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Profesiones perpetuas en Roma: Vivir la alegría de pertenecer a Dios

El 29 de enero los hermanos Felipe Colodel, L.C. y Santiago Casanova, L.C. emitieron la profesión perpetua en la capilla del Centro de estudios superiores. En la misma celebración eucarística, presidida por el padre Eduardo Robles-Gil, L.C., renovaron sus votos los hermanos Juan Pablo Álamos, L.C. y Gustavo Balestrin, L.C. Los sacerdotes que residen en Roma y los hermanos de la Sede de la dirección general renovaron sus votos por devoción después de un día completo de retiro espiritual. Los hermanos de las comunidades del Centro de estudios superiores renovarán sus votos por devoción después del periodo de exámenes.

 El padre Eduardo inició la homilía compartiendo que durante el retiro espiritual que hicieron los sacerdotes de Roma experimentaron «la invitación de Dios a ver nuestra vida, nuestra consagración religiosa y sacerdotal como la parte de la herencia que nos toca por el gran amor que Dios nos ha tenido. Esa es la sabiduría que viene de Dios: la capacidad de ver que hay que perder la vida para ganarla. Es una sabiduría que viene de la fe. Es esa capacidad de ver las cosas de tal forma que puedes escoger lo que Dios te ofrece y lo aceptas como un don, como un tesoro».

 Más adelante dijo: «Las bienaventuranzas nos ponen en esa misma lógica, la lógica de la sabiduría de Dios y no de la sabiduría del mundo. Y poder ser felices, dichosos, bienaventurados en el Evangelio, en Cristo, en la entrega a Dios y a los hombres».

 Después mencionó el discurso del Papa Francisco del 28 de enero de 2017 a los participantes en la plenaria de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, cuyo tema fue la fidelidad y el abandono. «El Papa advertía el problema que significa para la sociedad actual la cultura de lo provisorio, el dejar de pensar en el futuro, en la vida eterna. Y el Evangelio nos invita a pensar en la vida eterna, que heredaremos la vida eterna», comentó.

 El padre Eduardo señaló que «otro de los peligros que subrayaba el Papa era el de la mundanidad. El Papa decía que “también entre los jóvenes hay muchas víctimas de la lógica de la mundanidad, que se puede sintetizar así: búsqueda de éxito a cualquier precio, del dinero fácil y del placer fácil […] Nuestro compromiso no puede ser otro que el de estar a su lado, para contagiarlos con la alegría del Evangelio y de la pertenencia a Cristo. Hay que evangelizar esa cultura si queremos que los jóvenes no sucumban”. El mundo de los jóvenes debe ser capaz de ver la belleza del Evangelio y la belleza de pertenecer a Dios nuestro Señor. Estamos invitados a ver, sentir y amar nuestra pertenencia a Dios. Él nos pertenece, se nos ha dado a nosotros, pero nosotros también le pertenecemos a Él. Le pedimos hoy la gracia a Dios de ver la belleza de pertenecer a Él, de vivir la alegría de pertenecer a Dios nuestro Señor».

 «“Llevamos un tesoro en vasos de barro”, dice san Pablo (2Co 4,7). “Vigilad y orad para no caer en la tentación”, nos dice Cristo en el Evangelio (Mt 26,41). Estamos en el mundo pero no somos del mundo. Tenemos el compromiso de mostrar al mundo la cara alegre y feliz de pertenecer a Dios», añadió el padre Eduardo.

 Por último, el padre Eduardo invitó a reflexionar sobre la invitación que hacía el Papa Francisco en su mensaje de dar testimonio al mundo y a la Iglesia con la santidad de vida. En palabras del Santo Padre: «Si la vida consagrada quiere mantener su misión profética y su fascinación y seguir siendo escuela de fidelidad para los cercanos y los lejanos (cf. Ef 2,17) debe mantener el frescor y la novedad de la centralidad de Jesús, el atractivo de la espiritualidad y la fuerza de la misión, mostrar la belleza del seguimiento de Cristo e irradiar esperanza y alegría».

 

 El H. Santiago Casanova, L.C. nació el 5 de junio de 1989 en Buenos Aires, Argentina. Ingresó al Centro vocacional de Córdoba en 2002, después de haber terminado la primaria en el Colegio Betania. En el año 2006 ingresó al noviciado de São Paulo, Brasil. Estudió humanidades clásicas en Cheshire, y el bachillerato de filosofía en Roma. De 2011 a 2015 realizó sus prácticas apostólicas en México, primero como instructor de formación en el Instituto Cumbres de Aguascalientes y luego como prefecto de disciplina en el Centro vocacional de Guadalajara. Actualmente se encuentra cursando la licencia en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.

El H. Felipe Colodel, L.C. nació el 22 de noviembre de 1989 en Campo Largo, Paraná, Brasil. Ingresó al Centro de noviciado de São Paulo el 11 de marzo de 2006. Emitió la primera profesión religiosa el 24 de febrero de 2008. Estudió un año de humanidades en Cheshire y el bachillerato en filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Durante prácticas apostólicas, de 2011 a 2015, fue promotor vocacional en Brasil y miembro del equipo auxiliar del ECYD de Porto Alegre y Sao Paulo. En 2015 regresó a Roma para iniciar la licencia en filosofía.

«Nos hemos consagrado para perseverar en su servicio»

El pasado 2 de octubre, el P. Eduardo Robles-Gil, LC presidió la misa donde el H. Jean-Baptiste Ribes emitió su profesión perpetua.

Acompañaron al hermano Jean-Baptiste sus papás -que vinieron desde Francia- y los miembros de la dirección general y del Centro de Estudios Superiores de la Legión de Cristo.

La ceremonia se llevó a cabo en la capilla del Centro de Estudios. El P. Eduardo, en su homilía, destacó el papel de la fe y del servicio en la vida consagrada.

«El Evangelio de hoy nos dice que somos servidores, y que cuando hayamos hecho lo que teníamos que hacer, podemos simplemente decir que “siervos inútiles somos”».

Asimismo, hizo notar que la consagración a Dios es «para perseverar en su servicio, para vivir sirviendo, para vivir amando, para vivir identificándonos con Él»

El P. Eduardo enfatizó que para perseverar e identificarse cada día más con Cristo se requiere de la gracia y se requiere de la fe, invitando a los presentes a reflexionar en el sentido de la expresión del Evangelio: ¡Señor, aumenta nuestra fe!

«La fe está hecha para crecer, para darla. Nos fue dada en el bautismo. Cada vez que recibimos un sacramento, cada vez que recibimos la comunión, cada vez que renovamos nuestros votos, son gracias que están destinadas a que la fe crezca».

El padre Eduardo Robles-Gil impartió una conferencia a los hermanos del Teologado del Centro de estudios superiores y a los hermanos en formación de la Sede de la dirección general sobre cómo prepararse mejor para el sacerdocio durante los últimos años de formación en Roma.

Invitó a los presentes a reflexionar sobre la vocación de servicio a la Iglesia y a las almas que, como futuros sacerdotes, están llamados a ofrecer. También invitó a los hermanos que durante estos años dan pasos importantes hacia el sacerdocio (como la profesión perpetua o la recepción de los ministerios del lectorado y del acolitado) a vivir un discernimiento serio y profundo a través del diálogo con Dios en la oración, del estudio y de la ayuda de los formadores.

«El discernimiento más importante es el que hacen ustedes mismos; porque la vocación, el llamado de Dios, es algo que nace de la experiencia personal, del amor personal a Cristo, de la relación personal con Él», dijo el padre Eduardo a los hermanos presentes en la conferencia. «Ese discernimiento que hacen ustedes lo tienen que hacer sus formadores. Ustedes lo hacen junto con su director espiritual de manera interna, personal. Él les ayuda a progresar en el camino de la santidad, de su identificación con Cristo y en su discernimiento vocacional. También ustedes realizan este discernimiento en el fuero externo con sus formadores, con sus superiores, que son quienes tienen que dar un juicio, una aceptación», añadió.

También comentó que el discernimiento vocacional «tiene un inicio y tiene un fin […] Después es más sobre cómo puedo identificarme más con Cristo, cómo puedo hacer mejor su voluntad, qué me está pidiendo Dios nuestro Señor».

Carta sobre la pobreza

El 18 de julio de 2016 nuestro Director general escribió una carta a los sacerdotes legionarios sobre el significado y la vivencia del voto y la virtud de la pobreza en la vida religiosa en la Legión de Cristo. A continuación se ofrece el texto íntegro de la carta:

¡Venga tu Reino!

Roma, 18 de julio de 2016

A los sacerdotes legionarios de Cristo

 

Muy queridos padres:

A través de esta carta les envío un saludo, asegurándoles un recuerdo en mis oraciones. Muchos de ustedes están iniciando, en el hemisferio norte, las actividades de verano y las vacaciones después de un año de trabajo apostólico. Espero que puedan tener también un tiempo de descanso. En el hemisferio sur, mientras tanto, se encuentran en la en el intervalo de la mitad del curso escolar.

En esta carta deseo reflexionar con ustedes sobre la vivencia de la pobreza en la Legión, uno de los consejos evangélicos propios de la vida religiosa y que es parte integrante de la enseñanza y del ejemplo de Jesucristo. Les ofrezco estos pensamientos en el contexto de las presentes circunstancias del mundo moderno y de la Legión. Espero que les puedan ayudar a valorar y vivir mejor este voto y esta virtud.

Varias veces en las reuniones que he tenido durante mis visitas a los territorios y las casas, se ha mencionado este tema. Durante una de las presentaciones que hice sobre la situación económica de la Legión al responder la pregunta de un religioso, afirmé: “En la Legión tenemos algunas particularidades en la vivencia de la pobreza como son, entre otras, la consideración del uso del tiempo en cuanto don precioso que Dios nos da, y la necesidad de usar ciertos medios adecuados para evangelizar según nuestros apostolados específicos”. Tal vez en la vivencia de este voto tenemos más particularidades que en los otros dos votos comunes.

Hay en muchos un interés y una preocupación por la práctica de la pobreza. Por eso les envío esta carta, por medio de la cual quiero invitarles a ustedes y a todos los legionarios a vivir con mayor convicción esta virtud, a ejemplo de Cristo. Tengo en cuenta que, según los contextos de cada territorio, nación, e incluso de cada comunidad o apostolado, se dan hoy circunstancias, sobre todo externas, que facilitan o dificultan la vivencia de este consejo evangélico. Según se comentó en el Capítulo general de 2014, y tal como quedó dicho en el Comunicado capitular, en la sección “Administración y voto de pobreza” (cf. núms. 218 y siguientes), puede haber elementos de nuestra pobreza que requieren hoy mayor atención y virtud, así como un mejor testimonio evangélico. Recordemos también cómo el Santo Padre ha estado subrayando frecuentemente este aspecto del Evangelio, invitando a todos, pero sobre todo a los sacerdotes y a los religiosos, a dar un testimonio de vida pobre.

 

La pobreza y su relación con Jesucristo

Cada consejo evangélico tiene un profundo sentido cristológico. En primer lugar los consejos son modos de seguir a Cristo. En el caso de la pobreza, dejar todos los bienes terrenos para que sólo Él sea nuestro tesoro.

En el Evangelio constatamos cómo Cristo, cuando llama a su seguimiento, invita a dejar todo para estar con Él. Así lo vemos en los apóstoles que dejan sus redes, o en Mateo que deja de inmediato la mesa del recaudador. Por su parte, el hombre de la parábola que descubre un tesoro en el campo, va con “gran alegría” a vender todo lo que tiene para comprarlo (cf. Mt 13, 44). En estos pasajes, y otros similares, descubrimos que la pobreza del seguidor de Cristo está llena de la alegría de poseerle a Él como único tesoro del corazón.

 

En el pasaje del joven rico leemos, «Jesús, fijando en él su mirada, le amó» (Mc 10,21) y le dijo «Si quieres ser perfecto, vende todo, dalo a los pobres, y ven y sígueme» (cf. Mt 19, 21). Pero este joven no responde positivamente porque tiene muchas posesiones y se marcha triste.  A continuación, el evangelista repite que Cristo “mira” a los apóstoles y es entonces cuando Pedro comenta: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Cristo reconoce que han dejado todo, «casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hacienda» y añade: «lo han dejado por mí y por el Evangelio» (cf. Mc 10, 29). Inmediatamente después les enseña a confiar en la providencia divina y buscar primero el Reino (cf. Mt 6, 33). Así se resumen los motivos principales de nuestra pobreza: una mirada de amor de Cristo, la invitación a tenerle a Él como único bien, a amarlo, y a entregarnos a la misión, sostenidos por la providencia divina para lo cual todo es posible (cf. Mc 10, 27).

El discípulo que acepta esta invitación sigue a Cristo y comparte su estilo de vida pobre, tal como lo encontramos a lo largo del Evangelio: la descubrimos en Belén, en la huida a Egipto, en Nazaret, en su vida pública y, sobre todo, en la cruz. Cierto es que los seguidores de Jesucristo deben también resolver los aspectos prácticos de la vida cotidiana. Así encontramos algunas personas que atienden al Señor y a sus seguidores por medio de sus limosnas y servicios. No obstante, Cristo invita a los suyos a poner toda su atención en la misión y a aceptar la austeridad de su vida. Es este un aspecto importante de los consejos evangélicos: son imitación cercana de Cristo, al prolongar su estilo de vida en el hoy de la Iglesia y la sociedad: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Lc 9, 58).

Los consejos evangélicos son, además, modos de participar en el abajamiento y en la pasión del Señor. Por la profesión religiosa participamos de modo especial en la obra redentora. Consideremos, ante todo, la humildad de la Encarnación: Él «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 6-8, cf. 2Co 8, 9). La pobreza de Cristo llega a su culmen en el desprendimiento de la cruz, y ello nos permite comprender que la experiencia de la privación, de la pobreza efectiva, de no contar con algo conveniente o necesario, se convierte en moneda de redención. Jesucristo, siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2Co 8, 9).

A estas dimensiones cristológicas, se añade el aspecto escatológico de los consejos evangélicos. Por medio de la pobreza ponemos el corazón en los bienes eternos. Siguiendo e imitando a Jesucristo damos testimonio de los bienes futuros y de esos valores evangélicos que encontramos expresados en las Bienaventuranzas: «Dichosos los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5, 3). A la vez, nos ponemos en manos de la Providencia del Padre celestial (cf. CLC 19, 1°). Jesucristo nos invita, como al joven rico, a «tener nuestro tesoro en el cielo» (cf. Mc 10, 21). Como a los apóstoles, Cristo nos enseña que la pobreza voluntaria por amor a Él implica una plenitud misteriosa en esta vida y luego la vida eterna (cf. Mc 10, 30).

 

La pobreza es parte integral de la vida religiosa

La pobreza, según se expresa en la profesión, es una parte constitutiva de la vida religiosa. Como nos recuerdan las Constituciones, por medio del voto que hemos emitido nos imponemos libremente un radical desprendimiento afectivo y efectivo de todos los bienes materiales, nos comprometemos a la debida dependencia del superior en relación con el uso de los mismos y adoptamos un estilo de vida personal y comunitario sobrio. Por consiguiente, renunciamos –por voto– al derecho de usar y disponer de bienes materiales sin permiso (cf. CLC 19, 2° y 3°).

Este desprendimiento de todas las criaturas –no sólo exterior sino también interior– no es un empobrecimiento. Es, más bien, un enriquecimiento puesto que nos da la posibilidad de una mayor unión con Dios y nos ofrece una plena libertad al ahorrarnos los apegos a los bienes de esta tierra. Así, la pobreza, libremente acogida, mantiene el alma abierta hacia Dios y hacia los hombres; crea un clima espiritual propicio a la docilidad interior, a la oración, al diálogo y a la colaboración; alimenta la esperanza; engendra la justicia y la misericordia; aumenta el amor y dona serenidad y alegría (cf. CLC 20).

Desde otro punto de vista, podemos afirmar que nuestra pobreza es ante todo “pobreza delante de Dios” al sabernos creaturas necesitadas. Esta conciencia nos lleva a no poner nuestra confianza ni en las propias fuerzas, ni en las cosas materiales. La pobreza expresa la humildad del religioso que se sabe creatura de Dios, con una misión personal y eclesial que supera por mucho las propias fuerzas y capacidades. Reconocernos pobres nos lleva hacia la plena confianza en Dios.

En el Magisterio de la Iglesia y en nuestras Constituciones tenemos muy clara y bien estructurada la doctrina sobre este voto y virtud. Contamos, además, con algunas consideraciones importantes en el reciente Comunicado capitular (cf. núms. 218 y ss.), en las normas complementarias, los reglamentos de las casas y los reglamentos de administración.

Teniendo esta normativa todos corremos el riesgo, en diversos grados, de reducir la pobreza al cumplimiento de unas normas sobre el uso de los bienes materiales, sin hacer de ello lo que debe ser: una ocasión para seguir realmente a Cristo en este aspecto de su vida y así dar un testimonio evangélico elocuente ante los demás. Para lograr esto, una premisa fundamental es optar personal y animosamente por la pobreza, querer vivirla, apreciarla, amarla, buscarla en lo oculto e interior, y desear identificarnos con esa austeridad y ese desprendimiento que Jesucristo vivió en esta tierra, según he mencionado antes. Todo esto, siempre por amor y con gran libertad interior, porque Dios es mi tesoro, y porque a través de la pobreza, busco ser más de Él cada día.

Por su misma naturaleza la pobreza es una ayuda y un modo de ejercitar otras virtudes: la fe en Dios y en la fecundidad de la vida evangélica, la confianza en la Providencia, la caridad evangélica que llevó a los discípulos a tenerlo todo en común, la abnegación y el espíritu de sacrificio, la convicción personal para ser transparentes y dependientes en el uso del dinero, y sobre todo el desapego interior. A esto ayudan otros medios más exteriores, como puede ser la elaboración de presupuestos e informes económicos (cf. CLC 224, 228), la revisión habitual de la propia habitación, oficina o casa para evitar la acumulación de cosas innecesarias o superfluas, y la aceptación de los criterios sobre el uso de los bienes materiales que los superiores mayores emanan directamente o través de los administradores. En todo esto el religioso ha de cuidar su corazón y pensamientos para liberarlos de posibles apegos y de deseos incompatibles con una vida religiosa objetivamente pobre.

Con la gracia de Dios podemos constatar que en general hemos vivido bien este voto en la Legión y contamos con muchos sacerdotes y religiosos virtuosos y objetivamente austeros. Pero también constatamos que, hoy y siempre, es necesario vigilar.

 

La pobreza y la misión

Existe una profunda relación entre la pobreza y la misión. Si contemplamos la vida de Jesucristo, es evidente su cercanía a todos los hombres –sobre todo a los más necesitados en cuerpo y alma–, su deseo de llevarlos al cielo, y al mismo tiempo su urgencia por cumplir la misión que el Padre le ha asignado. Vemos también como Jesús se acerca a personas con medios económicos como Zebedeo, Jairo, Lázaro y sus hermanas. Es la misión la que lo orienta en su trato con las personas y da sentido al uso de los medios materiales, según las diversas circunstancias y apostolados. En esto, a ejemplo del Señor, se da también un elemento de libertad, es decir, en ser magnánimos en el uso de los medios materiales cuando son necesarios para poder dar a conocer el Evangelio en los diversos ambientes donde desarrollamos nuestros apostolados, sea entre las personas que cuentan con muchos medios económicos, en la educación, o en la ayuda de los más indigentes.

Cada uno debemos reflexionar sobre la libertad real que tenemos, como religiosos y sacerdotes, para tratar indistintamente con todo tipo de personas, sin acepciones, preferencias o exclusiones. Algunos legionarios podrían tener una preferencia por tratar con gente sencilla y materialmente pobre, y realizar este apostolado con gran virtud y sacrificio personal (cf. CCG2014 239). Otros tal vez prefieren el trato con personas de clase social alta, por sentido de misión, pero tal vez también –al menos en parte– por los beneficios personales materiales o afectivos que quizá encuentran, o simplemente por la dificultad de relacionarse con los más pobres. En uno y otro caso, lo verdaderamente importante es esforzarse por seguir con creciente fidelidad el ejemplo de Jesucristo de amar a todos sin acepción de personas y cumplir la misión, según lo ilustra nuestro patrono san Pablo: «siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda. Y todo esto lo hago por el Evangelio para ser partícipe del mismo» (cf. 1Co 9, 19.23).

Además, la asignación de la misión, que no escogemos sino que recibimos en obediencia, y también el propio carisma apostólico (cf. CLC 4), nos orientan en nuestra misión para la cual necesitamos una buena dosis de abnegación y de desapego de las propias preferencias (cf. CCG 2014 240). Lo recuerda también el comunicado del Capítulo general: «Al tiempo que apreciamos las acciones apostólicas directas con los más necesitados, tenemos presente que podemos alcanzar un mayor número de ellos y hacerles un mayor bien a través de la acción de otros muchos, sobre todo de los miembros del Regnum Christi. Al decir esto no olvidamos que evangelizar a personas de liderazgo social o económico no siempre es fácil, pero es parte de nuestra vocación acercarlos a Cristo y estimularlos para que conozcan y practiquen la doctrina social de la Iglesia y así transformar las estructuras sociales de acuerdo con la justicia y caridad» (CCG2014 241).

 

La pobreza y el uso del tiempo

Como he aludido, al pensar en la pobreza legionaria me viene a la mente el uso del tiempo, según lo mencionan las Constituciones: «A la luz de la eternidad, el tiempo es un bien que Dios da a cada uno para cumplir la propia misión en la tierra. En la Legión su buen uso se considera parte de la virtud de la pobreza» (CLC 23). Es algo, sin duda, exigente. Usar bien el tiempo implica amor por la misión, esfuerzo, un recto sentido de eficacia y también abnegación ante los gustos y deseos personales, sin excluir, si hiciese falta, el sacrificio de prescindir en algún momento del descanso legítimo que quisiéramos tener.

Nosotros mismos hemos de ser objetivos y sinceros en este campo, con equilibrio y buen sentido común y religioso. ¡Cuánto nos ayuda el aprovechamiento del tiempo para observar con fidelidad los otros votos y avanzar en la vida espiritual! ¡Vivir movidos por amor y anhelo de dar lo mejor de nosotros mismos a Dios y a los demás!

Podemos preguntarnos si en estos últimos años, al buscar el descanso necesario, no se ha caído en un cierto exceso en el descanso personal o comunitario, justificándolo de diversas maneras, pero perdiendo, quizá, aspectos importantes del carácter militante propio del legionario, llamado a dedicar toda su vida y su tiempo a la misión.

Para ser realistas y prácticos en el buen uso del tiempo es conveniente que cada uno tenga un programa personal de apostolado y formación en el que se auto exija en el uso del tiempo. Si cada religioso se propone metas elevadas como expresión de su amor a Cristo y de celo apostólico, evitará caer en un cierto acomodamiento, rutina o conformismo, propios del hombre mediocre. Cabe mencionar, en relación con este tema, el tiempo que dedicamos al uso de los medios de comunicación, que es uno de los campos dónde es fácil excederse en la inversión de tiempo, más allá de lo conveniente. Si bien se trata sólo de un dato estadístico, en la encuesta reciente que hicimos sobre algunos aspectos de la vida religiosa, el buen uso de los medios de comunicación fue de los más bajos en la calificación que cada uno se dio a sí mismo.

Como buenos pastores y religiosos no podemos olvidar cómo estos medios pueden ser “ventanas al mundo” que llevan a la disipación, a la pérdida de tiempo o a peligros morales. No porque un religioso tenga a mano un medio de este tipo se justifica todo uso, sobre todo cuando se trata del descanso o la diversión. Las Constituciones explicitan que su uso para el entretenimiento es comunitario: «Reconozcan también la utilidad de los medios de comunicación para la formación, actualización y, ocasionalmente, para el entretenimiento comunitario» (CLC 46, 1).

Les sugiero hacer un examen personal sobre el buen uso del tiempo y en relación a esto, sobre el uso de los medios de comunicación en función de la misión. ¿Hubiera sido posible que hiciese más por las almas, por la Iglesia, o por la santidad personal de otro modo? Cada legionario ha de tener el deseo de hacer siempre todo lo posible por llevar a más hombres “al encuentro redentor con Cristo” (cf. CLC 3, 3).

 

Pobreza personal: Austeridad, sencillez y dignidad

Según establecen las Constituciones, la pobreza del legionario está caracterizada por la austeridad evangélica, la sencillez y la dignidad, tanto en la vida personal como en la comunitaria (cf. CLC 25). A estos elementos se añade la sobriedad (cf. CLC 19, 2°) y el sentido religioso sobre todo para evitar una cierta mundanidad que, como menciono a continuación, se puede ir introduciendo en los modos de vestir, en el uso de algunos medios – como medios electrónicos y automóviles-, en las actitudes y también en ciertos comportamientos de los legionarios (cf. CCG2014 227).

 Debemos aprender con paciencia que ser pobre significa no desear lo mejor, ni lo más fino, ni lo más moderno, ni resulta siempre compatible con el uso de aquello que un religioso puede obtener sólo porque se lo regalan. La pobreza requiere sacrificio y se expresa ordinariamente en tener sólo lo necesario, pero tenerlo de modo digno, ordenado y limpio. En este ámbito de la pobreza personal también se puede tener presente esa recomendación de conservar nuestra habitación y despacho como imagen del alma, de un alma ordenada y serena que en su trato con Dios está llena de detalles de amor.

Hoy en algunos pocos se da la tendencia a una cierta ostentación, a querer vestirse como seglares o a descuidar la urbanidad, los modales y la buena educación. Nuestra pobreza, bien lo sabemos, ha de estar unida a la sencillez pero también a la distinción y dignidad propias de quien está consagrado a Dios como religioso y sacerdote en la Legión. Las personas con las que tratamos están acostumbradas y esperan este testimonio de austeridad y sobriedad de los legionarios.

Sin duda son temas que merecerían un desarrollo más amplio, pero que nos alejan un poco de la finalidad directa de esta carta. Les invito a que, de forma personal y comunitaria, busquen algunos tiempos para profundizar en estos aspectos y las implicaciones que tienen en su vida, en sus comunidades y también en los apostolados (cf. CCG2014 228).

 

La pobreza y el uso del dinero

 Entre otras posibles consideraciones prácticas, les invito a revisar el modo en que cada uno usa el dinero que tiene a su disposición por razones justificadas (cf. CLC 21, 2°), preguntándose si conocen y observan los criterios establecidos en los reglamentos de administración y si proceden siempre con la debida dependencia del superior competente y con un presupuesto debidamente aprobado (cf. CCG2014 235). O si por el contrario conservan y usan dinero personal o del apostolado según los propios criterios y sin permiso. (cf. la recomendación del CCG2014 232).

El sistema actual prevé que las comunidades, las obras, las secciones y los apostolados tengan un presupuesto aprobado de ingresos y egresos. Las situaciones de los diversos territorios no son iguales, y dentro del mismo territorio también hay diferencias. Hay algunos sacerdotes, sobre todo los que trabajan en secciones, que en el pasado y también en las circunstancias actuales, deben conseguir los medios necesarios para el ejercicio de su apostolado. Hoy en la Legión y el Movimiento todos los presupuestos tienen ingresos por donativos y por la organización de actividades de recaudación de fondos. Es lógico y comprensible que los donativos que consiguen los usen para este fin, pero siempre en dependencia del superior y según el presupuesto aprobado.

La pobreza de la Iglesia y también las circunstancias actuales nos obligan a esta forma de organización económica. Es parte de la pobreza real que a todos nos cuesta.

 

Gastos y espíritu de ahorro

El espíritu de pobreza se expresa también en el cuidado de las cosas por apreciarlas como dones de Dios, y en muchas ocasiones, también fruto de la generosidad de bienhechores. Quien es pobre no se permite dañar, desperdiciar o maltratar lo que tiene, ni se muestra indiferente ante los gastos que su vida necesariamente genera en comida, energía, viajes, vestido, etc. (cf. CCG2014 229), como si sólo el superior o la congregación debiesen preocuparse de las facturas (cf. CCG2014 230-231). Lo mismo se puede decir del espíritu de ahorro.  Consideremos cuánto se puede ahorrar en una comunidad, en una obra de apostolado, en un territorio o en toda la Legión, si sumamos los pequeños ahorros que cada uno pueda hacer en su vida personal, en la comunidad o en el apostolado. Ahorrar puede también significar aprovechar al máximo lo que tenemos como son los estudios, ropa, libros, etc.

Los superiores, pero también cada religioso, puede preguntarse, además, por aspectos de nuestra vida que implican gastos elevados o constantes, como por ejemplo: los viajes internacionales, las comidas innecesarias en restaurantes, la adquisición y el uso de ciertos aparatos electrónicos, el uso descuidado del teléfono celular sin considerar las tarifas o recargos, etc. Quien es auténticamente pobre es siempre consciente de los costos y gastos que genera. Cada uno podría preguntarse cuando busca algo para sí mismo, cuántas personas en el mundo podría tener esto que yo quiero.

Un campo donde la posibilidad de ahorro es considerable es la salud. Sin entrar en detalles les pido que nos hagamos responsables de nuestra propia salud, un bien importante para la misión, que debemos cuidar. Los gastos asociados al descuido de la salud pueden llegar a ser muy elevados.

 

Obras e iniciativas apostólicas

Más compleja es la problemática cuando nos referimos a las obras, los apostolados, los proyectos e iniciativas apostólicas que, de acuerdo con los criterios establecidos en las Constituciones, deberían ser sustentables dentro de unos márgenes prudenciales según las circunstancias (cf. CLC 229). Aquí habría mucho que decir al respecto, sobre todo, pienso en los directores y administradores de obras que deben proceder con austeridad evangélica y eficacia. En las obras e instituciones con mayores flujos financieros es más amplia la responsabilidad, así como las posibilidades de ahorro.

 

Búsqueda de fondos 

Quisiera mencionar que parte de nuestra pobreza religiosa es también, según las circunstancias de cada uno, la búsqueda de donativos (cf. CG2014 253-255). Recordemos lo que establecen las Constituciones: «La Congregación proporcione a sus miembros los medios necesarios para su vida, formación y apostolado. No obstante, todos, superiores y súbditos, siéntanse corresponsables del sustento de las comunidades y del desarrollo de la Legión y del Movimiento Regnum Christi» (CLC 24).

Esta tarea de buscar fondos para cubrir las necesidades de las comunidades o de los apostolados requiere humildad, perseverancia y siempre un esfuerzo notable. Ustedes lo experimentan y constatan cada día. Como religiosos consagrados a la misión nos corresponde buscar los medios materiales necesarios y esto se concreta, en muchos casos, en el trato con bienhechores o la búsqueda de otros modos de financiación. Casi necesariamente esta tarea es parte de la vida de quien se profesa y es pobre. A la vez expresa el celo por hacer más por Jesucristo y la Iglesia, por realizar grandes obras y así poder predicar más amplia y eficazmente el Evangelio. Hay algunos legionarios en todos los territorios que han hecho con admirable celo sacerdotal este trabajo, preocupándose ante todo por el bien espiritual de las personas que nos ayudan.

Todos hemos de tomar conciencia de las necesidades económicas de la Legión tanto en general como en los territorios, casas y obras. Es esta la razón por la cual he ido haciendo, según me ha sido posible, algunas presentaciones de nuestra situación económica. Desde ahora les agradezco su colaboración y apoyo para mejorar nuestra economía y poder servir mejor a la Iglesia y a los hombres.

 

Otras aplicaciones prácticas

La casuística sobre la pobreza es amplia y no resulta fácil ofrecer un análisis exhaustivo ni criterios universalmente válidos. Quisiera aquí mencionar sólo algunos puntos.

Es necesaria una particular mención de las casas o automóviles que, en ocasiones, nos prestan algunas familias conocidas. Pienso, sobre todo, en los fines de semana de descanso en algunos países. Es verdad que estas personas generosas ponen todo a nuestra disposición, cubriendo todos los gastos. Por una parte, no debemos buscar nunca lo lujoso como criterio. Pero si en alguna ocasión estamos en algún lugar lujoso que nos prestan, hemos de ser ponderados y discretos, conscientes de que aún ahí debemos dar testimonio de pobreza y austeridad ante las personas que están en la casa, y también ante las personas que se pueden escandalizar si compartimos algunas fotografías fuera de contexto. Sin entrar en descripciones y casuística, simplemente extiendo una invitación a reflexionar –tanto en comunidad como personalmente– sobre estos aspectos de nuestra vida y el buen uso de los bienes y las formas y lugares de descanso que podemos tener.

El bien de una comunidad depende de todos sus miembros. Algunas comunidades cuentan con algo de ayuda para el servicio doméstico, otras no lo tienen. En las dos circunstancias nos corresponde a todos algo de colaboración activa en la limpieza y en el servicio a la comunidad. Por caridad, por espíritu de responsabilidad personal y por pobreza debemos ayudar todos con nuestro trabajo, tiempo y esfuerzo (cf. CCG2014 233-234).

Para el religioso una manifestación práctica concreta de la pobreza consiste en recibir lo que se necesita para la vida personal del superior. O si es el caso, recibir un permiso para comprarlo. Aunque sean cosas necesarias es un modo de ejercitar la conciencia de ser pobre, de no poseer recursos personales.

Otro campo importante es el de los aparatos electrónicos que usamos en nuestro trabajo. Más que normas detalladas que habría que actualizar permanentemente, se requiere que cada legionario tenga una conciencia rectamente formada según un sentido profundamente asimilado de la vida religiosa pobre. Y que, aunque justificado su uso por razones válidas, ponderemos si la comunidad está en condiciones económicas de hacer frente a los costos correspondientes. En este sentido se ha de valorar no sólo lo conveniente sino también lo posible.

En estos elementos prácticos de la pobreza, recuerdo con cariño y aplico en ocasiones lo que afirmaban las Constituciones de 1994: «Alégrense cuando experimenten los efectos de la pobreza, sabiendo que nunca ha de faltarles la providencia de Dios, conforme a la promesa de Cristo» (CLC1994 273).

Termino con una invitación a que cada legionario haga de la vivencia de este voto un camino de mayor amor a Jesucristo e identificación con Él, de mayor libertad interior y una fuente de testimonio elocuente y creíble.

Pidiéndoles sus oraciones y asegurándoles las mías, me confirmo suyo afmo. en Jesucristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

 

 

Con un recuerdo en mis oraciones,