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Antología de textos del Delegado Pontificio y sus consejeros

¡Venga tu Reino!

Roma, 21 de octubre de 2015

 

A los legionarios de Cristo

Muy estimados en Cristo:

Les envío un saludo cordial desde Roma, muy unidos en la oración por el Santo Padre y por todos los padres sinodales por los frutos del Sínodo de los obispos sobre la familia.

Junto con estas líneas les envío una copia digital del volumen “Antología de textos del Delegado Pontificio y sus consejeros para la congregación de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi”. Se trata de una publicación elaborada por la secretaría general, que recoge las comunicaciones oficiales relacionadas con el proceso de renovación de los años 2010 a 2014, una selección de homilías y conferencias del Card. Velasio De Paolis y la serie de conferencias que el P. Gianfranco Ghirlanda nos ofreció en la así llamada “fase iluminativa”. Hemos querido con esta publicación llevar adelante uno de los encargos del Capítulo general que nos pedía «recoger las fuentes y testimonios necesarios para los futuros estudios sobre la historia de la Legión» (CCG 2014, 207, 1º).

En las próximas semanas enviaremos una copia impresa para las bibliotecas de cada una de nuestras casas por su valor histórico y doctrinal: histórico, porque nos ayuda a revivir los principales eventos de nuestra historia reciente; doctrinal, porque estos textos, particularmente la tercera parte, son un repaso de teología particularmente adecuado en el contexto del Año de la vida consagrada.

Como escribo en la presentación del documento, confío en que esta Antología nos ayude a mirar al pasado reciente con gratitud: recordar estos últimos años de nuestra historia debe suscitar en nosotros sentimientos de acción de gracias a Dios, que con su Providencia divina nos ha conducido en medio de cañadas oscuras; confío que nos sirva para recordar que las dificultades que hemos debido afrontar se han ido superando con la confianza en Dios y con paciencia sobrenatural. Hoy día podemos decir que el proceso de renovación que hemos recorrido, con sus luces y sombras, ha sido un tiempo de gracia, marcado por la presencia del Espíritu.

Que el Espíritu Santo nos siga iluminando y transformando interiormente para que encarnemos cada día mejor el ideal que nos proponen nuestras Constituciones. Con un recuerdo en mis oraciones, quedo de ustedes afectísimo en Jesucristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Aliviar el dolor y sufrimiento de los refugiados que llegan a Europa

¡Venga tu Reino!

Prot. DG-RC 0065-2015

Clas. III.7.4

Circular

16 de septiembre de 2015

 

A los directores territoriales del Regnum Christi de Italia, España y Europa occidental y central

 

Muy estimados en Jesucristo,

Todavía hoy resuenan en nuestros corazones las palabras del Papa Francisco en el ángelus del domingo pasado en el que nos lanzaba el desafío de llevar a cabo realizaciones concretas para aliviar el dolor y sufrimiento de los refugiados que llegan a Europa huyendo de la muerte por la guerra y del hambre. Las imágenes que encontramos en las noticias nos interpelan, y el Espíritu Santo seguramente se vale de eso para despertar en nosotros y en cada miembro del Movimiento entrañas de misericordia.

Sé que hay ya iniciativas realizadas por los miembros del Movimiento, muchas veces sumándose a acciones emprendidas por las distintas iglesias locales para salir al encuentro de estas personas. Estos gestos concretos manifiestan que el Reino de Cristo está ya presente y se convierten también en ocasión de una evangelización a través de la caridad desinteresada.

Les invito a que reflexionen con sus consejos y con los comités territoriales en este problema, para discernir qué podemos hacer para colaborar en la atención a las familias de refugiados; que desde las instituciones educativas o desde las parroquias que nos han sido confiadas, tiendan una mano a estas personas en el corto plazo, colaborando con organismos eclesiales y civiles, y con otras personas de buena voluntad.

Es verdad que nuestra capacidad para aliviar tanto sufrimiento es muy limitada, pero los gestos concretos de amor a nuestros hermanos serán también un bálsamo para las llagas del Señor, quien toma como hecho a sí mismo lo que hagamos por los demás.

Con mi gratitud por su respuesta a esta invitación que les hago secundando al Papa Francisco, me confirmo suyo en Cristo,

P.  Eduardo Robles-Gil, L.C.

 

Carta a los legionarios sobre la renovación espiritual

¡Venga tu Reino!

15 de septiembre de 2015

Solemnidad de la Virgen de los Dolores

Patrona de la Legión

 

A los legionarios de Cristo

 

Muy estimados en Jesucristo:

Desde que Dios Nuestro Señor me llamó a través de los Padres capitulares a servir como Director general de la Legión de Cristo me encomiendo todos los días a la Santísima Virgen para que me auxilie y proteja, y conmigo a todos los legionarios y miembros del Regnum Christi. A veces la invoco como lo hacemos todos los días en las jaculatorias y pido a la Virgen prudentísima que me ayude a gobernar. En otras ocasiones, pido a mi Madre dolorosa que nos ayude a conseguir de Jesucristo crucificado las gracias que más necesitamos para ser santos. Una santidad en nuestra realidad de sacerdotes y apóstoles.

Hoy en la mañana volví a meditar en la Virgen de los Dolores, en la Madre dolorosa. Lo he hecho los últimos tres días, desde que el domingo pasado iba a meditar sobre la liturgia –como lo acostumbro hacer los domingos–, y me vino a la mente la solemnidad de hoy, tal vez porque me tocaba la homilía. Y contemplando la escena me fijé en el buen ladrón que tenía un lugar particular en el Calvario. Él veía –contemplaba– y escuchaba a Jesús desde su propio sufrimiento y su cruz. Veía a los soldados, a la gente y también a Juan, a las mujeres y a María. Y se me ocurrió, en la oración, poner en los labios de Dimas las frases de la Salve: Reina y Madre de misericordia… vuelve a mí tus ojos misericordiosos… y la Virgen no lo volteaba a ver porque estaba viendo a su Hijo. Y ya estaba frustrado de que María no lo viera a él. Después, cuando él mismo se dirigió a Jesús en oración: «Acuérdate de mí» (Lc 23, 42), entonces la Santísima Virgen lo volteó a ver con el corazón, con ojos misericordiosos, lo escuchó y lo acogió como a Juan y a todos sus hijos.

En ese momento me puse a pedirle a nuestra Madre dolorosa que nos vea a nosotros, que hemos tomado nuestra cruz y hemos seguido a Cristo en la Legión, que nos vea con ojos misericordiosos y nos muestre a Jesús y, como abogada nuestra, nos consiga la santidad, la renovación que deseamos y necesitamos; que nos alcance lo que pidió y obtuvo el buen ladrón: la vida eterna que consiste en conocer y amar a Jesucristo; que nos consiga el espíritu contemplativo que nos mantenga unidos a Él en el cumplimiento de nuestra misión.

En la oración le di vueltas una vez más a esta carta, que ha estado queriendo salir desde hace ya varias semanas, para motivarnos a todos a buscar con iniciativa y realismo la santidad y la dimensión contemplativa de nuestra vida religiosa. Es un tema que ya he platicado con muchos. Sin renovación espiritual, si no somos verdaderamente contemplativos en la acción, la Legión no se renueva. Sin duda la carta es parcial, se fija más en la dimensión contemplativa, es sólo una parte de nuestra identidad, se refiere más a la primera parte de la frase de Jesús que a la segunda: «El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer» (Jn 15,5). Se refiere más a favorecer la acción de Dios en nosotros que a su acción a través de nosotros. Más adelante espero escribir otra carta sobre la unidad de vida, viviendo simultáneamente las dos dimensiones, la oración y la acción.

Pido a Dios que nos haga querer la santidad firmemente, realmente y que lo busquemos en nuestra vida religiosa. Este es un tema al que no pocas veces vuelvo en mi meditación y que se convierte también en súplica diaria. En las oraciones matutinas, junto con el ofrecimiento de las obras del día, intento también hacer de ellas una oración por mí y por todos los legionarios para «que seamos santos e inmaculados en tu presencia» (cf. Ef 1, 4; Oración al Padre) y «te amemos cada día más y seamos más fieles y esforzados apóstoles de tu Reino».

Y me pregunto ¿estamos viviendo en plenitud nuestra relación con Dios? ¿Estamos construyendo sobre roca la misión común que Dios nos ha encomendado? ¿Las generaciones más jóvenes están adquiriendo una sólida y profunda vida interior? ¿Los sacerdotes, somos hombres de Dios? ¿Qué puedo hacer yo como Director general, qué pueden hacer los superiores, qué podemos hacer cada uno para crecer en santidad y así alabar a Dios y conseguir no sólo la gracia para perseverar, sino para ser mejores sacerdotes y apóstoles?

Con estos pensamientos en mi corazón, les propongo algunas ideas sobre la dimensión contemplativa de nuestra vida.

  1. La renovación espiritual en estos momentos de nuestra historia

En el Comunicado Capítulo de 2014 escribimos: «Sentimos que de nada servirá la revisión de las Constituciones, si no se renueva la vida espiritual del legionario. Somos conscientes de que cualquier intento de renovación que no esté construido sobre la roca de la unión con Dios, será pasajero» (CCG 2014, n. 85).

En la carta que mandé al concluir la Reunión plenaria del Regnum Christi, les compartía algunas ideas sobre la renovación espiritual que tratamos durante la reunión:

«Renovación espiritual es un crecimiento de la persona que se da como respuesta a la gracia de Dios, en el encuentro personal con Cristo y la fidelidad al propio carisma;

  • implica re-centrar continuamente la vida en Cristo y una mejor comprensión, interiorización y vivencia de la progresiva configuración con Cristo;
  • involucra tanto la dimensión ascética como mística de la vida espiritual;
  • reaviva el fervor en la dimensión contemplativa y en el celo apostólico;
  • genera unidad de vida en la persona, construye la propia comunidad y familia y fomenta la comunión en todo el Movimiento;
  • es fuente de alegría, sencillez y paz al renovar el amor primero» (Carta a todos los miembros del Regnum Christi, 7 de junio de 2015).

Dicho de otro modo, renovarse espiritualmente significa, apoyados en la gracia de Dios buscar el amor, la fidelidad y la delicadeza en nuestras relaciones con Cristo, a través de la donación de nosotros mismos en el ejercicio de nuestra vocación y misión.

Significa no vivir para nosotros mismos, sino para Aquél que por nosotros murió y resucitó (2Cor 5, 15), haciendo que nuestros intereses giren en torno a Cristo, a la Iglesia, a la misión que tenemos en la Legión y en el Movimiento, a las almas.

Renovarse espiritualmente significa estar en el camino de una creciente fidelidad al don de Dios expresado en nuestra llamada a seguir a Cristo.

Renovarse espiritualmente no puede ser sino anhelar una vida más virtuosa y santa, con un mejor ejercicio de la caridad, de la misericordia y de la comprensión hacia los demás. Es el deseo de vivir los consejos evangélicos con mayor delicadeza, como expresión de nuestro amor a Cristo, para ser más de Él y menos de nosotros mismos.

Implica también, necesariamente, ser cada vez menos del mundo aunque vivamos en el mundo. Esto, dicho de otro modo, es el ejercicio libre y convencido de la renuncia a todo lo que no sea Dios: el pecado, las pasiones desordenadas, los afectos y apegos mundanos, etc.

Renovarse espiritualmente significa, para el legionario, una entrega más apasionada a la misión.

  1. La vida interior (la unión con Dios)

El número 12, 1° de las Constituciones afirma que: «por su carácter contemplativo los legionarios buscan la oración, la unión con Dios, el silencio y la reflexión, y dan prioridad a la acción divina en su propia santificación y apostolado».

Para lograr esta unión con Jesucristo, lo que más importa es escuchar su voz, acogerla con amor, hacer lo que nos pide, responder con generosidad y actuar con pureza de intención. Se trata de seguir el consejo de María: «Haced lo que Él os diga» (cf. Jn 2, 5). Así, esta dimensión contemplativa de nuestra vocación y misión es, en realidad, una expresión de la búsqueda y del anhelo de las cosas divinas, un ejercicio de escuchar lo que nos pide la voluntad de Dios, de acogerla, de sentir con Él y de con-sentir, siguiendo también en esto el ejemplo preclaro de María.

Este acercamiento progresivo a Dios nos lleva también a un crecimiento personal, a la creciente realización de nuestra personalidad cristiana, tal como la describe san Pablo, que consiste en asemejarse siempre más al Señor, a revestirse del hombre nuevo. Este crecimiento nos lleva a hacer de Cristo el «centro, criterio y modelo de toda la vida religiosa, sacerdotal y apostólica» (cf. CLC 8).

  1. Unión habitual con Dios

Reconozco con gratitud que, generalmente, la gran mayoría de los legionarios tienen deseos sinceros de buscar la santidad. Mantienen un buen nivel de vida interior y de unión con Dios a lo largo del día, e intentan vivir con convicción y recogimiento sus actos o ejercicios de piedad, como recomienda el primer párrafo del número 47 de las Constituciones:

«Consideren que la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios en la oración son el principal deber del religioso y que especialmente de ellas depende su fecundidad apostólica. Por ello, funden su vida espiritual en una fe honda y en una actitud filial de adoración, amor y confianza. Vivan las prácticas de vida espiritual con fervor e íntima convicción. No se contenten con un cumplimiento meramente externo ni basen su vida interior en la volubilidad de los estados emocionales».

Invito a todos a cultivar una unión con Dios en todas las circunstancias de la vida. Vivimos en un mundo lleno de distracciones y, por ello necesitamos aprender a entrar en nuestra interioridad, en nuestro corazón, para encontrar la presencia habitual de Dios en todo lo que hacemos. Cuando tenemos el alma sumergida en esta presencia de Dios, la oración fluye casi espontánea, al contemplar su bondad, su presencia, su majestad, su providencia, su misericordia…

Los sacerdotes, además, encontramos un impulso espiritual especial en el ejercicio del ministerio sacerdotal, en la celebración de la Eucaristía, en la recepción frecuente del sacramento de la reconciliación y en la administración de los sacramentos. Y, de modo semejante, en el rezo atento y fervoroso de la Liturgia de las horas, que es la oración de la Iglesia.

  1. Vida de oración

En la tradición de la vida religiosa y de la vida sacerdotal en la Iglesia, la oración es una realidad esencial para todo sacerdote y religioso. Esto lo hemos vivido con interés en nuestros 75 años de historia. El cultivo de la presencia de Dios dispone nuestro corazón al diálogo atento y continuo con Dios, pues «en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17, 28). Vivimos sumergidos, penetrados de la presencia de Dios. Esta realidad hace posible nuestro encuentro con Dios, nos permite poder escucharlo y establecer una relación filial con Él. Este deseo nace, en gran parte, de la conciencia de nuestra condición de creatura necesitada, caída pero redimida. Y, además, de la conciencia de ser alguien que ha sido elegido por Jesucristo para ser su amigo y enviado como los Apóstoles, para extender su Reino entre los hombres.

La oración requiere disponibilidad interior, dedicación y constancia (cf. CCG 2014, nn. 108 y 109). Por eso la Legión ofrece a los religiosos y sacerdotes apoyos personales y comunitarios como son los actos litúrgicos, los actos de piedad, los horarios. Pero estas ayudas son eficaces sólo en la medida en que las hacemos propias y las vivimos con madurez y humildad, como apoyos que se nos ofrecen, para vivir unidos a Dios.

Sé que la mayoría de ustedes se empeña con seriedad, sobre todo, en la oración mental, como nos piden las Constituciones (cf. n. 53 § 1), valorándola como esa ocasión diaria para dialogar con Dios, escucharlo y disponerse con pureza de intención a hacer su voluntad. Bien sabemos que la oración es un don de la gracia y también un arte y, un arte difícil, que hay que aprender día a día, en un combate continuo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2725). Los invito a releer esta parte del Catecismo dedicada a la oración.

Los animo a perseverar todos los días en la oración. Cada día nos podemos encontrar con un estado sensible diverso, no importa. Dios está presente en nuestra alma y espera poder dialogar con nosotros como hijos, para fortalecernos y llenarnos de las gracias que necesitamos para perseverar y para ser apóstoles eficaces. Nuestra oración puede encontrarse con momentos de sequedad, de oscuridad, de disipación; podemos encontrarnos con la pereza, con el tedio; no importa. Es necesario perseverar: Dios se hace presente, se hace fuerza y se hace luz, incluso en la oscuridad interior. El crecimiento en la intimidad con Dios raramente nos es concedido sin pasar primero por el camino de la cruz y de la purificación interior. Ordinariamente hace falta perseverar en  el ejercicio diario de la oración mental, según los diversos métodos que hemos aprendido desde el noviciado. El Espíritu Santo es el mejor maestro en el ejercicio de la oración diaria.

Bajo el influjo de una cultura que todo lo quiere de inmediato, podemos sentir la tentación de buscar caminos apoyados en los sentimientos como sustitutivos del trabajo espiritual y ascético serio y, podemos, quizá, etiquetar como voluntarismo aquello que es sencillamente fidelidad al Evangelio: «Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre» (Mt 6, 6). Cristo nos enseña la oración filial. Bien aprendieron los apóstoles del ejemplo de Cristo, que les llevó a recibir al Espíritu Santo, perseverando en oración junto con María. Antes de buscar el consuelo espiritual, nuestro interés ha de ser consolar al Señor que sufre en Getsemaní, un sentimiento muy propio de la devoción al Corazón de Cristo.

  1. Ascesis y silencio

Como acabo de recordar, la oración y la unión con Dios son un don, pero, un don que requiere también de nuestra colaboración para crear en el alma un clima propicio a la oración.

La vida religiosa, a lo largo de los siglos, ha cultivado con mucho aprecio algunos medios ascéticos para favorecer la unión con Dios. Estos medios han ayudado a tantos religiosos santos, verdaderos amigos de Dios y apóstoles, que con su testimonio y consejo lograron formar verdaderas escuelas de perfección y de santidad. Desde el inicio nació en ellos la convicción clara de que la unión con Dios requiere de un trabajo serio en el cultivo de algunas prácticas ascéticas como la clausura y el apartamiento del mundo. También privilegiaron la práctica del silencio interior y exterior, porque se dieron cuenta de que el silencio es la atmósfera vital para la vida de oración y para una continua unión con Dios. Imitar el ejemplo de Cristo, que se retiraba a lugares apartados para un frecuente diálogo con su Padre en medio de su ministerio. Por eso la Legión nos ha educado al cultivo del silencio absoluto de la noche, que nos prepara para la oración de la mañana y, también nos ha motivado a vivir nuestra jornada en una atmósfera de silencio y recogimiento, para vivir con nuestra alma en Dios y hacer fructífero nuestro trabajo, y para cultivar la profundidad de nuestra alma. ¡Cuánta necesidad tiene la Legión de almas interiores y profundas, para hacer eficaz la misión que Dios le ha confiado!

Podríamos decir que el elemento común de estos medios es el de preparar el ambiente de nuestra alma, para que la voz de Dios pueda resonar y ser escuchada en ese santuario interior, que es el corazón del hombre, dónde habita la Trinidad Santísima. El silencio en la vida de comunidad, que se menciona en las Constituciones, no es una simple disposición disciplinar, sino una virtud, que ayuda a crear un clima propicio para la reflexión, el estudio, el trabajo y el descanso espiritual pero, sobre todo, para forjar personas interiores, profundas y disponibles en cualquier momento para elevar su mente y corazón a Dios.

En efecto, como vemos en la tradición de la Iglesia, tanto occidental como oriental, el camino del progreso en la oración pasa por el silencio interior, que es protegido por el silencio exterior, por la ascesis, por esa continua purificación espiritual y moral, que nos permite estar en el mundo sin ser del mundo. Al respecto, he constatado que hemos perdido un poco el cuidado del silencio externo como ambiente habitual en nuestras comunidades y temo que también se haya bajado en el silencio interior personal, como virtud que nos capacita para escuchar a Dios.

En este contexto de silencio y reflexión orante tienen particular importancia los diversos momentos de examen personal. «El examen de conciencia es un espacio privilegiado de discernimiento y, de encuentro personal con Dios, con el fin de agradecer su presencia y sus dones; pedir perdón, acoger su invitación a la conversión y enmienda, y renovar la adhesión a su voluntad, que nos llama cada día a identificarnos con su Hijo Jesucristo» (CCG 2014, n. 117). Abandonarlo, omitirlo habitualmente, o convertirlo simplemente en un momento de reflexión o planeación personal conlleva riesgos no indiferentes para la vida interior. Por eso animo a todos a ser hombres de examen, de un profundo discernimiento espiritual realizado con sinceridad y generosidad en la escucha atenta de la voluntad de Dios. De este modo, cada uno podrá ver los progresos y avanzar en ellos y también evitar las tentaciones u obstáculos, detectar si en su vida se va dando una relajación progresiva. Todo esto ayuda a rechazar los enemigos más grandes como son la tibieza, la acedia, la concesión habitual a las pasiones desordenadas, el racionalismo o el subjetivismo.

En ese sentido «ayudará también que la casa de apostolado sea un remanso de silencio y recogimiento que propicie el descanso espiritual y la serenidad interior de los miembros» (CCG 2014, n. 113).

Desde otro punto de vista, hoy tenemos un reto particular con la explosión en el uso de los medios de comunicación que tienden a acaparar nuestra atención en todo momento, como si el último mensaje y la última noticia requiriesen siempre nuestra inmediata atención. Es necesario reconocer con sincera humildad y realismo que la facilidad de acceso conlleva múltiples consecuencias para la vida interior. Si no se da una sana pero exigente ascesis personal, estos medios pueden convertirse en obstáculos para el silencio y el recogimiento, además de poder quizá ponernos delante de otros riesgos morales más graves, que pueden poner en peligro la perseverancia. Al vivir dispersos todo el día, volcados hacia el exterior, no nos debe sorprender que encontremos dificultades en el recogimiento, en la unión habitual con Dios y en la oración mental. Cristo necesita almas profundamente unidas a Él, para poder extender su Reino.

En este sentido los invito a todos a mantener claro el principio: salvadas las verdaderas emergencias, a partir de oraciones de la noche, es tiempo de silencio absoluto, es tiempo para Dios.

Sin querer ser negativo, algo semejante se podría afirmar del uso de otros medios de comunicación. En este sentido me ha edificado la revelación personal que el Papa Francisco ha hecho en una reciente entrevista en el vuelo de regreso a Roma desde Sarajevo. Afirmaba que no había visto televisión desde el 15 de julio de 1990, por una promesa que había hecho a la Virgen del Carmen, y que nunca utiliza internet. Podemos ver la televisión, debemos usar los medios en la evangelización, pero este propósito del Papa nos muestra dónde está su corazón y cómo dedica su tiempo a su ministerio.

La Congregación para la Educación Católica, en un documento titulado: Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los seminarios (1980), en un apartado en el que se refiere a la «ascesis y reglamento» (cf. núm. II.3), dice lo siguiente: «Un sacerdote no puede verlo todo, oírlo todo, decirlo todo, gustarlo todo… El seminario debe haberlo hecho capaz, en la libertad interior, de sacrificio y de una disciplina personal inteligente y sincera».

  1. Vida eucarística

La cercanía a Jesucristo Eucaristía es otra expresión de nuestro amor a Cristo, de nuestra fe en Él, así como de la necesidad de estar unidos a la Vid, para llevar fruto. Es a los pies del Sagrario dónde el legionario se llena de fuego interior para influir en la salvación de las almas y dónde encuentra las fuerzas para perseverar en el llamado que Cristo le hizo de seguirlo en la Legión. Sin duda el momento central de nuestro día es la celebración eucarística puesto que es «El sacrificio eucarístico es el centro de la vida cristiana y el culmen de la acción por la que Dios santifica al mundo en Cristo, y del culto que los hombres ofrecen al Padre» (CLC 51). Invito a todos a procurar que así sea, y que la Eucaristía sea el «el centro espiritual de la comunidad» (CLC 52).

Agradezco mucho al Señor que en estos últimos años se ha ido dando un crecimiento convencido en la piedad eucarística, sobre todo en las casas de formación. En no pocas ocasiones los religiosos organizan momentos de adoración además de aquellos otros ya establecidos para toda la comunidad.

Pero también constato que, en otros centros, hay cierto abandono que puede expresarse, por poner un ejemplo, en la ausencia habitual de algunos a las oraciones de la mañana y de la noche, descuidando ocasiones preciosas para iniciar o terminar el día delante del Señor de nuestras vidas. Así lo afirmaba claramente el Capítulo general: «Apreciamos el ofrecimiento de obras y oraciones de la noche como momentos fuertes en que los legionarios se presentan ante Jesucristo como comunidad para ofrecer el trabajo del día que comienza o agradecer los beneficios al final de la jornada» (CCG 2014, n. 115, cf. Normas complementarias, n. 26).

Quizá algunos de ustedes recuerden cómo el Papa Francisco recomendaba vivamente a los rectores y alumnos de los colegios pontificios de Roma que terminasen su día delante del tabernáculo y no ante la televisión o en su habitación (cf. Discurso del 12 de mayo de 2014).

Algo semejante se podría decir de las visitas a la Eucaristía en diversos momentos del día. Si bien no están prescritas, ni son obligatorias, han sido parte constante de la vida de piedad del legionario. ¡Nos hace tanto bien detenernos algunos minutos delante del Señor en varios momentos a lo largo del día! El verdadero amor a Cristo, debe hacer nacer en nuestro corazón el deseo de estar con Él.

  1. El peligro del activismo

He notado, también, que la intensidad de las actividades apostólicas lleva a algunos a abandonar, retrasar o apresurar algún momento de oración. Una de las soluciones, entre otras posibles, consiste en tomar conciencia de estas dificultades, sobre todo cuando son habituales. Cuando no hay equilibrio, hace falta hacer un alto, reflexionar, optar por la «parte mejor» y reprogramar de modo realista las propias actividades, tomando las medidas necesarias para garantizar en nuestro horario los espacios de oración. No debemos sobrevalorar la propia actividad por encima de la dedicación a fomentar la unión con Dios e intentar así ser un mejor instrumento de la gracia.

  1. Una ayuda y apoyo objetivo: la dirección espiritual y el diálogo con el superior

En todo este amplio campo de la vida espiritual contamos con el apoyo de los superiores y del director espiritual, cada uno en el propio ámbito. Ellos nos ayudan a discernir mejor con objetividad la propia situación personal y aquello que Dios puede estar sugiriendo o pidiendo, comenzando por aquellos aspectos más claramente objetivos como son la vida de gracia, la fidelidad a los votos religiosos y la dedicación al estudio, al apostolado y a la vida comunitaria.

Con humildad debemos reconocer que no somos buenos jueces de la propia causa, y que necesitamos alguien que nos acompañe con prudencia y fraternidad en nuestro caminar hacia Dios.

Todos los puntos que he mencionado en esta carta pueden ser materia del diálogo con el superior o director espiritual, según la propia situación. Les invito a repasarlos no sólo en la reflexión personal sino también con quienes tienen la tarea de ayudarles en su camino de consagración y apostolado.

Espero que estas consideraciones puedan serles de utilidad. Por mi parte, como decía al inicio, los encomiendo a todos diariamente ahí, en el Calvario, desde mi propia cruz que es mi fragilidad natural, que es mi historia personal merecedora de sufrimiento. Desde mi pobreza espiritual le pido a Dios que me conceda, y nos conceda, su gracia que es lo único que nos santifica y nos hace fecundos. Le pido que nos ayude a poner los actos de amor y de oración que están en nuestras manos. Él me ve y me escucha, la Virgen me ve con ojos misericordiosos y me asegura que ahí en el calvario, porque está Dios regalando su gracia, está la salvación.

Con un saludo muy cordial y mis oraciones, me confirmo de ustedes afmo. en Jesucristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Carta del director general sobre el discernimiento

¡Venga tu Reino!

C O N G R E G A T I O

L E G I O N A R I O R U M   C H R I S T I

D I R E C T O R  G E N E R A L I S

Ciudad de México, 4 de agosto de 2015

A los padres y hermanos que hacen ejercicios espirituales de mes

Mis queridos padres y hermanos, Pax Christi:

Desde hace varias semanas he estado reflexionando sobre algunas ideas que quiero compartir con ustedes ahora que están viviendo el tiempo especial de gracia que son los ejercicios espirituales. Se trata de un tiempo para hacer una fuerte experiencia de Dios, para conocerlo personalmente y no sólo de oídas (cf. Jb 42, 5), y para volver a escuchar, de manera más consciente y renovada, la invitación de Cristo a compartir su estilo de vida y ser enviados como apóstoles del Reino a anunciar la misericordia del Señor con renovado empeño.

Además, tienen la gracia particular de vivir estos ejercicios en el Año de la vida consagrada y también en medio de nuestro jubileo por el 75º aniversario de nuestra fundación. Se trata de un período en el que, con toda la Iglesia, debemos despertar la memoria de la acción de Dios en nuestra vida personal y en la de nuestra congregación, para alabarlo, agradecerle y maravillarnos por su misericordia. Es ocasión de abrirnos a la gracia de Dios para renovar nuestro sentido de pertenencia como miembros vivos del cuerpo de la Legión, más como gracia que como conclusión simplemente lógica o por costumbre, para poder así abrirnos al futuro con esperanza, avanzando junto con Cristo en la instauración de su Reino.

Con el deseo de ayudarles en su búsqueda personal de Dios, quiero comentar con ustedes algunos aspectos del discernimiento, que es una actividad preeminente durante el tiempo de ejercicios.

Al igual que la oración, el discernimiento es una gracia y se va aprendiendo en la práctica. Es, por decirlo de alguna manera, el lugar en donde la oración y la acción se encuentran para que se realice la voluntad de Dios sobre nosotros y sobre las realidades con las que tenemos contacto. El discernimiento tiene que ver, sobre todo, con decisiones concretas, con situaciones específicas que requieren una respuesta activa.

Pero antes de entrar en materia, me parece importante aclarar algunos conceptos:

Sobre qué discernir

Cuando hablamos de discernimiento no nos referimos principalmente al discernimiento sobre la propia vocación, especialmente si se han hecho ya opciones definitivas, sino más bien a la búsqueda del querer de Dios en la vida cotidiana. Incluso, San Ignacio dice que si una persona ha hecho ya una elección que es inmutable, como puede ser la profesión perpetua, el matrimonio o el sacerdocio, el discernimiento debe ir enfocado a la reforma y enmienda de la propia vida en el estado elegido, entregando toda su persona y vida a la gloria de Dios y a la salvación de la propia alma (cf. Ejercicios espirituales nn. 172 y 189).

En efecto, cuando hablamos de discernimiento, principalmente lo hacemos para tratar de descubrir la voluntad de Dios en lo concreto de nuestras vidas de todos los días, sobre el modo como vamos siguiéndolo en cada instante. Discernimos para escuchar la voz de Dios a través de las circunstancias concretas en la que se desarrolla nuestra vida, y para poner en juego nuestros talentos para responder de la mejor manera posible a la gracia de Dios que siempre nos precede y acompaña.

La oración de examen es un momento privilegiado para este discernimiento «de andar por casa» que es tan necesario para responder adecuadamente a nuestra vocación a la santidad y no conformarnos con una vida de un religioso cumplidor, pero que ha dejado de buscar la santidad, y que poco a poco puede irse encerrando en sí mismo y dar paso a la rutina, cuando no a la tristeza o a la amargura.

En este sentido, es importante que estemos atentos no sólo a las luces que Dios nos concede en la oración o en cualquier otro momento de la jornada, sino que también atendamos a las reacciones –agitaciones, las llamaba San Ignacio– que provocan en nuestro corazón, sean de consolación o de desolación. Quizás simplificando un poco, podemos decir que el discernimiento consiste en tomar conciencia de lo que ocurre en nuestro mundo interior para tratar de entender lo que está pasando y si viene de Dios o más bien es fruto del mal espíritu o de nuestro egoísmo, para luego poder actuar en consecuencia: acogiendo y secundando lo que viene del Señor; rechazando con decisión lo que no viene de Él.

El discernimiento y la tentación del subjetivismo

Existe siempre el peligro de confundir el discernimiento con una sutil tentación a caer en el subjetivismo o el relativismo. Quien se encuentra en esta situación, muchas veces está convencido de poseer una relación especialmente estrecha con el Espíritu Santo que le manifestaría su voluntad directamente aunque a veces sea contraria a las exigencias de la vida religiosa, a la identidad sacerdotal y legionaria, cuando no incluso de la fe y la moral cristianas.

Todos conocemos de sobra nuestra fragilidad y la capacidad de engañarnos o ser engañados. Por ello, para hacer un auténtico discernimiento, y para no ser sacudidos por viento de cualquier doctrina (cf. Ef 4, 14), existen tres instancias que son puntos de referencia irrenunciables:

1. El Evangelio

Cristo es la regla suprema del religioso, tal y como se nos presenta en el Evangelio (cf. CLC n. 235). Todo discernimiento debe confrontarse necesariamente con el Evangelio: si algo no es compatible con él, no puede venir de Dios, y por lo mismo, necesita discernirse más pues no es una opción.

Hay que recordar en este contexto lo que dice el Papa Benedicto XVI en el n. 83 de Verbum Domini: «La vida consagrada “nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida”. En este sentido, el vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente se convierte “en ‘exégesis’ viva de la Palabra de Dios”. […] “[De la Palabra de Dios] ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla”, dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica».

2. El carisma tal y como se expresa en las Constituciones

Creo que este punto lo ilustra muy bien el n. 9 de la Instrucción de la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica sobre El servicio de la autoridad y la obediencia:

«Las personas consagradas son llamadas al seguimiento de Cristo obediente dentro de un “proyecto evangélico”, o carismático, suscitado por el Espíritu y autenticado por la Iglesia. Ésta, cuando aprueba un proyecto carismático como es un Instituto religioso, garantiza que las inspiraciones que lo animan y las normas que lo rigen abren un itinerario de búsqueda de Dios y de santidad. En consecuencia, la Regla y las demás ordenaciones de vida se convierten también en mediación de la voluntad del Señor: mediación humana, sí, pero autorizada; imperfecta y al mismo tiempo vinculante; punto de partida del que arrancar cada día y punto también que sobrepasar con impulso generoso y creativo hacia la santidad que Dios “quiere” para cada consagrado. En este camino, la autoridad tiene la obligación pastoral de guiar y decidir».

3. Los signos de los tiempos

Cristo resucitado está vivo y sigue actuando en la historia y nos manifiesta su querer a través de los acontecimientos, vistos e interpretados a la luz de la fe. Además de las Constituciones y normas, hay otras mediaciones que pueden ayudar en mayor o menor medida a descubrir la voluntad de Dios: las expectativas y necesidades del Pueblo de Dios, la mediación de los superiores y de la comunidad, de las prioridades de la Iglesia universal y particular, las indicaciones del Capítulo general y de los superiores mayores.

El hombre que discierne está a la escucha del Señor para seguirlo con madurez

Aclarados estos dos puntos, el objeto de nuestro discernimiento y la necesidad de evitar cualquier subjetivismo, creo que podemos afirmar que el legionario que discierne es un hombre que está a la escucha del Señor para seguirlo con madurez y responsabilidad cada día. Esto se puede ver por su estilo de vida coherente, que se hace concreto y real en actitudes, palabras y acciones.

En algunos manuales de espiritualidad previos al Concilio Vaticano II, encontramos que no pocos insisten en que la voluntad de Dios se manifiesta a través de los mandatos de los superiores eclesiásticos: el Papa, los obispos, los superiores religiosos; y también a través de normas muy precisas que a veces pueden prever mucha casuística. Esto parecería dejar el discernimiento principalmente en manos de quien tenía a su cargo una porción del Pueblo de Dios. Sin lugar a dudas también quienes no estaban constituidos en autoridad ejercían también el arte del discernimiento, pero el acento solía ponerse más en la autoridad.

El Concilio, al recordar la vocación universal a la santidad, y la participación de todos los bautizados en el triple oficio de Cristo sacerdote, profeta y rey, invitó a todos los cristianos a un papel más activo y, de algún modo, más responsable en la vivencia y el anuncio de la fe. Esta invitación de la Iglesia a ser hijos capaces de asumir responsabilidades, también cuando no se tiene una posición de autoridad, exige de cada cristiano una actitud de escucha para descubrir al Espíritu Santo actuando en su interior.

La autoridad en la Iglesia sigue teniendo su perenne validez en el plan de Dios, y puede y debe marcarnos las pautas para que nuestro seguimiento de Cristo sea auténtico y no nos engañemos. Pero hay una mayor conciencia de que cada uno tiene el reto de recorrer el camino especialísimo que el Señor ha pensado para él y que le va descubriendo poco a poco, dentro de la única vocación legionaria.

En algunos casos puede ser mucho más cómodo que los superiores nos digan exactamente lo que hay que hacer en cada circunstancia, pero eso puede llevar a la inmadurez. El Espíritu Santo nos impulsa a irnos conformando con Cristo para ser hombres espirituales maduros. San Pablo, con gran sentido pedagógico, subraya que la autoridad necesita intervenir para ayudar a sentar las bases, y que gradualmente, supuesto un proceso de maduración personal, debe ir dejando mayor responsabilidad a cada uno de vivir según la vocación que ha recibido: «Por mi parte, no pude hablarles como a hombres espirituales, sino como a hombres carnales, como a quienes todavía son niños en Cristo. Los alimenté con leche y no con alimento sólido, porque aún no podían tolerarlo, como tampoco ahora» (1Cor 3, 1-2). Con todo, San Pablo no se desentiende nunca de quienes le han sido confiados, sino que sabe intervenir a tiempo y destiempo para seguir acompañando a sus queridos cristianos en su seguimiento de Cristo.

Damos gracias a Dios que en la Legión hay muchos religiosos y sacerdotes que quieren ser o son ya maduros en Cristo y se dejan guiar por Él. Son hombres que disciernen, es decir, que se sienten y se saben responsables de sus vidas y de sus decisiones, que miden las consecuencias de sus actos y buscan ser coherentes con su identidad legionaria, mostrando así al mundo, con la vida y con las palabras, lo atractivo de la vocación religiosa y sacerdotal.

Actitudes para afrontar el discernimiento

Nos podemos preguntar cuáles son las actitudes con las que debemos afrontar el discernimiento de cada día, y que en ejercicios espirituales se hace más importante.

La primera es querer hacer la voluntad del Padre, a ejemplo de Jesucristo que no tiene otro alimento. Esto exige el desprendimiento de nosotros mismos, de nuestros planes, impresiones y hasta puntos de vista, que podemos llamar también libertad interior. La contemplación del amor incondicional de Dios, que es un Padre providente, que nos ha enviado a su Hijo y nos sostiene con la fuerza del Espíritu puede alcanzarnos la gracia de poder confiar y abandonarnos a sus manos.

La segunda es la apertura al Señor y a las sorpresas que Él pueda darnos en cada momento de nuestra vida. El Señor es el León de la tribu de Judá, y no es alguien a quien podamos domesticar. De suyo, esta incapacidad para controlar a Dios imponiéndole mi voluntad es muchas veces indicio de la autenticidad de la acción de Dios en el alma.

Esto lo hemos vivido en la Legión de manera particular en el espíritu de soldado raso. Es edificante ver la talla humana y cristiana de nuestros hermanos legionarios que reciben a veces una misión difícil o costosa para su naturaleza, especialmente cuando hay un cambio de lugar de trabajo que exige un desprendimiento doloroso de proyectos y, sobre todo de personas. Impresiona palpar cómo descubren en la nueva misión y sus exigencias la mano de Dios que los va moldeando con la fuerza de la cruz. Igualmente, es hermoso ver la humildad de tantos hermanos nuestros que ante una determinada misión, la aceptan «de entrada», pero que saben exponer con sencillez las dificultades que representaría para ellos ese encargo. Muchas veces estas actitudes nos han ayudado a tomar mejores decisiones en la asignación de la misión.

La tercera es el deseo de crecer en el conocimiento experiencial de Cristo en la fe, que es un don que nos concede el Espíritu Santo. Así, Jesús se convierte en la práctica en el centro, criterio y modelo de nuestros deseos, pensamientos y acciones (cf. CLC, n.9). El Jesús del Evangelio es la clave de interpretación de todo lo que acontece en nuestras vidas, de nuestras reacciones, etc.

La cuarta actitud es la humildad (cf. Catecismo n. 2559) para conocer los propios límites y la capacidad de autoengañarse. Esto nos impulsa a pedir luz al Señor en la oración, ante la Eucaristía, en el trato con la Virgen María; a dejarnos interpelar por la Palabra que es viva y eficaz; a hacer lecturas de maestros de la vida espiritual; a dejar que la teología que estudiamos forme parte de nuestra vida espiritual. Por supuesto, el hombre humilde tiene unos superiores y un director espiritual a quien acude confiadamente para pedirle consejo y luz en su camino.

Conocimiento por connaturalidad

La piedra de toque del discernimiento es el amor a Jesucristo y al prójimo, pues muchas veces el conocimiento de la voluntad de Dios se da, como dice la tradición escolástica, por connaturalidad. Esto quiere decir que, por el trato que he tenido y tengo con el Señor, me voy familiarizando con Él hasta el punto que soy capaz de descubrir y hasta intuir sus deseos casi espontáneamente, a reconocerlo en medio de las circunstancias de cada día, sin necesidad de recurrir a grandes razonamientos. Es lo que vivía San Juan evangelista, nuestro patrono, que reconocía sin duda ninguna a Cristo y ayudaba a otros a descubrirlo: «¡Es el Señor!» (Jn 21, 7).

Discernimiento sobre un asunto con duración limitada

Ahora bien, el discernimiento sobre un punto concreto no puede tener una duración indefinida. Hay que estar a la escucha, pedir luz, suplicar la gracia para reconocer la voluntad de Dios. Pero sobre todo, hay que pedir la fortaleza para no dejarnos intimidar ante los retos que el Señor nos proponga aquí y ahora o por el miedo a equivocarnos, aunque a veces eso exija cargar la cruz de cada día. Dios no quiere una parálisis en nuestra práctica de la caridad ni la vida cristiana puede quedarse estática.

El Señor quiere que confiemos y que, poniendo los recursos que tenemos a disposición, como son la oración, las luces, las mociones del Espíritu Santo, nuestra inteligencia, memoria y voluntad, el consejo de personas prudentes y conocedoras del camino del Espíritu, las orientaciones de los superiores y formadores, etc. para descubrir su voluntad y decidirnos a actuar en conformidad, aunque casi nunca lleguemos a tener una certeza matemática. Quien espera a tener una claridad total para actuar, va dejando pasar su vida y, quizás, está privando a las personas que está llamado a servir de las gracias que Dios quiere concederles por su medio.

Igualmente, los invito a abrirse a los dones de la paz y de la gratitud, para disfrutar con Cristo todas las cosas buenas que Él quiere para nosotros, que nos causan alegría y, sobre todo, que nos dan el gozo de saberlo cerca, que Él se interesa por nosotros. Como a los discípulos de Emaús, debemos seguir adelante en el camino sabiendo que Él camina a nuestro lado y nos va descubriendo poco a poco, o de improviso, el querer de Dios.

San Ignacio desarrolla en el libro de los Ejercicios Espirituales algunas reglas para ayudar en la tarea del discernimiento y de la elección. Les recomiendo que lean, reflexionen sobre ellas y, bajo la guía del Espíritu Santo, las vayan aplicando. Probablemente el director de ejercicios les ayudará a profundizar en su sentido y alcance. También los directores espirituales y formadores podrán ayudarles a crecer en el arte del discernimiento, que no es otra cosa que buscar la voluntad de Dios.

Un fruto del discernimiento es la libertad interior

Quizás estas reflexiones se han extendido demasiado y creo que conviene terminar esta carta. Sólo quisiera antes proponerles que uno de los frutos más preciosos del discernimiento es la libertad interior y también una de las actitudes fundamentales para un buen discernimiento hecho desde el amor. De hecho, uno de los signos más seguros del crecimiento en el discernimiento es la libertad interior para poder entrar en un diálogo de amor con nuestro Señor que guía y realiza en cada uno la progresiva configuración con Jesucristo.

Esta libertad interior es característica de religiosos maduros que han interiorizado el estilo de vida propio de la Legión, tal y como está recogido en nuestras Constituciones, normas, espíritu y tradiciones y, al mismo tiempo, pueden afrontar con amor lleno de prudencia las circunstancias más diversas y las sorpresas de la vida, firmes en la fe y en la propia identidad de religiosos, sacerdotes y apóstoles del Reino. Esto no se logra plenamente en esta vida, pero es nuestro quehacer de cada día el dirigirnos hacia esa meta con constancia, cooperando generosamente con el Espíritu que nos impulsa desde dentro. Es así como se puede entender correctamente lo que decía san Agustín: «Ama et fac quod vis!».

Pido a la Santísima Virgen que los acompañe durante sus ejercicios y que Ella misma les guíe en el camino de la oración y del discernimiento, para que como Ella puedan percibir en su vida la voz del Señor y responderle siempre generosamente y confiados en su amor de Padre: «Hágase en mí, según tu Palabra. Magnificat».

Su hermano en Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

P.S. Por favor, no dejen de encomendar en sus oraciones a todos los legionarios y de modo especial a los jóvenes que están participando en los candidatados y cursillos de verano.

En Cristo Rey vemos la realización plena de nuestra vida

¡Venga tu Reino!·

MOVIMIENTO
REGNUM CHRISTI

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DIRECTOR GENERAL

Roma, 16 de noviembre de 2014

 

A los miembros del Regnum Christi
con ocasión de la Solemnidad de Cristo Rey

 

Muy queridos amigos:

            Les envío un saludo y mis oraciones mientras nos preparamos para celebrar la Solemnidad de Cristo Rey. Al celebrar la realeza de Cristo, descubrimos la actuación de Dios Padre, que gobierna todas las cosas con justicia y, sobre todo, con amor. Reconocemos también con gratitud su misericordia al entregarnos a su Hijo, crucificado y coronado de espinas, con su corazón abierto y herido de amor por nosotros.

            El evangelio de la fiesta (cf. Mt 25, 31-46) insiste en la realeza universal de Cristo, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Nos recuerda la verdad sobre nuestro destino último y el criterio según el cual seremos juzgados: el amor al prójimo. Cuando nos abrimos al señorío de Cristo, manso y humilde de corazón, que no vino a ser servido sino a servir; cuando como Él somos servidores los unos de los otros con humildad, entonces el Reino se realiza. En cambio, cuando buscamos los propios intereses egoístas, hacemos del mundo un lugar frío, oscuro y solitario.

            Desde la cruz, Cristo reina con sufrimiento y con dolor. El autor de la carta a los hebreos expresa este misterio de la historia de la salvación con una frase que hemos de meditar para poder comprender: «sin efusión de sangre, no hay redención» (Hb 9, 22).

La realidad de la prueba y el dolor

            La lucha y el dolor son realidades inevitables de toda vida humana. No hay nadie que no pase por ellas. Últimamente me he preguntado por qué hay quien conserva la alegría interior y la esperanza en medio de las tribulaciones, mientras que otros sucumben ante el desánimo, la oscuridad, la falta de sentido, llegando incluso a algún tipo de depresión.
Creo que cuando la prueba y la lucha tocan nuestra vida, las seguridades superficiales saltan por los aires y experimentamos la necesidad de certezas sólidas de fe que nos sostengan. Es ahí cuando Cristo quiere enseñarnos el arte de edificar nuestra vida sobre la Roca, que es él mismo.

Poner la mirada en Cristo Rey

            Desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco ha insistido de manera especial en la necesidad apremiante del encuentro personal con Jesucristo. Nos ha recordado que debemos dejarnos acariciar por su amor incondicional y su ternura, y sentir su compañía en medio de las dificultades. Sólo quien ha experimentado el amor personal de Cristo en la fe podrá luego vivir con alegría evangélica las exigencias morales y existenciales de la vida.

            A este respecto, quiero recordar las palabras del Beato Pablo VI que forman parte del rito de incorporación al Regnum Christi: «Cristo está en el vértice de las aspiraciones humanas, es el término de nuestras esperanzas y de nuestras plegarias. Aquél que da sentido a los acontecimientos humanos. Aquél que da valor a las acciones humanas. Aquél que constituye la alegría y la plenitud de todos los corazones: el verdadero Hombre. Y al mismo tiempo, Jesús es el manantial de nuestra verdadera felicidad: es el principio de nuestra vida espiritual y moral; dice lo que se debe hacer y da la fuerza, la gracia para hacerlo. Cristo es todo para nosotros. Y es deber de nuestra fe religiosa, necesidad de nuestra humana conciencia, reconocer, confesar y celebrar esto. A Él está ligado nuestro destino, nuestra salvación».

            La certeza que nos da la fe en Jesucristo nos capacita para afrontar con serenidad las pruebas de la vida, para hacer fecundos nuestros sufrimientos, para que se conviertan en momento de gracia. Necesitamos descubrir la grandeza de Jesús, su presencia amiga, su amor incondicional, para caminar y ayudar a otros a recorrer la vida anclados en la esperanza que no defrauda. Necesitamos olvidarnos de nosotros mismos y entregarnos sin límites al prójimo, y hacer así presente el Reino de Cristo en el mundo.

Dejarnos transformar por la esperanza

            San Agustín afirma que a los cristianos no se nos ahorra el sufrimiento, sino que, al contrario, nos toca un poco más, porque vivir la fe es afrontar la vida y la historia más en profundidad. Con todo, la experiencia del dolor nos ayuda a conocer la vida en toda su belleza. Como esas personas que parecen no tener nada, pero que son ricas en su fe y viven con un realismo alegre que todos quisiéramos tener.

            Por esto, en Cristo Rey vemos la realización plena de nuestra vida. Jesucristo quiso cargar sobre sí todos nuestros dolores y pecados. Jesús hace nuevas todas las cosas y nos introduce en esa progresiva transformación de nuestros corazones y de la sociedad: las cicatrices de la lucha por ser fieles y por ser apóstoles, incluso las heridas del pecado, se convierten por la misericordia de Dios en llagas benditas de esperanza y salvación.

Queridos miembros del Regnum Christi, los invito a no desfallecer nunca en el camino de la vida, especialmente ante el sufrimiento que viene de las propias limitaciones y de las de los demás. Cristo nos invita a ponerlo al pie de la cruz para insertarnos en la transformación interior que se realiza por la gracia. Tenemos urgencia de salir de nosotros mismos, de anunciar al mundo la maravilla de la fe que se hace concreta en la caridad, en el apostolado, en la atención a los más necesitados. El ver las llagas de Cristo en lugar de fijarnos en las nuestras, es causa de amor y de esperanza.

Los invito en este día de Cristo Rey, ya próximo, a redescubrir que los padecimientos que nos toca vivir al seguir más de cerca las huellas de Jesús, «son nada en comparación con la gloria que ha de ser revelada» (Rm 8, 18). Cuando experimentemos que la cruz nos hiere, unámonos a Jesucristo que ofrece el mundo entero al Padre, renovemos nuestra confianza en el Señor y digamos más con la vida que con las palabras: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén».

Cuenten con mis oraciones en el día de Cristo Rey. Encomendemos al P. Miguel Romeo, L.C., que falleció hace dos días en un accidente, y a los legionarios y miembros del Movimiento que han partido a la casa del Padre en este año. También les pido que me tengan presente en las suyas.
Suyo en Cristo,

 

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.
Director general

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“Un texto para conformar nuestra vida con Cristo”

¡Venga tu Reino!·

Prot. D.G. 882-2014/1
Circular


São Paulo, 1 de noviembre de 2014
Solemnidad de todos los santos

A los legionarios de Cristo

Muy estimados en Jesucristo:

Tengo el privilegio y la inmensa alegría de comunicarles que la Santa Sede, a través de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, ha aprobado la nueva versión del texto de nuestras Constituciones, en respuesta a la petición presentada por el Capítulo general extraordinario, celebrado a inicios de este año. La carta que nos comunica la aprobación lleva la fecha del 16 de octubre, memoria litúrgica de santa Margarita María de Alacoque y aniversario de la elección pontificia del Santo Padre Juan Pablo II.

Ante todo, los invito a elevar una ferviente oración de acción de gracias, agrade­ciendo a Dios esta nueva muestra de su amor hacia la Legión de Cristo y hacia cada uno de sus miembros. Agradezcamos también a los Pontífices Benedicto XVI y Francisco, al Cardenal Velasio De Paolis y a sus consejeros, por la paterna solicitud con la que han guiado los pasos de nuestra congregación en estos años pasados, marcados por la prueba, pero también por el cercano acompañamiento de la Iglesia.

Tenemos ahora en nuestras manos el texto de nuestras Constituciones que describe para cada uno de nosotros el modo propio de vivir la vida religiosa en la Legión, siendo así el camino que nos guía hacia la santidad y la fecundidad apostólica al servicio de la Iglesia y de los hombres. Como establece el último número del texto aprobado, hemos de conformar nuestra vida con Cristo, regla suprema del religioso, según el Evangelio y las Constituciones (cf. n. 235).

El día 8 de enero de este año, en la celebración eucarística que daba inicio al Capítulo general, el Cardenal De Paolis afirmaba: «las Constituciones que se darán, no serán simplemente un código de leyes que les una sólo externamente en la disciplina; serán más bien un texto que exprese una vocación común, un ideal común, una visión común y un camino común de santidad. Serán un impulso para tender juntos hacia la realización del proyecto de Dios sobre la congregación y sobre cada uno de ustedes, para la gloria de Dios y el servicio a la Iglesia y a la misma Legión. El corazón de las Constituciones es el carisma o el patrimonio espiritual del Instituto».

Precisamente por esta razón los invito cordialmente a conocer el texto de las Constituciones, meditarlo y, sobre todo, llevarlo a la vida personal, comunitaria y apostólica con mucho amor y generosidad, acogiendo así el plan de Dios sobre la Legión y cada uno de nosotros. En este sentido, Mons. José Rodríguez Carballo, O.F.M., escribe lo siguiente en el último párrafo de la carta de aprobación: «Confío vivamente que la observancia de las Constituciones sea para los legionarios de Cristo una ayuda valiosa en la realización de su compromiso apostólico, en fidelidad al carisma».

Además, para valorar mejor este evento de la vida de la Legión, los invito a recordar la historia de este nuevo texto de nuestras Constituciones. El Cardenal De Paolis en la homilía que acabo de citar nos decía: «lo que el Señor ha hecho durante este período de preparación debe ser el recuerdo y la memoria a la que están llamados a volver para reencontrar la confianza, la serenidad y la esperanza».

En el documento adjunto a esta carta (cf. anexo 3) encontrarán una breve memoria de este camino que hemos recorrido juntos, desde el inicio de 2011, con la participación activa y generosa de todos los religiosos legionarios. Espero que nos ayude a apreciar el don que ahora recibimos y que, si podemos decirlo así, cierra la parte principal de esta etapa de nuestra historia.

Finalmente deseo mencionar que esperamos promulgar en breve las Normas complementarias (directorio) y el Reglamento de las casas de apostolado, para así completar una parte importante de los encargos que el gobierno general recibió del reciente Capítulo general.

Agradezco a la Santísima Virgen María su ayuda y cercanía materna a lo largo de este camino, y le pido que interceda para que todos los legionarios vivamos con fidelidad estas Constituciones. Les pido un recuerdo en sus oraciones y les aseguro las mías, me confirmo de Uds. afmo. en Jesucristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

c.c.p.: P. Gianfranco Ghirlanda, S.I., Asistente Pontificio

Anexos:

  1. Texto aprobado de las Constituciones (PDF)
  2. Decreto de aprobación
  3. Breve resumen del proceso de revisión de nuestras Constituciones (2010 – 2014)
  4. Tabla con un resumen de algunos de los cambios introducidos a la versión presentada por el Capítulo general, por petición de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica
  5. Carta del Director General en original (PDF)