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Ritual de la Congregación de los Legionarios de Cristo

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«El amor es más fuerte»: Antología de textos del P. Álvaro Corcuera, L.C.

¡Venga tu Reino!

Roma, 7 de octubre de 2015

 

A los legionarios de Cristo

 

Muy estimados en Jesucristo:

Les envío un saludo muy cordial en el día dedicado a nuestra Señora del Rosario, pidiendo a la Santísima Virgen María que interceda por nosotros en este inicio de curso del hemisferio norte, para que sea un año de crecimiento en las virtudes teologales.

En los próximos días enviaremos a cada casa una copia del libro «El amor es más fuerte», una antología de textos y conferencias del P. Álvaro Corcuera, preparada por los PP. Héctor Guerra y Juan Pablo Ledesma. Como escriben los autores en la introducción, «este libro puede servir como válido recurso y ayuda para la propia meditación la lectura y el conocimiento de la espiritualidad de la Legión de Cristo y del Regnum Christi, desde la experiencia del P. Álvaro» (p. 13). Es un legado espiritual.

Agradezco a los PP. Guerra y Ledesma por esta iniciativa y por el esfuerzo y la dedicación con la que han escrito diversas obras de espiritualidad en los últimos años. Necesitamos que muchos legionarios y miembros del Regnum Christi sigan este ejemplo, particularmente en los momentos que nos toca vivir.

Aprovecho para pedir especiales oraciones por la salud del P. Héctor Guerra, pues los tratamientos de quimioterapia están siendo muy dolorosos. Ha luchado ya muchos años con un cáncer mutante y el pronóstico es incierto.

De todos ustedes quedo suyo afectísimo en Jesucristo y el Movimiento,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Carta del director general sobre el discernimiento

¡Venga tu Reino!

C O N G R E G A T I O

L E G I O N A R I O R U M   C H R I S T I

D I R E C T O R  G E N E R A L I S

Ciudad de México, 4 de agosto de 2015

A los padres y hermanos que hacen ejercicios espirituales de mes

Mis queridos padres y hermanos, Pax Christi:

Desde hace varias semanas he estado reflexionando sobre algunas ideas que quiero compartir con ustedes ahora que están viviendo el tiempo especial de gracia que son los ejercicios espirituales. Se trata de un tiempo para hacer una fuerte experiencia de Dios, para conocerlo personalmente y no sólo de oídas (cf. Jb 42, 5), y para volver a escuchar, de manera más consciente y renovada, la invitación de Cristo a compartir su estilo de vida y ser enviados como apóstoles del Reino a anunciar la misericordia del Señor con renovado empeño.

Además, tienen la gracia particular de vivir estos ejercicios en el Año de la vida consagrada y también en medio de nuestro jubileo por el 75º aniversario de nuestra fundación. Se trata de un período en el que, con toda la Iglesia, debemos despertar la memoria de la acción de Dios en nuestra vida personal y en la de nuestra congregación, para alabarlo, agradecerle y maravillarnos por su misericordia. Es ocasión de abrirnos a la gracia de Dios para renovar nuestro sentido de pertenencia como miembros vivos del cuerpo de la Legión, más como gracia que como conclusión simplemente lógica o por costumbre, para poder así abrirnos al futuro con esperanza, avanzando junto con Cristo en la instauración de su Reino.

Con el deseo de ayudarles en su búsqueda personal de Dios, quiero comentar con ustedes algunos aspectos del discernimiento, que es una actividad preeminente durante el tiempo de ejercicios.

Al igual que la oración, el discernimiento es una gracia y se va aprendiendo en la práctica. Es, por decirlo de alguna manera, el lugar en donde la oración y la acción se encuentran para que se realice la voluntad de Dios sobre nosotros y sobre las realidades con las que tenemos contacto. El discernimiento tiene que ver, sobre todo, con decisiones concretas, con situaciones específicas que requieren una respuesta activa.

Pero antes de entrar en materia, me parece importante aclarar algunos conceptos:

Sobre qué discernir

Cuando hablamos de discernimiento no nos referimos principalmente al discernimiento sobre la propia vocación, especialmente si se han hecho ya opciones definitivas, sino más bien a la búsqueda del querer de Dios en la vida cotidiana. Incluso, San Ignacio dice que si una persona ha hecho ya una elección que es inmutable, como puede ser la profesión perpetua, el matrimonio o el sacerdocio, el discernimiento debe ir enfocado a la reforma y enmienda de la propia vida en el estado elegido, entregando toda su persona y vida a la gloria de Dios y a la salvación de la propia alma (cf. Ejercicios espirituales nn. 172 y 189).

En efecto, cuando hablamos de discernimiento, principalmente lo hacemos para tratar de descubrir la voluntad de Dios en lo concreto de nuestras vidas de todos los días, sobre el modo como vamos siguiéndolo en cada instante. Discernimos para escuchar la voz de Dios a través de las circunstancias concretas en la que se desarrolla nuestra vida, y para poner en juego nuestros talentos para responder de la mejor manera posible a la gracia de Dios que siempre nos precede y acompaña.

La oración de examen es un momento privilegiado para este discernimiento «de andar por casa» que es tan necesario para responder adecuadamente a nuestra vocación a la santidad y no conformarnos con una vida de un religioso cumplidor, pero que ha dejado de buscar la santidad, y que poco a poco puede irse encerrando en sí mismo y dar paso a la rutina, cuando no a la tristeza o a la amargura.

En este sentido, es importante que estemos atentos no sólo a las luces que Dios nos concede en la oración o en cualquier otro momento de la jornada, sino que también atendamos a las reacciones –agitaciones, las llamaba San Ignacio– que provocan en nuestro corazón, sean de consolación o de desolación. Quizás simplificando un poco, podemos decir que el discernimiento consiste en tomar conciencia de lo que ocurre en nuestro mundo interior para tratar de entender lo que está pasando y si viene de Dios o más bien es fruto del mal espíritu o de nuestro egoísmo, para luego poder actuar en consecuencia: acogiendo y secundando lo que viene del Señor; rechazando con decisión lo que no viene de Él.

El discernimiento y la tentación del subjetivismo

Existe siempre el peligro de confundir el discernimiento con una sutil tentación a caer en el subjetivismo o el relativismo. Quien se encuentra en esta situación, muchas veces está convencido de poseer una relación especialmente estrecha con el Espíritu Santo que le manifestaría su voluntad directamente aunque a veces sea contraria a las exigencias de la vida religiosa, a la identidad sacerdotal y legionaria, cuando no incluso de la fe y la moral cristianas.

Todos conocemos de sobra nuestra fragilidad y la capacidad de engañarnos o ser engañados. Por ello, para hacer un auténtico discernimiento, y para no ser sacudidos por viento de cualquier doctrina (cf. Ef 4, 14), existen tres instancias que son puntos de referencia irrenunciables:

1. El Evangelio

Cristo es la regla suprema del religioso, tal y como se nos presenta en el Evangelio (cf. CLC n. 235). Todo discernimiento debe confrontarse necesariamente con el Evangelio: si algo no es compatible con él, no puede venir de Dios, y por lo mismo, necesita discernirse más pues no es una opción.

Hay que recordar en este contexto lo que dice el Papa Benedicto XVI en el n. 83 de Verbum Domini: «La vida consagrada “nace de la escucha de la Palabra de Dios y acoge el Evangelio como su norma de vida”. En este sentido, el vivir siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente se convierte “en ‘exégesis’ viva de la Palabra de Dios”. […] “[De la Palabra de Dios] ha brotado cada carisma y de ella quiere ser expresión cada regla”, dando origen a itinerarios de vida cristiana marcados por la radicalidad evangélica».

2. El carisma tal y como se expresa en las Constituciones

Creo que este punto lo ilustra muy bien el n. 9 de la Instrucción de la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica sobre El servicio de la autoridad y la obediencia:

«Las personas consagradas son llamadas al seguimiento de Cristo obediente dentro de un “proyecto evangélico”, o carismático, suscitado por el Espíritu y autenticado por la Iglesia. Ésta, cuando aprueba un proyecto carismático como es un Instituto religioso, garantiza que las inspiraciones que lo animan y las normas que lo rigen abren un itinerario de búsqueda de Dios y de santidad. En consecuencia, la Regla y las demás ordenaciones de vida se convierten también en mediación de la voluntad del Señor: mediación humana, sí, pero autorizada; imperfecta y al mismo tiempo vinculante; punto de partida del que arrancar cada día y punto también que sobrepasar con impulso generoso y creativo hacia la santidad que Dios “quiere” para cada consagrado. En este camino, la autoridad tiene la obligación pastoral de guiar y decidir».

3. Los signos de los tiempos

Cristo resucitado está vivo y sigue actuando en la historia y nos manifiesta su querer a través de los acontecimientos, vistos e interpretados a la luz de la fe. Además de las Constituciones y normas, hay otras mediaciones que pueden ayudar en mayor o menor medida a descubrir la voluntad de Dios: las expectativas y necesidades del Pueblo de Dios, la mediación de los superiores y de la comunidad, de las prioridades de la Iglesia universal y particular, las indicaciones del Capítulo general y de los superiores mayores.

El hombre que discierne está a la escucha del Señor para seguirlo con madurez

Aclarados estos dos puntos, el objeto de nuestro discernimiento y la necesidad de evitar cualquier subjetivismo, creo que podemos afirmar que el legionario que discierne es un hombre que está a la escucha del Señor para seguirlo con madurez y responsabilidad cada día. Esto se puede ver por su estilo de vida coherente, que se hace concreto y real en actitudes, palabras y acciones.

En algunos manuales de espiritualidad previos al Concilio Vaticano II, encontramos que no pocos insisten en que la voluntad de Dios se manifiesta a través de los mandatos de los superiores eclesiásticos: el Papa, los obispos, los superiores religiosos; y también a través de normas muy precisas que a veces pueden prever mucha casuística. Esto parecería dejar el discernimiento principalmente en manos de quien tenía a su cargo una porción del Pueblo de Dios. Sin lugar a dudas también quienes no estaban constituidos en autoridad ejercían también el arte del discernimiento, pero el acento solía ponerse más en la autoridad.

El Concilio, al recordar la vocación universal a la santidad, y la participación de todos los bautizados en el triple oficio de Cristo sacerdote, profeta y rey, invitó a todos los cristianos a un papel más activo y, de algún modo, más responsable en la vivencia y el anuncio de la fe. Esta invitación de la Iglesia a ser hijos capaces de asumir responsabilidades, también cuando no se tiene una posición de autoridad, exige de cada cristiano una actitud de escucha para descubrir al Espíritu Santo actuando en su interior.

La autoridad en la Iglesia sigue teniendo su perenne validez en el plan de Dios, y puede y debe marcarnos las pautas para que nuestro seguimiento de Cristo sea auténtico y no nos engañemos. Pero hay una mayor conciencia de que cada uno tiene el reto de recorrer el camino especialísimo que el Señor ha pensado para él y que le va descubriendo poco a poco, dentro de la única vocación legionaria.

En algunos casos puede ser mucho más cómodo que los superiores nos digan exactamente lo que hay que hacer en cada circunstancia, pero eso puede llevar a la inmadurez. El Espíritu Santo nos impulsa a irnos conformando con Cristo para ser hombres espirituales maduros. San Pablo, con gran sentido pedagógico, subraya que la autoridad necesita intervenir para ayudar a sentar las bases, y que gradualmente, supuesto un proceso de maduración personal, debe ir dejando mayor responsabilidad a cada uno de vivir según la vocación que ha recibido: «Por mi parte, no pude hablarles como a hombres espirituales, sino como a hombres carnales, como a quienes todavía son niños en Cristo. Los alimenté con leche y no con alimento sólido, porque aún no podían tolerarlo, como tampoco ahora» (1Cor 3, 1-2). Con todo, San Pablo no se desentiende nunca de quienes le han sido confiados, sino que sabe intervenir a tiempo y destiempo para seguir acompañando a sus queridos cristianos en su seguimiento de Cristo.

Damos gracias a Dios que en la Legión hay muchos religiosos y sacerdotes que quieren ser o son ya maduros en Cristo y se dejan guiar por Él. Son hombres que disciernen, es decir, que se sienten y se saben responsables de sus vidas y de sus decisiones, que miden las consecuencias de sus actos y buscan ser coherentes con su identidad legionaria, mostrando así al mundo, con la vida y con las palabras, lo atractivo de la vocación religiosa y sacerdotal.

Actitudes para afrontar el discernimiento

Nos podemos preguntar cuáles son las actitudes con las que debemos afrontar el discernimiento de cada día, y que en ejercicios espirituales se hace más importante.

La primera es querer hacer la voluntad del Padre, a ejemplo de Jesucristo que no tiene otro alimento. Esto exige el desprendimiento de nosotros mismos, de nuestros planes, impresiones y hasta puntos de vista, que podemos llamar también libertad interior. La contemplación del amor incondicional de Dios, que es un Padre providente, que nos ha enviado a su Hijo y nos sostiene con la fuerza del Espíritu puede alcanzarnos la gracia de poder confiar y abandonarnos a sus manos.

La segunda es la apertura al Señor y a las sorpresas que Él pueda darnos en cada momento de nuestra vida. El Señor es el León de la tribu de Judá, y no es alguien a quien podamos domesticar. De suyo, esta incapacidad para controlar a Dios imponiéndole mi voluntad es muchas veces indicio de la autenticidad de la acción de Dios en el alma.

Esto lo hemos vivido en la Legión de manera particular en el espíritu de soldado raso. Es edificante ver la talla humana y cristiana de nuestros hermanos legionarios que reciben a veces una misión difícil o costosa para su naturaleza, especialmente cuando hay un cambio de lugar de trabajo que exige un desprendimiento doloroso de proyectos y, sobre todo de personas. Impresiona palpar cómo descubren en la nueva misión y sus exigencias la mano de Dios que los va moldeando con la fuerza de la cruz. Igualmente, es hermoso ver la humildad de tantos hermanos nuestros que ante una determinada misión, la aceptan «de entrada», pero que saben exponer con sencillez las dificultades que representaría para ellos ese encargo. Muchas veces estas actitudes nos han ayudado a tomar mejores decisiones en la asignación de la misión.

La tercera es el deseo de crecer en el conocimiento experiencial de Cristo en la fe, que es un don que nos concede el Espíritu Santo. Así, Jesús se convierte en la práctica en el centro, criterio y modelo de nuestros deseos, pensamientos y acciones (cf. CLC, n.9). El Jesús del Evangelio es la clave de interpretación de todo lo que acontece en nuestras vidas, de nuestras reacciones, etc.

La cuarta actitud es la humildad (cf. Catecismo n. 2559) para conocer los propios límites y la capacidad de autoengañarse. Esto nos impulsa a pedir luz al Señor en la oración, ante la Eucaristía, en el trato con la Virgen María; a dejarnos interpelar por la Palabra que es viva y eficaz; a hacer lecturas de maestros de la vida espiritual; a dejar que la teología que estudiamos forme parte de nuestra vida espiritual. Por supuesto, el hombre humilde tiene unos superiores y un director espiritual a quien acude confiadamente para pedirle consejo y luz en su camino.

Conocimiento por connaturalidad

La piedra de toque del discernimiento es el amor a Jesucristo y al prójimo, pues muchas veces el conocimiento de la voluntad de Dios se da, como dice la tradición escolástica, por connaturalidad. Esto quiere decir que, por el trato que he tenido y tengo con el Señor, me voy familiarizando con Él hasta el punto que soy capaz de descubrir y hasta intuir sus deseos casi espontáneamente, a reconocerlo en medio de las circunstancias de cada día, sin necesidad de recurrir a grandes razonamientos. Es lo que vivía San Juan evangelista, nuestro patrono, que reconocía sin duda ninguna a Cristo y ayudaba a otros a descubrirlo: «¡Es el Señor!» (Jn 21, 7).

Discernimiento sobre un asunto con duración limitada

Ahora bien, el discernimiento sobre un punto concreto no puede tener una duración indefinida. Hay que estar a la escucha, pedir luz, suplicar la gracia para reconocer la voluntad de Dios. Pero sobre todo, hay que pedir la fortaleza para no dejarnos intimidar ante los retos que el Señor nos proponga aquí y ahora o por el miedo a equivocarnos, aunque a veces eso exija cargar la cruz de cada día. Dios no quiere una parálisis en nuestra práctica de la caridad ni la vida cristiana puede quedarse estática.

El Señor quiere que confiemos y que, poniendo los recursos que tenemos a disposición, como son la oración, las luces, las mociones del Espíritu Santo, nuestra inteligencia, memoria y voluntad, el consejo de personas prudentes y conocedoras del camino del Espíritu, las orientaciones de los superiores y formadores, etc. para descubrir su voluntad y decidirnos a actuar en conformidad, aunque casi nunca lleguemos a tener una certeza matemática. Quien espera a tener una claridad total para actuar, va dejando pasar su vida y, quizás, está privando a las personas que está llamado a servir de las gracias que Dios quiere concederles por su medio.

Igualmente, los invito a abrirse a los dones de la paz y de la gratitud, para disfrutar con Cristo todas las cosas buenas que Él quiere para nosotros, que nos causan alegría y, sobre todo, que nos dan el gozo de saberlo cerca, que Él se interesa por nosotros. Como a los discípulos de Emaús, debemos seguir adelante en el camino sabiendo que Él camina a nuestro lado y nos va descubriendo poco a poco, o de improviso, el querer de Dios.

San Ignacio desarrolla en el libro de los Ejercicios Espirituales algunas reglas para ayudar en la tarea del discernimiento y de la elección. Les recomiendo que lean, reflexionen sobre ellas y, bajo la guía del Espíritu Santo, las vayan aplicando. Probablemente el director de ejercicios les ayudará a profundizar en su sentido y alcance. También los directores espirituales y formadores podrán ayudarles a crecer en el arte del discernimiento, que no es otra cosa que buscar la voluntad de Dios.

Un fruto del discernimiento es la libertad interior

Quizás estas reflexiones se han extendido demasiado y creo que conviene terminar esta carta. Sólo quisiera antes proponerles que uno de los frutos más preciosos del discernimiento es la libertad interior y también una de las actitudes fundamentales para un buen discernimiento hecho desde el amor. De hecho, uno de los signos más seguros del crecimiento en el discernimiento es la libertad interior para poder entrar en un diálogo de amor con nuestro Señor que guía y realiza en cada uno la progresiva configuración con Jesucristo.

Esta libertad interior es característica de religiosos maduros que han interiorizado el estilo de vida propio de la Legión, tal y como está recogido en nuestras Constituciones, normas, espíritu y tradiciones y, al mismo tiempo, pueden afrontar con amor lleno de prudencia las circunstancias más diversas y las sorpresas de la vida, firmes en la fe y en la propia identidad de religiosos, sacerdotes y apóstoles del Reino. Esto no se logra plenamente en esta vida, pero es nuestro quehacer de cada día el dirigirnos hacia esa meta con constancia, cooperando generosamente con el Espíritu que nos impulsa desde dentro. Es así como se puede entender correctamente lo que decía san Agustín: «Ama et fac quod vis!».

Pido a la Santísima Virgen que los acompañe durante sus ejercicios y que Ella misma les guíe en el camino de la oración y del discernimiento, para que como Ella puedan percibir en su vida la voz del Señor y responderle siempre generosamente y confiados en su amor de Padre: «Hágase en mí, según tu Palabra. Magnificat».

Su hermano en Cristo y la Legión,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

P.S. Por favor, no dejen de encomendar en sus oraciones a todos los legionarios y de modo especial a los jóvenes que están participando en los candidatados y cursillos de verano.