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Jubileo de las universidades en la Universidad Lateranense

P. Eduardo en la Universidad Lateranense
P. Eduardo en la Universidad Lateranense

El 9 de septiembre P. Eduardo Robles-Gil, LC tuvo un encuentro en la Universidad Lateranense de Roma con miembros de Regnum Christi que trabajan en las universidades, en el contexto del Jubileo de la Universidades. Antes, Mons. Vincenzo Zani dirigió en el Aula Magna unas palabras a los movimientos que se han sumado a esta iniciativa.

Texto completo de la conferencia (PDF, Italiano)

Un año para crecer en la convicción de la misericordia

 

8 de diciembre de 2015. Roma. Esta mañana el Santo Padre presidió la Concelebración eucarística de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción que conmemora los 50 años de la clausura del Concilio Vaticano II. Al final de la Misa, el Papa abrió la Puerta Santa de la Misericordia. Él fue el primero en atravesar la puerta, seguido después por Benedicto XVI. Las comunidades legionarias de Roma acompañaron al Santo Padre en la celebración. Muchos de nuestros sacerdotes, entre ellos nuestro Director general, pudieron concelebrar y también atravesar la puerta santa. Algunos diáconos que serán ordenados sacerdotes el 12 de diciembre asistieron al Santo Padre durante la celebración.

A continuación ofrecemos la homilía del Santo Padre:

En breve tendré la alegría de abrir la Puerta Santa de la Misericordia. Como hice en Bangui, cumplimos este gesto, a la vez sencillo y fuertemente simbólico, a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, y que pone en primer plano el primado de la gracia. En efecto, en estas lecturas se repite con frecuencia una expresión que evoca la que el ángel Gabriel dirigió a una joven muchacha, asombrada y turbada, indicando el misterio que la envolvería: «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28).

La Virgen María está llamada en primer lugar a regocijarse por todo lo que el Señor hizo en ella. La gracia de Dios la envolvió, haciéndola digna de convertirse en la madre de Cristo. Cuando Gabriel entra en su casa, también el misterio más profundo, que va más más allá de la capacidad de la razón, se convierte para ella en un motivo de alegría, motivo de fe, motivo de abandono a la palabra que se revela. La plenitud de la gracia transforma el corazón, y lo hace capaz de realizar ese acto tan grande que cambiará la historia de la humanidad.

La fiesta de la Inmaculada Concepción expresa la grandeza del amor Dios. Él no sólo perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí cuando viene a este mundo. Es el amor de Dios el que previene, anticipa y salva. El comienzo de la historia del pecado en el Jardín del Edén desemboca en el proyecto de un amor que salva. Las palabras del Génesis nos remiten a la experiencia cotidiana de nuestra existencia personal. Siempre existe la tentación de la desobediencia, que se manifiesta en el deseo de organizar nuestra vida al margen de la voluntad de Dios. Esta es la enemistad que insidia continuamente la vida de los hombres para oponerlos al diseño de Dios. Y, sin embargo, también la historia del pecado se comprende sólo a la luz del amor que perdona. El pecado sólo se entiende con esta luz. Si todo quedase relegado al pecado, seríamos los más desesperados de entre las criaturas, mientras que la promesa de la victoria del amor de Cristo encierra todo en la misericordia del Padre. La palabra de Dios que hemos escuchado no deja lugar a dudas a este propósito. La Virgen Inmaculada es para nosotros testigo privilegiado de esta promesa y de su cumplimiento.

Este Año Extraordinario es también un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Es Él el que nos busca. Es Él el que sale a nuestro encuentro. Será un año para crecer en la convicción de la misericordia. Cuánto se ofende a Dios y a su gracia cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de destacar que son perdonados por su misericordia (cf. san Agustín, De praedestinatione sanctorum 12, 24) Sí, así es precisamente. Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar siempre a la luz de su misericordia. Que el atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, haga que nos sintamos partícipes de este misterio de amor. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo.

Hoy, aquí en Roma y en todas las diócesis del mundo, cruzando la Puerta Santa, queremos recordar también otra puerta que los Padres del Concilio Vaticano II, hace cincuenta años, abrieron hacia el mundo. Esta fecha no puede ser recordada sólo por la riqueza de los documentos producidos, que hasta el día de hoy permiten verificar el gran progreso realizado en la fe. En primer lugar, sin embargo, el Concilio fue un encuentro. Un verdadero encuentro entre la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo. Un encuentro marcado por el poder del Espíritu que empujaba a la Iglesia a salir de las aguas poco profundas que durante muchos años la habían recluido en sí misma, para reemprender con entusiasmo el camino misionero. Era un volver a tomar el camino para ir al encuentro de cada hombre allí donde vive: en su ciudad, en su casa, en el trabajo…; dondequiera que haya una persona, allí está llamada la Iglesia a ir para llevar la alegría del Evangelio y llevar la misericordia y el perdón de Dios. Un impulso misionero, por lo tanto, que después de estas décadas seguimos retomando con la misma fuerza y el mismo entusiasmo. El jubileo nos estimula a esta apertura y nos obliga a no descuidar el espíritu surgido en el Vaticano II, el del Samaritano, como recordó el beato Pablo VI en la conclusión del Concilio. Que al cruzar hoy la Puerta Santa nos comprometamos a hacer nuestra la misericordia del Buen Samaritano.

Tomado del Boletín de la Sala de Prensa del Vaticano del 8. 12. 2015

Más información sobre el Jubileo de la Misericordia en el sitio oficial.

El Buen Samaritano, síntesis de la misericordia del Padre

3 de diciembre de 2015. Carta de nuestro director general a los miembros y amigos del Regnum Christi con motivo del Adviento, el inicio del Año de la Misericordia y la Navidad.

  • ORIGINAL EN ESPAÑOL
  • TRADUCCIÓN AL INGLÉS
  • TRADUCCIÓN AL ITALIANO
  • TRADUCCIÓN AL PORTUGUÉS
  • TRADUCCIÓN AL FRANCÉS

ORIGINAL EN ESPAÑOL

¡Venga tu Reino!

3 de diciembre de 2015

A los miembros y amigos del Regnum Christi

Muy estimados en Jesucristo:

Estamos comenzando el Adviento, tiempo que nos prepara para celebrar el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. En este año, además, celebramos con alegría la apertura de la Puerta Santa el día de la Inmaculada Concepción y la ordenación sacerdotal de 44 legionarios de Cristo el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe. Les escribo para saludarlos, felicitarlos por estos eventos y compartirles dos reflexiones para vivir con mayor intensidad este período.

La imagen elegida para el año jubilar es la del Buen Samaritano, que es de algún modo una síntesis de la misericordia del Padre manifestada en Jesucristo. Todos conocemos bien la parábola de Lc 10, 25-37 y la hemos meditado muchas veces. Les invito a meditarla de nuevo con calma para ver qué es lo que el Espíritu Santo quiere decirnos a través de su Palabra en este Año jubilar.

  1. Deseo de la Misericordia de Dios

El Adviento es tiempo de espera paciente y perseverante. La liturgia nos lleva a la esperanza, nos lleva a alimentar el deseo de la venida de nuestro Salvador. Si entramos dentro de nosotros mismos, nos damos cuenta de nuestra pobreza y de nuestro pecado, de nuestra pequeñez e incapacidad para hacer el bien (cf. Rm 7, 15-19). Pero no podemos quedarnos postrados. La antífona de Adviento nos anima: «Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra salvación» (Lc 21,28).

El Señor mismo suscita en nuestro corazón el deseo de Dios. Toma la iniciativa para invitarnos a que hagamos una alianza con Él. Actúa inesperadamente, como cuando envió el ángel Gabriel a llevar el anuncio a María. En retrospectiva descubrimos que ha suscitado en nosotros una profunda sed que sólo Él puede saciar. Así nos dispone para que acojamos su misericordia, que siempre nos sorprende.

Durante este Adviento, Jesucristo nos invita a que nos dejemos encontrar por Él, como la oveja perdida. Como Pedro, que se hunde cuando camina sobre las aguas, podemos clamar seguros de que Él siempre nos escucha (cf. Sal 18, 6). Este dejarnos encontrar por su misericordia puede tomar muchas formas. La vida cristiana nos ofrece diversos lugares especiales para disponernos a acoger la acción de Dios en nuestras vidas, como la oración, la Eucaristía, la experiencia de la cruz, la entrega a los demás y sin duda tiene un papel destacado el sacramento de la reconciliación.

Cuando reconocemos que estamos necesitados de misericordia y nos dejamos curar por el Buen Samaritano, entonces se dirige de manera especial a nosotros el mensaje navideño de los ángeles: «Les anuncio una gran alegría, hoy nos ha nacido un Salvador» (cf. Lc 2, 11).

  1. Corazón compasivo y misericordioso

Siempre me han impresionado los gestos del Buen Samaritano, especialmente lo que acuerda con el posadero a quien confía el cuidado del hombre herido por los salteadores. Se trata de un verdadero derroche de parte de este hombre para curar a un desconocido, y está dispuesto incluso a pagar más si fuera necesario. Así es el Corazón de Cristo: es sobreabundante en sus dones porque es misericordioso con cada uno de sus hijos.

La sobreabundancia de la misericordia es una constante en la Historia de la Salvación. Basta pensar en el misterio de la encarnación y nacimiento de Jesús que celebraremos próximamente. Pero también en la Inmaculada Concepción. Y en nuestra propia vida: la ordenación de 44 nuevos sacerdotes; la belleza de las almas consagradas en el Movimiento y en toda la Iglesia; la generosidad de tantos matrimonios que irradian su fe, a veces en situaciones no fáciles; el celo apostólico y la generosidad de tantos jóvenes que dan un sentido trascendente a sus vidas, que salen al encuentro de los más necesitados, que dan años como colaboradores… ¡Ha sido y es tan abundante la gracia de Dios en estos 75 años que sólo cabe agradecer!

Los dones del Señor son para el servicio de la comunidad. El Buen Samaritano quiere acercarse hoy a curar las heridas del hombre que sufre, quiere anunciar a todos la buena noticia de su Misericordia. Y para hacerlo, ha querido valerse de nuestra colaboración. Por ello me parece que Jesucristo nos invita a estar especialmente atentos a las necesidades de los demás, a prestarles un servicio desinteresado y, sobre todo, a llevar el bálsamo de la misericordia a todas las personas con quienes nos encontramos. El Papa Francisco sueña con una Iglesia que sea una «casa de todos, no una capillita en la que cabe sólo un grupito de personas selectas». Y ve con claridad que «lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas».

Pido a Dios para que este Adviento nos convirtamos en buenos samaritanos en nuestras familias, en el trabajo o con los amigos; que sepamos sobrellevarnos unos a otros con cariño y paciencia; que aprendamos a alegrarnos con los demás y a ser fuente de alegría para los demás; que nos estimulemos unos a otros en curar las heridas del corazón, en abrir puertas, liberar de ataduras y recordar a todos que Dios es bueno y que siempre nos espera.

Queridos amigos y miembros del Regnum Christi, les deseo a todos un período de adviento muy fecundo y una Navidad muy feliz. Que el Niño Jesús, que viene como el Buen Samaritano a revelarnos la misericordia del Padre, nos conceda a todos ser instrumentos dóciles de su misericordia y de su Reino. Ya desde ahora deseo a todos y cada uno, una muy feliz Navidad.

Por favor, no dejen de encomendar en este período a los diáconos que serán ordenados sacerdotes y también a los miembros de nuestra familia carismática que están pasando por especiales pruebas o sufren por alguna enfermedad.

Con un recuerdo especial en mis oraciones,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

TRADUCCIÓN AL INGLÉS

Thy Kingdom Come!

December 3, 2015

To the members and friends of Regnum Christi

Dear friends in Christ:

We are beginning Advent, a time that prepares us to celebrate the birth of our Lord Jesus Christ. This year we joyfully celebrate as well the opening of the Holy Door on the feast day of the Immaculate Conception and the ordination of 44 Legionaries of Christ to the priesthood on December 12, the day dedicated to Our Lady of Guadalupe. I write to greet you, congratulate you on the occasion of these events and share with you two reflections so you can live this period with greater intensity.

The image chosen for the Jubilee Year is the Good Samaritan, which in some way is a synthesis of the mercy of the Father manifested in Christ. We all know the parable well and have meditated upon it many times. It is found in Luke 10:25-37. I invite you to meditate on it once again, peacefully, to see what the Holy Spirit wants to say to us through his Word in this Jubilee Year.

  1. Desire for the Mercy of God

Advent is a time of patient and perseverant waiting. The liturgy brings us to hope, it brings us to nourish the desire for the coming of our Savior. If we go into ourselves, we see our poverty and our sin, our smallness and our incapacity to do good (see Rom 7:15-19). But we cannot be depressed by this. The Advent antiphon encourages us, “Stand erect and raise your heads, because your redemption is at hand” (Luke 21:28).

The Lord himself awakens in our heart the desire for God. He takes the initiative and invites us to make an alliance with him. He acts in unexpected ways, such as when he sent the angel Gabriel to bring a message to Mary. In retrospect we discover that he has awakened a deep thirst in us that only he can satisfy. And so he prepares us to accept his mercy, which always surprises us.

During this Advent, Jesus invites us to allow ourselves to be met by him, like the lost sheep. Like Peter, who sinks when he walks on the waters, we can cry out to him, sure that he will always hear us (see Ps 18:6). Allowing ourselves to be met by his mercy can take many forms. Christian living offers us various special places to prepare us to accept God’s action in our lives: prayer, the Eucharist, the experience of the cross, the act of giving ourselves to others. Without a doubt the sacrament of reconciliation has an especially important role.

When we recognize that we are in need of mercy and let ourselves be healed by the Good Samaritan, the Christmas message of the angels has special meaning for us, “I proclaim to you good news of great joy: … today a savior has been born for you” (Luke 2:11).

  1. A compassionate and merciful heart

The gestures of the Good Samaritan have always impressed me, especially the arrangement he makes with the innkeeper to whom he entrusts the man wounded by bandits. It is really extravagant for this man to take care of a total stranger, and he is even prepared to pay more if necessary. The Heart of Christ is like this, superabundant in its gifts because it is merciful with each of its children.

The superabundance of mercy is a constant in salvation history. It is enough to think of the Incarnation and birth of Jesus that we will soon be celebrating, but also of the Immaculate Conception. And in our own life: the ordination of 44 new priests; the beauty of the consecrated souls in the Movement and throughout the Church; the generosity of so many married couples who radiate their faith, at times in difficult situations; the apostolic zeal and generosity of so many young people who give a sense of transcendence to their lives, who go out to encounter those most in need, who give years as members of RC Mission Corps… the grace of God over the past 75 years has been and continues to be so abundant that we can only give thanks!

The Lord’s gifts are for the service of the community. The Good Samaritan wants to come close today to cure the wounds of those who suffer, he wants to announce to all the good news of his mercy. And to do this, he wants to take advantage of our collaboration. Therefore it seems to me that Christ is inviting us to be especially attentive to the needs of others, to serve them disinterestedly and, above all, to bear the balsam of mercy to all the people we meet. Pope Francis dreams of a Church that is a “house for all, not a tiny chapel in which only a small group of select persons fits.” And he sees clearly that “what the Church needs with greater urgency today is the capacity to cure wounds and warm the hearts of the faithful, closeness, nearness. I see the Church like a field hospital after a battle. How useless it is to ask a wounded person if he has high cholesterol or blood sugar! We have to treat his wounds!”

I ask God that he convert us into good Samaritans this Advent in our families, at work and with our friends. May we bear with one another tenderly and patiently. May we learn to rejoice with others and be a source of joy for others. May we encourage each other to cure the wounds of the heart, to open doors, to free from bonds and to remind everyone that God is good and that he is always waiting for us.

Dear friends and members of Regnum Christi, I wish you a very fruitful period of Advent and a very blessed Christmas. May the Baby Jesus who comes, like the Good Samaritan, to reveal the Father’s mercy to us make us all docile instruments of his mercy and of his Kingdom. Even now I wish each and every one of you a very blessed Christmas.

Please do not cease to pray at this time for the deacons who will be ordained to the priesthood as well as for those members of our spiritual family who are facing special trials or suffer from some illness.

With a special remembrance in my prayers,

Fr. Eduardo Robles-Gil, L.C.

TRADUCCIÓN AL ITALIANO

Venga il tuo Regno!

         Roma, 3 dicembre 2015

Ai membri e agli amici del Regnum Christi

Carissimi in Gesù Cristo,

stiamo iniziando l’Avvento, tempo che ci prepara alla nascita di Nostro Signore Gesù Cristo. Quest’anno, inoltre, celebriamo con gioia l’apertura della Porta Santa nel giorno dell’Immacolata Concezione e anche l’ordinazione sacerdotale di 44 Legionari di Cristo, il 12 dicembre, festa della Madonna di Guadalupe. Vi scrivo per salutarvi, farvi le mie felicitazioni per questi eventi e condividere due riflessioni per vivere con maggiore intensità questo periodo.

L’immagine scelta per l’Anno giubilare è quella del Buon Samaritano, che è in qualche modo una sintesi della misericordia del Padre che si è manifestata in Gesù Cristo. Conosciamo bene, tutti, la parabola di Lc 10, 25-37 e l’abbiamo meditata molte volte. Vi invito a meditarla di nuovo con calma per vedere che cosa lo Spirito Santo voglia dirci attraverso la sua Parola in questo anno giubilare.

  1. Desiderio della Misericordia di Dio

L’Avvento è tempo di attesa paziente e perseverante. La liturgia ci porta alla speranza, ci porta ad alimentare il desiderio della venuta del nostro Salvatore. Se entriamo in noi stessi, ci rendiamo conto della nostra povertà e del nostro peccato, della nostra piccolezza e incapacità di fare il bene (cfr. Rm 7, 15-19). Non possiamo però, rimanere prostrati. L’antifona di Avvento ci incoraggia: «Alzatevi e levate il capo, perché la vostra liberazione è vicina» (Lc 21, 28).

Il Signore stesso suscita nel nostro cuore il desiderio di Dio. Prende l’iniziativa per invitarci a stringere un’alleanza con Lui. Agisce inaspettatamente, come quando invia l’angelo Gabriele a portare l’annuncio a Maria. Guardando indietro, scopriamo che ha suscitato in noi una profonda sete che solo Lui può saziare. Ci dispone così ad accogliere sempre la sua misericordia, che ci sorprende sempre.

Durante questo Avvento, Gesù Cristo ci invita a lasciarci ritrovare da Lui, come la pecora smarrita. Come Pietro, che affonda quando cammina sulle acque, possiamo gridare, certi che Lui ci ascolta sempre (cfr. Sal 18, 6). Questo lasciarci ritrovare dalla sua misericordia può assumere molte forme. La vita cristiana ci offre diversi ambiti speciali per disporci ad accogliere l’azione di Dio nelle nostre vite come: la preghiera, l’Eucaristia, l’esperienza della croce, la donazione agli altri e senza dubbio ha un ruolo rilevante, il sacramento della riconciliazione.

Quando riconosciamo che abbiamo bisogno di misericordia e ci lasciamo curare dal Buon Samaritano, allora il messaggio natalizio degli angeli si rivolge proprio a noi: «Vi annunzio una grande gioia… oggi vi è nato … un salvatore» (cfr. Lc 2, 10-11).

  1. Cuore compassionevole e misericordioso

Mi hanno sempre colpito i gesti del Buon Samaritano, soprattutto quando si accorda con l’albergatore a cui affida la cura dell’uomo ferito dai briganti. Si tratta di un vero sperpero da parte di quest’uomo per curare uno sconosciuto ed è disposto anche a pagare più del necessario, se servisse. Così è il cuore di Cristo: è sovrabbondante nei suoi doni perché è misericordioso con ciascuno dei suoi figli.

La sovrabbondanza della misericordia è una costante nella Storia della Salvezza. Basta pensare al mistero dell’Incarnazione e della nascita di Gesù che festeggeremo prossimamente. Però anche all’Immacolata Concezione e alla nostra stessa vita: l’ordinazione di 44 nuovi sacerdoti; la bellezza delle anime consacrate nel Movimento e in tutta la Chiesa; la generosità di tanti sposi che irradiano la loro fede, a volte in situazioni non facili; lo zelo apostolico e la generosità di tanti giovani che danno un significato trascendente alla loro vita, che vanno incontro ai più bisognosi, che donano anni come collaboratori… è ed è stata, tanto abbondante la grazia di Dio in questi 75 anni che possiamo soltanto ringraziare!

I doni del Signore sono per il servizio alla comunità. Il Buon Samaritano vuole avvicinarsi oggi a curare le ferite dell’uomo che soffre, vuole annunciare a tutti la buona notizia della sua Misericordia e per farlo, ha voluto servirsi della nostra collaborazione. Per questo mi sembra che Gesù Cristo ci inviti a essere attenti soprattutto alle necessità degli altri, a prestare loro un servizio disinteressato e, soprattutto, a portare il balsamo della misericordia a tutte le persone che incontriamo. Papa Francesco sogna una Chiesa che sia «la casa di tutti, non una piccola cappella che può contenere solo un gruppetto di persone selezionate». E vede con chiarezza che «la cosa di cui la Chiesa ha più bisogno oggi è la capacità di curare le ferite e di riscaldare il cuore dei fedeli, la vicinanza, la prossimità. Io vedo la Chiesa come un ospedale da campo dopo una battaglia. È inutile chiedere a un ferito grave se ha il colesterolo e gli zuccheri alti! Si devono curare le sue ferite».

Chiedo a Dio che in questo Avvento ci convertiamo in buoni samaritani nelle nostre famiglie, nel lavoro e nelle amicizie; che sappiamo sostenerci gli uni gli altri, con affetto e pazienza; che apprendiamo a rallegrarci con gli altri e a essere fonte di gioia per gli altri; che ci incoraggiamo gli uni gli altri a curare le ferite del cuore, aprire porte, liberare da legami e ricordare a tutti che Dio è buono e che ci aspetta sempre.

Cari amici e membri del Regnum Christi, auguro a tutti un periodo di avvento molto fecondo e un Natale molto felice. Che il Bambino Gesù, che viene come il Buon Samaritano a rivelarci la misericordia del Padre, conceda a tutti noi di essere strumenti docili della sua misericordia e del suo Regno. Già da ora auguro a tutti e a ciascuno un Natale molto felice.

Per favore, continuate a pregare in questo periodo per i diaconi che saranno ordinati sacerdoti e anche per i membri della nostra famiglia carismatica che stanno passando per prove particolari o soffrono di qualche malattia.

Con un ricordo speciale nelle mie preghiere,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

TRADUCCIÓN AL PORTUGUÉS

Venha a nós o Vosso Reino!

3 de dezembro de 2015

Aos membros e amigos do Regnum Christi

Muito estimados em Cristo,

Estamos começando o Advento, tempo que nos prepara para celebrar o nascimento de Nosso Senhor Jesus Cristo. Neste ano, além disso, celebramos com alegria a abertura da Porta Santa no dia da Imaculada Conceição e a ordenação sacerdotal de 44 legionários de Cristo no dia 12 de dezembro, dia de Nossa Senhora de Guadalupe. Escrevo-lhes para saudá-los, felicitá-los nestes eventos e compartilhar duas reflexões para viver com maior intensidade este período.

A imagem escolhida para o ano jubilar é a do Bom Samaritano, que é de algum modo uma síntese da misericórdia do Pai manifestada em Jesus Cristo. Todos conhecemos bem a parábola de Lc 10, 25-37 e a meditamos muitas vezes. Convido-os a meditá-la de novo com calma para ver o que o Espírito Santo quer dizer-nos através de sua Palavra neste Ano jubilar.

  1. Desejo da Misercórdia de Deus

O Advento é tempo de espera paciente e perseverante. A liturgia nos conduz à esperança, nos leva a alimentar o desejo da vinda de nosso Salvador. Se entrarmos em nós mesmos, nos damos conta de nossa pobreza e de nosso pecado, de nossa pequenez e incapacidade para fazer o bem (cf. Rom 7,15-19). Mas não podemos ficar prostrados. A antífona do Advento nos anima: «Levantai vossa cabeça e olhai, pois, a vossa redenção se aproxima! » (Lc 21,28).

O Senhor mesmo suscita em nosso coração o desejo de Deus. Toma a iniciativa para convidar-nos a que façamos uma aliança com Ele. Age inesperadamente, como quando enviou o anjo Gabriel a Maria. Em retrospectiva descobrimos que suscitou em nós uma profunda sede que só Ele pode saciar. Assim nos dispõe para que acolhamos sua misericórdia, que sempre nos surpreende.

Durante este Advento, Jesus Cristo nos convida a nos deixar encontrar por Ele, como a ovelha perdida. Como Pedro, que afunda quando caminha sobre as águas, podemos clamar seguros de que Ele sempre nos escuta (cf Sal 18,6). Este deixar-nos encontrar pela sua misericórdia pode tomar muitas formas. A vida cristã nos oferece diversos lugares especiais para dispor-nos a acolher a ação de Deus em nossas vidas como a oração, a Eucaristia, a experiência da cruz, a entrega aos outros, e sem dúvida, tem um papel destacado o sacramento da reconciliação.

Quando reconhecemos que estamos necessitados de misericórdia e nos deixamos curar pelo Bom Samaritano, então se dirige de maneira especial a nós a mensagem natalina dos anjos: «Eu vos anuncio uma boa nova, de grande alegria para todo o povo: hoje na cidade de Davi, nasceu para vós um Salvador, que é o Cristo Senhor » (cf. Lc 2, 11).

  1. Coração compassivo e misericordioso

Sempre me impressionaram os gestos do Bom Samaritano, especialmente o de negociar com o hospedeiro a quem confia o cuidado do homem ferido pelos salteadores. Trata-se de um verdadeiro desperdício de parte daquele homem para atender a um desconhecido, estando disposto inclusive a pagar mais se fosse necessário. Assim é o Coração de Cristo: é superabundante em seus dons porque é misericordioso com cada um dos seus filhos.

A superabundância da misericórdia é uma constante na História da Salvação. Basta pensar no mistério da encarnação e nascimento de Jesus que celebraremos proximamente, mas também na Imaculada Conceição. E na nossa própria vida: a ordenação de 44 novos sacerdotes; a beleza das almas consagradas no Movimento e em toda a Igreja; a generosidade de tantos casais que irradiam sua fé, às vezes em situações não fáceis; o zelo apostólico e a generosidade de tantos jovens que dão anos como colaboradores… Tem sido, e é tão abundante a graça de Deus nestes 75 anos que só nos resta agradecer!

Os dons do Senhor são para o serviço da comunidade. O Bom Samaritano quer aproximar-se hoje e curar as feridas do homem que sofre, quer anunciar a todos a boa nova da sua Misericórdia. E para fazê-lo, quis valer-se de nossa colaboração. Por isto me parece que Jesus Cristo nos convida a estar especialmente atentos às necessidades dos outros, a prestar-lhes um serviço desinteressado e, sobretudo, a levar o bálsamo da misericórdia a todas as pessoas com as quais nos encontramos. O Papa Francisco sonha com uma Igreja que seja uma «casa de todos, não uma capelinha na que cabe só um grupinho de pessoas seletas». E vê com clareza que «o que a Igreja necessita com maior urgência hoje é uma capacidade de curar feridas e dar calor aos corações dos fiéis, proximidade. Vejo a Igreja como um hospital de campanha em uma batalha. Que inútil é perguntar a um ferido se tem altos o colesterol ou o açúcar! Temos que curar suas feridas».

Peço a Deus para que neste Advento nos convertamos em “bons samaritanos” em nossas famílias, no trabalho ou com os amigos; que saibamos levar com paciência uns aos outros com carinho; que aprendamos a alegrar-nos com os demais e a ser fonte de alegria para os demais; que nos estimulemos uns aos outros em curar as feridas do coração, abrir portas, soltar amarras e recordar a todos que Deus é bom e que sempre nos espera.

Queridos amigos e membros do Regnum Christi, desejo a todos vocês um tempo de Advento muito fecundo e um Natal muito feliz. Que o Menino Jesus, que vem como o Bom Samaritano a revelar-nos a misericórdia do Pai, nos conceda a todos ser instrumentos dóceis da sua misericórdia e de seu Reino. Já desde agora desejo a todos e a cada um em particular um feliz Natal!

Por favor, não deixem de rezar neste período pelos diáconos que serão ordenados sacerdotes e também pelos membros de nossa família carismática que estejam passando por especiais provas ou os que sofrem alguma doença.

Com uma lembrança especial nas minhas orações.

Pe. Eduardo Robles-Gil, LC

TRADUCCIÓN AL FRANCÉS

Que ton Règne vienne !

                                                                                                Rome, le 3 décembre 2015

Aux membres de Regnum Christi

Très estimés dans le Christ,

Nous commençons l’Avent, temps qui nous prépare à célébrer la naissance de notre Seigneur Jésus-Christ. De plus, cette année nous célébrons, avec grande joie, l’ouverture de la Porte Sainte le jour de l’Immaculée Conception ainsi que l’ordination sacerdotale de 44 légionnaires du Christ, le 12 décembre, fête de Notre-Dame de Guadalupe. Je vous écris pour vous saluer, vous souhaiter une bonne participation à ces événements, mais aussi partager avec vous deux réflexions pour vivre cette période avec une profonde ferveur.

L’image choisie pour cette année jubilaire est celle du bon Samaritain qui est, en quelque sorte, une synthèse de la miséricorde du Père manifestée en Jésus-Christ. Nous connaissons tous bien la parabole de saint Luc (10, 25-37) et nous l’avons souvent méditée. Je vous invite à l’approfondir de nouveau avec calme pour découvrir ce que l’Esprit Saint veut nous dire par cette parabole en cette année de jubilé.

  1. Désir de la miséricorde de Dieu

L’Avent est un temps d’attente, patiente et persévérante. La liturgie nous entraîne à l’espérance, nous mène à nourrir le désir de la venue de notre Sauveur. Si nous entrons en nous-mêmes nous nous rendons compte de notre pauvreté et de notre péché, de notre petitesse et  notre incapacité à faire le bien (cf. Rm 7, 15-19). Mais nous ne pouvons rester abattus. L’antienne de l’Avent nous encourage : « Redressez-vous, et relevez la tête car votre délivrance est proche » (Lc  21, 28).

Le Seigneur lui-même suscite en notre cœur le désir de Dieu. Il prend l’initiative de nous inviter à faire alliance avec lui. Il agit de façon inattendue, comme lorsqu’il envoya l’ange Gabriel porter son annonce à Marie. Rétrospectivement, nous découvrons qu’il a suscité en nous une grande soif que lui seul peut étancher. Il nous dispose ainsi à accueillir sa miséricorde, qui nous surprend toujours.

Pendant cet Avent, Jésus-Christ nous invite à nous laisser rencontrer par lui, telle la brebis perdue. Comme Pierre qui se cache quand il marche sur les eaux, nous pouvons déclarer qu’il nous écoute toujours (cf. Ps 18, 6). Nous laisser rencontrer par sa miséricorde peut revêtir plusieurs formes. La vie chrétienne nous offre diverses façons particulières pour nous disposer à accueillir l’action de Dieu en nos vies, tels que la prière, l’Eucharistie, l’expérience de la croix, le dévouement aux autres et sans aucun doute le rôle spécifique du sacrement de la réconciliation.

Quand nous reconnaissons que nous avons besoin de miséricorde et que nous nous laissons guérir par le bon Samaritain, alors le message de Noël des anges s’adresse spécialement à nous : « Je vous annonce une grande nouvelle, aujourd’hui un Sauveur nous est né » (Lc 2, 11).

  1. Cœur compatissant et miséricordieux

J’ai toujours été impressionné par les gestes du bon Samaritain, surtout par ce qu’il donne à l’aubergiste auquel il confie le soin de l’homme blessé par les bandits. Il s’agit d’un vrai gaspillage de la part de cet homme pour soigner un inconnu, et il est disposé à payer plus si nécessaire. Il en est de même du cœur du Christ : il surabonde de dons parce qu’il est miséricordieux avec chacun de ses enfants.

La surabondance de miséricorde est une constante dans l’histoire du Salut. Il suffit de penser au mystère de l’Incarnation et de la naissance de Jésus que nous allons célébrer. Mais aussi à l’Immaculée Conception. Et dans notre propre vie : l’ordination de 44 nouveaux prêtres ; la beauté des âmes consacrées dans le Mouvement et dans toute l’Église ; la générosité de tant de couples qui irradient leur foi, parfois lors de situations peu faciles ; le zèle apostolique et la générosité de tant de jeunes qui donnent un sens transcendant à leurs vies, qui vont à l’encontre des plus nécessiteux, qui donnent des années en tant que volontaires, etc. Il y a eu une telle abondance de grâces de Dieu dans ces 75 années que l’on ne peut que remercier !

Les dons de Dieu sont au service de la communauté. Le bon Samaritain veut aujourd’hui s’approcher pour guérir les blessures de l’homme qui souffre, il veut annoncer la bonne nouvelle de sa miséricorde. Et pour ce faire il a voulu utiliser notre collaboration. C’est pourquoi je pense que Jésus nous invite à être particulièrement attentifs aux besoins des autres, à leur offrir un service désintéressé et surtout apporter le baume de la miséricorde à tous ceux que nous rencontrons. Le pape François rêve d’une Église qui soit une « maison pour tous et non une petite chapelle n’accueillant qu’un petit groupe de personnes choisies ». Il voit clairement que « ce dont l’Église a besoin avec une grande urgence c’est une capacité de guérir les blessures et de réchauffer les cœurs des fidèles en s’approchant d’eux. Je vois l’Église comme un hôpital de campagne après une bataille. Comme il est inutile de demander à un blessé son taux de cholestérol ou de sucre ! Il faut soigner ses blessures ! »

Je demande à Dieu que durant cet Avent nous nous transformions en bons samaritains au sein de nos familles, au travail ou avec nos amis ; que nous sachions nous supporter les uns les autres avec tendresse et patience ; que nous apprenions à nous réjouir avec les autres et à être source de joie pour les autres ; que nous nous  stimulions les uns les autres en soignant les blessures du cœur, en ouvrant les portes, en libérant les liens de nos entraves et en rappelant à tous que Dieu est bon et qu’il nous attend toujours.

Chers amis et membres de Regnum Christi, je vous souhaite à tous une période d’Avent très féconde et un Noël très heureux. Que l’Enfant-Jésus, qui vient tel le bon Samaritain nous révéler la miséricorde du Père, nous permette d’être les instruments dociles de sa miséricorde et de son règne. Dès maintenant, je vous souhaite un très bon Noël.

Je vous encourage en cette période à prier tout spécialement pour les diacres qui vont être ordonnés prêtres et pour tous les membres de notre famille charismatique qui traversent des épreuves ou souffrent de quelque maladie.

Je vous assure spécialement de mes prières.

Père Eduardo Robles-Gil, LC