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Al concluir la asamblea de directores territoriales 2015

25 de septiembre de 2015

 

A los legionarios de Cristo

Mis queridos padres y hermanos:

El miércoles pasado concluimos la asamblea de Directores territoriales prevista en nuestras Constituciones (cf. n. 150). Han sido jornadas de trabajo, oración y discernimiento con los Directores territoriales, los miembros del Consejo general y algunos de mis colaboradores en el Gobierno general de la Legión. Igualmente, hemos tenido algunas sesiones con las Directoras territoriales de las Consagradas y los Responsables territoriales de los Laicos consagrados, para analizar juntos la misión apostólica del Movimiento.

Con esta carta quiero hacerles partícipes de algunos de los puntos más sobresalientes de estos días:

  1. Consolidación del desarrollo apostólico alineando el personal, las instituciones y la economía.
  2. Gobierno y comunicación institucional para fomentar la comunión.
  3. Aprendizaje y enriquecimiento mutuo a través del intercambio de experiencias, el diálogo y la evaluación del camino recorrido en cada territorio.

  1. Consolidación del desarrollo apostólico alineando el personal, las instituciones y la economía.

Se trata de uno de los puntos del programa del Gobierno general del Movimiento para el período 2015-2020, recientemente publicado en el boletín informativo semestral. En dicho programa, nos hemos propuesto alinear los recursos humanos en orden a la misión apostólica, de manera que coincidan las necesidades de la misión y las habilidades de las personas; alinear las obras, instituciones y territorios, así como los recursos económicos, para el aprovechamiento responsable y sostenible de los mismos, en orden a la misión apostólica.

Hemos preparado la asamblea de Directores territoriales desde el verano con la evaluación de la vida religiosa y de la proyección apostólica de cada territorio. Analizamos las perspectivas de desarrollo, considerando los datos demográficos y los recursos económicos de cada lugar. Tuvimos presentes las estadísticas actuales y las previsiones de hermanos que saldrán a prácticas apostólicas y de nuevos sacerdotes en los próximos años. Esto nos permitió hacer un análisis de los lugares y apostolados que podremos atender responsablemente con legionarios y, también, aquéllos en los que los seglares necesitarán tomar mayor liderazgo y responsabilidad (cf. CCG 2014, nn. 166, 176 §§ 5 y 6.).

  • En cuanto a los hermanos en prácticas apostólicas, por encima de las necesidades de la misión, optamos por buscar que sea una etapa formativa. En los últimos años ha bajado el número de novicios y, por consiguiente, en los próximos años bajará el número de hermanos que salen a prácticas apostólicas. Será pues muy importante asignarlos a comunidades adecuadas, capacitarlos para los encargos apostólicos que reciban, acompañarlos en el desempeño de su misión y ayudarlos a consolidar los hábitos de oración en la vida activa.
  • Esta reducción implicará también que algunos puestos, que hasta ahora eran ocupados por hermanos en prácticas, como formadores en centros vocacionales y noviciados, o instructores de formación en colegios, tendrán que ser asumidos en adelante por sacerdotes quienes, por su parte, podrán ser más profundos en la formación. En cada territorio será necesario llevar a cabo un plan para el acompañamiento y formación durante los primeros años de sacerdocio, velando para que la asignación de comunidad y misión sea conveniente a esta etapa (CCG 2014, n. 155).
  • Para que los nuestros se dediquen de manera prioritaria a los apostolados que se realizan en nombre de la Congregación y del Movimiento, los Directores territoriales harán un esfuerzo para reconducir a sacerdotes legionarios al trabajo en obras, secciones e instituciones propias, donde eso sea posible.
  • En todos los lugares se asumirá el reto de formar a los laicos de primero y segundo grado para que ocupen algunos puestos que hasta ahora recaían en legionarios o miembros consagrados.
  • En cuanto a la promoción vocacional en la coyuntura actual, los Directores territoriales seguirán reflexionando y aplicando en cada lugar las Pautas para la promoción vocacional que envié el pasado 12 de diciembre de 2014. Como nos pedía el Capítulo general, «la promoción vocacional no es un “programa” sino un ímpetu vivo que nace del amor a la propia vocación, de la convicción personal de que el Regnum Christi es una obra de Dios con una gran misión por cumplir y de la pasión por verlo crecer para que muchas almas conozcan a Jesucristo» (CCG 2014, n. 176).

Los Directores territoriales con sus Consejos, teniendo presente el bien común, irán proponiendo los ajustes y medidas necesarios para focalizar nuestras fuerzas apostólicas con criterios claros que favorezcan un desarrollo orgánico y la sostenibilidad de las comunidades, territorios y obras (cf. CCG 2014, n. 206). Dichos criterios, entre otros, son: «fortalecer la vida religiosa, la perseverancia y formación permanente; asignar las personas a los lugares más adecuados; revertir la dispersión geográfica; destinar a los religiosos en prácticas apostólicas a casas y puestos que favorezcan un acompañamiento cercano; mantener los centros vocacionales y de noviciado con vocaciones provenientes mayoritariamente de sus propios territorios» (CCG 2014, n. 194).

Desde el punto de vista económico, pocos territorios son realmente autosustentables y por ello son pocos los territorios que colaboran con los gastos generales y con el peso de los centros internacionales de formación. Como nos pidió el Capítulo, tenemos que prestar particular atención a la financiación y sostenibilidad a la hora de evaluar proyectos, obras o nuevos territorios o comunidades (CCG 2014, n. 245). Los territorios que no se autofinancian, presentarán un plan para revertir esta situación en un plazo de tiempo razonable. Quienes no contribuyen a los gastos territoriales o generales, no podrán financiar nuevos desarrollos incrementando su deuda. Necesitaremos por ello vivir con austeridad, administrar con eficiencia para producir ahorros, y aumentar la recaudación de fondos, recordando que «las metas de la recaudación de fondos nunca se pueden limitar a las necesidades o proyectos individuales. El legionario ha de considerar y preocuparse por las necesidades de todos y el bien de las comunidades, respetando siempre la intención del donante» (CCG 2014, n. 255).

  1. La relación entre el gobierno y la comunicación en la Iglesia para fomentar la comunión.

En el Horizonte programático, nos hemos propuesto el apostolado en comunión como una de las grandes aspiraciones del Movimiento Regnum Christi. Estamos convencidos de que esta comunión sólo es posible cuando hay una comunicación oportuna y sincera, pues sólo así todos los legionarios pueden participar responsablemente en los procesos que hemos ido emprendiendo.

Por este motivo, invitamos al Dr. Marc Carroggio, profesor de la facultad de comunicación de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, para que nos ofreciera unas sesiones de capacitación sobre la dirección de la comunicación institucional en la Iglesia.

Entre otras cosas, nos ha ayudado a entender mejor nuestro papel como superiores y directores en el ámbito de la comunicación, que va más allá de mensajes escritos, pues las decisiones y actuaciones también transmiten un mensaje. El Dr. Carroggio se expresó positivamente de los principios de comunicación del Movimiento Regnum Christi que nos han ayudado en los últimos años. En ellos buscamos fomentar una cultura de comunicación en la que cada legionario sea consciente de que es el rostro de la Congregación y el Movimiento para los demás (cf. CCG 2014, n. 216). Esto exige responsabilidad personal de todos, pues nuestras palabras y acciones pueden ser ocasión de anuncio del Evangelio, o de presentar un rostro desfigurado de la Iglesia.

  1. El aprendizaje y enriquecimiento mutuo a través del intercambio de experiencias, el diálogo y la evaluación del camino recorrido en cada territorio.

Fueron muy ricas las sesiones dedicadas a compartir las alegrías y las preocupaciones que tenemos, como responsables de acompañar a cada uno de ustedes en el seguimiento de Cristo. Nos ayuda conocer los aciertos y errores de los demás, compartir experiencias exitosas y pedirnos consejo como hermanos para mejorar nuestro servicio. El intercambio fraterno estrecha los vínculos de comunión que trascienden las fronteras de cada territorio.

Hemos tratado, entre otras cosas, el modo en que podemos sostener e impulsar el fervor de las comunidades; la identidad religiosa y legionaria y sus diversas expresiones; el apostolado de los religiosos en prácticas apostólicas; la vida de oración y el estado de salud espiritual en los territorios; el uso de los medios de comunicación social y los retos que representan. Pudimos actualizarnos también en el modo de ayudar a resolver conflictos, y el modo de realizar con mayor provecho las visitas canónicas prescritas por las Constituciones.

Junto con las Consagradas y los Laicos consagrados evaluamos el trabajo en los Comités territoriales del Regnum Christi. Aprovechamos para recordar que lo establecido en el Marco para la colaboración es algo provisional y que sólo con un poco de tiempo y perspectiva podremos evaluar los elementos que funcionan mejor y contribuyen a custodiar el carisma, fomentar la comunión y cumplir la misión.

También hablamos juntos sobre el proceso de renovación de los miembros de primero y segundo grado del Regnum Christi y la necesidad de involucrarnos y acompañarlos en el mismo. Intercambiamos algunas iniciativas para celebrar y agradecer los 75 años de nuestra fundación en el espíritu que propuse en mi carta del 13 de marzo y el año de la misericordia.

Más allá de las sesiones de trabajo, vivimos con alegría y espíritu de hermanos los momentos de oración, el rezo de la liturgia de las horas al inicio de la tarde y las concelebraciones eucarísticas, particularmente la misa en san Pedro y la misa en acción de gracias con el Card. Velasio De Paolis por su 80º cumpleaños. Nos ayudaron especialmente los momentos de convivencia y descanso que pudimos tener.

Hoy ya han salido de Roma todos los Directores territoriales. Tenemos que agradecer a Dios por estos hombres, que han aceptado llevar la cruz del servicio de la autoridad sobre sus hombros y sostenerlos con nuestra oración. Ellos les podrán compartir sus experiencias de estos días que hemos vivido juntos. Pido a Dios por ellos lo mismo que el Papa Francisco pedía ayer en su encuentro con el clero y los religiosos en Nueva York: gratitud y laboriosidad.

«La alegría brota de un corazón agradecido. Verdaderamente, hemos recibido mucho, tantas gracias, tantas bendiciones, y nos alegramos. Nos hará bien volver sobre nuestra vida con la gracia de la memoria. […] Un corazón agradecido busca espontáneamente servir al Señor y llevar un estilo de vida de trabajo intenso. El recuerdo de lo mucho que Dios nos ha dado nos ayuda a entender que la renuncia a nosotros mismos para trabajar por Él y por los demás es el camino privilegiado para responder a su gran amor».

No dejen de encomendar en sus oraciones los frutos del viaje del Papa a Estados Unidos y también a los padres y hermanos de Roma que hoy inician sus ejercicios espirituales.

Con un recuerdo ante la Santísima Virgen,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Atendamos a las necesidades de los refugiados

¡Venga tu Reino!

Prot. DG-LC 2759-2015

Clas. II.7.11

Circular

18 de septiembre de 2015

A los rectores y superiores de las casas internacionales de Roma

Muy queridos padres,

La semana pasada el Santo Padre lanzó el desafío a todas las parroquias y casas religiosas de Europa, empezando por las de Roma, de salir al paso de las necesidades de los refugiados. Creemos que lo más prudente, para ofrecer una ayuda eficaz, será canalizar nuestros esfuerzos a través de la Cáritas de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe y San Felipe mártir, para sumarnos así de manera coordinada con lo que el Vicariato de Roma proponga para responder a la invitación del Papa.

Les invito a que reflexionen entre ustedes y con el Delegado para las casas internacionales de Roma en este problema, para discernir qué podemos hacer para la atención a las familias de refugiados, colaborando con organismos eclesiales y civiles, y con otras personas de buena voluntad.

Mientras tenemos instrucciones más concretas a través del párroco, los animo a que en sus comunidades intensifiquen sus oraciones y sacrificios por la paz y la estabilidad en Siria y los otros países de Medio Oriente y de África, tan probados por la guerra.

Asegurándoles un recuerdo en mis oraciones y pidiéndoles me encomienden a la Santísima Virgen, me confirmo suyo en Cristo y la Legión,

 

Descargar Carta: DG-LC 2759-2015

 

 

Aliviar el dolor y sufrimiento de los refugiados que llegan a Europa

¡Venga tu Reino!

Prot. DG-RC 0065-2015

Clas. III.7.4

Circular

16 de septiembre de 2015

 

A los directores territoriales del Regnum Christi de Italia, España y Europa occidental y central

 

Muy estimados en Jesucristo,

Todavía hoy resuenan en nuestros corazones las palabras del Papa Francisco en el ángelus del domingo pasado en el que nos lanzaba el desafío de llevar a cabo realizaciones concretas para aliviar el dolor y sufrimiento de los refugiados que llegan a Europa huyendo de la muerte por la guerra y del hambre. Las imágenes que encontramos en las noticias nos interpelan, y el Espíritu Santo seguramente se vale de eso para despertar en nosotros y en cada miembro del Movimiento entrañas de misericordia.

Sé que hay ya iniciativas realizadas por los miembros del Movimiento, muchas veces sumándose a acciones emprendidas por las distintas iglesias locales para salir al encuentro de estas personas. Estos gestos concretos manifiestan que el Reino de Cristo está ya presente y se convierten también en ocasión de una evangelización a través de la caridad desinteresada.

Les invito a que reflexionen con sus consejos y con los comités territoriales en este problema, para discernir qué podemos hacer para colaborar en la atención a las familias de refugiados; que desde las instituciones educativas o desde las parroquias que nos han sido confiadas, tiendan una mano a estas personas en el corto plazo, colaborando con organismos eclesiales y civiles, y con otras personas de buena voluntad.

Es verdad que nuestra capacidad para aliviar tanto sufrimiento es muy limitada, pero los gestos concretos de amor a nuestros hermanos serán también un bálsamo para las llagas del Señor, quien toma como hecho a sí mismo lo que hagamos por los demás.

Con mi gratitud por su respuesta a esta invitación que les hago secundando al Papa Francisco, me confirmo suyo en Cristo,

P.  Eduardo Robles-Gil, L.C.

 

Carta a los legionarios sobre la renovación espiritual

¡Venga tu Reino!

15 de septiembre de 2015

Solemnidad de la Virgen de los Dolores

Patrona de la Legión

 

A los legionarios de Cristo

 

Muy estimados en Jesucristo:

Desde que Dios Nuestro Señor me llamó a través de los Padres capitulares a servir como Director general de la Legión de Cristo me encomiendo todos los días a la Santísima Virgen para que me auxilie y proteja, y conmigo a todos los legionarios y miembros del Regnum Christi. A veces la invoco como lo hacemos todos los días en las jaculatorias y pido a la Virgen prudentísima que me ayude a gobernar. En otras ocasiones, pido a mi Madre dolorosa que nos ayude a conseguir de Jesucristo crucificado las gracias que más necesitamos para ser santos. Una santidad en nuestra realidad de sacerdotes y apóstoles.

Hoy en la mañana volví a meditar en la Virgen de los Dolores, en la Madre dolorosa. Lo he hecho los últimos tres días, desde que el domingo pasado iba a meditar sobre la liturgia –como lo acostumbro hacer los domingos–, y me vino a la mente la solemnidad de hoy, tal vez porque me tocaba la homilía. Y contemplando la escena me fijé en el buen ladrón que tenía un lugar particular en el Calvario. Él veía –contemplaba– y escuchaba a Jesús desde su propio sufrimiento y su cruz. Veía a los soldados, a la gente y también a Juan, a las mujeres y a María. Y se me ocurrió, en la oración, poner en los labios de Dimas las frases de la Salve: Reina y Madre de misericordia… vuelve a mí tus ojos misericordiosos… y la Virgen no lo volteaba a ver porque estaba viendo a su Hijo. Y ya estaba frustrado de que María no lo viera a él. Después, cuando él mismo se dirigió a Jesús en oración: «Acuérdate de mí» (Lc 23, 42), entonces la Santísima Virgen lo volteó a ver con el corazón, con ojos misericordiosos, lo escuchó y lo acogió como a Juan y a todos sus hijos.

En ese momento me puse a pedirle a nuestra Madre dolorosa que nos vea a nosotros, que hemos tomado nuestra cruz y hemos seguido a Cristo en la Legión, que nos vea con ojos misericordiosos y nos muestre a Jesús y, como abogada nuestra, nos consiga la santidad, la renovación que deseamos y necesitamos; que nos alcance lo que pidió y obtuvo el buen ladrón: la vida eterna que consiste en conocer y amar a Jesucristo; que nos consiga el espíritu contemplativo que nos mantenga unidos a Él en el cumplimiento de nuestra misión.

En la oración le di vueltas una vez más a esta carta, que ha estado queriendo salir desde hace ya varias semanas, para motivarnos a todos a buscar con iniciativa y realismo la santidad y la dimensión contemplativa de nuestra vida religiosa. Es un tema que ya he platicado con muchos. Sin renovación espiritual, si no somos verdaderamente contemplativos en la acción, la Legión no se renueva. Sin duda la carta es parcial, se fija más en la dimensión contemplativa, es sólo una parte de nuestra identidad, se refiere más a la primera parte de la frase de Jesús que a la segunda: «El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer» (Jn 15,5). Se refiere más a favorecer la acción de Dios en nosotros que a su acción a través de nosotros. Más adelante espero escribir otra carta sobre la unidad de vida, viviendo simultáneamente las dos dimensiones, la oración y la acción.

Pido a Dios que nos haga querer la santidad firmemente, realmente y que lo busquemos en nuestra vida religiosa. Este es un tema al que no pocas veces vuelvo en mi meditación y que se convierte también en súplica diaria. En las oraciones matutinas, junto con el ofrecimiento de las obras del día, intento también hacer de ellas una oración por mí y por todos los legionarios para «que seamos santos e inmaculados en tu presencia» (cf. Ef 1, 4; Oración al Padre) y «te amemos cada día más y seamos más fieles y esforzados apóstoles de tu Reino».

Y me pregunto ¿estamos viviendo en plenitud nuestra relación con Dios? ¿Estamos construyendo sobre roca la misión común que Dios nos ha encomendado? ¿Las generaciones más jóvenes están adquiriendo una sólida y profunda vida interior? ¿Los sacerdotes, somos hombres de Dios? ¿Qué puedo hacer yo como Director general, qué pueden hacer los superiores, qué podemos hacer cada uno para crecer en santidad y así alabar a Dios y conseguir no sólo la gracia para perseverar, sino para ser mejores sacerdotes y apóstoles?

Con estos pensamientos en mi corazón, les propongo algunas ideas sobre la dimensión contemplativa de nuestra vida.

  1. La renovación espiritual en estos momentos de nuestra historia

En el Comunicado Capítulo de 2014 escribimos: «Sentimos que de nada servirá la revisión de las Constituciones, si no se renueva la vida espiritual del legionario. Somos conscientes de que cualquier intento de renovación que no esté construido sobre la roca de la unión con Dios, será pasajero» (CCG 2014, n. 85).

En la carta que mandé al concluir la Reunión plenaria del Regnum Christi, les compartía algunas ideas sobre la renovación espiritual que tratamos durante la reunión:

«Renovación espiritual es un crecimiento de la persona que se da como respuesta a la gracia de Dios, en el encuentro personal con Cristo y la fidelidad al propio carisma;

  • implica re-centrar continuamente la vida en Cristo y una mejor comprensión, interiorización y vivencia de la progresiva configuración con Cristo;
  • involucra tanto la dimensión ascética como mística de la vida espiritual;
  • reaviva el fervor en la dimensión contemplativa y en el celo apostólico;
  • genera unidad de vida en la persona, construye la propia comunidad y familia y fomenta la comunión en todo el Movimiento;
  • es fuente de alegría, sencillez y paz al renovar el amor primero» (Carta a todos los miembros del Regnum Christi, 7 de junio de 2015).

Dicho de otro modo, renovarse espiritualmente significa, apoyados en la gracia de Dios buscar el amor, la fidelidad y la delicadeza en nuestras relaciones con Cristo, a través de la donación de nosotros mismos en el ejercicio de nuestra vocación y misión.

Significa no vivir para nosotros mismos, sino para Aquél que por nosotros murió y resucitó (2Cor 5, 15), haciendo que nuestros intereses giren en torno a Cristo, a la Iglesia, a la misión que tenemos en la Legión y en el Movimiento, a las almas.

Renovarse espiritualmente significa estar en el camino de una creciente fidelidad al don de Dios expresado en nuestra llamada a seguir a Cristo.

Renovarse espiritualmente no puede ser sino anhelar una vida más virtuosa y santa, con un mejor ejercicio de la caridad, de la misericordia y de la comprensión hacia los demás. Es el deseo de vivir los consejos evangélicos con mayor delicadeza, como expresión de nuestro amor a Cristo, para ser más de Él y menos de nosotros mismos.

Implica también, necesariamente, ser cada vez menos del mundo aunque vivamos en el mundo. Esto, dicho de otro modo, es el ejercicio libre y convencido de la renuncia a todo lo que no sea Dios: el pecado, las pasiones desordenadas, los afectos y apegos mundanos, etc.

Renovarse espiritualmente significa, para el legionario, una entrega más apasionada a la misión.

  1. La vida interior (la unión con Dios)

El número 12, 1° de las Constituciones afirma que: «por su carácter contemplativo los legionarios buscan la oración, la unión con Dios, el silencio y la reflexión, y dan prioridad a la acción divina en su propia santificación y apostolado».

Para lograr esta unión con Jesucristo, lo que más importa es escuchar su voz, acogerla con amor, hacer lo que nos pide, responder con generosidad y actuar con pureza de intención. Se trata de seguir el consejo de María: «Haced lo que Él os diga» (cf. Jn 2, 5). Así, esta dimensión contemplativa de nuestra vocación y misión es, en realidad, una expresión de la búsqueda y del anhelo de las cosas divinas, un ejercicio de escuchar lo que nos pide la voluntad de Dios, de acogerla, de sentir con Él y de con-sentir, siguiendo también en esto el ejemplo preclaro de María.

Este acercamiento progresivo a Dios nos lleva también a un crecimiento personal, a la creciente realización de nuestra personalidad cristiana, tal como la describe san Pablo, que consiste en asemejarse siempre más al Señor, a revestirse del hombre nuevo. Este crecimiento nos lleva a hacer de Cristo el «centro, criterio y modelo de toda la vida religiosa, sacerdotal y apostólica» (cf. CLC 8).

  1. Unión habitual con Dios

Reconozco con gratitud que, generalmente, la gran mayoría de los legionarios tienen deseos sinceros de buscar la santidad. Mantienen un buen nivel de vida interior y de unión con Dios a lo largo del día, e intentan vivir con convicción y recogimiento sus actos o ejercicios de piedad, como recomienda el primer párrafo del número 47 de las Constituciones:

«Consideren que la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios en la oración son el principal deber del religioso y que especialmente de ellas depende su fecundidad apostólica. Por ello, funden su vida espiritual en una fe honda y en una actitud filial de adoración, amor y confianza. Vivan las prácticas de vida espiritual con fervor e íntima convicción. No se contenten con un cumplimiento meramente externo ni basen su vida interior en la volubilidad de los estados emocionales».

Invito a todos a cultivar una unión con Dios en todas las circunstancias de la vida. Vivimos en un mundo lleno de distracciones y, por ello necesitamos aprender a entrar en nuestra interioridad, en nuestro corazón, para encontrar la presencia habitual de Dios en todo lo que hacemos. Cuando tenemos el alma sumergida en esta presencia de Dios, la oración fluye casi espontánea, al contemplar su bondad, su presencia, su majestad, su providencia, su misericordia…

Los sacerdotes, además, encontramos un impulso espiritual especial en el ejercicio del ministerio sacerdotal, en la celebración de la Eucaristía, en la recepción frecuente del sacramento de la reconciliación y en la administración de los sacramentos. Y, de modo semejante, en el rezo atento y fervoroso de la Liturgia de las horas, que es la oración de la Iglesia.

  1. Vida de oración

En la tradición de la vida religiosa y de la vida sacerdotal en la Iglesia, la oración es una realidad esencial para todo sacerdote y religioso. Esto lo hemos vivido con interés en nuestros 75 años de historia. El cultivo de la presencia de Dios dispone nuestro corazón al diálogo atento y continuo con Dios, pues «en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28). Vivimos sumergidos, penetrados de la presencia de Dios. Esta realidad hace posible nuestro encuentro con Dios, nos permite poder escucharlo y establecer una relación filial con Él. Este deseo nace, en gran parte, de la conciencia de nuestra condición de creatura necesitada, caída pero redimida. Y, además, de la conciencia de ser alguien que ha sido elegido por Jesucristo para ser su amigo y enviado como los Apóstoles, para extender su Reino entre los hombres.

La oración requiere disponibilidad interior, dedicación y constancia (cf. CCG 2014, nn. 108 y 109). Por eso la Legión ofrece a los religiosos y sacerdotes apoyos personales y comunitarios como son los actos litúrgicos, los actos de piedad, los horarios. Pero estas ayudas son eficaces sólo en la medida en que las hacemos propias y las vivimos con madurez y humildad, como apoyos que se nos ofrecen, para vivir unidos a Dios.

Sé que la mayoría de ustedes se empeña con seriedad, sobre todo, en la oración mental, como nos piden las Constituciones (cf. n. 53 § 1), valorándola como esa ocasión diaria para dialogar con Dios, escucharlo y disponerse con pureza de intención a hacer su voluntad. Bien sabemos que la oración es un don de la gracia y también un arte y, un arte difícil, que hay que aprender día a día, en un combate continuo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2725). Los invito a releer esta parte del Catecismo dedicada a la oración.

Los animo a perseverar todos los días en la oración. Cada día nos podemos encontrar con un estado sensible diverso, no importa. Dios está presente en nuestra alma y espera poder dialogar con nosotros como hijos, para fortalecernos y llenarnos de las gracias que necesitamos para perseverar y para ser apóstoles eficaces. Nuestra oración puede encontrarse con momentos de sequedad, de oscuridad, de disipación; podemos encontrarnos con la pereza, con el tedio; no importa. Es necesario perseverar: Dios se hace presente, se hace fuerza y se hace luz, incluso en la oscuridad interior. El crecimiento en la intimidad con Dios raramente nos es concedido sin pasar primero por el camino de la cruz y de la purificación interior. Ordinariamente hace falta perseverar en  el ejercicio diario de la oración mental, según los diversos métodos que hemos aprendido desde el noviciado. El Espíritu Santo es el mejor maestro en el ejercicio de la oración diaria.

Bajo el influjo de una cultura que todo lo quiere de inmediato, podemos sentir la tentación de buscar caminos apoyados en los sentimientos como sustitutivos del trabajo espiritual y ascético serio y, podemos, quizá, etiquetar como voluntarismo aquello que es sencillamente fidelidad al Evangelio: «Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre» (Mt 6, 6). Cristo nos enseña la oración filial. Bien aprendieron los apóstoles del ejemplo de Cristo, que les llevó a recibir al Espíritu Santo, perseverando en oración junto con María. Antes de buscar el consuelo espiritual, nuestro interés ha de ser consolar al Señor que sufre en Getsemaní, un sentimiento muy propio de la devoción al Corazón de Cristo.

  1. Ascesis y silencio

Como acabo de recordar, la oración y la unión con Dios son un don, pero, un don que requiere también de nuestra colaboración para crear en el alma un clima propicio a la oración.

La vida religiosa, a lo largo de los siglos, ha cultivado con mucho aprecio algunos medios ascéticos para favorecer la unión con Dios. Estos medios han ayudado a tantos religiosos santos, verdaderos amigos de Dios y apóstoles, que con su testimonio y consejo lograron formar verdaderas escuelas de perfección y de santidad. Desde el inicio nació en ellos la convicción clara de que la unión con Dios requiere de un trabajo serio en el cultivo de algunas prácticas ascéticas como la clausura y el apartamiento del mundo. También privilegiaron la práctica del silencio interior y exterior, porque se dieron cuenta de que el silencio es la atmósfera vital para la vida de oración y para una continua unión con Dios. Imitar el ejemplo de Cristo, que se retiraba a lugares apartados para un frecuente diálogo con su Padre en medio de su ministerio. Por eso la Legión nos ha educado al cultivo del silencio absoluto de la noche, que nos prepara para la oración de la mañana y, también nos ha motivado a vivir nuestra jornada en una atmósfera de silencio y recogimiento, para vivir con nuestra alma en Dios y hacer fructífero nuestro trabajo, y para cultivar la profundidad de nuestra alma. ¡Cuánta necesidad tiene la Legión de almas interiores y profundas, para hacer eficaz la misión que Dios le ha confiado!

Podríamos decir que el elemento común de estos medios es el de preparar el ambiente de nuestra alma, para que la voz de Dios pueda resonar y ser escuchada en ese santuario interior, que es el corazón del hombre, dónde habita la Trinidad Santísima. El silencio en la vida de comunidad, que se menciona en las Constituciones, no es una simple disposición disciplinar, sino una virtud, que ayuda a crear un clima propicio para la reflexión, el estudio, el trabajo y el descanso espiritual pero, sobre todo, para forjar personas interiores, profundas y disponibles en cualquier momento para elevar su mente y corazón a Dios.

En efecto, como vemos en la tradición de la Iglesia, tanto occidental como oriental, el camino del progreso en la oración pasa por el silencio interior, que es protegido por el silencio exterior, por la ascesis, por esa continua purificación espiritual y moral, que nos permite estar en el mundo sin ser del mundo. Al respecto, he constatado que hemos perdido un poco el cuidado del silencio externo como ambiente habitual en nuestras comunidades y temo que también se haya bajado en el silencio interior personal, como virtud que nos capacita para escuchar a Dios.

En este contexto de silencio y reflexión orante tienen particular importancia los diversos momentos de examen personal. «El examen de conciencia es un espacio privilegiado de discernimiento y, de encuentro personal con Dios, con el fin de agradecer su presencia y sus dones; pedir perdón, acoger su invitación a la conversión y enmienda, y renovar la adhesión a su voluntad, que nos llama cada día a identificarnos con su Hijo Jesucristo» (CCG 2014, n. 117). Abandonarlo, omitirlo habitualmente, o convertirlo simplemente en un momento de reflexión o planeación personal conlleva riesgos no indiferentes para la vida interior. Por eso animo a todos a ser hombres de examen, de un profundo discernimiento espiritual realizado con sinceridad y generosidad en la escucha atenta de la voluntad de Dios. De este modo, cada uno podrá ver los progresos y avanzar en ellos y también evitar las tentaciones u obstáculos, detectar si en su vida se va dando una relajación progresiva. Todo esto ayuda a rechazar los enemigos más grandes como son la tibieza, la acedia, la concesión habitual a las pasiones desordenadas, el racionalismo o el subjetivismo.

En ese sentido «ayudará también que la casa de apostolado sea un remanso de silencio y recogimiento que propicie el descanso espiritual y la serenidad interior de los miembros» (CCG 2014, n. 113).

Desde otro punto de vista, hoy tenemos un reto particular con la explosión en el uso de los medios de comunicación que tienden a acaparar nuestra atención en todo momento, como si el último mensaje y la última noticia requiriesen siempre nuestra inmediata atención. Es necesario reconocer con sincera humildad y realismo que la facilidad de acceso conlleva múltiples consecuencias para la vida interior. Si no se da una sana pero exigente ascesis personal, estos medios pueden convertirse en obstáculos para el silencio y el recogimiento, además de poder quizá ponernos delante de otros riesgos morales más graves, que pueden poner en peligro la perseverancia. Al vivir dispersos todo el día, volcados hacia el exterior, no nos debe sorprender que encontremos dificultades en el recogimiento, en la unión habitual con Dios y en la oración mental. Cristo necesita almas profundamente unidas a Él, para poder extender su Reino.

En este sentido los invito a todos a mantener claro el principio: salvadas las verdaderas emergencias, a partir de oraciones de la noche, es tiempo de silencio absoluto, es tiempo para Dios.

Sin querer ser negativo, algo semejante se podría afirmar del uso de otros medios de comunicación. En este sentido me ha edificado la revelación personal que el Papa Francisco ha hecho en una reciente entrevista en el vuelo de regreso a Roma desde Sarajevo. Afirmaba que no había visto televisión desde el 15 de julio de 1990, por una promesa que había hecho a la Virgen del Carmen, y que nunca utiliza internet. Podemos ver la televisión, debemos usar los medios en la evangelización, pero este propósito del Papa nos muestra dónde está su corazón y cómo dedica su tiempo a su ministerio.

La Congregación para la Educación Católica, en un documento titulado: Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los seminarios (1980), en un apartado en el que se refiere a la «ascesis y reglamento» (cf. núm. II.3), dice lo siguiente: «Un sacerdote no puede verlo todo, oírlo todo, decirlo todo, gustarlo todo… El seminario debe haberlo hecho capaz, en la libertad interior, de sacrificio y de una disciplina personal inteligente y sincera».

  1. Vida eucarística

La cercanía a Jesucristo Eucaristía es otra expresión de nuestro amor a Cristo, de nuestra fe en Él, así como de la necesidad de estar unidos a la Vid, para llevar fruto. Es a los pies del Sagrario dónde el legionario se llena de fuego interior para influir en la salvación de las almas y dónde encuentra las fuerzas para perseverar en el llamado que Cristo le hizo de seguirlo en la Legión. Sin duda el momento central de nuestro día es la celebración eucarística puesto que es «El sacrificio eucarístico es el centro de la vida cristiana y el culmen de la acción por la que Dios santifica al mundo en Cristo, y del culto que los hombres ofrecen al Padre» (CLC 51). Invito a todos a procurar que así sea, y que la Eucaristía sea el «el centro espiritual de la comunidad» (CLC 52).

Agradezco mucho al Señor que en estos últimos años se ha ido dando un crecimiento convencido en la piedad eucarística, sobre todo en las casas de formación. En no pocas ocasiones los religiosos organizan momentos de adoración además de aquellos otros ya establecidos para toda la comunidad.

Pero también constato que, en otros centros, hay cierto abandono que puede expresarse, por poner un ejemplo, en la ausencia habitual de algunos a las oraciones de la mañana y de la noche, descuidando ocasiones preciosas para iniciar o terminar el día delante del Señor de nuestras vidas. Así lo afirmaba claramente el Capítulo general: «Apreciamos el ofrecimiento de obras y oraciones de la noche como momentos fuertes en que los legionarios se presentan ante Jesucristo como comunidad para ofrecer el trabajo del día que comienza o agradecer los beneficios al final de la jornada» (CCG 2014, n. 115, cf. Normas complementarias, n. 26).

Quizá algunos de ustedes recuerden cómo el Papa Francisco recomendaba vivamente a los rectores y alumnos de los colegios pontificios de Roma que terminasen su día delante del tabernáculo y no ante la televisión o en su habitación (cf. Discurso del 12 de mayo de 2014).

Algo semejante se podría decir de las visitas a la Eucaristía en diversos momentos del día. Si bien no están prescritas, ni son obligatorias, han sido parte constante de la vida de piedad del legionario. ¡Nos hace tanto bien detenernos algunos minutos delante del Señor en varios momentos a lo largo del día! El verdadero amor a Cristo, debe hacer nacer en nuestro corazón el deseo de estar con Él.

  1. El peligro del activismo

He notado, también, que la intensidad de las actividades apostólicas lleva a algunos a abandonar, retrasar o apresurar algún momento de oración. Una de las soluciones, entre otras posibles, consiste en tomar conciencia de estas dificultades, sobre todo cuando son habituales. Cuando no hay equilibrio, hace falta hacer un alto, reflexionar, optar por la «parte mejor» y reprogramar de modo realista las propias actividades, tomando las medidas necesarias para garantizar en nuestro horario los espacios de oración. No debemos sobrevalorar la propia actividad por encima de la dedicación a fomentar la unión con Dios e intentar así ser un mejor instrumento de la gracia.

  1. Una ayuda y apoyo objetivo: la dirección espiritual y el diálogo con el superior

En todo este amplio campo de la vida espiritual contamos con el apoyo de los superiores y del director espiritual, cada uno en el propio ámbito. Ellos nos ayudan a discernir mejor con objetividad la propia situación personal y aquello que Dios puede estar sugiriendo o pidiendo, comenzando por aquellos aspectos más claramente objetivos como son la vida de gracia, la fidelidad a los votos religiosos y la dedicación al estudio, al apostolado y a la vida comunitaria.

Con humildad debemos reconocer que no somos buenos jueces de la propia causa, y que necesitamos alguien que nos acompañe con prudencia y fraternidad en nuestro caminar hacia Dios.

Todos los puntos que he mencionado en esta carta pueden ser materia del diálogo con el superior o director espiritual, según la propia situación. Les invito a repasarlos no sólo en la reflexión personal sino también con quienes tienen la tarea de ayudarles en su camino de consagración y apostolado.

Espero que estas consideraciones puedan serles de utilidad. Por mi parte, como decía al inicio, los encomiendo a todos diariamente ahí, en el Calvario, desde mi propia cruz que es mi fragilidad natural, que es mi historia personal merecedora de sufrimiento. Desde mi pobreza espiritual le pido a Dios que me conceda, y nos conceda, su gracia que es lo único que nos santifica y nos hace fecundos. Le pido que nos ayude a poner los actos de amor y de oración que están en nuestras manos. Él me ve y me escucha, la Virgen me ve con ojos misericordiosos y me asegura que ahí en el calvario, porque está Dios regalando su gracia, está la salvación.

Con un saludo muy cordial y mis oraciones, me confirmo de ustedes afmo. en Jesucristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Ha fallecido el P. Juan Amezcua, L.C.

¡Venga tu Reino!

Muy queridos padres y hermanos:

Les escribo para avisarles que un hermano nuestro acaba de fallecer. Esta mañana, en la ciudad de Sahuayo, Michoacán, durante su visita familiar, el P. Juan Amezcua entregó su alma al Padre. Falleció por un paro cardíaco. Durante los últimos años sufrió diversas enfermedades. El P. Juan ejerció casi todo su ministerio sacerdotal en la prelatura Cancún-Chetumal, atendiendo diversas parroquias. Yo lo conocí como sacerdote cuando yo estudiaba secundaria en el Cumbres. Les invito a pedir por él y por todos sus seres queridos. Que el Señor lo reciba en su Gloria.

Afectísimo en Cristo y la Legión, P. Eduardo Robles Gil, L.C.

Carta del director general sobre el discernimiento

¡Venga tu Reino!

C O N G R E G A T I O

L E G I O N A R I O R U M   C H R I S T I

D I R E C T O R  G E N E R A L I S

Ciudad de México, 4 de agosto de 2015

A los padres y hermanos que hacen ejercicios espirituales de mes

Mis queridos padres y hermanos, Pax Christi:

Desde hace varias semanas he estado reflexionando sobre algunas ideas que quiero compartir con ustedes ahora que están viviendo el tiempo especial de gracia que son los ejercicios espirituales. Se trata de un tiempo para hacer una fuerte experiencia de Dios, para conocerlo personalmente y no sólo de oídas (cf. Jb 42, 5), y para volver a escuchar, de manera más consciente y renovada, la invitación de Cristo a compartir su estilo de vida y ser enviados como apóstoles del Reino a anunciar la misericordia del Señor con renovado empeño.

Además, tienen la gracia particular de vivir estos ejercicios en el Año de la vida consagrada y también en medio de nuestro jubileo por el 75º aniversario de nuestra fundación. Se trata de un período en el que, con toda la Iglesia, debemos despertar la memoria de la acción de Dios en nuestra vida personal y en la de nuestra congregación, para alabarlo, agradecerle y maravillarnos por su misericordia. Es ocasión de abrirnos a la gracia de Dios para renovar nuestro sentido de pertenencia como miembros vivos del cuerpo de la Legión, más como gracia que como conclusión simplemente lógica o por costumbre, para poder así abrirnos al futuro con esperanza, avanzando junto con Cristo en la instauración de su Reino.

Con el deseo de ayudarles en su búsqueda personal de Dios, quiero comentar con ustedes algunos aspectos del discernimiento, que es una actividad preeminente durante el tiempo de ejercicios.

Al igual que la oración, el discernimiento es una gracia y se va aprendiendo en la práctica. Es, por decirlo de alguna manera, el lugar en donde la oración y la acción se encuentran para que se realice la voluntad de Dios sobre nosotros y sobre las realidades con las que tenemos contacto. El discernimiento tiene que ver, sobre todo, con decisiones concretas, con situaciones específicas que requieren una respuesta activa.

Pero antes de entrar en materia, me parece importante aclarar algunos conceptos:

Sobre qué discernir

Cuando hablamos de discernimiento no nos referimos principalmente al discernimiento sobre la propia vocación, especialmente si se han hecho ya opciones definitivas, sino más bien a la búsqueda del querer de Dios en la vida cotidiana. Incluso, San Ignacio dice que si una persona ha hecho ya una elección que es inmutable, como puede ser la profesión perpetua, el matrimonio o el sacerdocio, el discernimiento debe ir enfocado a la reforma y enmienda de la propia vida en el estado elegido, entregando toda su persona y vida a la gloria de Dios y a la salvación de la propia alma (cf. Ejercicios espirituales nn. 172 y 189).

En efecto, cuando hablamos de discernimiento, principalmente lo hacemos para tratar de descubrir la voluntad de Dios en lo concreto de nuestras vidas de todos los días, sobre el modo como vamos siguiéndolo en cada instante. Discernimos para escuchar la voz de Dios a través de las circunstancias concretas en la que se desarrolla nuestra vida, y para poner en juego nuestros talentos para responder de la mejor manera posible a la gracia de Dios que siempre nos precede y acompaña.

La oración de examen es un momento privilegiado para este discernimiento «de andar por casa» que es tan necesario para responder adecuadamente a nuestra vocación a la santidad y no conformarnos con una vida de un religioso cumplidor, pero que ha dejado de buscar la santidad, y que poco a poco puede irse encerrando en sí mismo y dar paso a la rutina, cuando no a la tristeza o a la amargura.

En este sentido, es importante que estemos atentos no sólo a las luces que Dios nos concede en la oración o en cualquier otro momento de la jornada, sino que también atendamos a las reacciones –agitaciones, las llamaba San Ignacio– que provocan en nuestro corazón, sean de consolación o de desolación. Quizás simplificando un poco, podemos decir que el discernimiento consiste en tomar conciencia de lo que ocurre en nuestro mundo interior para tratar de entender lo que está pasando y si viene de Dios o más bien es fruto del mal espíritu o de nuestro egoísmo, para luego poder actuar en consecuencia: acogiendo y secundando lo que viene del Señor; rechazando con decisión lo que no viene de Él.

El discernimiento y la tentación del subjetivismo

Existe siempre el peligro de confundir el discernimiento con una sutil tentación a caer en el subjetivismo o el relativismo. Quien se encuentra en esta situación, muchas veces está convencido de poseer una relación especialmente estrecha con el Espíritu Santo que le manifestaría su voluntad directamente aunque a veces sea contraria a las exigencias de la vida religiosa, a la identidad sacerdotal y legionaria, cuando no incluso de la fe y la moral cristianas.

Todos conocemos de sobra nuestra fragilidad y la capacidad de engañarnos o ser engañados. Por ello, para hacer un auténtico discernimiento, y para no ser sacudidos por viento de cualquier doctrina (cf. Ef 4, 14), existen tres instancias que son puntos de referencia irrenunciables:

1. El Evangelio

Cristo es la regla suprema del religioso, tal y como se nos presenta en el Evangelio (cf. CLC n. 235). Todo discernimiento debe confrontarse necesariamente con el Evangelio: si algo no es compatible con él, no puede venir de Dios, y por lo mismo, necesita discernirse más pues no es una opción.

Hay que recordar en este contexto lo que dice el Papa Benedicto XVI en el n. 83 de Verbum Domini: «La vida consagrada “nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida”. En este sentido, el vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente se convierte “en ‘exégesis’ viva de la Palabra de Dios”. […] “[De la Palabra de Dios] ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla”, dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica».

2. El carisma tal y como se expresa en las Constituciones

Creo que este punto lo ilustra muy bien el n. 9 de la Instrucción de la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica sobre El servicio de la autoridad y la obediencia:

«Las personas consagradas son llamadas al seguimiento de Cristo obediente dentro de un “proyecto evangélico”, o carismático, suscitado por el Espíritu y autenticado por la Iglesia. Ésta, cuando aprueba un proyecto carismático como es un Instituto religioso, garantiza que las inspiraciones que lo animan y las normas que lo rigen abren un itinerario de búsqueda de Dios y de santidad. En consecuencia, la Regla y las demás ordenaciones de vida se convierten también en mediación de la voluntad del Señor: mediación humana, sí, pero autorizada; imperfecta y al mismo tiempo vinculante; punto de partida del que arrancar cada día y punto también que sobrepasar con impulso generoso y creativo hacia la santidad que Dios “quiere” para cada consagrado. En este camino, la autoridad tiene la obligación pastoral de guiar y decidir».

3. Los signos de los tiempos

Cristo resucitado está vivo y sigue actuando en la historia y nos manifiesta su querer a través de los acontecimientos, vistos e interpretados a la luz de la fe. Además de las Constituciones y normas, hay otras mediaciones que pueden ayudar en mayor o menor medida a descubrir la voluntad de Dios: las expectativas y necesidades del Pueblo de Dios, la mediación de los superiores y de la comunidad, de las prioridades de la Iglesia universal y particular, las indicaciones del Capítulo general y de los superiores mayores.

El hombre que discierne está a la escucha del Señor para seguirlo con madurez

Aclarados estos dos puntos, el objeto de nuestro discernimiento y la necesidad de evitar cualquier subjetivismo, creo que podemos afirmar que el legionario que discierne es un hombre que está a la escucha del Señor para seguirlo con madurez y responsabilidad cada día. Esto se puede ver por su estilo de vida coherente, que se hace concreto y real en actitudes, palabras y acciones.

En algunos manuales de espiritualidad previos al Concilio Vaticano II, encontramos que no pocos insisten en que la voluntad de Dios se manifiesta a través de los mandatos de los superiores eclesiásticos: el Papa, los obispos, los superiores religiosos; y también a través de normas muy precisas que a veces pueden prever mucha casuística. Esto parecería dejar el discernimiento principalmente en manos de quien tenía a su cargo una porción del Pueblo de Dios. Sin lugar a dudas también quienes no estaban constituidos en autoridad ejercían también el arte del discernimiento, pero el acento solía ponerse más en la autoridad.

El Concilio, al recordar la vocación universal a la santidad, y la participación de todos los bautizados en el triple oficio de Cristo sacerdote, profeta y rey, invitó a todos los cristianos a un papel más activo y, de algún modo, más responsable en la vivencia y el anuncio de la fe. Esta invitación de la Iglesia a ser hijos capaces de asumir responsabilidades, también cuando no se tiene una posición de autoridad, exige de cada cristiano una actitud de escucha para descubrir al Espíritu Santo actuando en su interior.

La autoridad en la Iglesia sigue teniendo su perenne validez en el plan de Dios, y puede y debe marcarnos las pautas para que nuestro seguimiento de Cristo sea auténtico y no nos engañemos. Pero hay una mayor conciencia de que cada uno tiene el reto de recorrer el camino especialísimo que el Señor ha pensado para él y que le va descubriendo poco a poco, dentro de la única vocación legionaria.

En algunos casos puede ser mucho más cómodo que los superiores nos digan exactamente lo que hay que hacer en cada circunstancia, pero eso puede llevar a la inmadurez. El Espíritu Santo nos impulsa a irnos conformando con Cristo para ser hombres espirituales maduros. San Pablo, con gran sentido pedagógico, subraya que la autoridad necesita intervenir para ayudar a sentar las bases, y que gradualmente, supuesto un proceso de maduración personal, debe ir dejando mayor responsabilidad a cada uno de vivir según la vocación que ha recibido: «Por mi parte, no pude hablarles como a hombres espirituales, sino como a hombres carnales, como a quienes todavía son niños en Cristo. Los alimenté con leche y no con alimento sólido, porque aún no podían tolerarlo, como tampoco ahora» (1Cor 3, 1-2). Con todo, San Pablo no se desentiende nunca de quienes le han sido confiados, sino que sabe intervenir a tiempo y destiempo para seguir acompañando a sus queridos cristianos en su seguimiento de Cristo.

Damos gracias a Dios que en la Legión hay muchos religiosos y sacerdotes que quieren ser o son ya maduros en Cristo y se dejan guiar por Él. Son hombres que disciernen, es decir, que se sienten y se saben responsables de sus vidas y de sus decisiones, que miden las consecuencias de sus actos y buscan ser coherentes con su identidad legionaria, mostrando así al mundo, con la vida y con las palabras, lo atractivo de la vocación religiosa y sacerdotal.

Actitudes para afrontar el discernimiento

Nos podemos preguntar cuáles son las actitudes con las que debemos afrontar el discernimiento de cada día, y que en ejercicios espirituales se hace más importante.

La primera es querer hacer la voluntad del Padre, a ejemplo de Jesucristo que no tiene otro alimento. Esto exige el desprendimiento de nosotros mismos, de nuestros planes, impresiones y hasta puntos de vista, que podemos llamar también libertad interior. La contemplación del amor incondicional de Dios, que es un Padre providente, que nos ha enviado a su Hijo y nos sostiene con la fuerza del Espíritu puede alcanzarnos la gracia de poder confiar y abandonarnos a sus manos.

La segunda es la apertura al Señor y a las sorpresas que Él pueda darnos en cada momento de nuestra vida. El Señor es el León de la tribu de Judá, y no es alguien a quien podamos domesticar. De suyo, esta incapacidad para controlar a Dios imponiéndole mi voluntad es muchas veces indicio de la autenticidad de la acción de Dios en el alma.

Esto lo hemos vivido en la Legión de manera particular en el espíritu de soldado raso. Es edificante ver la talla humana y cristiana de nuestros hermanos legionarios que reciben a veces una misión difícil o costosa para su naturaleza, especialmente cuando hay un cambio de lugar de trabajo que exige un desprendimiento doloroso de proyectos y, sobre todo de personas. Impresiona palpar cómo descubren en la nueva misión y sus exigencias la mano de Dios que los va moldeando con la fuerza de la cruz. Igualmente, es hermoso ver la humildad de tantos hermanos nuestros que ante una determinada misión, la aceptan «de entrada», pero que saben exponer con sencillez las dificultades que representaría para ellos ese encargo. Muchas veces estas actitudes nos han ayudado a tomar mejores decisiones en la asignación de la misión.

La tercera es el deseo de crecer en el conocimiento experiencial de Cristo en la fe, que es un don que nos concede el Espíritu Santo. Así, Jesús se convierte en la práctica en el centro, criterio y modelo de nuestros deseos, pensamientos y acciones (cf. CLC, n.9). El Jesús del Evangelio es la clave de interpretación de todo lo que acontece en nuestras vidas, de nuestras reacciones, etc.

La cuarta actitud es la humildad (cf. Catecismo n. 2559) para conocer los propios límites y la capacidad de autoengañarse. Esto nos impulsa a pedir luz al Señor en la oración, ante la Eucaristía, en el trato con la Virgen María; a dejarnos interpelar por la Palabra que es viva y eficaz; a hacer lecturas de maestros de la vida espiritual; a dejar que la teología que estudiamos forme parte de nuestra vida espiritual. Por supuesto, el hombre humilde tiene unos superiores y un director espiritual a quien acude confiadamente para pedirle consejo y luz en su camino.

Conocimiento por connaturalidad

La piedra de toque del discernimiento es el amor a Jesucristo y al prójimo, pues muchas veces el conocimiento de la voluntad de Dios se da, como dice la tradición escolástica, por connaturalidad. Esto quiere decir que, por el trato que he tenido y tengo con el Señor, me voy familiarizando con Él hasta el punto que soy capaz de descubrir y hasta intuir sus deseos casi espontáneamente, a reconocerlo en medio de las circunstancias de cada día, sin necesidad de recurrir a grandes razonamientos. Es lo que vivía San Juan evangelista, nuestro patrono, que reconocía sin duda ninguna a Cristo y ayudaba a otros a descubrirlo: «¡Es el Señor!» (Jn 21, 7).

Discernimiento sobre un asunto con duración limitada

Ahora bien, el discernimiento sobre un punto concreto no puede tener una duración indefinida. Hay que estar a la escucha, pedir luz, suplicar la gracia para reconocer la voluntad de Dios. Pero sobre todo, hay que pedir la fortaleza para no dejarnos intimidar ante los retos que el Señor nos proponga aquí y ahora o por el miedo a equivocarnos, aunque a veces eso exija cargar la cruz de cada día. Dios no quiere una parálisis en nuestra práctica de la caridad ni la vida cristiana puede quedarse estática.

El Señor quiere que confiemos y que, poniendo los recursos que tenemos a disposición, como son la oración, las luces, las mociones del Espíritu Santo, nuestra inteligencia, memoria y voluntad, el consejo de personas prudentes y conocedoras del camino del Espíritu, las orientaciones de los superiores y formadores, etc. para descubrir su voluntad y decidirnos a actuar en conformidad, aunque casi nunca lleguemos a tener una certeza matemática. Quien espera a tener una claridad total para actuar, va dejando pasar su vida y, quizás, está privando a las personas que está llamado a servir de las gracias que Dios quiere concederles por su medio.

Igualmente, los invito a abrirse a los dones de la paz y de la gratitud, para disfrutar con Cristo todas las cosas buenas que Él quiere para nosotros, que nos causan alegría y, sobre todo, que nos dan el gozo de saberlo cerca, que Él se interesa por nosotros. Como a los discípulos de Emaús, debemos seguir adelante en el camino sabiendo que Él camina a nuestro lado y nos va descubriendo poco a poco, o de improviso, el querer de Dios.

San Ignacio desarrolla en el libro de los Ejercicios Espirituales algunas reglas para ayudar en la tarea del discernimiento y de la elección. Les recomiendo que lean, reflexionen sobre ellas y, bajo la guía del Espíritu Santo, las vayan aplicando. Probablemente el director de ejercicios les ayudará a profundizar en su sentido y alcance. También los directores espirituales y formadores podrán ayudarles a crecer en el arte del discernimiento, que no es otra cosa que buscar la voluntad de Dios.

Un fruto del discernimiento es la libertad interior

Quizás estas reflexiones se han extendido demasiado y creo que conviene terminar esta carta. Sólo quisiera antes proponerles que uno de los frutos más preciosos del discernimiento es la libertad interior y también una de las actitudes fundamentales para un buen discernimiento hecho desde el amor. De hecho, uno de los signos más seguros del crecimiento en el discernimiento es la libertad interior para poder entrar en un diálogo de amor con nuestro Señor que guía y realiza en cada uno la progresiva configuración con Jesucristo.

Esta libertad interior es característica de religiosos maduros que han interiorizado el estilo de vida propio de la Legión, tal y como está recogido en nuestras Constituciones, normas, espíritu y tradiciones y, al mismo tiempo, pueden afrontar con amor lleno de prudencia las circunstancias más diversas y las sorpresas de la vida, firmes en la fe y en la propia identidad de religiosos, sacerdotes y apóstoles del Reino. Esto no se logra plenamente en esta vida, pero es nuestro quehacer de cada día el dirigirnos hacia esa meta con constancia, cooperando generosamente con el Espíritu que nos impulsa desde dentro. Es así como se puede entender correctamente lo que decía san Agustín: «Ama et fac quod vis!».

Pido a la Santísima Virgen que los acompañe durante sus ejercicios y que Ella misma les guíe en el camino de la oración y del discernimiento, para que como Ella puedan percibir en su vida la voz del Señor y responderle siempre generosamente y confiados en su amor de Padre: «Hágase en mí, según tu Palabra. Magnificat».

Su hermano en Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

P.S. Por favor, no dejen de encomendar en sus oraciones a todos los legionarios y de modo especial a los jóvenes que están participando en los candidatados y cursillos de verano.

A los legionarios que inician su ministerio

29 de junio de 2015

A los legionarios que están por comenzar su ministerio

Muy estimados en Jesucristo:

Me da mucho gusto escribirles estas líneas en la solemnidad de san Pedro y san Pablo. La Legión se alegra por cada uno de ustedes, que en estas semanas han ido recibiendo la ordenación diaconal o la recibirán próximamente. Damos gracias a Dios por el don de su vocación y a ustedes por su respuesta generosa.

Están por comenzar una nueva etapa, el inicio de su ministerio pastoral, ya sea en una localidad del Regnum Christi, en una casa de formación, o dedicados a continuar sus estudios. Aunque en los últimos meses hemos tenido algunos encuentros, ahora aprovecho esta ocasión para compartirles algunas reflexiones.

El ejemplo de Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, nos ilumina mucho en nuestra vocación de seguidores de Cristo y de apóstoles de su Reino. Y creo que especialmente a ustedes, que en unos meses recibirán el don del sacerdocio, les puede ayudar mucho contemplar la experiencia de estos dos hombres que se dejaron transformar por el amor de Dios.

«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). Estas palabras de san Pedro son una declaración de fe y de fidelidad al Señor. Nuestra vida sólo tiene sentido con Cristo, que nos ha llamado a seguirle. Seguramente ustedes llevan muy claro en su corazón que lo más importante en estos meses y en sus primeros años de sacerdocio es seguir afianzándose en su relación personal con Él, desde su identidad religiosa y sacerdotal. Espero que sus meses como diáconos sea un tiempo precioso para crecer en su amistad e intimidad con Él. Tendrán muchas ocasiones para experimentar las maravillas de su amor y para ver cómo actúa misteriosamente
a través de ustedes.

En ese capítulo 6 del evangelio según san Juan tenemos dos claves para poder vivir centrados en Cristo, como nos invitan las Constituciones (cf. CLC 3 §1): alimentarnos del Pan de vida y escuchar sus Palabras de vida eterna. La Eucaristía y la oración, especialmente en el contacto con la Sagrada Escritura, son fundamentales en el ministerio. El lugar que ustedes logren darles podrá marcar positivamente toda su vida sacerdotal.

«Ay de mí si no anuncio el Evangelio» (1Co 9, 16). Ésta puede ser otra gran orientación para este periodo que están por comenzar. Pueden releer los Hechos de los Apóstoles y considerar cómo san Pablo no se reservó nada para sí, se hizo todo a todos, tuvo todo por basura con tal de alcanzar a Cristo y colaborar en su obra redentora.

Las Constituciones nos piden entregarnos con generosidad y pasión a la misión (cf. CLC 2 §2). Son dos adjetivos que nos marcan un estilo y el camino que Dios nos señala para la instauración de su Reino. Somos bien conscientes de que las necesidades de las personas y de la Iglesia superan nuestras posibilidades, de que somos pocos para atender bien las secciones y obras del Movimiento, para llevar el Evangelio al mundo de las familias, de la educación, de la cultura, de los medios de comunicación… De esta conciencia y de nuestra experiencia personal de cómo el amor de Dios nos ha tocado, debe brotar el deseo de entregarnos a la misión encomendada
sin poner límites a lo que el Espíritu Santo nos vaya pidiendo. Quiero aprovechar esta carta también para hacerles tres recomendaciones más, que nacen de algunos deseos o inquietudes que han manifestado algunos de ustedes.

En primer lugar, percibo un deseo de tener en estos primeros años de ministerio una vida fraterna en comunidad según el ideal expresado en las Constituciones y según las orientaciones del capítulo general. Gracias a Dios, la vida de nuestras comunidades se va fortaleciendo y vamos encontrando caminos para vivir como auténticos hermanos en las casas de apostolado. Estoy seguro de que ustedes, con su fervor y su juventud, aportarán mucho en este sentido, y podrán también aprender mucho de sus hermanos mayores. Sin duda no todo será perfecto y habrá dificultades, como puede ser el mismo hecho de que en las casas de apostolado estarán en comunidad con sacerdotes de muchas edades y experiencias, cosa que puede originar algunos roces. Sin embargo, si cada uno pone de su parte, ni las diferencias ni los conflictos serán obstáculo para el espíritu de familia. Al contrario, serán ocasión para fomentar una más profunda y auténtica relación y serán una oportunidad para crecer en paciencia y en comprensión sacerdotal.

Otro aspecto importante que algunos han expresado tiene que ver con la relación con su superior. Yo espero que encuentren superiores disponibles y edificantes, que les apoyen y les orienten, que se preocupen sinceramente por su santidad y por su bien. Y espero que sus superiores encuentren en ustedes religiosos fervorosos, obedientes, también disponibles, que quieran aportar lo mejor de sí y que se dejen ayudar por sus hermanos mayores.

Gracias a Dios, hoy en la Legión vamos creciendo en la conciencia de que el superior está llamado a ser imagen de Cristo, Buen Pastor (cf. CCG 2014 65). También es verdad que todavía muchos superiores llevan una carga de trabajo apostólico importante y creo que, sobre todo al inicio, será muy importante que sean ustedes los que se acerquen a los superiores y los busquen.

Finalmente, les recomiendo que escojan a su director espiritual con relativa agilidad para que puedan contar pronto con todas las ayudas para el inicio de su ministerio. Cuenten con mis oraciones en estos meses en que servirán como diáconos a la Iglesia y comenzarán su ministerio en la misión que la Legión les confía. Les deseo que puedan seguir preparándose con mente para lo que sigue después: toda una vida con Cristo, como religiosos y sacerdotes, entregada a colaborar en la extensión de su Reino.

Nos vemos pronto en Roma. En Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Ha fallecido en Madrid el P. Guillermo Izquierdo, L.C.

¡Venga tu Reino!

 

Muy queridos padres y hermanos:

Nuevamente les comunico el fallecimiento de un legionario. Se trata del P. Guillermo Izquierdo quien, desde hace aproximadamente un año residía en la Residencia Santísima Trinidad, en Aravaca, Madrid, en donde podía recibir las atenciones médicas que ya no era posible dispensarle en casa. Murió esta tarde por un paro respiratorio mientras cenaba. Pidamos al Señor, rico en misericordia, por su eterno descanso.

Afectísimo en Cristo y la Legión, P. Eduardo Robles Gil, L.C.

Carta del director general sobre las reuniones para la asignación de la misión 2015

¡Venga tu Reino!

C O N G R E G A T I O
L E G I O N A R I O R U M   C H R I S T I
____________
DIRECTOR GENERALIS

4 de mayo de 2015

A los legionarios de Cristo

Muy estimados en Jesucristo:

Hace dos días, primer sábado de mayo, hemos celebrado en Roma las ordenaciones diaconales de un grupo de 20 hermanos teólogos. Ha sido un momento lleno de la gracia de Dios que hemos vivido unidos a estos hermanos nuestros en un día tan significativo. Mons. Brian Farrell presidió la ceremonia y en su homilía nos recordó que el diaconado nace en la primera comunidad cristiana para mostrar el amor misericordioso de Dios. Encomendemos estos nuevos diáconos y a los que serán ordenados en las próximas semanas, para que en su ministerio hagan presente el Reino de Cristo por la irradiación y atracción del mismo Señor Jesús (cf. CCG 2014, n. 18).

Por otro lado, el viernes pasado concluimos las reuniones de asignación de la misión del gobierno general con los Directores territoriales y los Rectores de Roma. Han sido días de mucho discernimiento, oración y trabajo, en los que ha reinado el espíritu de unidad. Hemos iniciado cada día las reuniones con la concelebración de la Eucaristía, pidiendo al Señor su luz y fortaleza. Además, el jueves fuimos a San Pedro a renovar nuestro anhelo de servir a la Iglesia. Agradezco a los Directores territoriales y a los demás padres que participaron por el servicio que han prestado a la Legión y al Movimiento en estos días.

Este año estamos aplicando por primera vez las nuevas Constituciones y las Normas complementarias, por lo que la tarea del Director general consiste en adscribir a nuestros religiosos a los territorios y nombrar directamente sólo aquellos puestos que están reservados a él por el derecho propio. Por su parte, los Directores territoriales asignarán la casa religiosa, la misión concreta y los encargos adicionales dentro del territorio. Esperamos comunicar estos nombramientos hacia mediados de junio.

Conviene que seamos conscientes de que en las circunstancias actuales de la Legión, están quedando muy limitadas las tareas que desarrollan los hermanos que están en prácticas apostólicas. Cada vez habrá más comunidades de apostolado que no contarán con religiosos en prácticas apostólicas. Lo mismo sucederá con algunos centros educativos, que lamentablemente dejarán de contar con este importante apoyo para su labor evangelizadora. Ante esta situación es importante que los laicos, especialmente quienes son miembros del Movimiento, sientan como propia la misión de evangelizar.

Como hemos hecho en los últimos años, los superiores harán próximamente las consultas previas a los nombramientos. El Comunicado capitular nos dice que «la consulta al religioso previa a un nombramiento fomenta un clima de respeto y diálogo; no se ha de interpretar ni como un “derecho” del súbdito, ni como una muestra de menor confianza en la disponibilidad del religioso. No se consulta sobre un nombramiento para preguntar si se va a obedecer o no, sino que, presuponiendo que todos están dispuestos a obedecer, se quiere involucrar al religioso para conocer su parecer y así tomar la mejor decisión» (CCG 2014, n 189). Se nos consulta fundamentalmente para saber si hay alguna información importante que los superiores no han considerado y que desaconseja realizar determinado nombramiento, no se trata de una cuestión de preferencias, proyectos o de inclinación personal.

Quiero aprovechar esta carta para invitarlos a seguir cultivando una actitud de verdadero desprendimiento interior y de plena disponibilidad para la misión. Es la actitud evangélica del discípulo que desea seguir a Cristo: «te seguiré adondequiera que vayas» y a quien Cristo no oculta que su seguimiento es exigente (cf. Lc 9, 57-58). Pienso especialmente en aquéllos a quienes puede resultar costoso el cambio que se les pedirá.

Hemos analizado con mucho cuidado y cariño las necesidades de la Legión y del Regnum Christi y hemos visto cómo hay algunas misiones que exigen un desprendimiento particular. Algunos de ustedes serán invitados a ejercer el servicio de la autoridad como superiores o formadores, con todo el sacrificio que esto implica. A otros se les pedirá que por un tiempo ayuden en puestos de tipo secretarial y administrativo al servicio de la Dirección general o de las Direcciones territoriales. Comprendo que, para algunos, estos puestos pueden suponer un gran sacrificio pero les invito a pensar que ofrecerán un servicio oculto y que es muy necesario para el buen gobierno de la Congregación. En cierto sentido la Legión también es un cuerpo que tiene a Cristo como cabeza y que necesita una variedad de órganos para conformar su unidad (cf. 1Co 12, 12-30). Dejemos que, como decía San Pablo a los primeros cristianos, Dios disponga de cada uno de los miembros según su plan (cf. 1Co 12, 18).

Aprovecho para adelantarles que en los próximos días publicaremos dos documentos. Uno de ellos contiene los principios y orientaciones generales para la asignación de la misión, previstos por el n. 43 § 1 de las Normas complementarias, que aspira a ofrecer algunas pautas para realizar los nombramientos durante este sexenio. Asimismo, publicaremos unas normas para la asignación de la misión, que ayuden a fomentar la colaboración entre las ramas para la misión en el Regnum Christi.

La misión a la que el Señor nos llama exige lo mejor de nosotros mismos. A Él nos encomendamos para que nos conceda la gracia de vivir en plenitud la hermosa vocación religiosa que Él nos ha regalado. Con un recuerdo en mis oraciones me despido, afectísimo en Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

 

Cristo nos introduce a su luz admirable

El P. Eduardo Robles Gil, LC envía una carta a los legionarios de Cristo con motivo de la Pascua de Resurrección.


¡Venga Tu Reino!

Salamanca, 5 de abril de 2015

Pascua de Resurrección

A los Legionarios de Cristo

Mis queridos padres y hermanos:

Apenas hace unas horas celebrábamos la vigilia pascual, en la que la liturgia nos hace entrar en la luminosidad y la alegría del misterio de la resurrección que por la gracia de Dios hace posible nuestra renovación.

Impresiona la liturgia de la luz, con la bendición del fuego nuevo. La celebración inicia en la oscuridad y poco a poco la luz rasga las tinieblas. Inicia como una llama única, incluso frágil, en el cirio pascual y se propaga a todos los bautizados. En nuestro mundo, y a veces en nuestro corazón, la oscuridad puede parecer invencible pero Cristo resucitado va conquistando todo con su luz, su gracia va siendo más fuerte que las tinieblas y así nos abre la puerta a una esperanza que no defrauda.

Los evangelios que se leen en la misa durante la octava nos narran diversos encuentros con el Resucitado. Podemos contemplar cómo Jesús disipa más y más las tinieblas que hay en el hombre y en el mundo e introduce a los suyos a su luz admirable. En cada encuentro enseña y propone a los apóstoles la vida nueva que nos ha ganado con su pasión, muerte y resurrección: nos enseña a vivir como hombres nuevos, nos recuerda que no podemos dejar que nos roben la esperanza.

El Resucitado nos encuentra más fácilmente cuando buscamos cultivar nuestra unión con Él por el ejercicio de las virtudes teologales y por la vida de oración, que va mucho más allá de simples prácticas de piedad. Necesitamos perseverar, como los apóstoles, unidos en la oración, junto con María la Madre de Jesús (cf. Hch 1, 14), para que sea Él quien nos conquiste y para que nosotros nos dejemos conquistar. Fue en este ambiente de oración que el Espíritu Santo irrumpió en el cenáculo e hizo de los apóstoles hombres nuevos con su presencia.

Esta actitud de escucha y atención a Jesucristo, se traduce necesariamente en la imitación del Señor. Uno de los gestos más propios del misterio pascual es la obediencia de Cristo al Padre, que Él propone también a sus discípulos después de la Resurrección de muchas maneras: «echa las redes a la derecha», «apacienta a mis ovejas», «otro te ceñirá», «sígueme». En esta obediencia sobrenatural encontramos un signo claro de la madurez del hombre nuevo y de nuestra identidad como bautizados y religiosos.

La obediencia a Cristo no está exenta de misterios. Jesús les dice a los apóstoles a través de las mujeres que «vayan a Galilea» y que ahí lo verán. Estos hombres tienen que aprender a descubrir al Maestro, que habla a través de muchas mediaciones humanas, que manifiesta su querer por medio de los hermanos y hermanas. Necesitan aprender a confiar en que Cristo está siempre a nuestro lado, es fiel a sus promesas y bendice abundantemente a quien se fía más de su Palabra que de las propias evidencias.

Esta confianza también brota cuando Pedro y Tomás se dejan mirar por Cristo. Ellos pueden mirar su propia oscuridad y pueden también ver la luz de la resurrección, que les lleva a una fe más profunda y más perfecta, hasta poder declarar ante el Resucitado: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28).

Probablemente la experiencia de la misericordia del Señor, que conoce nuestros pecados y viene a rescatarnos de las tinieblas de nuestro egoísmo juegue un papel decisivo para que nuestra vida espiritual se centre en lo esencial: el amor a Dios y el amor a los hermanos.

Haber sido objeto de la misericordia y tomar conciencia de este don incomparable, nos habilita para ser hombres del perdón que saben disculpar a los hermanos, comprender sus limitaciones y valorar el esfuerzo que realizan cada día para hacer presente a Cristo con sus vidas. De manera especial también nos hace capaces de llevar el perdón de Dios y la vida divina a quien la ha perdido, a través de los sacramentos, especialmente del bautismo y de la confesión.

No quiero terminar sin invitarles también a tomar conciencia de que, después de todas estas experiencias con el Resucitado, Él mismo los envía a todo el mundo a predicar el evangelio (cf. Mc 16, 15). El apóstol, como hombre nuevo, es el hombre que tiene una misión, un mensaje, es luz del mundo y sal de la tierra. Lo acaban de experimentar muchos de ustedes en las misiones de evangelización junto con miles de misioneros del Regnum Christi. También hoy resuena en nuestro corazón esta promesa que Él nos hace de estar con nosotros hasta el fin del mundo. Que de esta seguridad de su presencia y su misericordia brote un deseo ardiente de colaborar en la misión de la Iglesia, de anunciar explícitamente el evangelio, de vivir nuestras Constituciones, de proponer el Regnum Christi a las personas que pueden encontrar en él un camino para vivir como hombres y mujeres nuevos.

Queridos padres y hermanos, ¡muy felices pascuas de resurrección! Que el Señor resucitado los llene de su luz y los sostenga en este esfuerzo por hacer realidad lo que nos propone el Capítulo general para hacer presente con autenticidad el misterio del Reino de Cristo. Gracias a todos los que con su oración y con su apostolado han llevado la luz de Cristo a tantos corazones.

Su hermano en Cristo,

 P.  Eduardo Robles-Gil, L.C.

Anexos:

A los legionarios Pascua 2015 (PDF)