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A los legionarios de Cristo en la Fiesta de la conversión de San Pablo

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¡Venga tu Reino!·

25 de enero de 2016

Fiesta de la conversión de San Pablo

 

 

A los legionarios de Cristo

 

Muy estimados en Jesucristo:

 

Les escribo con un saludo y mis oraciones desde Roma, lugar del martirio de san Pablo, nuestro santo patrono. Como bien sabemos, él tuvo un encuentro personal extraordinario con Jesucristo en el camino hacia Damasco (cf. Hch 9). Dios –a quien Saulo buscaba con sinceridad por sus propios caminos– vino de improviso a su encuentro. Y la conversión de este hombre fue definitiva. Después, durante toda su vida, siguió profundizando en el misterio de Cristo, su Señor, de una forma admirable. Así se convirtió en un modelo de cómo ser apóstol en todos los momentos y circunstancias de su vida.

En la última parte de su vida, con la tranquilidad de quien se ha entregado totalmente a Dios, pudo recomendar a Timoteo, y a nosotros: «Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio. Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su manifestación» (2Tm, 4, 5-8).

Pensando en la vida y testimonio de san Pablo, escribo esta carta como continuación de la carta sobre la vida espiritual, fechada el 15 de septiembre pasado. Ahí les anunciaba ésta sobre la unidad que en nuestra vida debe existir entre la oración y la acción, es decir, entre la contemplación de Dios y nuestra entrega a la evangelización para promover el encuentro de las personas con Dios y su amor misericordioso. San Pablo –meditando, enseñando y predicando– pudo penetrar el misterio de Cristo como nadie en su tiempo. Además, experimentó vivamente la presencia de Dios en su vida, y con base en esta experiencia escribió sobre las inmensas posibilidades que existen en la relación de Dios con nosotros por la fe y la vida divina. La suya es una teología muy profunda que seguimos desentrañando. Vivió su ministerio apostólico con pasión, respondiendo al llamado de Dios y confiando en Él. Fue misionero y evangelizador, acompañó las comunidades cristianas que había fundado con dedicación y un gran espíritu de servicio.

Pido a Dios que nos dé a los legionarios la gracia de ser sacerdotes identificados con Él en nuestro corazón y en nuestra vida, y apóstoles según su corazón, dedicados totalmente a Él y a la misión que nos encomienda, con un corazón misericordioso y desinteresado.

Deseo ofrecerles algunos consejos que pueden ayudar a ver la íntima relación que la contemplación tiene con la vida diaria y el apostolado para el religioso y el sacerdote y sobre cómo la vida apostólica necesita de la oración para encontrar su alimento y su sentido más profundo. La acción apostólica y la oración confiada se complementan y se necesitan mutuamente. La verdadera oración lleva a la misión y la acción apostólica lleva a comunicarnos con Dios para saber más de Él, para consolarnos y para pedirle la ayuda que necesitamos en nuestro ministerio.

  1. Vivir en clave de diálogo amoroso con Dios y de transformación en Él

Desde el inicio de nuestra vida religiosa, al cruzar el umbral del noviciado, nos encontramos con el lema: Christus vita vestra, que está tomado de San Pablo: «Mi vida es Cristo» (cf. Gal 2, 20; Flp 1, 21; Col 3, 4), y está presente también en el Evangelio con otras formulaciones: «todo el que vive en mí y yo en él» (Jn 11, 26), «permaneced en mí y yo en vosotros» (Jn 15, 4). Esto lo supo bien la Virgen María, que es un ejemplo a imitar, ya que desde la anunciación entendió que su vida estaba comprometida con Dios, y que su vida sería un diálogo y una presencia continua de Dios. Todo lo meditaba en su corazón y de la oración pasaba a la vida: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Por esto recomienda a los discípulos algo muy simple como clave de su vida: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5).

Para mantener la unidad de vida entre oración y acción, entre contemplación y entrega apostólica, es necesario ver nuestra relación con Dios como un diálogo continuo, una vocación en la que nuestra respuesta sólo puede ser la de la oración dominical: «Hágase tu voluntad».

En la oración personal, la iluminación de la inteligencia nos llevará, por acción del Espíritu Santo, a conocer su voluntad. La inteligencia del corazón nos llevará a querer de verdad lo que Dios quiere. La inteligencia de la vida accionará la conciencia religiosa y nos llevará a hacer «lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (Rm 12, 2). Somos personas consagradas a Dios. Nuestra vida no se debate tanto entre el bien y el mal, sino en el camino de identificación con Cristo, que por amor buscaba hacer siempre «lo que agradaba a su Padre» (Jn 8, 29).

En la liturgia de Navidad aparece una oración que es bellísima y de gran contenido teológico y espiritual. Pedimos a Dios: «Concédenos compartir la divinidad de aquél que hoy se ha dignado compartir nuestra humanidad» (Oración colecta de la misa del día de Navidad). La imagen y semejanza de Dios, don recibido con la existencia, se enriquece con la gracia de la filiación divina. La gracia de tener la vida teologal, verdaderamente divina, es una posibilidad para todos los cristianos, pero para nosotros –por nuestra condición consagrada y sacerdotal– se vuelve un imperativo. Así, la dimensión teológica de la vida, las virtudes teologales son y deben ser virtudes operativas, son para la acción. Para tener una vida religiosa fervorosa, son necesarias una fe viva y operante, una esperanza gozosa y una caridad ardiente.

El diálogo con Dios empieza con una gracia, con una luz que nos lleva a preguntarnos: «¿Señor qué quieres que yo haga?» (Hch 22, 10), sigue con la oración dialogada que nos hace percibir su voluntad, y termina con un fiat a la misión. Así, la oración nos envía a la acción y llena la acción apostólica de contenido evangelizador. Y esto vuelve a empezar todos los días con Dios, que está a la puerta y llama (cf. Ap 3, 20).

  1. Vivir la vida religiosa como un culto amoroso a Dios

En el diálogo con Dios, nuestra vida se vuelve una ofrenda. Jesucristo fue al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. Ofrecemos nuestra vida a Dios por los demás y también como ofrenda, que esperamos sea agradable. Nuestro altar es la vida religiosa donde vamos poniendo todo lo grande y lo pequeño, lo difícil y lo que nos gusta, nuestro apostolado y nuestros proyectos. Son para Dios, sólo para Él. Somos suyos para cooperar en el establecimiento del Reino de Cristo. Los votos son para el amor, para evitar los obstáculos que nos impiden amar con libertad. Esto sólo será real, si deseamos identificarnos con Jesucristo, casto, pobre y obediente. Es una respuesta, es una elección, es un deseo, es un proyecto de vida. Quiero imitar a Cristo y por ello deseo ser casto, pobre y obediente. ¡Qué triste sería si los viviera como una imposición o como algo que soportamos con resignación! No, nuestra consagración nace del amor a Cristo, de un deseo profundo, y por lo tanto es también una súplica: «ayúdame a tener un corazón semejante al tuyo». «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre, que está sobre todo nombre» (Flp 2, 5-10).

La castidad nos permite ver a Dios en todas las personas. A través de este voto queremos amar a todos como Dios los ama: desinteresadamente. Los sacrificios diarios, la huida de las tentaciones y de las ocasiones de pecado, el desapego de los afectos que nos dañan, constituyen un verdadero culto a Dios, una ofrenda que se entrega en el altar de nuestra vida consagrada.

La pobreza nos desapega de los bienes materiales, nos hace generosos. Nos hace ver las necesidades de los demás antes que las nuestras. Nos hace percibir la bondad de las cosas espirituales sin ofuscarnos con las terrenas. Nos permite ser espirituales. «Si hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba» (cf. Col 3, 1). El desapego y buen uso de las creaturas –incluido el tiempo– nos hacen pregustar el cielo que Dios nos tiene prometido.

Yo creo que la obediencia es el núcleo de la consagración a Dios: «No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt 7, 21). En la medida en que avanzamos en la vida sacerdotal y religiosa nos damos cuenta con más claridad que la entrega de nuestra libertad es lo que más cuesta. Entregamos nuestra voluntad: «No se haga lo que yo quiero sino lo que quieres tú» (Lc 22, 44), y de alguna forma también nuestro modo humano y personal de ver las cosas: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!» (Mt 16, 23). La cultura imperante, individualista y narcisista, centrada en el yo, hace que sea difícil encontrar el camino que lleva a la vida. «Mis caminos no son sus caminos» (Is 55, 8). «Por eso me irrité contra esa generación y dije: Andan siempre errados en su corazón; no conocieron mis caminos. Por eso juré en mi cólera: ¡No entrarán en mi descanso!» (Hb 3, 10-11).

El no desear puestos nos hace estar en el mundo como el que sirve, como soldados rasos: totalmente disponibles para Dios en el cumplimiento de la misión encomendada. María, la esclava del Señor, nos ofrece la pauta para dar la vida realmente, cada día, en el puesto y lugar que Dios con su providencia nos muestra, y también servir como buenos samaritanos a quien Dios pone providencialmente en nuestro camino.

La vida religiosa tiene mucho de ir por todo el mundo predicando, pero también tiene mucho de vida oculta, de silencio y sobriedad. Todo es parte de la imitación de Cristo, para gloria de Dios y salvación de las almas. El apostolado y la predicación no están contrapuestos ni con la oración, ni con la vida fraterna en comunidad. Pero se necesita de la meditación continua en el corazón para darnos cuenta de que todo en nuestra vida, es entrega de nosotros mismos y culto a Dios. ¿Cuántas cosas podemos poner conscientemente en la patena en el ofertorio de nuestra Misa diaria, cuántas lágrimas y gotas de sudor se pueden poner en el cáliz para participar un poco más en el sacrificio de Cristo?

  1. Vivir con sentido de identidad religiosa y sacerdotal

En el Evangelio, los judíos preguntan al Bautista sobre su identidad (cf. Mt 11, 3; Jn 1, 22). También le preguntan a Jesús: «¿Quién eres? ¿Qué dices de ti mismo?» (Jn 8, 25). Sacerdote legionario, ¿qué dices de ti mismo? Cuando predicas, cuando aconsejas, cuando te ven por la calle, ¿dices con tu comportamiento, con tu palabra, con tu bondad, con tus actitudes lo que quisieras decir de ti mismo? Jesucristo, pasó haciendo el bien, hablando como nadie había hablado antes (cf. Jn 7, 46), amando a todos incluso a los enemigos y a los pecadores, dando la vida por todos (cf. Jn 10, 17). San Pablo lo entendió bien: «Me amó y se entregó por mí» (Gal 2, 20).

El genuino liderazgo espiritual y apostólico es fruto de una identidad sacerdotal y legionaria plena y se expresa en la entrega generosa y apasionada por las almas que nos han sido confiadas, en el entusiasmo con que vivimos nuestro apostolado, y en el convencimiento de nuestra vocación y misión.

Esto contrasta con nuestra fragilidad e incoherencias. Por esto la reflexión y el examen profundo y sincero sobre nosotros mismos y nuestra transformación en Cristo se vuelven oración de petición, de perdón y de súplica: «Señor ten piedad, aléjate de mí que soy un pecador, aumenta mi fe. Dame un corazón sacerdotal como el tuyo. Ayúdame a librarme de mis debilidades». También aquí la Virgen se vuelve una aliada que nos ayuda. A ella le podemos pedir su intercesión con confianza.

La carta a los hebreos nos señala nuestra vocación de intercesores: «Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados» (Hb 5, 1). Es aquí donde pensamos en las almas que nos han sido confiadas, en sus necesidades, en las oraciones que nos han pedido. ¿Cuánto necesitan nuestras almas a Dios? ¿Cuánto confían en nuestra oración? Son conscientes, seguramente sin pensar en la carta a los hebreos citada, que existimos para rezar por ellos. La acción apostólica que nos lleva a la oración, también nos debe llevar al sacrificio vicario. Nos entregamos por nuestras almas, nos sacrificamos por ellas. Nuestro esfuerzo por imitar a Jesucristo en la vivencia de las mismas virtudes que necesitan las personas a quienes servimos, nos lleva a ganar gracias para ellos en sus luchas concretas. Pienso en virtudes como la caridad, la castidad, la vigilancia, la oración, el desprendimiento de las creaturas… Lo necesitamos nosotros y lo necesitan ellos. Nosotros los acompañamos en sus luchas con nuestro consejo y también con las gracias que ganamos con nuestras luchas personales y nuestra oración.

Un lugar especial en nuestros corazones lo ocupa la familia. Ellos son padres y hermanos de un sacerdote. Aunque a veces se cumple el dicho evangélico de que nadie es profeta en su propia tierra, también es verdad que dependen mucho de nuestro testimonio. A través de nosotros, Dios se hace presente en sus vidas. Puede ser directamente por la predicación, el consejo, el testimonio, puede ser también por la oración y la intercesión. Y cuando se puede, celebrando los sacramentos para ellos. También existe el testimonio indirecto cuando nos ven entusiasmados, dedicados a nuestra misión y llenos de Dios. Todo esto es cierto también en el caso de nuestros amigos y de las personas con las que trabajamos. Su relación con Dios en parte depende de nuestro sacerdocio y de nuestra identificación con Cristo.

Nuestra identidad sacerdotal y legionaria nos debe acompañar en todos los momentos de nuestra vida. Siempre somos consagrados a Dios, le pertenecemos, le hemos ofrecido lo que somos y tenemos. Toda nuestra vida es de Dios. Todo nuestro tiempo es de Dios. Todas nuestras fuerzas son de Dios. Nuestro descanso y nuestra forma de descansar deben ser los propios de un religioso y de un sacerdote. Nuestra forma de hacer apostolado, debe ser sacerdotal y legionaria, así como el uso del tiempo, la urgencia de la misión y el dinamismo apostólico que nos deben caracterizar. La generosidad no es automática, se debe pedir, se debe buscar, se debe desear.

La liturgia de las horas nos ofrece una oportunidad especial para orar con la Iglesia y por la Iglesia, y también de unir nuestra oración con nuestra misión. En el rezo de las laudes y las vísperas tenemos una ocasión propicia para nuestras intenciones especiales, para interceder a Dios por las necesidades de las personas que nos han sido confiadas y sus peticiones, y por las gracias que necesitamos en la misión encomendada.

  1. La vida fraterna es parte de la vida religiosa y de la misión

Santa Teresa encontraba a Dios entre los pucheros. Tenemos que aprender a encontrar a Dios en la vida fraterna en comunidad, en la convivencia, en el descanso. Encontrar a Dios en cada uno de los legionarios con los que convivo, especialmente en los de la propia comunidad y de manera particular si ejerzo el servicio de ser superior. Recuerdo muy bien un consejo de un confesor al inicio de mi vida sacerdotal. Mi primer destino como sacerdote fue ser superior en el centro de Cerro del Coto, entonces un centro de formación y apostolado de los consagrados en el que también vivían legionarios. Creo que todos, superiores y súbditos, nos hemos confesado de impaciencia. El confesor me dijo: «Piense que todos los que están en su casa, bajo su cuidado, han sido escogidos especialmente por Dios y Él no se ha equivocado. De alguna manera se los ha encargado a usted para que los ame como Él mismo los ama». Fue un consejo «duro, a la cabeza y al corazón». También he sido enviado a los miembros de mi comunidad y de mi localidad. Soy en parte responsable de su santidad y perseverancia.

En comunidad hago apostolado con mi oración, con mi servicio y sobre todo con el testimonio de una vida santa. Ejerzo mi ministerio con un amor paciente y misericordioso. Ayudo a cada uno dialogando y escuchando, siendo simplemente un hermano y un amigo (cf. CCG 2014, n. 55). También ayudo a mis hermanos con lo que necesitan en su ministerio. La misión de establecer el Reino en una localidad es una misión común.

Edifico el Reino cuando Dios está presente en la comunidad por el amor mutuo que nos hace distinguirnos como discípulos suyos: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 34-35).

Es verdad que vivimos con un ritmo apostólico intenso, es verdad que tenemos muchos compromisos y que hay complicaciones objetivas para vivir la vida fraterna en comunidad como a veces quisiéramos e imaginamos. Pero es también verdad que la vida comunitaria es el primer ámbito donde vivimos nuestra vocación sacerdotal y religiosa. Es el primer lugar donde edifico la Legión, donde hago Iglesia. No me preocupan las dificultades objetivas que existen, me preocupan las dificultades subjetivas, cuando hay individualismo, cuando falta la disposición de servir, cuando no nos preocupamos de ser testigos de Cristo en nuestra propia casa.

Estamos en un camino nuevo donde los proyectos comunitarios, las adaptaciones a los tiempos y lugares nos abren posibilidades (cf. CCG 2014, n. 74-76). Pero debemos querer encontrar a Dios en la comunidad, en mis hermanos, y en cooperar con medios y actitudes para que se construya una comunidad fraterna.

Encontramos a Dios al rezar juntos. Lo hacemos presente al perdonarnos. Dios se vuelve el centro de la comunidad cuando oramos y cuando perdonamos. «“Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Pedro se acercó entonces y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?” Dícele Jesús: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”» (Mt 18, 19-22).

La alegría de una comunidad es la garantía de la posesión de Dios. Una comunidad alrededor de Cristo Eucaristía revive el misterio de Cristo que se retira a un lugar apartado, celebra el misterio de la entrega total por la salvación de las almas, enseña a sus discípulos y los vuelve a enviar al mundo como el que sirve.

  1. Vivir la vida en clave de misión según nuestro carisma

Nuestro apostolado empieza en casa, pero se desarrolla principalmente en la misión encomendada. «Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos, por todos» (Jn 15, 13). Esto se traduce en: amar más a Dios, y amar a todos como Dios los ama, con un corazón puro, con un corazón desinteresado.

Estamos invitados a ver la vida en clave de misión: sabernos evangelizadores, concebirnos como pescadores de hombres, comprometernos como testigos de la presencia y del amor de Dios entre los hombres.

Estamos llamados a ser proactivos: la misión también es un proyecto donde ponemos todos los dones de la naturaleza y de la gracia (cf. CLC, n. 34) para hacer que Jesucristo sea conocido y amado. Y así esté presente en el corazón de las personas. Sabernos instrumentos, pero instrumentos inteligentes, generosos, libres. Instrumentos para que Dios venga a los corazones de las personas, especialmente los que con su vida y apostolado puedan influir en otros (cf. CLC, n. 4). El que se sabe instrumento piensa inmediatamente en el artista que usa el instrumento. El apóstol piensa en Dios que lo envía y acompaña. El Reino de Cristo es como una cadena humana –que empieza en Dios– que va teniendo nuevos eslabones y que se hace más bella, más grande, más eficaz cuando más se transmite la gracia. Los viajes de San Pablo son elocuentes. Fundaba comunidades y dejaba en ellas a personas que se encargaran de continuar lo que él había empezado. La Iglesia primitiva se desarrolló por este camino de la formación y lanzamiento apostólico de personas que se enamoraban de Cristo y estaban dispuestos a dar la vida por Él.

Es lo que dice el número 4 de las Constituciones:

«En su misión de formar apóstoles, líderes cristianos al servicio de la Iglesia, los legionarios hacen presente el misterio de Cristo que reúne en torno a sí a los Apóstoles, les revela el amor de su corazón, los forma y los envía para colaborar con Él en la instauración de su Reino (cf. Mc 3, 13-14; Mt 10, 5-10; Mt 28, 18-20)7. Por ello:

1.º promuevan la plenitud de la vocación bautismal, buscando el crecimiento espiritual, la formación integral y la proyección apostólica de hombres y mujeres, entre ellos miembros del Regnum Christi, que estén llamados a desarrollar y ejercer su liderazgo al servicio de Jesucristo, quien transforma la vida personal, familiar, profesional y social de todos los hombres;

2.º junto con ellos establezcan las instituciones y emprendan las acciones que más contribuyan, en profundidad y en extensión, a construir el Reino de Cristo en la sociedad, y a salir así al paso de necesidades de la Iglesia universal y particular, en comunión con sus Pastores y según el carisma propio;

3.º ejerzan su ministerio pastoral principalmente en los campos del anuncio de la fe, la educación, la evangelización de la familia, de la cultura y de los medios de comunicación social, la animación de grupos juveniles, la formación del clero y la promoción de la justicia, la caridad y la solidaridad con los más necesitados; así como en la atención espiritual y formación de los miembros del Regnum Christi».

Este número tiene un gran contenido vocacional. El ejercicio de la dirección de las almas –sea en la confesión, sea en la dirección espiritual, sea en la predicación y en la enseñanza– nos lleva a buscar depositar la buena semilla en los corazones, nos lleva a preparar la tierra para que reciba la palabra y nos lleva a acompañar a las personas en la entrega que Dios les pide. El discernimiento necesario en la dirección y acompañamiento de ellas nos debe llevar a la oración, a pedir prudencia al Espíritu Santo para poder ser guías luminosos de las personas que Dios nos confía.

  1. Vivir la vida en clave de Providencia y como verdadera historia sagrada

«Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”» (Mt 28 18-20).

«Y les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”. Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16, 15-20).

«Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. Mirad, y voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto”. Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios» (Lc 24, 45-53).

«Jesús le respondió: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme”. […] Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran» (Jn 21, 22.24-25).

Aunque parezca repetitivo y redundante, he citado el final de cada uno de los evangelios porque son indicaciones que tienen algún matiz particular y se complementan. San Lucas en los Hechos de los Apóstoles describe cómo los apóstoles cumplieron su misión –que habían aprendido de su Maestro– y cómo lo imitaron en su entrega al Padre hasta dar la vida.

Soy instrumento en manos de Dios, soy un eslabón débil, un puente frágil, un sacerdote indigno, pero necesario en la evangelización por designio de Dios. Dios en su Providencia cuenta conmigo, me hace parte de la historia de la salvación desde el mandato universal a la evangelización citado arriba, hasta en las disposiciones más concretas del ministerio a quienes perdonen…, haced esto en memoria mía…, dadles vosotros de comer…, apacienta a mis ovejas…, seréis pescadores de hombres…

Jesucristo conoce nuestra fragilidad y por esto promete que se queda con nosotros, que nos da su poder, que nos acompaña en nuestro ministerio. Él es quien salva, somos simples instrumentos. Tenemos que buscar su presencia y su gracia. La frecuencia en el sacramento de la reconciliación, y la vida eucarística nos capacitan enormemente para la misión: «sin mí nada podéis hacer» (Jn 15, 5). Es un misterio inmenso que Dios se identifique con nosotros: «el que a vosotros recibe a mí me recibe, el que a vosotros escucha a mí me escucha» (Mt 10, 40), «así como el Padre me envía así los envío yo» (Jn 20, 21).

Nuestra vocación y misión hacen a Dios y su Providencia presentes en el mundo. Se realiza la Redención a través de las mediaciones humanas. Meditar en el sacerdocio, en que llevamos un tesoro en vasos de barro, se vuelve una necesidad.

  1. Vivir lo que pueda haber de sufrimiento en nuestra vida en clave de cruz

El sufrimiento y el dolor están presentes en nuestras vidas, en la de nuestras familias y en la de nuestras almas. La fragilidad está presente. El pecado también está presente. La contemplación de Jesucristo crucificado nos ayuda a entender nuestro ministerio y también a interpretar la realidad en que vivimos. Ver nuestra vida desde el momento culminante de la vida de Jesucristo nos permite asociarnos a Él en el misterio de la redención de forma consciente.

El sufrimiento en cualquiera de sus formas es algo presente todos los días en la vida de la inmensa mayoría de las personas. A los cristianos, y sobre todo a los religiosos y sacerdotes, nos ha sido dada la gracia de vivir la unión con Cristo crucificado de manera consciente y vicaria. Dijo el Papa Francisco el 6 de marzo de 2014 «No podemos pensar en la vida cristiana fuera de este camino. Existe siempre este camino que Él hizo primero: el camino de la humildad, también el camino de la humillación a sí mismo, para luego resurgir. Éste es el camino. El estilo cristiano, sin cruz no es cristiano, y si la cruz es una cruz sin Jesús, no es cristiana. El estilo cristiano toma la cruz con Jesús y va adelante. No sin cruz, no sin Jesús».

Vivir conscientemente, espiritualmente, lo que hay de sufrimiento en nuestra vida es un gran motivo de esperanza, porque el sufrimiento –del tipo que sea– tiene un sentido, se puede meter dentro del gran río de la gracia por el cual la Providencia nos va preparando a la vida eterna. San Pablo lo entendió a la perfección: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24). «Así la muerte actúa en nosotros, más en vosotros la vida» (2Cor 4,12).

No me puedo detener a analizar todos los tipos de sufrimiento que podemos tener en nuestra vida sacerdotal y religiosa, pero tenemos la inmensa gracia de poder vivirlos junto con Jesucristo, unidos a Él, ofreciéndolos, y también dando y recibiendo consuelo del mismo Jesucristo, de la Virgen al pie de la Cruz y de los que sufren con nosotros. Por otra parte, la misión de ser “cirineo” para el sacerdote no se acaba nunca. La meditación en la Pasión y muerte de Jesucristo y el rezo meditado del Via Crucis nos debe ayudar a vivir con Cristo nuestras cruces y ayudar a otros a sobrenaturalizar las suyas para vivirlas con y por Cristo.

  1. Vivir con esperanza porque creemos en la resurrección

El misterio pascual es muerte y resurrección. El misterio de Cristo no termina en la muerte, ni siquiera termina en la resurrección. Sigue. Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. El Espíritu Santo que nos ha sido dado actúa sobre nuestra mente, nuestro corazón y nuestra conciencia para que podamos ser discípulos y misioneros.

La alegría, el optimismo, el entusiasmo que nos debe caracterizar está sólidamente fundado. «Sé en quién he creído» (Tim 1, 12). Tenemos que estar dispuestos como pide San Pedro para dar a todos testimonio de nuestra esperanza: «Dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto. Mantened una buena conciencia, para que aquello mismo que os echen en cara, sirva de confusión a quienes critiquen vuestra buena conducta en Cristo» (1Ped 3, 15).

Las promesas de Jesucristo que nos garantizan su presencia entre nosotros son innumerables. El triunfo de Cristo ya es real, nuestro triunfo está garantizado porque la gracia es más poderosa que el pecado. El amor misericordioso de Dios está siempre presente.

El sacerdote es un apóstol de la redención, un misionero de la misericordia, un testigo de la resurrección, un portador de esperanza. No son pocos los momentos en que Jesucristo nos reclama nuestra poca fe en el poder de su presencia. Se sorprende de la poca fe de Pedro porque la debía tener: «hombre de poca fe por qué dudas» (Mt 14, 31), y se admira de la mucha fe del centurión: «no he encontrado en Israel una fe tan grande» (Mt 8, 10).

La resurrección de Cristo y la promesa de la nuestra, además de la certeza del amor de Dios en nuestra vida, nos deben convertir en sacerdotes felices, apóstoles celosos, testigos de la alegría de tener a Cristo en el corazón. La alegría contagiosa es un gran servicio comunitario y vocacional. Creo que se debe afirmar que los sacerdotes tenemos la obligación de ser personas felices. Es una gracia que se debe pedir, pero también cultivar por la presencia de Dios en nuestra vida y la inmensa satisfacción de estar cumpliendo la voluntad del Señor.

Termino la carta poniendo nuestra vida y nuestro apostolado en manos de María, Madre de los apóstoles, Madre de los sacerdotes, Madre nuestra. Ella acompañó a los apóstoles en su ministerio con su compañía y con su intercesión. Ella cooperó de manera incomparable en la Iglesia naciente y estamos seguros de que su presencia intercesora y providente, sigue influyendo de manera decisiva en la historia de la salvación y en nuestra propia vida y apostolado. A ella podemos encomendar con confianza nuestra perseverancia al despedirnos en la noche y confiarle nuestra misión en el Regnum Christi cada mañana.

Los encomiendo en mis oraciones y les pido las suyas,

Eduardo Robles-Gil, LC

Prot. DG-LC 3812-2015: Manual de gobierno territorial

14 de diciembre de 2015

A los Directores territoriales

 

Muy estimados en Jesucristo:

Les envío un cordial saludo, ya a pocos días de la Navidad.

Les hago llegar el Manual del gobierno territorial de la congregación de los legionarios de Cristo que, con el consentimiento del Consejo general, me ha parecido conveniente aprobar.

En la presentación del documento encontrarán su finalidad y su naturaleza. Espero que sea una herramienta útil para ofrecer un mejor servicio en el gobierno del territorio.

Agradezco mucho a todos los que han participado en la elaboración del Manual, especialmente a nuestro Secretario general, P. Jaime Rodríguez y a los Secretarios territoriales.

Asegurándoles un recuerdo en mis oraciones me despido, afectísimo en Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

 

c.c.p.:      Secretarios territoriales

Anexo:   Decreto de aprobación

Manual del gobierno territorio de la congregación de los legionarios de Cristo

Prot. DG-LC 3619-2015: Instructivo para los archivos de gobierno

 

12 de diciembre de 2015

 

A los Secretarios territoriales de la Legión de Cristo

Muy estimados en Jesucristo:

El año pasado promulgué varios documentos referentes a nuestros archivos que estarían en vigor durante un año, mientras adquiríamos un poco de experiencia en su aplicación (cf. Prot. D.G. 1020-2014). Gracias a Dios y con la ayuda de ustedes, ha sido posible enriquecer estos documentos. Les envío junto con esta carta la nueva versión del instructivo para nuestros archivos de gobierno y del ‘Índice de clasificación’. Estos documentos entrarán en vigor el próximo 1 de enero.

Los cambios con respecto a la versión del año anterior atañen sobre todo a ustedes, que trabajan en las secretarías. En la medida que sea posible y conveniente, ustedes tienen la misión de capacitar a los secretarios de las casas de formación y de las casas de apostolado en la aplicación de este instructivo (RCA 20, 3º y 21).

Una modificación que sí afecta a todos los legionarios se refiere a las abreviaturas que usamos con la correspondencia de gobierno. Hasta el momento, dicha abreviatura indicaba el firmante de la carta: Prot. DG-LC, Prot. VG-LC, Prot. SG-LC etc. Cada firmante contaba con una serie numérica diferente, que servía de referencia al momento de archivarlas. Con la entrada en vigor del nuevo instructivo, esta abreviatura pasará a indicar el archivo donde se conserva la carta. La serie numérica será también propia de cada archivo, mientras que el firmante quedará señalado por el membrete de la hoja. Desde la Dirección general manejaremos las siguientes abreviaturas:

DG-LC: archivo del Gobierno general de la Legión

DG-RC: archivo del Gobierno general del Movimiento

DG-AG: archivo de la Administración general

Cada Dirección territorial contará también con tres archivos, (LC, RC y AT), cuya abreviatura irá precedida por el territorio correspondiente, por ejemplo: Ch-LC, Ch-RC, Ch-AT, para Chile.

En cuanto al índice de clasificación, tal y como se habló durante las reuniones de secretarios, era conveniente subdividir algunas series. Con el fin de facilitar la transición, en el nuevo índice desaparecen las series III.7 y III.8 de la versión anterior y son sustituidas por las series III.16-19 del nuevo. Esperamos que todo el esfuerzo que hay detrás del instructivo nos ayude a conservar mejor la memoria de nuestros gobiernos y a que las futuras generaciones puedan acceder a ella con mayor facilidad.

Les agradezco mucho a ustedes que realizan este trabajo de secretaría, tan necesario para el buen gobierno de la Congregación y del Movimiento.

Les deseo un periodo de Navidad marcado por la contemplación del Dios que se hace hombre. Afectísimo en Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

 

DG-LC 3619-2015 Anexo Instructivo para los archivos

DG-LC 3619-2015 Anexo Índice de clasificación de fondos

 

 

 

Prot. DG-LC 3488-2015: Criterios para las intenciones de misa

Prot. DG-LC 3488-2015

2 de diciembre de 2015

 

A los legionarios de Cristo

 

Muy estimados en Jesucristo:

Me da gusto saludarles en estos primeros días del Adviento. Dejemos que el Señor nos guíe en la espera de la llegada de Cristo.

Como ustedes saben, la Santa Misa es el sacrificio único de Jesucristo, que se ofrece por la salvación del mundo y que es actualizado por el sacerdote de modo incruento en el altar. El sacerdote y los fieles nos unimos a este sacrificio mediante una participación actuada y, sobre todo, re­cibiendo con devoción el Cuerpo y la Sangre del Señor. Siendo el me­mo­rial del sacrificio redentor de Cristo una fuente infinita de gracias para el Pueblo de Dios, es una antiquísima tradición de la Iglesia que el sa­cer­do­te ofrezca la Celebración Eucarística por una o varias intenciones. La práctica de que los fieles ofrezcan un estipendio para que se aplique la misa por una intención es igualmente antigua, y la Iglesia la considera una contribución de los fieles para sustentar a sus ministros y actividades (cf. CDC 946).

Son muchos los fieles que confían a la Legión sus intenciones y ofrecen un donativo para que se apliquen misas a ellas. Gracias a esta colaboración generosa de tantas personas, siempre hemos recibido una importante ayuda para la formación y el sostenimiento de nuestros religiosos.

Cuando un sacerdote o un territorio recibe más peticiones de las que puede celebrar, las confía a los superiores, quienes las distribuyen entre otros sacerdotes que no han recibido ninguna petición de misas, de manera que cada petición de misa recibida sea satisfecha. Hasta ahora esta coordinación se ha llevado desde la dirección general. Sin embargo, tras considerarlo detenidamente, me ha parecido más conveniente y he decidido que a partir del 1.º de enero de 2016 sean los directores territoriales quienes coordinen las intenciones de misa. En la práctica esto significa que los di-rectores territoriales, en diálogo entre ellos, se distribuirán las intenciones de misa según las posibilidades de cada territorio, y que los sacerdotes que no tengan una intención con estipendio por la cual celebrar la misa, la celebrará ad mentem directoris territorialis (las obras de Roma lo harán según la mente del delegado del director general). Les anexo a esta carta la explicación sobre las intenciones de misa, que en el futuro será parte del Instructivo de Liturgia.

Mi intención y mi esperanza con este cambio es que, al coordinarse desde un nivel más cercano al sacerdote, volvamos a tomar conciencia de que hay muchas personas que están sosteniendo a la Legión con sus sacrificios, incluso tal vez alguna de ellas dando «todo lo que tenían para vivir» (Mc 12, 44), y que cuando un sacerdote celebra fervorosamente la Santa Misa por sus intenciones está haciendo lo mejor que podría hacia alguien que ha compartido con él los bienes que Dios le ha dado.

Con estos deseos, quedo suyo afectísimo en Cristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Anexo: DG-LC 3488-2015

A los legionarios de la Prelatura de Cancún-Chetumal

¡Venga tu Reino!

Roma, 3 de diciembre de 2015

A los sacerdotes legionarios

de la Prelatura Cancún-Chetumal

 

Muy queridos padres:

Les envío un saludo y una oración desde Roma, después de mi visita a México. Me dio mucha alegría encontrarme con ustedes el pasado 17 de noviembre en Cancún. Me da una inmensa satisfacción verlos llenos de trabajo y de celo apostólico. Esta mañana he ofrecido la misa por ustedes en el día de San Francisco Javier, que se desgastó en tierras lejanas por la evangelización.

En la plática y durante la sesión de preguntas que tuvimos, varios de ustedes hicieron intervenciones relacionadas con la crítica, con la sensibilidad ante los comentarios de nuestros hermanos y con nuestra capacidad de resolver las diferencias por medio del diálogo franco y fraterno. Ya desde hace tiempo quería escribir una carta a todos los legionarios sobre este tema. De hecho, pedí ayuda para preparar un archivo con las intervenciones del Santo Padre sobre la crítica. Se ve que es algo que el Papa lleva en su corazón y, de alguna manera, puede ayudarnos especialmente en el contexto de nuestro 75º aniversario y del Jubileo de la Misericordia.

El Santo Padre, escribiendo a los religiosos y consagrados, nos recuerda que «la comunión se practica ante todo en las respectivas comunidades del Instituto. A este respecto, invito a releer mis frecuentes intervenciones en las que no me canso de repetir que la crítica, el chisme, la envidia, los celos, los antagonismos, son actitudes que no tienen derecho a vivir en nuestras casas» (Carta apostólica a todos los consagrados, 21 de noviembre de 2014, n. 3). Por eso me parece providencial nuestro encuentro, porque me ofrece la oportunidad de enviarles este documento como una ayuda para su reflexión y examen. Les estoy enviando una amplia selección, aunque no exhaustiva, de las intervenciones del Papa Francisco que tratan este tema. En algunos casos esta colección contiene citas literales; en otros, se toman de los resúmenes de las homilías del Santo Padre pronunciadas en la residencia de Santa Marta, y posteriormente recogidos por el Radio Vaticano o L’Osservatore Romano. Como sabemos, en este último caso, las homilías no se suelen publicar íntegramente, sino a modo de resumen.

La colección es larga, pero es muy rica, está dispuesta con un cierto orden lógico para ayudar a resaltar algunas de las ideas principales. Cada intervención del Papa suele tocar varios temas a la vez. En algunas ocasiones, se ha seleccionado del texto pontificio aquella parte del discurso u homilía que se refiere a la crítica. Ahora bien en la mayoría de las citas se incluye todo el texto, ya que el Papa ilumina el tema desde diversos ángulos. Como es de esperar, hay ideas que se repiten; sin embargo, cada intervención ilustra diversos matices.

Al intentar hacer un breve resumen, podríamos decir que el Papa califica la murmuración o crítica como pecado, e ilustra esta afirmación con diversas imágenes: es una enfermedad espiritual y se asemeja a la traición de Judas, a un homicidio, a una bomba, a la guerra. Constata que muchas veces su origen está en la envidia o los celos, o en la soberbia de quien se cree más que los demás, o en la actuación del demonio. Anota que tendemos a encontrar un oscuro gusto en ella. Menciona diversas expresiones del mismo fenómeno: la calumnia, la difamación, la información parcial y el insulto.

El Papa suele subrayar el daño que la crítica hace en las diversas agrupaciones eclesiales. Nos advierte que en las comunidades, la crítica puede ser destructiva y nos invita a superarla con una ascesis que busca detenerse antes de hablar: hay que «morderse la lengua», dice el Papa. Esta postura cristiana supone también la humildad de quien se reconoce a sí mismo pecador. Y el Santo Padre recomienda, sobre todo, la práctica de la bondad y misericordia.

El Papa Francisco reconoce que podemos ver fallos en los demás, pero que en estos casos debemos hablarlo directamente con el interesado, a través de una corrección fraterna llena de humildad y bondad, o con el superior que lo puede remediar. Pero no debemos dar a conocer los defectos ajenos a los demás. No es una restricción indebida de la verdad o de la libertad, sino una forma evangélica de vivir la caridad. Los cristianos, afirma el Pontífice, son llamados a «no juzgar a nadie», ya que «el único Juez es el Señor». «En el caso de que sea realmente necesario decir algo, habría que decirlo a los mismos interesados, o a quien puede remediar la situación», «no a toda la vecindad» (cf. Homilía del 9 de abril de 2013).

En este contexto podemos recordar algunos párrafos de lo que el número 20 de las Normas complementarias establecen acerca de la corrección fraterna: «§ 1. La corrección fraterna es un deber de caridad y un bien espiritual […] 3.° si las circunstancias lo aconsejan pueden corregir a sus hermanos de modo individual, de palabra o por escrito, con caridad y prudencia, sobre todo si hay peligro de escándalo. […] § 2. En las diversas modalidades mencionadas, quien corrige proceda con auténtica caridad, prudencia, pureza de intención y delicadeza. De este modo, expresará solamente aquellos aspectos externos que el otro pueda asimilar y cambiar, no omitirá lo que en conciencia debe advertir, y evitará herir o humillar. Por su parte, quien sea corregido, acoja de buen grado las aportaciones, ponderando la verdad de las mismas, con deseo de crecer en la vida personal, con humildad y gratitud de corazón».

El Santo Padre también nos invita a fijarnos más bien en lo positivo de los demás, en sus dones. El estilo cristiano es revestirse de «sentimientos de ternura, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de magnanimidad», «es este el estilo con el que Jesús ha hecho la paz y la reconciliación». «No es la soberbia, no es la condena, no es hablar mal de los demás». A lo largo de nuestra historia podemos ver muy buenos ejemplos de la vivencia de esta virtud. Yo recuerdo lo que el P. Álvaro Corcuera solía recomendarnos: «Si queremos hablar bien de los demás, comencemos por pensar bien de ellos». Para descubrir lo bueno se necesita mucha más perspicacia y bondad que para encontrar lo malo.

Espero que la lectura de esta síntesis de las palabras del Santo Padre sea de utilidad para que continuemos a vivir y crezcamos en la virtud de la caridad en este campo. Es un modo muy propio del legionario de vivir la caridad, como establecen las Constituciones: «Corazón del espíritu de la Legión es la caridad que entraña la donación universal y delicada al prójimo. Por ello, fomenten los legionarios la servicialidad ingeniosa y abnegada; traten a los demás con bondad y sencillez; aprendan a ser misericordiosos con la debilidad del prójimo; alaben lo bueno, rechacen la envidia y eviten la murmuración» (CLC 10).

Con un saludo, y pidiéndoles una oración, me confirmo de ustedes afmo. en Jesucristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Anexo: Algunas intervenciones del Santo Padre sobre la crítica. A los sacerdotes legionarios de la Prelatura de Cancún-Chetumal Anexo (PDF)

Prot. DG-LC 3328-2015: Reglamento común para la sede de la Dirección general

Prot. DG-LC 3328-2015

2 de noviembre de 2015

 

A los padres y hermanos que residen en la sede de la Dirección general

 

Muy queridos padres y hermanos:

Me da mucho gusto saludarles. Quiero aprovechar esta carta para agradecerles por lo que cada uno de ustedes aporta a la vida fraterna de los que vivimos en esta sede.

Les hago llegar el Reglamento común para la sede de la Dirección general. Espero que este reglamento ayude a fomentar una mejor vivencia de nuestra vida consagrada y a organizar algunos elementos de nuestra vida cotidiana. Lo han preparado los superiores de las comunidades, con la ayuda del director administrativo y, después de consultar al Consejo general, me ha parecido conveniente aprobarlo.

Pido a Dios nuestro Señor que nos ayude a construir una casa que se caracterice por hacer vida nuestras Constituciones y el mensaje que nos dejó el Capítulo general.

Asegurándoles un recuerdo en mis oraciones me despido, afectísimo en Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

El cuidado de la presentación personal en el modo de vestir

¡Venga tu Reino!

Ciudad de México, 10 de noviembre de 2015

A los legionarios de Cristo

Muy estimados en Jesucristo, padres y hermanos:

El Capítulo general, reflexionando sobre el tema de la formación, señalaba con palabras de Juan Pablo II que «la importancia de la formación humana mantiene toda su actualidad porque el sacerdote “debe procurar reflejar en sí mismo, en la medida de lo posible, aquella perfección humana que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre”» (CCG 2014, 137); y más específicamente recordaba que estamos llamados a revestirnos de Jesucristo y a ser hombres nuevos, por lo que debemos buscar «manifestarlo cuidando la presentación personal y la educación con la que tratamos a todos como es propio del legionario» (CCG 2014, 140).

En este contexto he creído oportuno escribirles esta carta personal sobre el cuidado de la presentación personal en el modo de vestir, considerando también que es un tema del que hemos hablado en algunas reuniones del Consejo General y en las reuniones con los Directores territoriales. Algunos han sugerido que se promulguen normas más concretas para evitar ciertos abusos que se están dando, pero he preferido escribir estas reflexiones a nivel de principios, favoreciendo así el discernimiento y la madurez en los nuestros. Esto forma parte de la misión que me ha sido encomendada de custodiar el patrimonio espiritual, incluidas las tradiciones (cf. Constituciones, 148 § 1).

  1. Qué dice el derecho propio sobre el vestido

Las Constituciones, en el n. 44, se refieren al hábito y al distintivo clerical:

«§1. El hábito de los legionarios es la sotana con banda, de color negro.

§2. Conforme a la tradición de la vida religiosa y las normas vigentes de la Iglesia, y para dar testimonio ante los hombres de su consagración a Dios, los legionarios deben usar el hábito u otro distintivo clerical según el derecho propio y las circunstancias de tiempos y lugares».

La versión de las Constituciones que el Capítulo general presentó a la Santa Sede, siguiendo el texto de las Constituciones de 1983, hablaba de «uniforme», pero el texto final se refiere al «hábito» porque en las observaciones al borrador que recibimos por parte de la Congregación de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica se nos decía: «Para no dar lugar a equívocos y para indicar su carácter espiritual, es preferible usar el término “hábito”, término usado en el can. 669 §1. A diferencia del sacerdote diocesano, cuyo hábito tiene principalmente el carácter de signo de distinción, y por lo tanto, si se quiere de “uniforme”, el “hábito religioso” expresa más bien el carácter de signo de consagración, pobreza y pertenencia (cf. Vita Consecrata 25)». En este sentido, la sotana negra con banda, no es para nosotros solamente un distintivo sacerdotal, sino también es un signo de consagración, de pobreza y de pertenencia a nuestra congregación religiosa.

La tradición en la Legión ha sido usar la sotana en los actos comunitarios y usar el traje con clergyman o el traje con camisa clerical negra cuando salimos de casa. Los códigos secundarios dicen quién puede hacer las excepciones por razón suficiente. Los Directores territoriales, y en algunos casos los superiores locales, «pueden dar ulteriores es­pecificaciones sobre el vestido conforme a los principios de identidad sacerdotal, distinción y propiedad» (Normas complementarias, 22 §4). En el pasado se tendía a normar las excepciones, las variantes y las excepciones de las excepciones, dando lugar a una compleja casuística que finalmente no podía cubrir todas las circunstancias de tiempos y lugares. Las principales excepciones se referían a cuando estamos en casa, en nuestra habitación, actividades comunitarias informales, a los viajes en coche, a los tiempos y lugares de calor, etc. Había también circunstancias extraordinarias, como las misiones de evangelización en lugares inhóspitos. Hoy las normas ulteriores deberían estar en los reglamentos territoriales y en los de cada casa, y no preveo que desde la Dirección general promulguemos más normas.

  1. Algunas constataciones

Mientras que el uso del hábito y del distintivo clerical es algo esencial en la vida religiosa y en nuestra tradición legionaria, el tipo de distintivo clerical, de suyo, no es esencial al carisma y puede cambiar. Por ello no ha quedado regulado en las Constituciones, que sólo la Santa Sede puede cambiar, sino en los códigos secundarios. De hecho, a lo largo de nuestra historia se han dado diferentes formas de vestir según las circunstancias de tiempos y lugares. ¿Por qué le damos importancia? Creo que es importante tener en cuenta algunas constataciones:

  • La fisonomía externa nos sirve para mantener un cierto «aire de familia» (cf. Reglamento para las casas de apostolado, 73). Este aire de familia, de alguna forma, es parte del bien común. En una congregación religiosa existe una personalidad corporativa y hay aspectos de la vida personal que no se quedan en el ámbito de lo personal. Yo creo que la manera de presentarnos en público expresa nuestra identidad legionaria.
  • La forma de vestir está muy relacionada con la formación humana y social, que sí consideramos parte esencial de nuestro carisma y está al servicio de la misión de «formar apóstoles, líderes cristianos al servicio de la Iglesia» (Constituciones, 4). Es importante recordar que las Constituciones se refieren a la fisonomía humana del legionario como parte del capítulo 5º, que habla precisamente de la vida espiritual y camino de santificación (cf. Constituciones, 58).
  • Nuestra forma de presentarnos a los demás y nuestro trato comunican algo de nosotros mismos y del valor que damos a las personas. Aunque sean elementos externos, expresan nuestra concepción del religioso y del sacerdote legionario, y manifiestan también lo que pensamos sobre las personas a las que servimos.
  • Un principio de la comunicación institucional dice: «Todo comunica, todos comunicamos». Comunicamos cuando nos presentamos en persona y también cuando ponemos una foto en las redes sociales. Las fotos tienen además una particularidad. Se ven fuera del contexto en que se tomaron y es más fácil que haya errores de interpretación. Es decir, una foto fuera de lugar fácilmente comunica algo que no estábamos intentando comunicar. Si una foto requiere de una explicación para evitar un malentendido, es preferible no publicarla.
  1. Principios y orientaciones

Me detendré a explicar algunos principios y ofrecer orientaciones sobre el modo de vestir porque es significativo que, partiendo de los mismos principios, llegamos a diferentes aplicaciones. Yo mismo he sido testigo de algunas aplicaciones desafortunadas, sea en persona, sea por fotografías que se divulgan. La aplicación de estos principios es muy importante para unos, y no tan importante para otros, por lo que a veces se ha convertido en un punto de discusión en las comunidades, e incluso de división. Considero un error grave que algo externo afecte algo tan interno y esencial como es la comunión y la unidad. Todos debemos primero juzgar con misericordia y luego actuar con caridad.

  • Uso del distintivo: En la presentación en público y sobre todo en el ejercicio del ministerio, se debe utilizar el distintivo clerical según pide la Iglesia a todos los sacerdotes. Es un gran servicio a las personas el hacer a Dios un poco más presente en el mundo.
  • Formalidad: El hábito y el distintivo clerical es un vestido formal de alguien que representa a Dios, a la Iglesia y a la Legión de Cristo. Conscientes de ello, debemos evitar el individualismo en nuestras consideraciones sobre el modo de llevar algunas prendas. La formalidad también habla de la seriedad con que asumimos nuestra condición religiosa y sacerdotal.
  • Comunión e identidad: el uso del hábito y del distintivo clerical favorece la comunión entre nosotros y la identidad legionaria. No debe ser uniformismo, sino «aire de familia». Por eso el Reglamento para las casas de apostolado busca «fa­vorecer una normativa que sea común» (cf. 73, 6º). A mí siempre me ha llenado de orgullo que me distingan como legionario y también ha sido un motivo de exigencia personal.
  • Propiedad: la propiedad tiene que ver con el respeto a los demás. Al vestirnos debemos preguntarnos: ¿Qué es lo propio y correcto en este país, en esta institución, en este evento religioso o social? ¿Cuál es la forma apropiada para un sacerdote de presentarse ante las personas?
  • Debemos cuidar la propiedad en nuestras instituciones, principalmente las educativas. En cada territorio puede haber costumbres y usos diversos. Si a los profesores, e incluso a los alumnos, se les pide saco y/o corbata, lo coherente es que los legionarios nos presentemos con traje. Para recibir a las personas en nuestras oficinas y para atenderlas espiritualmente, lo propio es el traje o la sotana. Esto vale también para predicar en los cursillos, retiros y en ceremonias como las incorporaciones. La camisa sola o con suéter no es un vestido formal. A veces me ha tocado ver legionarios en camisa mientras que los demás varones visten con saco. Conviene que recordemos lo que nos dicen las Normas complementarias: «en su actividad pastoral y en ocasiones formales, el le­gionario usa como distintivo clerical la sotana o el traje negro con clergyman o camisa clerical negra» (Normas complementarias, 22 § 2).
  • Distinción: la distinción no se refiere únicamente al uso del traje, sino a toda circunstancia. Tiene que ver con la limpieza, el arreglo, el estado de la ropa que usamos, una cierta elegancia, buen gusto y sobriedad. Decimos: «distinguido como hijo de rey y humilde servidor de todos».
  • Pobreza y separación del mundo: la vivencia del voto y de la virtud de la pobreza en la vida religiosa nos exige la separación del espíritu del mundo, de la moda, de lo costoso y llamativo, de la ropa de marca, de lo que nos singulariza. «Debemos hacer una opción consciente por la pobreza, cuidándonos de no reducir la pobreza a la obediencia» (CCG 2014, 223). «En el momento presente de la Iglesia y de la sociedad hay una urgencia particular de dar un testimonio de verdadera pobreza evangélica» (CCG 2014, 225).

Finalmente, me parece oportuno mencionar algunos usos que considero equivocados:

  • Camisa negra con suéteres o chamarras deportivas. Hoy, con la variedad disponible de ropa, es imposible dar normas concretas. Pero como orientación general considero que, cuanto más deportiva es una prenda, menos adecuado es combinarla con la camisa clerical. Cuando se justifique el uso del suéter o chamarra con camisa clerical negra, deberían ser prendas de vestir y negras.
  • Camisa clerical negra con combinación de colores en pantalones y suéteres. Aunque el color negro se puede combinar fácilmente, es posible que combinando colores se pierda la distinción y la formalidad propia de un distintivo clerical. Creo que, por lo general, se debe evitar combinar colores. Tradicionalmente hemos utilizado abrigos negros o de tono oscuro, grises o azules. Creo que se pueden seguir utilizando, cuidando que sean discretos, pues en ocasiones se ven algunos que son demasiado llamativos.
  • La forma de vestir informal que nos asemeja al mundo. Como religiosos, nuestros criterios no deben ser la facilidad, la comodidad, la moda o el lujo. Somos pobres y no somos del mundo. Debemos recordarlo en nuestra forma de vestir y de comportarnos.
  • Otros usos que considero que debemos evitar son la guayabera con suéter y/o chamarra, la guayabera con clergyman debajo, los pantalones mal planchados, las camisas negras desteñidas, las camisas clericales de manga larga remangadas, etc.

Espero que estas reflexiones les sean de ayuda. Les pido a todos renovar nuestro esfuerzo por servir a la Iglesia y a las personas con todo nuestro corazón, desde nuestra identidad de sacerdotes, religiosos y legionarios de Cristo.

Asegurándoles un recuerdo en mis oraciones me despido, afectísimo en Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

 

 

Antología de textos del Delegado Pontificio y sus consejeros

¡Venga tu Reino!

Roma, 21 de octubre de 2015

 

A los legionarios de Cristo

Muy estimados en Cristo:

Les envío un saludo cordial desde Roma, muy unidos en la oración por el Santo Padre y por todos los padres sinodales por los frutos del Sínodo de los obispos sobre la familia.

Junto con estas líneas les envío una copia digital del volumen “Antología de textos del Delegado Pontificio y sus consejeros para la congregación de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi”. Se trata de una publicación elaborada por la secretaría general, que recoge las comunicaciones oficiales relacionadas con el proceso de renovación de los años 2010 a 2014, una selección de homilías y conferencias del Card. Velasio De Paolis y la serie de conferencias que el P. Gianfranco Ghirlanda nos ofreció en la así llamada “fase iluminativa”. Hemos querido con esta publicación llevar adelante uno de los encargos del Capítulo general que nos pedía «recoger las fuentes y testimonios necesarios para los futuros estudios sobre la historia de la Legión» (CCG 2014, 207, 1º).

En las próximas semanas enviaremos una copia impresa para las bibliotecas de cada una de nuestras casas por su valor histórico y doctrinal: histórico, porque nos ayuda a revivir los principales eventos de nuestra historia reciente; doctrinal, porque estos textos, particularmente la tercera parte, son un repaso de teología particularmente adecuado en el contexto del Año de la vida consagrada.

Como escribo en la presentación del documento, confío en que esta Antología nos ayude a mirar al pasado reciente con gratitud: recordar estos últimos años de nuestra historia debe suscitar en nosotros sentimientos de acción de gracias a Dios, que con su Providencia divina nos ha conducido en medio de cañadas oscuras; confío que nos sirva para recordar que las dificultades que hemos debido afrontar se han ido superando con la confianza en Dios y con paciencia sobrenatural. Hoy día podemos decir que el proceso de renovación que hemos recorrido, con sus luces y sombras, ha sido un tiempo de gracia, marcado por la presencia del Espíritu.

Que el Espíritu Santo nos siga iluminando y transformando interiormente para que encarnemos cada día mejor el ideal que nos proponen nuestras Constituciones. Con un recuerdo en mis oraciones, quedo de ustedes afectísimo en Jesucristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

SG-RC 0166-2015: Modalidad de visitas DG y CGRC al comité territorial

Roma, 20 de octubre de 2015

A los directores territoriales

 

 

Muy estimados en Jesucristo:

Les envío un cordial saludo y les agradezco por su entrega a la misión que Dios nuestro Señor les ha encomendado.

Uno de los objetivos del comité general es “formar y acompañar a los directores territoriales y sus equipos”, para lo cual está previsto “propiciar una cercanía efectiva del director general y de sus colaboradores con el director territorial y sus equipos, según el programa anual del comité y las necesidades particulares de cada territorio” (cf. Boletín CDGRC II Vol. 1, p. 56). Con esta finalidad se han programado una serie de visitas del director general y algunos miembros del comité directivo a los comités territoriales del Regnum Christi. A continuación les hago una explicación sobre la naturaleza, finalidad y el modo de organizar dichas reuniones.

Las visitas pretenden ser un encuentro en el que compartir la visión del desarrollo del Regnum Christi y alinear las prioridades y expectativas mutuas, partiendo de la realidad apostólica concreta de cada territorio y de las posibilidades de desarrollo a nivel general.

Al director general le interesa conocer in situ los territorios, el funcionamiento de los comités, los logros, retos y desafíos de cada lugar. Esto es necesario para promover la consolidación, expansión y unidad institucional del Regnum Christi y trabajar estrechamente con los órganos competentes del Movimiento en lo que se refiere a la preservación del espíritu, la planeación, el apostolado y la economía. Según las circunstancias de cada territorio, en el encuentro participan también algunos colaboradores del director general con el fin de ampliar su visión y permitir una mejor coordinación entre quienes son los interlocutores habituales entre el nivel general y el territorial.

Para el director territorial, este encuentro puede ser una ocasión de analizar el rumbo, de examinar el buen gobierno y de secundar y aplicar en su territorio las prioridades del director general. Para sus colaboradores, puede ser una oportunidad de recibir capacitación y apoyo en temas puntuales, de beneficiarse de algunos esfuerzos internacionales y de exponer los temas de mayor relevancia que requieren el apoyo de la instancia general en la inversión de recursos humanos o económicos.

El director general preparará la visita con antelación y con la ayuda de su equipo, principalmente por medio del análisis del programa apostólico y los informes de gobierno recientes del director territorial.

  • Las fechas de las visitas se establecerán en el calendario anual, para lo cual deben ser concordadas por el secretario del comité general y el secretario del comité territorial el año anterior a las mismas.
  • Dos meses antes del encuentro, el secretario del comité general comunicará al director territorial una lista preliminar de los puntos que el director general quisiera tratar y los participantes por parte del comité general.
  • El director territorial examinará esta propuesta con su comité y elaborará una propuesta más concreta de orden del día, expositores y tiempos dedicados a cada punto, participantes por parte del comité territorial. Enviará dicha propuesta al director general un mes antes del encuentro.
  • El secretario del comité general, en comunicación con el secretario del comité territorial, enviará el orden del día aprobado con la documentación completa quince días antes del encuentro a todos los participantes.

Los directores generales de las ramas aprovecharán estas visitas para reunirse con el director territorial y el consejo de la propia rama para tratar temas de vida interna.

Durante la visita, el director general procurará reservar el tiempo necesario para estar disponible para hablar personalmente con los miembros del comité territorial que lo deseen. Entre los temas que se deben tratar, no debe faltar un balance sobre el cumplimiento del programa apostólico del territorio 2016-2020, el impulso de la misión, la promoción vocacional, la vivencia del carisma en las principales instituciones, la situación financiera y los principales retos económicos y organizativos. El director general, personalmente o con la ayuda del secretario, debe revisar las actas de las reuniones del comité, así como el archivo físico y electrónico.

Antes de concluir la visita, el director general tendrá una reunión con todo el comité en la que presentará sus observaciones y recomendaciones. El secretario del comité territorial las conservará en un registro, para que se revisen en la siguiente visita y se informe periódicamente sobre su cumplimiento.

Quedo a su disposición en lo que pueda ayudarles para preparar estas visitas, cuyos frutos encomendamos a la Santísima Virgen. Asegurándoles un recuerdo en mis oraciones me despido de ustedes, afectísimo en Cristo y la Legión,

P. Jaime Rodríguez, L.C.

«El amor es más fuerte»: Antología de textos del P. Álvaro Corcuera, L.C.

¡Venga tu Reino!

Roma, 7 de octubre de 2015

 

A los legionarios de Cristo

 

Muy estimados en Jesucristo:

Les envío un saludo muy cordial en el día dedicado a nuestra Señora del Rosario, pidiendo a la Santísima Virgen María que interceda por nosotros en este inicio de curso del hemisferio norte, para que sea un año de crecimiento en las virtudes teologales.

En los próximos días enviaremos a cada casa una copia del libro «El amor es más fuerte», una antología de textos y conferencias del P. Álvaro Corcuera, preparada por los PP. Héctor Guerra y Juan Pablo Ledesma. Como escriben los autores en la introducción, «este libro puede servir como válido recurso y ayuda para la propia meditación la lectura y el conocimiento de la espiritualidad de la Legión de Cristo y del Regnum Christi, desde la experiencia del P. Álvaro» (p. 13). Es un legado espiritual.

Agradezco a los PP. Guerra y Ledesma por esta iniciativa y por el esfuerzo y la dedicación con la que han escrito diversas obras de espiritualidad en los últimos años. Necesitamos que muchos legionarios y miembros del Regnum Christi sigan este ejemplo, particularmente en los momentos que nos toca vivir.

Aprovecho para pedir especiales oraciones por la salud del P. Héctor Guerra, pues los tratamientos de quimioterapia están siendo muy dolorosos. Ha luchado ya muchos años con un cáncer mutante y el pronóstico es incierto.

De todos ustedes quedo suyo afectísimo en Jesucristo y el Movimiento,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.