Carta del Director general sobre la comunión en el Regnum Christi

17 de abril de 2016

A los Directores territoriales del Regnum Christi
A los miembros de los Comités territoriales
A los consejeros territoriales de la Legión de Cristo

Muy estimados en Jesucristo:

Al celebrar el domingo del Buen Pastor, fiesta dedicada a los Directores territoriales, he querido escribirles esta carta para felicitarlos muy cordialmente y asegurarles mis oraciones para que Dios nuestro Señor los siga sosteniendo en su labor. Felicito a quienes hoy ejercen el servicio de la autoridad como Directores territoriales y también a los colaboradores que, trabajando en equipo, forman un cuerpo con ellos.

Desde hace varios meses hemos estado profundizando en el Comité directivo general sobre la comunión en el Regnum Christi y las dificultades que van surgiendo para que ésta se desarrolle y crezca. Quiero hoy compartir con ustedes algunas reflexiones sobre este tema, con el fin de ayudarnos a ahondar en la riqueza de la comunión cristiana tal y como señala el Horizonte programático del sexenio, identificar algunos factores que la dañan y ofrecen oportunidades para construirla, en nuestra búsqueda continua para que el Regnum Christi sea una expresión genuina de comunión evangelizadora y misionera. Es una carta larga, y no he querido omitir el fundamento teológico, dado que ofrece la premisa de la que se desprenden las conclusiones más prácticas.

1. Visión cristiana de comunión

El punto de referencia obligado para tener una visión completa de la comunión cristiana lo encontramos en 1Jn 1, 3-4: «Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos estas cosas para que nuestra alegría sea completa».

En una entrevista concedida a la agencia de noticias Zenit, el Card. Ratzinger comentaba este texto afirmando que «lo que se nos ha dado con la fe, con el ser cristiano, es ante todo la comunión con Dios, con el Dios Trinidad, que en sí mismo es comunión. Ésta es la belleza que nos ofrece la revelación: Dios es comunión y por ello puede dar comunión. El hombre, con la comunión con Dios, entra en comunión con todos los demás hombres que viven en la misma comunión. Aquí se encuentran la línea vertical y la horizontal y se convierten en una única realidad. El Dios Trinitario, que es comunión, crea la comunión humana más amplia y profunda» (RATZINGER, J., «La comunión en la Iglesia no es un hecho sociológico (I)», Zenit, edición española, 20 de febrero de 2004).

Partiendo de estas densas palabras del entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de la primera carta de Juan podemos recordar algunos elementos alrededor de la visión cristiana de la comunión.

El punto de partida de la comunión cristiana es el encuentro personal con Jesucristo, Hijo de Dios. Este encuentro se da en la fe que alimentamos a través del anuncio de la Iglesia y crea comunión con Cristo y, por lo tanto, con el Padre en el Espíritu Santo. La comunión con Cristo une, además, a los hombres entre sí y, como nos dice el evangelio de Juan, está finalizada a la «alegría completa» (cf. Jn 15, 11). La Lumen Gentium nos recuerda que la unión con Cristo se realizará plenamente sólo cuando lo veremos tal como es (cf. Lumen Gentium, n. 48).

«La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen Gentium, n 1). Así, el Pueblo de Dios y Cuerpo místico de Cristo, al que somos incorporados por el Bautismo, continúa la misión de Cristo en la historia y de algún modo lo hace visible: «como el Padre me ha enviado, yo también los envío a ustedes» (Jn 20, 21). La Iglesia en cuanto comunidad y cada cristiano estamos llamados a tener en nosotros los mismos sentimientos de Cristo y realizar el designio divino de «que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos» (Gaudium et Spes, n. 24).

En el Credo profesamos que la Iglesia es una. Esta característica esencial de la Iglesia «se presenta, no obstante, con una gran diversidad que procede a la vez de la variedad de los dones de Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 814) y no está exenta de las amenazas propias de las consecuencias del pecado (cf. idem).

De entre los sacramentos, que son uno de los vínculos visibles de la Iglesia, la Eucaristía tiene un lugar especial. San Pablo expresa esta verdad con claridad: «El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso participación de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es acaso participación del cuerpo de Cristo? Pues si el pan es uno solo y todos compartimos ese único pan, todos formamos un solo cuerpo» (1Co 10, 16-17). De este modo, comprendemos que Cristo presente en la Eucaristía edifica a la Iglesia como su cuerpo y, por medio de la Eucaristía nos une al Dios uno y trino y entre nosotros. La Eucaristía incluye el servicio sacerdotal de la representación de Cristo, la acción de servicio y caridad, y la síntesis de la unidad y la multiplicidad, pues Cristo es uno solo y uno solo es su cuerpo.

En el don de Cristo y de su Espíritu que recibimos en la comunión eucarística, el Señor colma los anhelos de unidad fraterna que hay en el corazón humano y eleva la experiencia de fraternidad a un nivel muy superior a la simple convivencia entre los hombres. Como decía San Juan Pablo II: «A los gérmenes de la disgregación entre los hombres […] tan arraigada en la humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La Eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres» (Ecclesia de Eucharistia, n. 24).

Partiendo de este fundamento teológico, recordamos que el amor de Dios nos une a todos en un solo cuerpo. Nosotros estamos llamados a que esta comunión sea más visible. El amor de Dios nos impulsa a buscar el bien común, a interesarnos por todos y cada uno de nuestros hermanos, a afianzar y promover lo que nos une, a participar como miembro vivos de la Iglesia, y también a eliminar lo que destruye o debilita las relaciones interpersonales (cf. Evangelii Gaudium, n. 67).

2. Amenazas para la comunión y oportunidades para edificarla

En una conferencia organizada por el Comité para el Gran Jubileo del año 2000, Card. Ratzinger advertía que, aunque un concepto sea rico en significado, fácilmente se puede reducir a algunos aspectos, desvirtuando así su riqueza. Comentó también que a pocos años del Sínodo de 1985 fue necesario que la Congregación para la Doctrina de la Fe publicara la carta Communionis notio para clarificar algunas desviaciones que se presentaban en el uso del concepto de la comunión, que en ocasiones se convertían en problemas de carácter práctico, de relaciones interpersonales o de una visión demasiado horizontal, entre otros (RATZINGER, J., «Conferencia sobre la eclesiología de la Lumen Gentium», en el Congreso Internacional sobre la aplicación del Concilio Vaticano II, 27 de febrero de 2000).

El Regnum Christi, como miembro vivo de la Iglesia, también experimenta las limitaciones humanas de quienes formamos parte de él. En la vida de todos los días podemos encontrar en nosotros mismos algunos preconceptos, ideas y actitudes que pueden poner en peligro o dañar la comunión. Quisiera evidenciar algunas situaciones en las que conviene estar especialmente atentos porque pueden ser ciertamente una amenaza para la comunión, pero que podemos aprovechar también como ocasión para que el don de la comunión brille con más fuerza y se arraigue más en nuestro vivir de cada día.

a. Conocernos para poder entrar en comunión

A veces la comunión se debilita porque falta un mayor conocimiento entre nosotros, un interés por descubrir la riqueza que Dios ha regalado al Movimiento y a la Iglesia en cada miembro del Movimiento, en cada consagrada, en cada laico consagrado y en cada legionario. Si esto es verdad a nivel personal, lo es también en el conocimiento y aprecio de los miembros de cada rama por los demás, reconociendo su aportación particular a todo el cuerpo del Regnum Christi.

Este conocimiento no busca solamente cultivar relaciones cordiales entre todos, sino también favorecer la unidad en la multiplicidad de modos en que Dios ha querido que se viva el carisma del Movimiento. Se trata de hacer resonar, como en una sinfonía, la música de Dios en la armonía que proviene de distintos instrumentos que aportan lo que les es propio.

Aquí también existe siempre el peligro de un cierto igualitarismo, según el cual en la comunión sólo podría haber plena igualdad. En la conferencia que he citado arriba, el Card. Ratzinger afirma que esto lleva a la discusión tan humana sobre quién es el más grande (cf. Mc 9, 33-37) y sobre nuestros derechos de precedencia. Hace que, en cierto modo, centremos nuestra atención en nosotros mismos y no en el amor de Jesucristo que experimentamos y que estamos llamados a anunciar y compartir.

Esto no quiere decir que en el gobierno del Movimiento no haya muchos asuntos que se deban discutir. De hecho, desde el 19 de marzo de 2014 contamos con un Marco para la colaboración en la misión, que es fruto de un diálogo sobre el modo de llevar adelante el gobierno del en su totalidad. En estos dos años lo hemos ido aplicando a nivel general, territorial y local y hemos podido comprobar los aciertos y también los límites de lo que entonces decidimos. Esto nos ha dado ocasión para apreciar todo lo bueno que hay y también sobrellevar con paciencia los límites que encontramos en nuestros hermanos.

Para crecer en comunión y para hacer que el don de Dios florezca, parece importante seguir profundizando en nuestra comprensión de la misión común y fomentando una comunicación franca entre nosotros a todos los niveles, que nos permita agradecer y celebrar juntos los aciertos y señalar también las diferencias y conflictos con caridad y verdad. Hay que buscar que no reduzcamos nuestra conversación a elementos organizativos o de gestión, sino que siempre esté presente nuestra relación con Dios y también nuestro servicio al prójimo y nuestra misión.

b. La diferente comprensión y asimilación del proceso de renovación

San Pablo nos recuerda la diversidad de los miembros que forman un solo cuerpo. Subraya la importancia que tiene en el designio divino que haya distintos miembros con diferentes características y funciones (cf. 1Co 12, 12-31). También evidencia que pueden darse tensiones entre los distintos miembros, pero invita a la convicción de que todos son necesarios y de que todos deben cuidarse mutuamente.

En el cuerpo del Movimiento también existe gran diversidad de edades, culturas, experiencias, psicologías y responsabilidades. Todo esto constituye una riqueza para nuestra comunión en Cristo. Sin embargo, parecería que a veces no se acepta que pueda haber una diferente comprensión de la realidad y asimilación del proceso de renovación que hemos recorrido y recorremos todavía. Al mismo tiempo, a veces se hacen generalizaciones sobre la actitud de alguna rama basados en el comportamiento de algunas personas individuales. Todo esto rompe la comunión y debilita la unión que el Señor ha querido regalarnos al invitarnos a esta familia en la Iglesia y debemos hacer un esfuerzo consciente por evitarlo.

Conviene valorar bien las resistencias que algunas personas presentan ante uno u otro aspecto de la renovación que estamos recorriendo de la mano de la Iglesia. Sigue siendo verdad que uno de los rasgos más genuinos del miembro del Movimiento es caminar al paso de la Iglesia, que se traduce especialmente en la obediencia a las indicaciones y mandatos del Santo Padre. Al mismo tiempo, no se nos oculta que algunas personas pueden experimentar una cierta dificultad para obedecer con alegría y prontitud. Quienes ejercen el servicio de la autoridad en la Legión y el Movimiento deben velar para que estas dificultades no sean ocasión de que se desgarre la comunión y buscar más bien ayudar con paciencia y decisión a estos hermanos y hermanas nuestros a superar sus dificultades por la fe, aunque a veces les exija algún desprendimiento doloroso. Sabemos que para el cristiano, los momento de dificultad y sacrificio son ocasión de participación más estrecha en el misterio de Cristo, que nos asocia a su pasión, muerte y resurrección (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 521).

El Papa Francisco recordaba en México a los obispos que es importante hablar sobre los conflictos y las diferencias para buscar juntos la verdad. Al mismo tiempo, invitaba a no dejar que éstos hicieran olvidar que somos hermanos en Cristo que rezamos juntos, nos perdonamos, nos animamos mutuamente. Estas palabras del Papa nos recuerdan que habrá diferentes puntos de vista, incluso desencuentros, pero que la comunión debe prevalecer siempre sobre el conflicto (cf. Evangelii Gaudium, n. 228) y nos invitan ayudarnos como hermanos para caminar desde el lugar en donde nos encontremos para edificar juntos el Regnum Christi y la Iglesia.

c. Las exigencias de unos con otros

Otro elemento que puede dañar la comunión son las exigencias o expectativas excesivas, o al menos no realistas, de unos con otros. La contraparte de esto es una cierta irresponsabilidad respecto a los demás en la conducta personal o grupal.

Así, nos encontramos con personas o comunidades que no aceptan las limitaciones de los demás: en su capacidad organizativa, su predicación, su profundidad espiritual, aspectos de formación humana o intelectual, sensibilidad, etc. A veces podemos mirar estas fragilidades –reales o percibidas– más que todo el bien que este hermano o hermana de hecho realiza y lo que aporta con su vida al Movimiento y a la Iglesia. Y de ahí, fácilmente se puede pasar a comentarios hirientes, ironías, actitudes altaneras o incluso faltas elementales de educación y respeto. Todo esto puede herir profundamente a quien se ve afectado por estos comportamientos que contradicen el espíritu del evangelio.

Una mirada misericordiosa como la de Jesucristo, que no niega el mal que hay en las personas, pero que trata de rescatar todo lo bueno que hay para así vencer el mal con el bien, es quizás el mejor medio para superar esta amenaza a la comunión. Así como el Señor va a buscar a las personas ahí donde se encuentran para acercarlas a su Corazón, igualmente nosotros debemos salir al encuentro de los demás, teniendo bien presentes los límites personales y no solamente los ajenos.

Necesitamos fomentar una mirada respetuosa ante nuestros hermanos, capaz de apreciar los distintos puntos de vista; y también cultivar la confianza mutua de quien sabe que somos miembros de un mismo cuerpo y queremos hacer presente el Reino de Cristo en el mundo en respuesta a nuestra vocación. Esta diversidad presente en la Iglesia y en nuestra familia espiritual nos recuerda que la comunión no es uniformidad, «sino un don del Espíritu que pasa a través de la variedad de los carismas y de los estados de vida. Éstos serán tanto más útiles a la Iglesia y a su misión, cuanto mayor sea el respeto a su identidad. Todo don del Espíritu es concedido con objeto de que fructifique para el señor en el crecimiento de la fraternidad y de la misión» (Vita consecrata, n. 4).

Otro factor que puede poner en riesgo la comunión es no sentirnos responsables en primera persona tanto del don de Dios como de nuestros hermanos. Por ello, para vencer este peligro, debemos «vigilar y orar» y «sobrellevar las cargas unos de otros» (Ga 6, 2). Esto incluye también reconocer y enfrentar a tiempo los problemas y no creer nunca que simplemente el paso de los días los resolverá automáticamente. No podemos permitir que las heridas se guarden en el interior del corazón, pues corremos el peligro de que engendren rencores y divisiones. Es mejor hablar con caridad, verdad y respeto mutuo, aunque pasemos un mal rato, que guardar apariencias que a la larga traerán más dolor y amargura.

El diálogo sincero, la oración común y la constante referencia a Cristo, a la Iglesia y a la misión, nos pueden ayudar no sólo a vencer estas fuerzas disgregadoras, fruto de nuestra naturaleza caída. También se convierten en ocasión para crecer en la verdad y en el amor y hacer más evidente nuestra unión con Cristo y en Cristo, que es el distintivo de los discípulos del Señor (cf. Jn 13, 35). Este diálogo se verá enriquecido si sabemos agradecer siempre a los demás, pedir permiso y también pedir y otorgar el perdón (cf. FRANCISCO, Audiencia general, 13 de mayo de 2015).

Así, bien conscientes de los retos que nos presenta la fragilidad humana para la comunión, si estamos atentos al Espíritu Santo, podremos responder generosamente a la acción de la gracia y, como nos pedía San Pablo, «buscar las cosas de arriba» (cf. Col 3, 2).

3. Una comunión evangelizadora

El cristiano vive en comunión con Jesús y por ello se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la salvación a sus hermanos. La comunión y la misión son como las dos caras de una misma moneda: cuando el discípulo vive la comunión y está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva. El discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor y no hay futuro. (cf. BENEDICTO XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia del CELAM, 13 de mayo de 2007). De este modo, la comunión se abre a la misión y a la evangelización.

La comunión con Jesús, de la que brota la comunión con los hermanos, es necesariamente una realidad fecunda: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15, 5). Dar fruto es signo de estar en comunión con Cristo y exigencia para permanecer en ella, pues el Señor mismo nos dice: «Todo sarmiento que no da fruto [mi Padre] lo corta» (Jn 15, 2).

En un texto muy rico, San Juan Pablo II escribía: «la comunión con los otros es el fruto más hermoso que los sarmientos pueden dar: es don de Cristo y de su Espíritu. Ahora bien, la comunión genera comunión, y esencialmente se configura como comunión misionera. En efecto, Jesús dice a sus discípulos: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado a que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16). La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí, se compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión. Siempre es el único e idéntico Espíritu el que convoca y une la Iglesia y el que la envía a predicar el Evangelio “hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8)». (Christifideles Laici, n. 32)

Como a miembros vivos de la Iglesia, el Espíritu Santo nos invita a los miembros del Regnum Christi a anunciar el Evangelio a todos, en todo lugar, a tiempo y destiempo. Tenemos que tener presente que los hombres y mujeres tienen derecho a conocer y experimentar la riqueza del amor que Dios les ha tenido en Cristo (cf. Evangelii Nuntiandi, n. 53). Y este anuncio será convincente sólo si va acompañado por una vida de búsqueda de la santidad.

Esta predicación será más elocuente si procuramos que nuestro testimonio de comunión fraterna sea atractivo y hermoso de modo que deje traslucir la presencia de Cristo en medio de nosotros. Cuando nos alentamos mutuamente, nos cuidamos, practicamos las obras de misericordia estamos evangelizando y hacemos avanzar la causa del Reino (cf. Ad gentes, n. 12). Quizás la comunión brilla más cuando somos capaces de alegrarnos por los frutos de los demás, cuando somos capaces de hacer nuestros los gozos y los triunfos de nuestro prójimo y también si sabemos estar a su lado y confortarlos en las tristezas, la angustia, el fracaso y la soledad. Es entonces cuando nos convertimos en una comunidad evangelizadora, pues el Espíritu Santo puede valerse de nosotros para atraer a Cristo a quien entra en contacto con nosotros y a quien nosotros le manifestamos a Aquél que nos ha robado el corazón.

Para convertirnos en una verdadera comunidad evangelizadora, para ser apóstoles en comunión, necesitamos recorrer todos los días el camino de la conversión pastoral en la que el Papa Francisco tanto insiste en la Evangelii Gaudium.

Desgraciadamente la palabra «pastoral» se usa con frecuencia como sinónimo de algo poco serio, superficial, no científico. Sin embargo, participar en la misión del Buen Pastor es algo exigente, serio, comprometedor y desafiante: requiere una actitud espiritual honda y motivadora, una formación sólida, un conocimiento de la Palabra que le permita discernir los signos de los tiempos y comunicar el Evangelio a personas concretas, con sus circunstancias, para ayudarles a encontrar en Cristo una respuesta a sus anhelos más profundos y que así Él pueda transformarlos en apóstoles.

Esta conversión pastoral tiene en primer lugar la dimensión de la conversión a Dios, como único fin de nuestras vidas. Es verdad que hemos hecho todos una opción fundamental por Cristo cuando respondimos a nuestra vocación, y a lo largo del camino la vamos renovando. Pero podemos decir con toda honestidad que todavía no hemos llegado a la meta, que todos somos pecadores y que necesitamos volvernos al Señor y pedirle su misericordia.

Ahora bien, esta conversión no es un simple hecho individual, sino que la nueva vida en Cristo sólo se desarrolla plenamente en la comunión fraterna porque «Dios en Cristo no redime solamente a la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 52). En Cristo nos permite vivir la comunión que se alcanza y madura en la medida en que se entrega la propia vida para dar vida a los demás. El Señor ha querido regalar al Regnum Christi una rica diversidad de vocaciones particulares que expresan de manera distinta la igual dignidad de todos sus miembros, cada una con una identidad y compromiso específico para realizar la comunión. La conversión pastoral nos invita a hacer realidad lo que decía San Pedro: «Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios» (1Pe 4, 10).

Hace dos años, después de concluir el Capítulo general y las Asambleas generales, hemos constituido los Comités directivos general y territoriales del Regnum Christi, en los que participan legionarios, laicos consagrados, consagradas y seglares no consagrados del Movimiento, y nos hemos dado un Marco para la colaboración. Se trata de estructuras provisionales para favorecer la comunión en el cuerpo del Movimiento con su cariz decididamente evangelizador. Hemos aprendido mucho sobre la marcha, reconociendo aciertos y errores. Hemos podido gozar de la paciencia y comprensión ante los titubeos y las incertidumbres y a la vez hemos buscado poner lo mejor de cada uno para servir a nuestros hermanos. Los miembros del Comité directivo general nos hemos enriquecido mucho en las visitas y el intercambio con los territorios, que nos han ayudado a redimensionar algunos aspectos.

El documento Orientaciones y normas para el funcionamiento de los Comités directivos territoriales del Regnum Christi prevé qué temas deben tratarse en los comités, cuándo se trata de oír un parecer consultivo y cuándo se necesita el consentimiento del mismo. Algunos miembros de los Comités se lamentan de que se deben tratar demasiados temas, mientras que otros se lamentan de lo contrario, de que el Director territorial no consulta lo suficiente al Comité. Estamos en una fase transitoria y de aprendizaje, que nos dará una visión más amplia en la elaboración del Estatuto general del Regnum Christi. Invito a todos a seguir lo que dice este documento y a proponer enmiendas o adaptaciones a nivel territorial si ven que algo no está funcionando. No es fácil en la práctica encontrar la manera de unir la custodia del carisma que nos une, la comunión, el impulso de la misión, la autonomía de las ramas y la gobernabilidad del Movimiento. Es un tiempo bueno para la paciencia y la misericordia, para escuchar al Espíritu Santo con iniciativa y creatividad.

Los Comités y el Marco son estructuras que también tienen que pasar por la conversión pastoral para revisar si facilitan o no la comunión y la presencia evangelizadora que el Movimiento hoy está llamado a ofrecer a la Iglesia y a la sociedad. Debemos seguir identificando aquello que hace que fluya la presencia del Espíritu Santo hacia el cuerpo del Movimiento y también corregir con realismo aquello que obstaculiza la acción misionera en salida que hoy necesitamos. Las estructuras están vivas si ayudan a que nuestra comunión se haga evangelizadora, si nos ayudan a ser una comunidad de apóstoles. Y se hacen caducas cuando nos roban la ilusión y la energía para tener delante de los ojos y en el corazón la misión para la que el Espíritu Santo ha suscitado el Regnum Christi y la Legión, y más bien nos empujan a centrarnos más en nosotros mismos.

Quienes tienen alguna responsabilidad en el Movimiento, desde el Director general hasta un responsable de equipo, y de modo especial los Comités directivos territoriales, tenemos la responsabilidad de fomentar la comunión evangelizadora siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas que tenían todo en común, se reunían para escuchar las enseñanzas de los apóstoles y para la fracción del pan y se distinguían por su caridad y su alegría de poder padecer algo por el nombre de Jesús (cf. Hch 9, 16). A veces nos corresponde estar adelante para indicar el camino; otras veces, nos toca simplemente estar con los hermanos con cercanía fraterna y caridad auténtica; y otras caminar detrás, ayudando a quienes van más lentos y, sobre todo, alentando la iniciativa de todos los miembros porque el Espíritu Santo con frecuencia les inspirará nuevos caminos para responder a las necesidades de la Iglesia.

Invito a todos a reflexionar y discernir juntos, en la presencia del Señor resucitado, pidiendo luz para ver cómo se puede fomentar la auténtica comunión cristiana en los equipos del Regnum Christi y del ECYD, en las secciones, obras, centros educativos, en las comunidades de legionarios y hombres y mujeres consagrados, en las localidades y también en su territorio y entre los territorios. Necesitamos pedirle al Señor y encontrar caminos para que el Movimiento y la Legión se conviertan en escuelas de comunión. No tengamos miedo a hacer cosas de una manera diferente a como las veníamos haciendo si vemos que el Espíritu Santo así lo quiere, sabiendo que a la autoridad eclesial le corresponde también discernir la autenticidad de los carismas (cf. Christifideles Laici, n. 24). Cuando el Señor nos pide algo es siempre porque quiere darnos aún más.

Promovamos entre todos los miembros y entre las distintas vocaciones que conforman nuestro Movimiento una cultura de comunicación que favorezca la comunión y la corresponsabilidad por el Movimiento. Si realmente buscamos conocer a nuestros interlocutores y valorar lo que son y hacen, es probable que el diálogo sea más fecundo y engendre vida, y que de ahí la gracia pueda prender la chispa de la evangelización. Que logremos con nuestra comunión ser camino para que los bautizados se conviertan en apóstoles del Reino.

Concluyo estas reflexiones con otra cita de la Christifideles Laici, que se puede aplicar, por analogía, al Regnum Christi:

«Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe; más precisamente, como comunidad de una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los sacramentos, vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana. En efecto, la “buena nueva” tiende a suscitar en el corazón y en la vida del hombre la conversión y la adhesión personal a Jesucristo Salvador y Señor; dispone al Bautismo y a la Eucaristía y se consolida en el propósito y en la realización de la nueva vida según el Espíritu.

En verdad, el imperativo de Jesús: “Id y predicad el Evangelio” mantiene siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que no puede decaer. Sin embargo, la actual situación, no sólo del mundo, sino también de tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la palabra de Cristo reciba una obediencia más rápida y generosa. Cada discípulo es llamado en primera persona; ningún discípulo puede escamotear su propia respuesta: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Co 9, 16)» (Christifideles Laici, n. 33).

Les pido que nos compartan las iniciativas que tengan para profundizar en el contenido de esta carta y que lo transmitan, de manera que los legionarios, laicos consagrados, consagradas y miembros seglares podamos responder cada día mejor al don de la comunión evangelizadora a la que hemos sido llamados. Confío infinitamente en la Providencia de Dios que nos guía a la verdad, así como en la inteligencia y buena voluntad de todos ustedes, para conseguir lo mejor para el Regnum Christi.

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos nosotros y nos ayude a manifestar su misterio de amor al mundo para que el mundo crea.

Su hermano en Cristo y el Movimiento,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.