Él puede y quiere arrancarnos el corazón de piedra y darnos un corazón de carne que viva y experimente el amor verdadero, el amor de Cristo.

Aquí se les abre un campo inmenso en los ejercicios espirituales. Para la mayoría de ustedes la ordenación sacerdotal está a pocos meses o años de distancia. Algunos harán la profesión perpetua al concluir los ejercicios. Otros son ya sacerdotes. Estas semanas de oración y trato íntimo con el Señor son una gran oportunidad
para unos y otros para identificarse más plenamente con Cristo, sacerdote y víctima, y hacerlo como Legionarios de Cristo. Quienes aún no son sacerdotes pidan insistentemente la gracia de conocer, amar y seguir a Cristo para ir preparando su corazón a la acción del sacramento que los configurará con Cristo, Único Mediador y Buen
Pastor. Busquen todos renovar, ahora con mayor madurez y conocimiento de causa, el entusiasmo y deseo de santidad y apostolado con el que un día decidieron dejarlo todo para seguir a Jesucristo «a donde quiera que Él vaya» (Mt 8, 19).

¡Qué maravilla poder ofrecernos a Cristo y a la Iglesia como instrumentos de una nueva evangelización! Cada uno según su personalidad, cada uno según lo que le pide el Espíritu. Todos ejerciendo su libertad con valentía para elegir con plena conciencia y de manera irrevocable lo que el Señor les proponen. Lo más importante es que todos logren terminar los ejercicios más identificados con Cristo en el corazón y en las obras, con un gran celo para ser enviados a los confines de la tierra para edificar el Reino de Cristo entre los hombres.

Todos necesitamos renovarnos para responder al Señor que nos invita a una santidad nueva, a ser sus testigos convincentes. Les pido a todos que se sumen a la renovación de la Legión y del Regnum Christi por medio de su entrega llena de libertad, amor y entusiasmo. Piensen que Jesucristo les ha amado primero y les seguirá
amando. Este amor incondicional, total, divino, se transforma en las gracias que necesitan en su vida y en su apostolado. Es poco lo que nosotros damos y es mucho lo que de Él recibimos. Durante este mes tengan muy presentes en sus oraciones a la Legión y al Movimiento y a todos los legionarios, especialmente a
los sacerdotes. Oren también con insistencia por quienes están participando en los candidatados de la Legión y de la vida consagrada en el Regnum Christi, para que Dios los ilumine y para que nos conceda abundantes vocaciones.

Cuentan con mis oraciones y sacrificios. Les encomiendo a María Santísima, Madre de la Esperanza que nunca declina.

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Análisis del camino recorrido por el Gobierno general

Roma, 15 de julio de 2014

A los legionarios de Cristo

 

Muy queridos padres y hermanos,

Les envío un saludo y mis oraciones. Desde hace unas semanas tenía intención de escribirles para agradecer las notas y mensajesque me han ido enviando de los distintos territorios, pero hasta hoy tengo oportunidad de hacerlo. Espero que el período de verano en el hemisferio norte y el cambio de semestre en el cono sur sean una ocasión en la que todos puedan recuperar fuerzas y dedicar más tiempo al trato con Dios nuestro Señor, de manera que podamos servir mejor a la Iglesia y a las almas que nos han sido encomendadas.

Algunos me han preguntado si la misión de director general que me confió el Capítulo general era lo que yo esperaba. Se han interesado también por saber a qué aspectos de la vida del Regnum Christi y de la Legión hemos dedicado nuestro tiempo. Quisiera por ello narrarles algunas de las cosas que hemos hecho en el Gobierno general desde la conclusión del Capítulo. Durante el verano y el inicio de otoño, después de la experiencia adquirida en estos meses, elaboraremos el programa de gobierno de la Legión para este sexenio, que les compartiré más adelante para que cada uno pueda sumarse desde su misión particular al esfuerzo de todos.

Analizando el camino recorrido desde finales de febrero, se pueden evidenciar algunos principios básicos que nos han guiado:

  1. Asegurar un gobierno estable y que funcione tanto a nivel general como en los territorios.
  1. Seguir el paso que la Iglesia va marcando para la Legión y el Regnum Christi.
  1. Impulsar y hacer vida la renovación pedida por el Capítulo general.

 

  1. Asegurar un gobierno estable y que funcione tanto a nivel general como en los territorios

Al concluir el Capítulo general nos encontramos con la tarea inmediata de asegurar una transición serena al nuevo gobierno de la Legión. Los miembros del Consejo general y yo nos hemos reunido regularmente para atender asuntos que podríamos llamar “de gestión ordinaria”, como pueden ser solicitudes de admisión a la profesión religiosa, a los ministerios y sagradas órdenes. También atendimos peticiones de indultos, dispensas o permisos de exclaustración que habían quedado detenidos hasta después del Capítulo por disposición del Delegado Pontificio.

Hemos impulsado en los territorios la revisión y actualización de los Códigos de conducta y Planes de respuesta rápida a denuncias de abuso. También hemos atendido temas legales y administrativos, como la adquisición y enajenación de bienes inmuebles y los planes de consolidación de algunos territorios (principalmente Brasil, Italia, España y Norteamérica).

Estas actividades hemos intentado vivirlas como una oportunidad de servir a los legionarios y miembros del Movimiento. Han sido también una ocasión para aprender a trabajar en equipo con el Consejo general, los gobiernos generales de las ramas consagradas, los directores territoriales y los diferentes departamentos de la Dirección general. Una de las características de la vida en el Regnum Christi es la atención personal. Por ello, aunque no me ha sido posible tener un contacto personal con cada legionario, ni visitar todos los territorios, sí he intentado hacerme presente para acompañar a los nuevos directores territoriales, visitar a los padres de la Prelatura de Cancún-Chetumal y las casas de formación más grandes —el Centro de estudios superiores, Monterrey y Cheshire— además de estar presente en eventos importantes como la ordenación diaconal en Roma, la inauguración del Magdala Center y acompañar al P. Álvaro en sus últimos momentos. Con el Comité directivo general del Regnum Christi hemos iniciado una reflexión sobre el modo en que podemos renovar e impulsar nuestra pastoral juvenil, familiar y vocacional, que serán una prioridad para todos en los próximos años.

Naturalmente las aplicaciones concretas se decidirán más bien en los territorios. Las reuniones para asignar una misión a los legionarios fueron también una experiencia en la que se conjugaron el espíritu de servicio, la cercanía y la colaboración entre los niveles general, territorial y local. La responsabilidad de confiar una misión a un religioso es grave y debe tomar en cuenta el bien de las personas y las necesidades que el Movimiento debe afrontar en su servicio a la Iglesia. Por ello, siguiendo las orientaciones del Capítulo general, los directores territoriales y los superiores locales buscaron consultar a los religiosos que recibirían un destino para contar con la información necesaria que nos ayudara a tomar las mejores decisiones.

Naturalmente, en esto todavía podemos seguir mejorando. La apertura y docilidad mostrada por muchos legionarios en estos meses de discernimiento y la aceptación de la misión que el Señor les confía a través de la Legión me han edificado mucho. Al atender a los diversos asuntos de gobierno hemos visto con claridad la necesidad de elaborar manuales que luego puedan convertirse en parte del Reglamento del gobierno de la Legión. En ellos se busca sintetizar los requisitos canónicos, la praxis eclesial, las consignas del Capítulo general y la experiencia adquirida a lo largo de la historia de la Legión y el Movimiento. Entre los manuales que ya estamos trabajando están los de la asignación de personal, la comunicación institucional, la administración, el gobierno de los territorios, y el gobierno de las casas religiosas.

  1. Seguir el paso que la Iglesia va marcando para la Legión y el Regnum Christi

En el Regnum Christi siempre hemos buscado ir “al paso de la Iglesia”. En los últimos años la Iglesia nos ha indicado el camino a seguir para superar la crisis que hemos atravesado. Invito a todos a profundizar en la oración y el estudio, comprender y hacer propio lo que la Iglesia nos está pidiendo en estos momentos.

En este sentido, me parece que un elemento importante de mi servicio como director general consiste en conocer a los responsables de los distintos dicasterios de la Santa Sede para dialogar, conocer sus expectativas sobre nuestra vida y misión, y atender también a sus recomendaciones y consignas. En estos meses me he encontrado con los prefectos de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica (CIVCSVA) y de otros dicasterios del Vaticano. Les comparto algunos puntos de estos encuentros que me parecen importantes para continuar nuestra renovación y desarrollo como congregación y como movimiento al servicio de la Iglesia.

  1. Líneas de trabajo de la CIVCSVA

Hemos tenido dos reuniones con el Card. João Braz de Aviz y el arzobispo José Rodríguez Carballo, prefecto y secretario de la CIVCSVA respectivamente. Con el secretario he tenido una reunión más para asegurar que hemos entendido bien las correcciones que nos pedían hacer en el texto de las Constituciones. Ya les he compartido las indicaciones que nos transmitieron el pasado 3 de julio. Hemos acogido al P. Gianfranco Ghirlanda como asistente pontificio con gratitud y durante el verano haremos los cambios al borrador de las constituciones para volverlas a presentar a aprobación de la Santa Sede. Por el período de vacaciones  entregaremos a mediados de septiembre el texto enmendado después de verlo en el Consejo y comentarlo con el P. Ghirlanda.

Creo que conviene destacar que la CIVCSVA pone una gran importancia en que lleguemos a una mayor claridad a nivel jurídico de la relación que ya vivimos de facto entre las diversas vocaciones dentro del Regnum Christi. El nombramiento del asistente pontificio mira principalmente a que alcancemos este objetivo junto con los laicos consagrados, las consagradas y los demás miembros del Regnum Christi. Vemos gran sintonía en esta preocupación de la CIVCSVA con lo que el comunicado capitular sobre la Legión de Cristo dentro del Regnum Christi establecía en el n. 21. También la hay en las iniciativas que se hicieron públicas el 19 de marzo: la Comisión para la Revisión del Estatuto General del Regnum Christi y el Marco para la Colaboración en la Misión. La Comisión está ya dedicada de lleno en la elaboración de materiales para el proceso de preparación del Estatuto, proceso que emprenderemos juntos. El Marco para la Colaboración, una manera inicial, provisional y seguramente mejorable de facilitar y fomentar la comunión de vida y de misión entre las diversas ramas del Movimiento, ya se está aplicando a nivel general y en algunos territorios. Tanto el trabajo de la Comisión como la experiencia vivida de la aplicación del Marco para la Colaboración servirán para darnos luz cuando llegue el momento para entregar una propuesta concreta de configuración canónica del Regnum Christi a la Santa Sede.

En este sentido, les adelanto una noticia que pido tengan muy presente para el próximo curso escolar. La Comisión para la revisión del Estatuto del Regnum Christi está proponiendo un período de estudio y profundización en las localidades que iniciará en octubre. Los temas a estudiar tienen que ver con aspectos teológicos y carismáticos de la vocación laical, de la eclesiología de comunión, de los movimientos en la Iglesia, el desarrollo histórico del Regnum Christi, etc. Se quiere que todos los miembros del Movimiento participen y se preparen para contribuir mejor a la reflexión sobre el Regnum Christi. Dado que muchos legionarios han contribuido —e incluso gastado los mejores años de su ministerio— en el lanzamiento, desarrollo y consolidación del Movimiento, me parece muy importante que puedan aportar su experiencia a este proceso que emprendemos. La Comisión para la Revisión del Estatuto les comunicará el procedimiento con más detalle en septiembre y octubre.

  1. Otras reuniones con Cardenales encargados de dicasterios de la Santa Sede

También fui recibido por el Card. Beniamino Stella, prefecto de la Congregación para el Clero y Mons. Jorge Patrón Wong, secretario para los seminarios. El Cardenal expresó su cercanía, interesándose especialmente por el Pontificio Colegio Internacional Maria Mater Ecclesiae y por el Curso para formadores de seminarios.

El secretario de Estado, Card. Pietro Parolin, por su parte, se mostró satisfecho por los pasos que hemos dado en los últimos meses y en particular por el contenido del comunicado de los padres capitulares publicado el 6 de febrero. Nos preguntó sobre la implementación de la separación de fueros y también sobre el proceso de elaboración de la Ratio Institutionis.

En la asamblea de la Unión de Superiores Generales de mayo se tocó el tema de la visita canónica. Nos repartieron materiales muy útiles que envié a los directores territoriales con algunas indicaciones prácticas para las visitas canónicas que harán durante este año.

Seguiremos cerca de la Santa Sede para seguir creciendo en el sensus Ecclesiae que debe caracterizar el gobierno del Regnum Christi y de nuestra Congregación.

  1. Impulsar el camino de renovación pedido por el Capítulo general

El Capítulo constituye una invitación a cada legionario para renovar su encuentro personal con Cristo que nos llama a la conversión y a su seguimiento, es decir, a configurar nuestras vidas y comunidades según el Evangelio. El Señor nos invita una vez más a que ofrezcamos un testimonio creíble de que el amor de Cristo es la perla preciosa por la que vale la pena venderlo todo. Esto conlleva un reto de santidad, de entrega entusiasta a la misión, y de comunión de vida para todos los que compartimos el carisma del Regnum Christi.

El testimonio y servicio a la Iglesia que el Movimiento ofrece ocurre sobre todo en las comunidades, obras y secciones. Es en el campo, en la vida de todos los días y en el trato con las almas que servimos, en donde resplandece de manera más patente la comunión hasta convertirse ella misma en mensaje e instrumento deevangelización.

Por este motivo, durante los últimos meses hemos buscado dar los pasos necesarios para una sana descentralización. Se trata de ofrecer a los directores territoriales y a los superiores locales las herramientas y el espacio para que ellos puedan discernir lo que más convienen a los miembros de los territorios y las comunidades y lo que mejor responde a las necesidades de la Iglesia local. Así, ellos podrán decidir en consecuencia, de acuerdo siempre con nuestro carisma. Son los primeros pasos y todavía queda un buen camino por recorrer.

También he buscado impulsar esta renovación en el gobierno ordinario de la Legión, siguiendo con lo que nos enseñó el Card. De Paolis: trabajo regular con los consejos, continuar la renovación de los superiores, consultas antes de asignar a una misión, diálogo permanente con los gobiernos de los laicos consagrados y de las consagradas, etc.

Hemos constituido la Comisión que redactará la Ratio Institutionis, actuando así el n. 32 del comunicado capitular sobre La formación del Legionario y la Ratio Institutionis. Tanto esta Comisión, como los manuales de gobierno que ya mencioné buscan tomar en cuenta las orientaciones del Concilio Vaticano II y el magisterio postconciliar sobre la vida religiosa y sacerdotal.

Estoy analizando con el P. José Cárdenas las maneras de poner en marcha lo indicado en los nn. 39 a 43 del comunicado capitular sobre Administración y voto de pobreza. Hay algunas iniciativas que se están madurando y que comunicaremos en el momento oportuno.

El Capítulo pidió que el Gobierno general que analizara lo relacionado con la liturgia y las prácticas de piedad, resaltando el gran interés que ese tema suscitó durante el período de revisión de   las Constituciones. Estamos formando un equipo que afronte este tema con competencia, solidez doctrinal y amplitud de miras. Próximamente daremos a conocer algunos aspectos de esta iniciativa.

Los primeros meses de gobierno son insuficientes para afrontar todo lo que el Capítulo general pide al director general. Están pendientes algunas tareas importantes, como el establecer una Comisión sobre la historia (n. 30 del comunicado Gobierno, autoridad y obediencia), elaborar un plan de formación específica para superiores (n. 33 del comunicado Formación y Ratio Institutionis), e impulsar la publicación de escritos sobre nuestra espiritualidad para bien de los legionarios y los miembros del Regnum Christi (n. 12 de la introducción de las Constituciones).

Durante el verano determinaremos cómo dar cauce a las consignas del Capítulo de modo que se atiendan durante este sexenio. Por el momento nos hemos concentrado en los aspectos que pueden favorecer la unión con Cristo, la descentralización del gobierno y la comunión de vida de los legionarios entre sí y entre todos los miembros del Movimiento.

Además de las tareas encomendadas al Gobierno general por el Capítulo, es fundamental que tomemos conciencia de los encargos y retos que el Capítulo nos propone a cada uno de nosotros como individuos. Los comunicados sobre la Identidad carismática de la Legión de Cristo, La vida fraterna en comunidad y Nuestra renovación apostólica prácticamente no tienen indicaciones específicas para el Gobierno general. Se trata más bien de reflexiones y recomendaciones que apuntan a principios que nos toca a todos hacer vida independientemente del ministerio que ejercemos o la etapa de formación. Dependerá de cada uno hacer que se conviertan en realidad o no. La renovación que la Iglesia y el Capítulo nos han pedido se realizará sólo si cada uno busca responder a la llamada de Dios a la vida religiosa en la Legión con autenticidad e ilusión cada día.

Invito a todos a que pidamos al Sagrado Corazón que nos permita ser instrumentos dóciles en sus manos para que busquemos la comunión de vida en nuestras comunidades y con nuestros demás hermanos del Regnum Christi para con ellos evangelizar más y servir mejor a nuestra Madre, la Iglesia.

Con un recuerdo en mis oraciones,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Ofrezcamos nuestras oraciones por el P. Álvaro Corcuera, LC

¡Venga tu Reino!

Roma, 30 de junio de 2014

A los legionarios de Cristo

A los miembros y amigos del Regnum Christi

Muy queridos padres y hermanos, muy queridos consagrados y consagradas, queridos amigos,

Les escribo con el corazón lleno de dolor humano y de esperanza cristiana para informarles que el P. Álvaro Corcuera ha fallecido el día de hoy a las 13,35 (hora de México) en la Sede de la dirección territorial de la Ciudad de México.

Ha pasado los últimos días rodeado de sus hermanos legionarios y de sus familiares más cercanos. Tuve la gracia de poder estar cerca de él durante casi una semana, aunque desde el viernes estoy en Roma. Recuerdo especialmente que el pasado día 20, cuando le ofrecimos la comunión dijo claramente: “¡Qué alegría!” Creo que con esa alegría ha salido al encuentro del Señor. El jueves 26 de junio pudimos administrarle la unción de los enfermos y el viático, que recibió conscientemente.

Hoy a las 11 de la mañana (hora de México) el P. Ricardo Sada ha hecho la recomendación del alma tras una misa en la que concelebraron los PP. Jaime Rodríguez, Rodolfo Mayagoitia, Evaristo Sada, Guillermo Serra y Mario González. Estaban presentes las hermanas del P. Álvaro: Francisca, Guadalupe y Susana.

Su cuerpo será velado durante el día de mañana en la capilla de la Universidad Anáhuac y su cuerpo será sepultado en el Panteón Francés de San Joaquín. Posteriormente se informará sobre los horarios de estas celebraciones.

Los invito a todos a ofrecer misas y oraciones para encomendar su alma a Dios y agradecer al Señor por la vida de este padre, hermano y amigo que ha sido nuestro Director General durante los nueve años más difíciles de nuestra historia. En estos momentos de dolor, podemos decir que ha combatido bien su combate, ha corrido hasta la meta y ha conservado la fe. Como a san Pablo, ahora le aguarda la corona merecida (cf. 2Tm 4,8).

Pidamos también por sus hermanos y familiares, para que el Señor conceda a todos con su presencia la esperanza y la paz que viene de la certeza de su victoria sobre el mal y sobre la muerte.

Quiero agradecer mucho a toda la familia del Regnum Christi su compañía constante con oraciones y muestras de cariño con motivo de la enfermedad del P. Álvaro, quien supo ganarse el cariño de todos. Agradezco especialmente a todos los que ayudaron y acompañaron al P. Álvaro en su gobierno y de modo particular a quienes lo han cuidado con mucha dedicación y verdadera caridad durante su larga enfermedad.

Pidamos unos por otros para que tengamos la misma unión con Dios que pedimos para el P. Álvaro y recemos también por todos los miembros del Regnum Christi, sus familiares y amigos que sufren por causa de la enfermedad.

Dale, Señor, al P. Álvaro el descanso eterno y luzca para él la luz perpetua. ¡Descanse en paz!,

Con un recuerdo en mis oraciones,

P. Eduardo Robles Gil, L.C.

Intimidad con Cristo y pasión evangelizadora

¡Venga tu Reino!

18 de junio de 2014

A los legionarios de Cristo

Queridos padres y hermanos:

En mis meditaciones de estas semanas he tenido muy presente el capítulo 2 de las Constituciones que el Capítulo General presentó a la Santa Sede. Allí se nos habla sobre el espíritu de la Congregación: el cristocentrismo, el culto al Sagrado Corazón y los amores del Legionario. Estando por comenzar la novena de preparación para la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que es también una jornada en la que la Iglesia invita a todos los fieles a pedir de manera especial por la santificación de sus sacerdotes, he pensado escribirles esta carta.

Nuestra espiritualidad se basa en dos miradas a Cristo: la primera se dirige a su Corazón, donde aprendemos lo que significa ser amados, abrazados, objeto de su misericordia y capacitados para aceptar ese amor transformante; la segunda mirada es a su Reino y nos enciende en el deseo de transmitir ese amor a todas las personas para que se encuentren personalmente con Cristo. La clave de nuestra santidad consiste en vivir en plenitud a la vez esa intimidad con Cristo y esa pasión evangelizadora.

Reflexionemos brevemente sobre estas dos miradas y las consecuencias que tiene para nosotros una vida en el Corazón de Jesús.

1. La misericordia que nos sana

En el nuevo número propuesto en las Constituciones para definir nuestro culto al Corazón de Jesús se nos recuerda que en ese Corazón encontramos el «amor misericordioso de Dios que nos lleva a abrazar la cruz en la propia vida [y] reparar por los pecados» (CLC 2014, n. 10). Efectivamente, quien acepta la primacía del amor de Dios experimenta una invitación a abandonarse a la misericordia divina y a corresponder entregándose a los demás como instrumentos en las manos de Cristo.

La primera mirada se dirige al Corazón de Cristo, que está herido, para contemplar cómo de su llaga brota la misericordia divina sobre cada persona. Esa llaga del Corazón de Jesús nos recuerda las heridas que cada uno de nosotros lleva en su propio corazón: unas nos las hemos causado nosotros mismos por el pecado, otras son sufrimientos por el mal cometido en el pasado o por el mal recibido de otros. Algunas heridas particularmente dolorosas forman parte de nuestra historia y las llevamos como miembros de esta familia religiosa. Todos avanzamos por la vida con estas heridas que, acogidas desde la fe, nos ayudan a darle un sentido sacerdotal a nuestra existencia.

Cristo no quiere que escondamos nuestras llagas con vergüenza, sino que las unamos a la que nos muestra en su Corazón. Él nos ofrece la medicina de su misericordia, capaz de tomar el dolor que nace del pecado y de transformarlo en una inmensa fecundidad, como nos dice san Pablo: «completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1, 24). Nuestro dolor se convierte en alegría al ver cómo Dios es tan poderoso y bueno que del mal sabe sacar un bien, así como del mayor mal del mundo —la muerte de su Hijo— hizo brotar nuestra redención.

En esta novena pidamos todos a Cristo la gracia de vivir de su misericordia, de perdonar de corazón y de acoger el perdón, alcanzando en Él la reconciliación, porque Él es nuestra paz (Ef 3, 14).

2. La misericordia que nos permite ser santos

Esa reconciliación interior en el Corazón de Jesús nos permite experimentar de nuevo su amor y su invitación personal a la santidad, a una plena identificación con su vida y sentimientos. Ésta es la Voluntad de Dios: vuestra santificación (1Tes 4, 3), éste es el cumplimiento del sueño de Dios sobre nosotros.

Decía San Juan Pablo II en Novo Millennio Ineunte que preguntarle a un catecúmeno si quería recibir el bautismo equivalía a preguntarle si quería ser santo (cf. n. 31). Si esto vale para todos los bautizados, cuánto más para nosotros como religiosos y sacerdotes. Nuestra vocación es un regalo que nos traza un camino de especial identificación con la forma de vida que Cristo escogió para sí mismo, en la obediencia, la pobreza y la castidad perfecta. Es una invitación a dejarnos modelar por el amor de Cristo que dio su vida por nosotros (1Jn 3, 16).

El amor no se puede imponer a nadie, es lo más personal que cada uno puede dar ante un Dios que nos amó primero (cf. 1Jn 4, 10). Es una respuesta que comporta llevar nuestra cruz, como Cristo la llevó por nosotros, viviendo con fidelidad nuestra vida religiosa porque Él antes que nosotros fue fiel hasta el final.

Si tenemos la mirada fija en el Corazón de Cristo evitaremos la tentación de esos falsos atajos que nos llevan a buscar nuestros propios intereses y que el Papa Francisco describe como mundanidad (cf. Evangelii Gaudium nn. 93 y 95). La mundanidad nace del apartar la mirada de Cristo crucificado, de no creer en el valor de la cruz y, por tanto, buscar veredas más fáciles. Sabemos cómo toda mundanidad deja el alma triste y desencantada, y más expuesta a las insidias del enemigo de nuestras almas, que no nos quiere alegres con la alegría del amor, sino tristes y permanentemente insatisfechos.

Cristo, en cambio, nos quiere alegres. El primer paso para la alegría consiste en confiar en Él, en creer en el camino que nos enseña sin escandalizarnos de su Evangelio. El Corazón de Cristo nos recuerda que no debemos huir ante la cruz del desprendimiento de nosotros mismos, que es el precio del amor. No tengamos miedo de amar de verdad a quien tanto nos ha amado.

3. Heraldos de su misericordia

La segunda mirada, con la que contemplamos su Reino, nos recuerda que el Corazón de Cristo se conmovió y se compadeció de la multitud porque estaban cómo ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 36). Nuestra misión consiste en «formar apóstoles, líderes cristianos al servicio de la Iglesia» (CLC 2014, n. 4), y debemos tener siempre presente que sólo quien ha conocido íntimamente la misericordia de Cristo puede ser testigo creíble de esta misericordia entre sus hermanos.

Es necesario que ponderemos nuevamente el significado de nuestra vocación al Regnum Christi, como María, conservando todas estas cosas, meditándolas en el corazón y maravillándonos de los planes de Dios sobre nosotros. A la luz de nuestra historia nos surgen algunas preguntas: ¿qué querrá Cristo de nosotros? ¿Qué nos ha revelado de su designio sobre esta obra suya? ¿No nos estará llamando a una experiencia más profunda de su misericordia?

La contemplación del Corazón de Jesús y de su deseo de reinar en este mundo es una invitación a hacer de nosotros apóstoles y hermanos que testimonien la comunión, que se acompañen en su seguimiento de Cristo, que se amen y apoyen sinceramente. El mundo necesita pastores según el Corazón de Dios (cf. Jer 3, 15), que sean testigos de reconciliación y perdón, que alivien tantas heridas con la certeza de que Él nos ha amado primero. ¿No estará invitándonos hoy el Señor a llevar a plenitud y expresar con fidelidad y entusiasmo contagioso el don que ha puesto en nuestras manos para servir a nuestra madre, la Iglesia?

Por mi parte, ruego al Sagrado Corazón de Jesús que nos conceda a todos sin excepción hacer una nueva experiencia de su misericordia, actualizada cada día en la Eucaristía, y que nos conceda ser religiosos que buscan la santidad, capaces de entregarse con plenitud, respondiendo con amor al Amor. Les pido una oración por mí.

Con un recuerdo en mis oraciones,

Eduardo Robles Gil, LC

El don de la vocación

Con ocasión de la LI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebra el IV Domingo de Pascua, 11 de mayo de 2014, el director general del Regnum Christi y la Legión de Cristo y los directores generales de las ramas consagradas han escrito esta carta para todos los miembros del Movimiento. El mensaje del Papa Francisco para este día se puede leer aquí.

¡Venga tu Reino!

MOVIMIENTO

REGNUM CHRISTI

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7 de mayo de 2014

A los miembros del Regnum Christi

Muy estimados en Jesucristo:

Estamos empezando el mes dedicado a la Santísima Virgen María, todavía con la alegría de la canonización de dos papas, San Juan XXIII y San Juan Pablo II. La vocación de estos dos grandes santos y la celebración el próximo domingo de la LI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, nos mueven a compartir con toda la familia del Regnum Christi unas breves reflexiones que nos ayuden a renovar la conciencia del don de nuestra propia vocación.

Cuando reconocemos el amor que hay detrás de un don, la alegría y la gratitud brotan casi espontáneamente y es difícil contener el deseo de compartir con los demás aquello que se ha recibido.


El don de la vocación: acto de amor de un Dios que ama y llama

Cada vocación supone la existencia de Alguien que llama y alguien que es llamado. Qué importante es no dejar de asombrarnos del hecho de tener un Dios que piensa en cada uno de nosotros y nos llama. El documento final del Congreso Europeo sobre las Vocaciones al Sacerdocio y a la Vida Consagrada ofrece algunas reflexiones sobre este tema que nos pueden ayudar: «la vocación es el pensamiento providente del Creador sobre cada creatura, es su idea-proyecto, como un sueño que está en el corazón de Dios, porque ama vivamente a la creatura» (Nuevas vocaciones para una nueva Europa n. 13). Nuestro ser está íntimamente ligado a un acto de amor que llama a la existencia: existimos porque somos amados y llamados.

Esta verdad es fuente de profunda alegría, da sentido a nuestras vidas y responde al deseo de Dios que, como nos enseña el Catecismo: «está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 27).

Cuando reconocemos, acogemos y vivimos el don de la vocación a la que cada uno ha sido llamado, nos convertimos en testigos de un Dios que sale a nuestro encuentro y entra en diálogo con nosotros, un Dios que «en todo tiempo y en todo lugar, se hace cercano del hombre: le llama y le ayuda a buscarle, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas» (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1).


La riqueza de la diversidad de vocaciones

Como fruto de nuestro camino de renovación, hemos crecido en la conciencia de la riqueza que cada vocación particular comporta. Tanto en la Iglesia, como en nuestra familia espiritual, vemos que «existen diversas vocaciones que […] manifiestan la imagen divina impresa en el hombre […] y responden a las varias exigencias de la nueva evangelización, enriqueciendo la dinámica y la comunión eclesial» (Nuevas Vocaciones para una nueva Europa n. 12).

La promoción vocacional no se limita a una vocación en particular, se debe «dirigir cada vez más a la promoción de todas la vocaciones, porque en la Iglesia de Dios o se crece juntos o no crece ninguno» (Nuevas Vocaciones para una nueva Europa n. 13).

Todas las vocaciones son necesarias para la extensión del Reino de Dios: «son precisos padres y madres abiertos a la vida y al don de la vida; esposos y esposas que testimonien y celebren la belleza del amor humano bendecido por Dios; personas capaces de diálogo y de “caridad cultural” para transmitir el mensaje cristiano mediante los lenguajes de nuestra sociedad; […] sacerdotes de corazón grande, como el del Buen Pastor; […] apóstoles consagrados, capaces de sumergirse en el mundo y en la historia con corazón contemplativo, y místicos tan familiarizados con el misterio de Dios como para saber celebrar la experiencia de lo divino y hacer ver a Dios presente en la vorágine de la acción» (Nuevas Vocaciones para una nueva Europa n. 13).

Las secciones del Regnum Christi, están llamadas a ser comunidades vivas en las que crezcan, se fortalezcan y desarrollen, todas estas vocaciones que componen nuestra Iglesia. En el mensaje del Papa Francisco escrito para la Jornada Mundial de las vocaciones que se celebra el próximo 11 de mayo, domingo del Buen Pastor, nos recuerda que: «la vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno» (Mensaje para la LI Jornada Mundial de Oración por las vocaciones).

 
La pastoral de escucha y el acompañamiento

Es parte de nuestra misión de apóstoles del Reino, ayudar a cada persona con la que nos encontremos a descubrir el plan de Dios y emprender el camino que el Señor le propone. Para ello, es necesario que aprendamos el arte de la escucha y el verdadero acompañamiento. En palabras del Papa Francisco: «Más que nunca necesitamos de hombres y mujeres que, desde su experiencia de acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu […] Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar. Sólo a partir de esta escucha respetuosa y compasiva se pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento, despertar el deseo del ideal cristiano, las ansias de responder plenamente al amor de Dios y el anhelo de desarrollar lo mejor que Dios ha sembrado en la propia vida» (Evangelii Gaudium n. 171).

De la alegría de la propia experiencia de Cristo en la vida consagrada, en la vida religiosa y sacerdotal, y también en el compromiso cristiano en el Movimiento, brota una actitud de querer invitar a otros a hacer la misma experiencia.

Pidamos al Señor, nuestro Buen Pastor, la gracia de estar siempre atentos a su Voz; que renueve en nosotros la certeza de que, hoy como siempre, sigue llamando a seguirle en las diversas vocaciones que Él mismo suscita. Pidamos todos los días al Señor que envíe apóstoles y vocaciones a su Iglesia.

Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, los bendiga en este mes y que nos alcance el don del Espíritu Santo como lo hizo sobre la Iglesia primitiva mientras se preparaba para Pentecostés.

Suyos en Cristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C., Jorge López, Gloria Rodríguez