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«Necesitados de misericordia y llamados a hacer presente la misericordia»

El P. Eduardo Robles-Gil, LC envía la siguiente carta a los miembros del Regnum Christi con motivo de la solemnidad litúrgica de Cristo Rey, día en que el Papa Francisco clausura el Jubileo de la Misericordia. El P. Eduardo invita a reflexionar que necesitamos de la misericordia y al mismo tiempo estamos llamados a hacer presente la misericordia en la sociedad.

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¡Venga tu Reino!

20 de noviembre de 2016

A los miembros del Regnum Christi

Muy estimados en Cristo:

Hoy, solemnidad de Jesucristo Rey, fiesta titular del Regnum Christi, el Santo Padre clausurará el Jubileo de la Misericordia. Ha sido un año extraordinario en que toda la Iglesia se ha beneficiado de las gracias e indulgencias que Cristo nos regaló con su obediencia hasta la muerte en la Cruz.

 También en el Regnum Christi nos hemos beneficiado de los dones de la misericordia divina. Hace dos semanas algunos superiores legionarios estuvieron reunidos en Roma para un curso de formación permanente. Unos días antes, hemos hecho una visita del Comité directivo general del Movimiento al territorio de España y a Francia y Alemania, del territorio Europa occidental y central. Es muy consolador escuchar cómo en todos los países, la misericordia divina ha realizado este Año Santo verdaderos milagros: algunos visibles y otros, los más bellos, que ocurren en la intimidad de los corazones y en las conciencias y que manifiestan que el reino de Cristo está dentro de nosotros y que va cobrando fuerza.

En la misa de la solemnidad de Cristo Rey, la Iglesia nos invita a contemplar el pasaje de Jesucristo crucificado dialogando con el así llamado «buen ladrón» (Lc 23, 35-43). Esta conversación tiene también un sentido amplio, que tiene que ver con la capacidad de Jesús para salvar a las personas en concreto y a la humanidad en general. La multitud ahí presente le dice: «A otros ha salvado, que se salve a sí mismo». Los soldados lo desafían: «Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Y finalmente uno de los malhechores, contagiado, le dice: «sálvate a ti mismo y a nosotros». ¿Puede Jesucristo salvarnos? ¿Puede Jesús redimirnos? ¿Cuál es la salvación que nos quiere dar?

En este contexto, impresiona la fe de Dimas –como la tradición lo ha bautizado– que, consciente de sus culpas y pecados que le han merecido el suplicio, pide con sencillez un simple recuerdo del Corazón de Cristo: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». La respuesta llega, Jesús actúa, y es que le basta el mínimo gesto, el mínimo deseo de cambiar de vida, de convertirnos con sinceridad, para abrir las puertas de su amor, de su perdón y de su misericordia: «Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso».

Jesucristo tiene en sus manos el poder de salvarse, de dar su vida y de volver a tomarla, de volver al seno del Padre con la misma gloria que tenía antes de la creación del mundo. Como buen pastor que da la vida por sus amigos, Cristo es la puerta del cielo y tiene el poder de llevarnos con Él: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». La salvación eterna es el acto supremo de la misericordia de Dios con cualquiera de nosotros. Es un don inmerecido. Lo dice Dimas: «Nuestro suplicio es justo, recibimos el pago de lo que hicimos». Pero Dios, que es misericordia, nos da a cambio el cielo si lo buscamos y se lo pedimos.

Cuánto bien nos hace contemplar las parábolas de la misericordia (cf. Lc 15). Ahí descubrimos el cariño de un Padre que acoge a su hijo perdido, a un pastor que no tiene miedo de pasar en medio de las zarzas para rescatar a la oveja descarriada, a una mujer que no se resigna a haber perdido una moneda de poco valor. Y nos contagia la alegría que experimenta el Corazón de Dios cuando una persona, independientemente de su pasado, se abre a la reconciliación, al perdón, a una vida nueva.

El buen ladrón supo acercase con confianza al trono de la gracia, que es la cruz, y recibió de Jesucristo la promesa de vivir para siempre con Él en el paraíso. Jesús ofrece el reino a cada pecador que cree de verdad que Dios no se cansa de perdonar y que, al contrario, goza con vernos levantados, de pie con una vida renovada.

En este año jubilar hemos tenido la oportunidad de hacer la experiencia de la gratuidad y facilidad con que nos podemos beneficiar de esta misericordia inagotable y también de descubrir cómo la vida divina se fortalece en nosotros cuando nos acercamos con fe a su Palabra y a los sacramentos, especialmente a la reconciliación y a la eucaristía.

Jesucristo en la cruz acoge con generosidad al buen ladrón y a todos los que, como él, nos reconocemos pecadores. Todos estamos llamados a participar en su reino. El crucificado reina coronado de espinas y tiene el corazón y los brazos abiertos para enseñarnos cómo debemos acoger también a quienes nos han hecho sufrir, nos tratan injustamente, o nos resultan molestos. Dimas recibió el don de la misericordia al final de su vida, nosotros lo recibimos continuamente. Él ya no tuvo en su vida la oportunidad de ser misericordioso. Nosotros tenemos toda nuestra vida por delante para serlo.

La experiencia personal del amor misericordioso de Cristo Rey hace que resuene en nuestros corazones la invitación que ha sido el lema de todo este año jubilar: «Misericordiosos como el Padre». No podemos guardarnos el amor de Dios para nosotros mismos. No podemos oultar la vida divina que hemos recibido en el bautismo. No podemos callar lo que hemos visto y oído en el contacto con Cristo.

El prefacio de Cristo Rey nos describe de manera muy bella las características del reino de Jesucristo. Se trata de un «reino de la verdad y de la vida; reino de la santidad y de la gracia; reino de la justicia, del amor y de la paz». Estas señales manifiestan la presencia misteriosa pero real del reino de Cristo actuando en la historia. Jesús podría haber hecho que se manifestara su reino con todo su esplendor pero, en su misericordia, ha preferido invitarnos a colaborar con Él para que vivamos en la verdad, defendamos y celebremos la vida, busquemos la santidad, acojamos la gracia, trabajemos por la justicia, irradiemos el amor y colaboremos con todos los hombres de buena voluntad en la búsqueda de la paz.

Este reino de Cristo está dentro de nosotros pero estamos llamados a irradiarlo, a prestarnos completamente a Jesucristo para que su presencia viva pueda iluminar los lugares oscuros, consolar a los tristes y enfermos, saciar el hambre y la sed de nuestros hermanos, acoger a quienes no tienen hogar y, no menos, perdonar a los que nos han ofendido.

Termina el Año de la Misericordia, pero no se acaban las expresiones de la misericordia que el Corazón de Cristo espera de nosotros. Más bien, quiere que seamos sus colaboradores e instrumentos de su amor. Nos invita a que seamos presencia de Cristo misericordioso para nuestros hermanos en todo lo que hagamos.

Pienso que ir espiritualmente al Calvario y rezar con Jesús el Padre Nuestro nos puede hacer mucho bien. Las peticiones adquieren relevancia. Nos indica lo que es vivir su reino en este mundo. Y se lo pedimos, que venga su reino a nuestra vida, que nos dé fuerza para ser sus apóstoles y cumplir su voluntad, que nos libre de todos los males y tentaciones, que nos ayude a saber perdonar.

Queridos miembros del Regnun Christi, agradezcamos a Cristo Rey todas las gracias que nos ha concedido en este año de misericordia. Pido a Dios que todos, al haber vivido tantas y tan fáciles oportunidades de beneficiarnos de su misericordia, tengamos la profunda convicción de que Dios es un Padre misericordioso y de que, aunque somos pecadores necesitados siempre de su misericordia, también estamos llamados a hacer presente su reino siendo misericordiosos como el Padre.

Cuenten con mis oraciones especialmente hoy día de Cristo Rey. Su hermano en Cristo y el Movimiento,

 

 

Eduardo Robles-Gil, LC

 

P.D. Por favor, no dejen de encomendar a los 36 diáconos que serán ordenados sacerdotes el próximo 10 de diciembre en Roma, para que sean verdaderos signos e instrumentos de la misericordia divina para las personas que encuentren en su camino.

Jubileo de las universidades en la Universidad Lateranense

P. Eduardo en la Universidad Lateranense
P. Eduardo en la Universidad Lateranense

El 9 de septiembre P. Eduardo Robles-Gil, LC tuvo un encuentro en la Universidad Lateranense de Roma con miembros de Regnum Christi que trabajan en las universidades, en el contexto del Jubileo de la Universidades. Antes, Mons. Vincenzo Zani dirigió en el Aula Magna unas palabras a los movimientos que se han sumado a esta iniciativa.

Texto completo de la conferencia (PDF, Italiano)

Homilía | Clausura del Año jubilar por el 75º aniversario

El 3 de junio de 2016, Solemnidad del Sagrado Corazón, concluyó el año jubilar por el 75º aniversario de nuestra fundación. También se clausuró en Roma la Convención Internacional del Regnum Christi. Nuestro Director general preparó la homilía que publicamos a continuación. (Lecturas: Ez 34, 11-16; Sal 22; Rm 5, 5-11; Lc 15, 3-7)

¡El Señor es mi pastor, nada me falta! Esta aclamación que hemos cantado en el Salmo responsorial expresa muy bien el significado de la Solemnidad del Sagrado Corazón que hoy celebramos. Al mismo tiempo, ilumina la clausura del año jubilar por el 75º aniversario de nuestra fundación que iniciamos el día del Sagrado Corazón de 2015 y también el final de los trabajos de la convención internacional de los miembros de 1º y 2º grado del Regnum Christi, cuyas aportaciones nos enriquecen para continuar el camino hacia un estatuto general del Movimiento.

«Yo mismo apacentaré mis ovejas» (Ez. 34, 15)

El profeta Ezequiel nos transmite una visión que nos habla del futuro, que reaviva en el pueblo de Israel el anhelo de la venida del Mesías. Jesucristo en el Evangelio se identifica con el Buen Pastor, pero también nos habla del futuro, de ovejas que están en otro redil y que habrá un solo redil y un solo pastor…

Esta profecía se va realizando gradualmente en el tiempo, y podemos constatar la ternura y misericordia de Dios que ha venido a buscarnos a cada uno de nosotros, y a la Legión y el Movimiento en su conjunto, cuando nos hemos perdido en días de oscuridad y nubarrones (Ez), y ¡vaya que si los ha habido en nuestra historia y no podemos olvidarlos! Él ha querido dar su vida por nosotros, para reconciliarnos con el Padre.

¿No ha sido acaso este año jubilar un volver traer a la memoria la misericordia de Cristo que nos ha llamado a colaborar en la instauración de su Reino, cada uno según la propia vocación de legionario, de laico consagrado o consagrada, de hombres y mujeres seglares, casados o solteros? Para muchos de nosotros, este año ha sido una oportunidad para percibir como Cristo no tiene miedo de ir a buscarnos ahí donde nos encontramos, y de hacerlo Él personalmente, y también a través de la Iglesia, de otros miembros de la gran familia de los bautizados en Cristo.

«Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido»

Hoy concluimos este año de gracia por nuestro 75º aniversario en el que nos proponíamos sobre todo agradecer a Dios por su fidelidad y por los dones que nos concede, reavivar en nosotros el deseo de servirle a través de la oración y del apostolado, especialmente a través de la caridad y la práctica de las obras de misericordia, y también de purificar nuestra memoria, reparar por nuestros pecados y abrirnos a la gracia de la conversión personal e institucional.

Cada uno de nosotros sabe en qué medida se ha abierto a este período extraordinario que la Iglesia nos ha concedido y que hoy concluye. Quedan en nuestros corazones los dones espirituales que él ha querido regalarnos. Pero quizás lo más importante es que hayamos aprendido a contemplar el rostro de Cristo, a dejarnos encontrar por Él para obtener misericordia y a prestarnos para que Él nos envíe como testigos de su amor.

Por este motivo, yo creo que hoy el Corazón de Cristo nos dice con especial fuerza: «Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido». El protagonista de nuestra historia es Él, no nosotros. El que guía nuestros pasos es Él y lo más apropiado para nosotros es reconocer que ha hecho maravillas en nosotros y nos ha colmado de misericordia. No es por mérito nuestro, sino porque Él se gloría de mostrar su bondad y ternura con nosotros. Y su Corazón se alegra cuando acogemos los dones que nos ofrece, aunque muchas veces eso exija renuncias dolorosas a los propios puntos de vista, a nuestros preconceptos, a ciertos modos de hacer las cosas…

La alegría del Corazón de Cristo radica en que hemos podido encontrarnos con Él. Y esta alegría es también la nuestra. Pero en este sentimiento no puede haber ningún vano triunfalismo, ninguna autoexaltación de la Legión y el Regnum Christi. Este período nos ha ofrecido a nivel personal y como familia en la Iglesia la ocasión para tomar plena conciencia de nuestros límites, de nuestras debilidades, titubeos y pecados, para pedir perdón a Dios por nuestras infidelidades durante estos primeros 75 años de nuestra historia. Hoy nuevamente pedimos perdón a quienes se han visto afectados en su fe o en sus personas por nuestros errores y pedimos al Corazón de Jesús que les conceda experimentar su cercanía y la paz. Pero no podemos dejar de vibrar con la alegría interior de quien se sabe profundamente amado, de quien se sabe buscado por el Señor a pesar de ser pecadores y enemigos (Cf Rm 5, 9), que experimenta cómo Él nos carga sobre sus hombros y permite que nuestra cabeza repose en su pecho (cf Lc 15, 5).

Jesús, el Buen Pastor, quiere que sintonicemos con los sentimientos de su Corazón: ¡Alégrense conmigo! ¡Hemos sido hallados! ¡Hemos sido objeto de la misericordia!

Él me guía por el sendero justo… Tu bondad y misericordia me acompañarán todos los días de mi vida. (Sal 22)

Concluimos hoy la convención internacional de los miembros laicos del Movimiento y finalizamos nuestro año jubilar. Ahora, de algún modo, volvemos a nuestras ocupaciones habituales, pero no podemos ser los mismos. Jesús va por delante, marcando el camino… Y es necesario recomenzar desde Cristo y caminar con Él.

Por eso, y siguiendo las consignas y recomendaciones que recibimos del Capítulo General, de las asambleas generales de los miembros consagrados y también que hemos escuchado estos días de trabajo de los miembros de 1º y 2º grado, podemos y debemos acompañar a Cristo por el sendero justo, que, me parece debe incluir los siguientes puntos:

  • Buscar a Cristo y dejarnos encontrar por Él. Por el bautismo somos suyos, algunos de nosotros le hemos consagrado nuestra vida entera. Detengámonos en la oración, la contemplación de Cristo para gozar profundamente de la alegría de la intimidad con Él, de su misericordia. Que seamos hombres y mujeres que no sólo han leído sobre Cristo, sino que lo conocen y lo aman, especialmente a través de la Palabra de Dios, la oración, los sacramentos y el amor al prójimo. Que busquemos responder a su amor en el compromiso cotidiano por la santidad en la vivencia de nuestra vocación específica y modo de expresar el carisma que el Señor nos ha dado y que ha sido confirmado como auténtico por la Iglesia (cf. Lumen Gentium 12).
  • Ser testigos de su misericordia, de comunión y de reconciliación. No olvidemos nuestra historia, con sus luces y sombras, pero tampoco vivamos del pasado, con todo lo bueno y lo malo que ha habido. Demos testimonio hoy de los efectos de la misericordia que hemos encontrado en el Corazón de Cristo fomentando la comunión entre nosotros y en toda la Iglesia, el diálogo, la capacidad de acoger al otro, de perdonar y de pedir perdón. Seamos pacientes unos con otros, como Jesús lo ha sido con todos, pero no nos detengamos en el camino ni olvidemos a nadie atrás, pues el Buen Pastor no deja que se le pierda ninguna oveja. Abrámonos al futuro con esperanza dando testimonio en el mundo de la verdad del Evangelio.
  • Ser sus apóstoles y estrechos colaboradores. El Señor Jesús nos ha invitado a estar con Él y a enviarnos a predicar. Quiere que seamos sus ovejas, buenos discípulos, y a la vez, buenos pastores, misioneros. Tenemos que ver más allá de nuestras dificultades y ver las necesidades del mundo y de la Iglesia: ¿cómo podemos responder a estos desafíos? ¿Cómo podemos hacer que el mensaje de amor de Cristo resuene con fuerza, de manera creíble en los corazones de los hombres? ¿Cómo podemos prestarnos para que el Buen Pastor siga encontrando a las ovejas que se le han perdido? ¡Dejemos que el Señor nos revista con su Espíritu Santo Consolador y pidamos que nos dé sus mismos sentimientos!

Hoy termina un año de especial gracia para nuestra familia de la Legión y del Regnum Christi. Seguimos inmersos en el año jubilar de la misericordia. Pidamos al Señor por el Papa Francisco y su ministerio. Pidamos también que nos envíe buenas y santas vocaciones a la vida consagrada en el Movimiento, a la Legión. Pidamos al Corazón de Cristo que bendiga a las familias, especialmente las que pasan momentos difíciles, para que sean lugares de irradiación de su amor. Pero sobre todo, pidamos al Buen Pastor que nos haga comprender cuál es el programa que nos propone para nuestro futuro y que se resume en seis palabras: ¡Cristo Rey Nuestro! ¡Venga tu Reino!

Más fotografías de la celebración en: https://flic.kr/s/aHskBEKEMe

 

 

Carta para la Cuaresma del Año jubilar de la Misericordia

¡Venga tu Reino!

8 de febrero de 2016

 

A los miembros y amigos del Regnum Christi

con motivo de la Cuaresma del Año jubilar de la Misericordia

 

Muy queridos amigos:

Al convocar el Jubileo de la Misericordia, el Santo Padre nos invitaba a vivir la Cuaresma como un momento fuerte para celebrar y experimentar la Misericordia de Dios (cf. Misericordiae vultus, 17) y nos recomendaba que nos dejáramos interpelar por la Palabra de Dios para que ésta nos transforme en apóstoles que descubran a sus hermanos, con obras y palabras, el amor que Jesucristo les tiene.

Como es tradición en el Regnum Christi, me dirijo a ustedes para ofrecerles algunas reflexiones que puedan servirles para vivir más plenamente este período cuaresmal de conversión y también para asegurarles mis oraciones por ustedes, sus familias y comunidades.

El Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización ha publicado unos subsidios para este año jubilar que se recogen en el libro Misericordiosos como el Padre, que se ha editado en varias lenguas. Ahí he podido encontrar algunas luces que guiarán las ideas de esta carta, especialmente en la sección sobre las parábolas de la misericordia. Concretamente, quiero fijarme en la parábola del rico y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31), que se proclamará en la misa del jueves de la segunda semana de Cuaresma.

Tiempo para la misericordia

Jesucristo resalta en esta parábola el contraste entre el rico que se viste como un rey y que tiene abundante alimento y Lázaro, quien está prácticamente vestido por sus llagas y que no recibe ni las migajas que caen de la mesa del rico. El primero es un hombre con grandes habilidades, con talentos para hacer crecer su patrimonio, para establecer relaciones con personas que pueden ayudarle. El segundo es un pobre hombre, que parece ser invisible para el rico y quienes pasan a su lado.

El ritmo casi frenético de vida que a veces llevamos puede tener un efecto parecido en nuestras vidas. Quizás estamos preocupados por muchas cosas. Vivimos con constantes desafíos para mantener el difícil equilibrio entre nuestra vida familiar, laboral, académica y social. Las mil y una cosas que hay que hacer para sacar adelante una familia y, en no pocos casos, para llegar al fin de mes, pueden absorber toda nuestra atención y hacer que los demás y sus necesidades poco a poco se vayan volviendo invisibles. Corremos el riesgo de dejar de ver incluso a los que nos son más cercanos y amamos, como un esposo, una esposa, unos hijos, un amigo, un compañero de trabajo, un empleado. Y qué decir de un desconocido que se cruza con nosotros cada mañana en la estación del metro o camino del trabajo o la escuela. De todos ellos podemos ser prójimos. Quizá estamos tan metidos en nuestras cosas que no tenemos tiempo para ellos.

La parábola me hace pensar que Dios ve las cosas de manera muy distinta. La Sagrada Escritura no nos revela el nombre del rico, quien se llevaba atenciones y tiempo de muchos. En contraste, el Evangelio llama por su nombre hasta cuatro veces al pobre ignorado por las personas importantes. ¿No habrá en este silencio una invitación a todos nosotros a abrir los ojos para ver el mundo como Dios lo ve? ¿No querrá el Señor que aprovechemos esta Cuaresma para examinarnos en la atención que damos a nuestros hermanos para que podamos convertirnos y creer de verdad que todo lo que hagamos por ellos se lo hacemos a Él?

Yo creo que esta Cuaresma el Señor nos invita a dejar de lado lo que nos encierra en nosotros mismos para poder tener tiempo para la misericordia. El rico del evangelio quiso ser misericordioso cuando ya no tenía tiempo para ello. Nosotros hoy tenemos la oportunidad de amar mejor que antes.

 

Las obras de misericordia

En la bula para el Jubileo, el Papa nos invita a reflexionar sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Incluso, en la indulgencia plenaria que nos ha concedido por nuestro propio año jubilar, el Papa ha querido asociar esta gracia a la práctica de las obras de misericordia. Y si lo hace es porque desea despertar nuestra conciencia de apóstoles, que puede a veces estar aletargada ante el drama de quienes sufren, de los pobres, de los rechazados, de los enfermos (cf. Misericordiae vultus, 15).

¿Quién de nosotros no ha podido experimentar la profunda alegría de poder servir a nuestros hermanos: cuidar de un familiar enfermo, aconsejar a una persona atribulada, consolar al triste, visitar a un preso, alimentar a quien tiene hambre o vestir a quien tiene frío, compartir el mensaje del Evangelio? A través de estas acciones, que nos exigen siempre olvidarnos de nosotros mismos, el Señor va haciendo presente su Reino en el mundo. Nos permite a todos reconocer en los necesitados a un hermano nuestro que merece nuestro cariño y nuestra compasión, y a veces incluso nuestra capacidad de perdón.

Tal vez el rico de la parábola también usó su dinero para cosas buenas. Sin embargo, estaba tan ocupado en sus cosas que no se involucraba directamente en hacer el bien a personas concretas. Así, se fue enredando en mil cosas que le fueron cautivando el corazón hasta no poder responder ante esa pregunta que el Señor hizo a Caín al inicio de la historia: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4, 9).

Un padre legionario me contó recientemente que al inicio de su ministerio a veces se iba con jóvenes del Regnum Christi y precandidatos de nuestro centros vocacionales a un hospital de enfermos incurables para ofrecerles los sacramentos y un poco de cariño y compañía. Y me decía con algo de emoción que ahí se dio cuenta de que él no estaba ayudando a «los enfermos» sino a Don José, a Francisco, y a la Sra. María… Dejaron de ser un concepto, y empezaron a ser personas, con historias muy concretas, y todos necesitados de amor. En un corazón misericordioso, el desconocido necesitado se transforma en una persona concreta a la que podemos amar y manifestar el amor que Dios le tiene.

Me parece que Jesucristo espera que durante esta Cuaresma, los miembros del Regnum Christi podamos abrir los ojos para aprovechar generosamente las oportunidades concretas que tenemos de amar a Cristo en nuestros hermanos. Y hacerlo principalmente en los que están cerca, como en la propia familia, en la escuela o el trabajo; y también en los que están lejos de nuestra vida cotidiana. Hay que estar atentos y a la escucha del Espíritu Santo, para que Él nos sugiera la acción conveniente y la palabra justa, y nos dé la valentía para ponerla en práctica, especialmente si a través de ello nos saca de nuestras preocupaciones, de nuestra zona de confort.

Esto quizás exija algunas renuncias, como reducir el tiempo que dedico al entretenimiento, a hablar por teléfono, o a estar en redes sociales. Necesitamos encontrar tiempo para estar más disponibles para las personas concretas que Dios ha puesto a nuestro lado. Quizás esto nos ayude a atrevernos a «perder» este tiempo con alguna persona que se siente sola o que cree que ya nadie se acuerda de ella.

Perdonar y pedir perdón

Otro campo importante en este Año de la Misericordia, y que mencioné al convocar nuestro año jubilar, es la capacidad de perdonar y de pedir perdón. El rico de la parábola parece recuperar la vista sólo después de su muerte y reconoce a Lázaro en el seno de Abraham, cuando nunca quiso verlo mientras estaba a la puerta de su casa. Es entonces cuando el rico pide misericordia, pero ya no puede obtenerla.

Con esta parábola, Jesucristo nos anima a aprovechar nuestra vida como el tiempo para pedir a Dios misericordia y también para ejercitarla con nuestro prójimo. Nos anima a no esperar a mañana para perdonar ni para pedir perdón. No quiere que nos acostumbremos a las llagas de nuestros hermanos que sufren en su cuerpo o en el espíritu, de manera que dejen de interpelarnos. Nos quiere activos en el amor, que se expresa en el perdón. Nos enseñará a decir al Padre: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

Tal vez el Señor quiera que aprovechemos esta Cuaresma para recordar si hay alguien con quien tengamos que reconciliarnos, para ver si hay alguna herida que aún no ha sanado. Quizás este Año de la Misericordia sea el momento propicio para dar el primer paso hacia el perdón. ¡Cuánta alegría daremos al Corazón de Cristo con un gesto así! ¡Cuánta seguridad tendremos de encontrar misericordia ante el Señor si nosotros también la practicamos activamente!

Estamos en el Año de la Misericordia y Jesucristo quiere que nosotros la experimentemos en nuestra pequeñez, para luego irradiarla en nuestro entorno. Ojalá que en un mundo que a veces vive sin tiempo para la misericordia, nosotros podamos aportar nuestro granito de arena y gritarle a nuestros hermanos que la Misericordia de Dios no se acaba nunca, que Él no se cansa de perdonar, que Él no se olvida nunca de sus hijos.

Pido a la Santísima Virgen, Madre de Misericordia, que nos acompañe a todos en el itinerario de la Cuaresma. Cuenten con mis oraciones.

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

N.B. Por favor, no dejen de encomendar al Santo Padre y también a quienes participarán en las misiones de evangelización esta Semana Santa. Un misionero es, para muchas personas, uno de los signos más luminosos de la Misericordia de Dios.

ENGLISH TRANSLATION

February 8, 2016

To the members and friends of Regnum Christi

on the occasion of Lent in the Jubilee Year of Mercy

Dear friends,

When he convoked the Jubilee of Mercy, the Holy Father invited us to live Lent as a special moment to celebrate and experience God’s mercy (see Misericordiae vultus, 17). He recommended that we let ourselves be challenged by the Word of God so that it can transform us into apostles who reveal to their brothers the love that Jesus has for them through our words and works.

As is traditional in Regnum Christi, I write to offer some reflections to help you live this Lenten period of conversion more fully. I also wanted to assure you that I am praying for you, your families and your communities.

The Pontifical Council for the New Evangelization has published some pastoral resources for living this jubilee year under the which have been gathered together in the book Merciful like the Father, which has appeared in various languages[1]. Here I found some lights that will guide the ideas of this letter, especially in the section on the parables of mercy. Concretely, I want to focus on the parable of the rich man and the beggar Lazarus (Luke 16: 19-31), which is read in the Mass on Thursday of the second week of Lent.

Time for mercy

In that parable Jesus highlights the contrast between the rich man who dresses like a king and has food in abundance and Lazarus who is practically clothed in wounds and who does not even receive the crumbs that fall from the rich man’s table. One is a skilled man with all the talents he needs to increase his wealth and network with those capable of helping him. The other is a poor man who seems to be invisible to the rich man and those who pass him by.

The almost frenetic rhythm of life that we lead at times can have a similar effect on our lives. Perhaps we are busy with many things. We live constantly challenged to maintain the difficult balance between our family, work, academic and social life. The thousand and one things we have to do to bring the family forward and, not infrequently, simply to make it through to the end of the month, can absorb all of our attention and little by little make others and their needs invisible. We even run the risk of ceasing to see those who are closest to us and those whom we love, such as a spouse, a child, one of our friends, a coworker or an employee. This is even more so in the case of the strangers we run into every morning at the subway station or on the way to work or school. We are close to them all but do not have time for them. Perhaps we are so wrapped up in our affairs that we do not have time for them.

The parable makes me reflect that God sees things very differently. Sacred Scripture does not tell us the name of the rich man, who received the time and attention of many. By contrast, the poor man, ignored by people of importance, is mentioned by name four times in the Gospel. Isn’t this an invitation to us all to open our eyes and see the world as God does? Doesn’t the Lord want us to use this Lent to examine ourselves and see how much attention we pay to our brothers and sisters, to help us continue converting and come to truly believe that everything we do for others we do to him?

I believe this Lent the Lord is inviting us to leave aside whatever closes us in on ourselves so as to have time for mercy. The rich man of the Gospel wanted to be merciful when he no longer had time for it. Today we have the opportunity to love better than up until now.

The works of mercy

In the bull for the Jubilee, the Pope invites us to reflect on the corporal and spiritual works of mercy. What is more, in the plenary indulgence that he granted for our own jubilee year, the Pope associated this grace with the practice of the works of mercy. He does this to awaken our consciousness that we are apostles who at times are lethargic when faced with the drama of those who suffer, of the poor, of the outcasts, of the sick (see Misericordiae vultus, 15).

Who among us has not experienced the profound joy of being able to serve our brothers and sisters: taking care of a sick relative, counselling someone in trouble, consoling a sad person, visiting a prisoner, feeding the hungry or clothing someone who is cold, sharing the message of the Gospel? Through these actions, which always demand that we forget ourselves, the Lord makes his Kingdom present in the world. He allows us all to recognize in the needy our brothers and sisters, worthy of our tenderness and compassion, and at times even of our capacity to forgive.

Perhaps the rich man of the parable also used his money for good things. However, he was so busy with his things that he did not become directly involved in doing good to concrete people. He got caught up in a thousand things that bound his heart to the point that he could no longer respond to that question which the Lord put to Cain at the beginning of history, “Where is your brother?” (Gen 4:9)

A Legionary priest recently told me that at the beginning of his ministry he went once in a while to a hospital for those who had incurable sicknesses, together with young people from Regnum Christ and precandidates from some of our minor seminaries, to offer the sick the sacraments and a bit of love and company. Visibly moved, he told me that he realized there that he was not just helping “the sick” but rather Mr. Smith, Francis or Mary…. They stopped being an idea and began to be people with very concrete stories and all in need of love. For a merciful heart the needy stranger becomes a concrete person whom we can love and to whom we can show the love God has for us.

I think that this Lent Jesus wants Regnum Christi members to open their eyes and generously take advantage of the concrete opportunities we have to love Christ in our brothers. Mainly in those who are close to us in our own family, at school or at work but also in those removed from our daily life. We have to be attentive to the Holy Spirit and listen to him so he can suggest to us the right things to do and the appropriate words, and give us the courage to put them into practice, especially when they bring us away from our own concerns and out of our comfort zone.

This may demand sacrifices such as reducing the time we dedicate to entertainment, talking on the phone or being on social networks. We have to find time to be more available for those concrete individuals God has placed at our side. Perhaps all of this even helps us to dare to “waste” our time with someone who feels lonely or believes that no one is thinking of him.

Forgive and ask forgiveness

Another important area in this Year of Mercy, one which I mentioned in calling our own jubilee year, is the capacity to forgive and to ask forgiveness. The rich man in the parable seems to recover his sight only after his death, recognizing Lazarus in Abraham’s bosom, whereas during his life he was never able to see him right at his very door. The rich man now begs for mercy but can no longer obtain it.

With this parable Jesus encourages us to use our life and our time to ask God for mercy and also to practice it with our neighbor. He encourages us not to wait for tomorrow to forgive nor to ask for forgiveness. He does not want us to get so used to the wounds of our brothers and sisters who are suffering in spirit or in body that they no longer awake a reaction in us. Jesus wants us to love actively, and this finds its expression in forgiveness. He teaches us to say to the Father, “Forgive us our trespasses as we forgive those who trespass against us.”

Perhaps the Lord wants us to use this Lent to remember if there is someone with whom we have to be reconciled, to see if there is some wound that has still not healed. Perhaps this Year of Mercy is a fitting moment to take the first step towards forgiveness. How joyful we will make the Heart of Christ with such a gesture! By actively showing mercy we will be sure to find mercy before God.

We are in the Year of Mercy and Jesus wants us to experience mercy in our smallness so that we can then spread it around us. In a world that at times lives without time for mercy, may we be able to do our part, small as it is, and shout out to our brothers and sisters that the mercy of God is limitless, that he does not tire of forgiving, that he does not forget any one of his children.

I ask the Blessed Virgin Mary, the Mother of Mercy, to accompany us all on our Lenten journey. Count on my prayers.

Fr. Eduardo Robles-Gil, L.C.

P.S. Please do not forget to pray for the Holy Father and also for those who will participate in the evangelization missions this Holy Week. A missionary is for many people one of the most luminous signs of the God’s mercy.

[1] In English these catechetical resources are published as 8 separate volumes and available at http://www.osv.com/YearofMercy.aspx.

FRANÇAIS

8 février 2016

Aux membres et amis de Regnum Christi à l’occasion du Carême de l’Année jubilaire de la Miséricorde

 

Très chers amis,

En convoquant le Jubilé de la Miséricorde, le Saint-Père nous invitait à vivre le Carême comme un moment fort pour célébrer et expérimenter la Miséricorde de Dieu (cf. Misericordiae vultus, 17)  et il nous recommandait de nous laisser interpeller par la Parole de Dieu afin qu’elle nous transforme en apôtres qui feront découvrir à leurs frères, par leurs œuvres et paroles, l’amour que  Jésus leur porte.

Comme le veut la tradition de Regnum Christi, je m’adresse à vous pour vous offrir quelques réflexions qui pourront vous amener à vivre plus pleinement cette période de Carême consacrée à la conversion et aussi pour vous assurer de mes prières pour vous, vos familles et communautés.

Le Conseil pontifical pour la nouvelle évangélisation a publié quelques repères pour cette Année jubilaire, recueillis dans le livre Miséricordieux comme le Père, édité en plusieurs langues. J’y ai trouvé des éclairages qui me guideront dans cette lettre, surtout dans le chapitre sur les paraboles de la miséricorde. Concrètement je voudrais approfondir la parabole du riche et du pauvre Lazare (Lc 16, 19-31), qui sera lue lors de la messe du jeudi de la deuxième semaine de Carême.

Temps pour la miséricorde

Jésus-Christ souligne dans cette parabole le contraste entre le riche qui se pare comme un roi et se nourrit abondamment et Lazare, qui n’est pratiquement vêtu que de ses plaies et ne reçoit que les miettes tombant de la table du riche. Le premier est un homme pourvu de capacités, doté de talents pour faire croître son patrimoine, pour établir des relations avec des personnes qui peuvent l’aider. Le second est un pauvre homme qui paraît être invisible aux yeux du riche et de ceux qui passent près de lui.

Le rythme souvent effréné de notre existence peut parfois avoir un effet semblable sur nos vies. Nous sommes peut-être préoccupés par maintes choses. Nous rencontrons des défis constants pour maintenir un équilibre entre notre vie familiale, professionnelle, scolaire et sociale. Les mille et une choses à accomplir pour élever une famille et, souvent, pour boucler le mois, peuvent absorber toute notre attention et faire en sorte que notre prochain et leurs besoins deviennent petit à petit invisibles. Nous courons le risque de ne plus voir jusqu’à ceux qui nous sont proches et que nous aimons, comme un mari, une femme, des enfants, un ami, un collègue de travail, un employé. Et que dire d’un inconnu que l’on croise chaque jour à la station de métro ou sur le chemin du travail ou de l’école. Nous pourrions être le prochain de toutes ces personnes, mais nous n’avons pas de temps pour eux. Nous sommes peut-être si investis dans nos affaires que nous ne leur accordons pas la moindre attention.

Cette parabole suggère que Dieu voit les choses de façon très différente. La Sainte Écriture ne nous révèle pas le nom du riche, qui demandait les attentions et le temps de beaucoup. En revanche, l’Évangile appelle par son nom jusqu’à quatre fois le pauvre anonyme. N’y aurait-il pas dans ce silence une invitation pour nous tous à ouvrir les yeux afin d’observer le monde comme le voit Dieu ? Le Seigneur ne voudrait-il pas que nous profitions de ce Carême pour nous examiner sur l’attention que nous portons à nos frères afin que nous puissions nous convertir et croire réellement que tout ce que nous accomplissons pour eux c’est pour lui que nous le réalisons ?

Je crois que pendant ce Carême le Seigneur nous invite à laisser de côté ce qui nous enferme en nous-mêmes afin de pouvoir prendre du temps pour la miséricorde. Le riche de l’Évangile a voulu être miséricordieux alors qu’il n’en prenait pas le temps. Nous avons aujourd’hui l’occasion d’aimer mieux qu’avant.

Les œuvres de miséricorde

Dans sa Bulle pour le Jubilé le pape nous invite à réfléchir sur les œuvres de miséricorde corporelles et spirituelles. D’ailleurs, dans l’indulgence plénière qu’il nous a concédée pour notre propre année jubilaire, le pape a voulu associer cette grâce à la pratique d’œuvres de miséricorde. S’il l’a réalisé ainsi, c’est pour réveiller notre conscience d’apôtres, qui peut parfois s’endormir devant le spectacle de ceux qui souffrent, des pauvres, des malades (cf. Misericordiae vultus, 15).

Lequel d’entre nous n’a jamais ressenti une joie profonde en servant ses frères : s’occuper d’un malade proche, conseiller une personne affligée, consoler quelqu’un de triste, rendre visite à un prisonnier, nourrir celui qui a faim ou vêtir celui qui a froid, partager le message de l’Évangile ? Par ces actions, qui nous demandent de nous oublier nous-mêmes, le Seigneur rend présent son Règne dans le monde. Il nous permet de reconnaître dans les indigents un frère qui mérite notre tendresse et notre compassion, parfois même notre capacité à pardonner.

Il se peut que le riche de la parabole ait utilisé son argent pour de bonnes choses. Pourtant il était si occupé par ses affaires qu’il ne s’investissait pas directement à faire le bien à des personnes concrètes. Aussi était-il empêtré dans mille choses qui lui occupaient le cœur jusqu’à ne pas pouvoir répondre à la question que le Seigneur avait posée à Caïn au début de l’Histoire : « Où est ton frère ? » (Gn 4, 9).

Un père légionnaire me racontait récemment qu’au début de son ministère il allait parfois avec des jeunes de Regnum Christi et des pré-candidats de nos centres de vocations dans un hôpital pour malades incurables afin de leur apporter les sacrements et un peu de tendresse et de compagnie. Il me disait avec une certaine émotion qu’il prenait conscience qu’il n’aidait pas « des malades » mais Don José, Francisco ou madame Maria, etc. Ils cessaient d’être « abstraits » pour devenir des personnes, aux histoires concrètes ; tous avaient besoin d’amour. Dans un cœur miséricordieux, l’inconnu nécessiteux devient une personne concrète que l’on peut aimer et à qui l’on peut manifester l’amour que Dieu lui porte.

Il me semble que Jésus-Christ attend que, pendant ce Carême nous, membres de Regnum Christi, puissions ouvrir les yeux pour profiter généreusement des occasions concrètes que nous aurons pour l’aimer à travers nos frères. En l’accomplissant principalement pour ceux qui nous entourent, la famille, l’école ou le lieu de travail mais aussi vis-à-vis de ceux plus éloignés de notre vie quotidienne. Il faut être attentifs et à l’écoute de l’Esprit Saint, pour qu’il nous suggère l’action à réaliser et la parole à prononcer, et qu’il nous donne la force de la mettre en pratique, surtout si cela sort de nos préoccupations et de notre confort.

Cela demande peut-être quelques renoncements, comme de réduire le temps que je réserve au divertissement, à parler au téléphone, à fréquenter les réseaux sociaux. Nous avons besoin de temps pour être disponibles aux personnes concrètes que Dieu a placées auprès de nous. Peut-être que cela nous aidera à oser « perdre » ce temps avec quelqu’un qui se sent seul ou qui pense que personne ne se soucie de lui.

 

Pardonner et demander pardon

Un autre domaine important de cette Année de la Miséricorde, dont j’ai fait mention en ouvrant notre Année jubilaire, est la capacité à pardonner et à demander pardon. Le riche de la parabole semble ne retrouver la vue qu’après sa mort et il reconnaît Lazare auprès d’Abraham alors qu’il n’avait jamais voulu le regarder quand il était à la porte de sa maison. C’est alors que le riche demande miséricorde, mais il ne peut l’obtenir.

Par cette parabole Jésus nous encourage à profiter de notre vie comme l’occasion de demander miséricorde à Dieu et aussi pour l’exercer auprès de notre prochain. Il nous encourage à ne pas attendre le lendemain pour pardonner et demander pardon. Il ne veut pas que nous nous habituions aux plaies de nos frères qui souffrent dans leur corps ou leur esprit de façon à ce qu’ils cessent de nous interpeller. Il nous veut actifs par l’amour qui s’exprime par le pardon. Il nous apprend à dire au Père : « Pardonne nos offenses comme nous pardonnons à ceux qui nous ont offensés ».

Il se peut que le Seigneur veuille profiter de ce Carême pour nous rappeler qu’il y a quelqu’un avec qui nous devons nous réconcilier, qu’il y a une blessure non encore guérie. Peut-être cette Année de la Miséricorde sera-t-elle le moment propice pour faire le premier pas vers le pardon. Quelle joie pour le Christ si nous accomplissons un tel geste ! Quelle quiétude nous aurons de trouver miséricorde auprès du Seigneur si nous la pratiquons activement !

Nous voici dans l’Année de la Miséricorde et Jésus-Christ veut que nous la ressentions dans notre petitesse, afin de la faire rayonner ensuite autour de nous. Pourvu que dans ce monde qui vit parfois sans place pour la miséricorde, nous puissions apporter notre grain de sable et crier à nos frères que la miséricorde de Dieu ne s’arrête jamais, qu’il ne se lasse pas de pardonner, qu’il n’oublie aucun de ses enfants.

Je prie la Très Sainte Vierge, Mère de miséricorde, qu’elle nous accompagne tous sur le chemin du Carême. Comptez sur mes prières.

P. Eduardo Robles-Gil, LC

P.S. Je vous demande de ne pas cesser de prier pour le Saint-Père et aussi pour ceux qui participeront aux missions d’évangélisation de la Semaine Sainte. Un missionnaire est, pour bien des personnes, l’un des signes les plus clairs de la miséricorde de Dieu.

Llamados a ser testigos de la misericordia

El Card. Beniamino Stella ordena sacerdotes a 44 legionarios de Cristo

  • “En el Jubileo de la Misericordia estáis llamados a ser testigos y ministros de la misericordia. No se cansen de perdonar. Sean perdonadores. No se cansen de perdonar como lo hacía Jesús”, ha dicho el Cardenal Stella a de los 44 nuevos sacerdotes.
  • La ceremonia tuvo lugar en San Pablo Extramuros, en Roma.

Roma, 12 de diciembre de 2015.-  El Cardenal Beniamino Stella, prefecto de la Congregación para el Clero, ha ordenado sacerdotes a 44 legionarios de Cristo en la Basílica de San Pablo Extramuros. Asistieron a la ceremonia cerca de 3 mil personas entre familiares y amigos. En su homilía, el Cardenal Stella ha manifestado que los 44 nuevos sacerdotes Legionarios de Cristo son «un don para la Iglesia y para la humanidad y por ellos son tantas las razones para la alegría».

Las palabras del Cardenal se han centrado en algunos rasgos característicos de la persona del sacerdote: «ser elegido de entre los hombres», «estar constituido a favor de los hombres en las cosas que se refieren a Dios» y en «ser enviado al mundo».

El Cardenal recordó que el sacerdocio no es una carrera, en donde el protagonismo es de los hombres, sino una iniciativa de Dios a la que el joven responde por amor. «Es bueno que mantengan siempre la conciencia de haber sido elegidos… la gracia del primer amor, de donde ha brotado un deseo de hacer cosas grandes».

Invitó a los nuevos sacerdotes a cultivar una relación de amor con Jesucristo, a dar testimonio del Evangelio en el servicio a los demás. Les recordó que con la misión que hoy la Iglesia les confía «llega a cumplimiento el camino pedagógico de Dios. Cristo os consagra a sí para daros como un regalo a todos los hombres».

«Tener ordenaciones sacerdotales al inicio del Año de la Misericordia nos hacen percibir que el amor de Dios nunca se acaba. Cada uno de estos nuevos sacerdotes está llamado a ser una imagen viva del Padre misericordioso que nos ha revelado Jesucristo, saliendo a buscar a las personas más necesitadas, a los que más sufren, llevándoles la luz de la fe y el testimonio del amor», dice el P. Ignacio Sarre, L.C., rector de una de las comunidades de formación de los Legionarios de Cristo en Roma.

«Estamos muy agradecidos al Señor por estos nuevos sacerdotes», dice el Director general de los legionarios, P. Eduardo Robles-Gil, L.C. «Tenemos grandes esperanzas puestas en estos sacerdotes jóvenes para continuar nuestro camino de renovación y de servicio a los demás. Nos alegra que empiecen a llegar al sacerdocio grupos más numerosos de legionarios de países como Brasil y Colombia, que tienen mucho que aportar a nuestra Congregación».

Los 44 nuevos sacerdotes provienen de 11 países: Alemania (2), Brasil (8), Canadá (2), Colombia (6), Chile (2), España (2), Estados Unidos (1), Francia (1), Italia (3), México (16), Polonia (1). Han obtenido sus grados de filosofía y teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, y su periodo de estudio y preparación -unos 12 años- incluyó también un trienio de trabajo pastoral que desarrollaron en diversos países del mundo.

Cada una de las 44 historias vocacionales ha sido recogida en el sitio de internet: http://www.regnumchristi.org/sites/ordenaciones2015/es/. Los nuevos sacerdotes están ya realizando su ministerio en diferentes partes del mundo.

La Legión de Cristo, congregación religiosa de la Iglesia Católica, está presente en 22 países. Cuenta con 4 obispos, 954 sacerdotes y 836 religiosos en formación y novicios, según los datos del 31 de diciembre de 2014.

  • Fotos de las ordenaciones: https://goo.gl/a2P7CY
  • Texto íntegro de la homilía del Cardenal Stella (original en italiano, traducción al español, inglés y, portugués): http://goo.gl/RdkAO5

Nombres y lugar de procedencia de los 44 legionarios de Cristo ordenados sacerdotes el 12 de diciembre de 2015 en Roma.

 Alemania

  1. Daniel Egervári, L.C. (Schwabach, Alemania)
  2. Vincenz Heereman, L.C. (Meerbusch, Alemania)

Brasil

  1. Cleverson BUFFON, L.C. (Paraná)
  2. Paulo Cesar VALENTINI, L.C. (Santa Catarina)
  3. Anderson PITZ, L.C. (Santa Catarina)
  4. João Francisco Borin PETROSKI, L.C. (Paraná)
  5. Fernando DE SOUZA VICENTE, L.C. (Paraná)
  6. Daniel Mauricio FILHO, L.C. (Santa Catarina)
  7. Danilo Renato STRADIOTO, L.C. (São Paulo)
  8. Felipe NECCO RAMOS, L.C. (Rio de Janeiro)

Canadá

  1. Matthew WHALEN, L.C.
  2. Sameer Vikram ADVANI, L.C.

Chile

  1. Alexis GATICA, L.C. (Santiago de Chile)
  2. Víctor Felipe RIVAS FRITZ, L.C. (Santiago de Chile)

Colombia

  1. Juan Carlos QUINTERO, L.C. (Antioquia)
  2. Abel RANGEL CRUZ, L.C. (Bogotá)
  3. Miller MAZENETT HURTADO, L.C. (Bogotá)
  4. Rogelio VILLEGAS PATIÑO, L.C. (Antioquia)
  5. Néstor FONSECA FIGAREDO, L.C. (Boyacá)
  6. William BÁEZ SAAVEDRA, L.C. (Santander)

España

  1. Alberto PUÉRTOLAS GIL, L.C. (Barcelona)
  2. Julio MUÑOZ LÓPEZ DE CARRIZOSA, L.C. (Madrid)

Estados Unidos

Brian D. HOELZEN, L.C. (Seattle)

Francia

            Jean-Christophe PONCET, L.C. (Versalles)

Italia

  1. Lorenzo CAMPANELLA, L.C. (Brescia)
  2. Stefano LOZZA, L.C. (Bergamo)
  3. Federico MACCHI, L.C. (Ponsacco, Provincia di Pisa)

México

  1. Alejandro MIJANGOS HERRERA, L.C. (Villahermosa, Tabasco)
  2. Jorge Alberto REYES CRUZ, L.C. (Ocotlán, Jalisco)
  3. Jorge Enrique MÚJICA VILLEGAS, L.C. (Dolores Hidalgo, Guanajuato)
  4. Carlos Oldaid GALLEGOS ROCHIN, L.C. (Villarhermosa, Tabasco)
  5. Luis Miguel VARGAS MONTAÑEZ, L.C. (Aguascalientes, Ags.)
  6. Álvaro AGUILAR ÁLVAREZ MIER Y TERÁN, L.C. (Ciudad de México)
  7. Víctor ZAMORA LEÓN, L.C. (Ciudad de México)
  8. Roberto JUÁREZ ÁLVAREZ, L.C. (Ciudad de México)
  9. Arturo GUZMÁN VELÁZQUEZ, L.C. (Guadalajara, Jal.)
  10. Luis Manuel GUTIÉRREZ ROJAS, L.C. (Guadalajara, Jal.)
  11. Julio CASTRO BAEZA, L.C.(San José de Gracia, Mich.)
  12. Daniel ZORRILLA GARZA, L.C. (Monterrey, N.L.)
  13. Jorge ORTIZ CASTELLANOS, L.C. (Ciudad de México)
  14. Gabriel ARENAS RAMÍREZ, L.C. (León, Guanajuato)
  15. Pablo Yeudiel GONZÁLEZ CUÉLLAR, L.C. (Saltillo, Coah.)
  16. Luis RAMÍREZ ALMANZA, L.C. (Acámbaro, Mich.)

Polonia

            Wawrzyniec Piotr PRYCZKOWSKI, L.C.

Un año para crecer en la convicción de la misericordia

 

8 de diciembre de 2015. Roma. Esta mañana el Santo Padre presidió la Concelebración eucarística de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción que conmemora los 50 años de la clausura del Concilio Vaticano II. Al final de la Misa, el Papa abrió la Puerta Santa de la Misericordia. Él fue el primero en atravesar la puerta, seguido después por Benedicto XVI. Las comunidades legionarias de Roma acompañaron al Santo Padre en la celebración. Muchos de nuestros sacerdotes, entre ellos nuestro Director general, pudieron concelebrar y también atravesar la puerta santa. Algunos diáconos que serán ordenados sacerdotes el 12 de diciembre asistieron al Santo Padre durante la celebración.

A continuación ofrecemos la homilía del Santo Padre:

En breve tendré la alegría de abrir la Puerta Santa de la Misericordia. Como hice en Bangui, cumplimos este gesto, a la vez sencillo y fuertemente simbólico, a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, y que pone en primer plano el primado de la gracia. En efecto, en estas lecturas se repite con frecuencia una expresión que evoca la que el ángel Gabriel dirigió a una joven muchacha, asombrada y turbada, indicando el misterio que la envolvería: «Alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28).

La Virgen María está llamada en primer lugar a regocijarse por todo lo que el Señor hizo en ella. La gracia de Dios la envolvió, haciéndola digna de convertirse en la madre de Cristo. Cuando Gabriel entra en su casa, también el misterio más profundo, que va más más allá de la capacidad de la razón, se convierte para ella en un motivo de alegría, motivo de fe, motivo de abandono a la palabra que se revela. La plenitud de la gracia transforma el corazón, y lo hace capaz de realizar ese acto tan grande que cambiará la historia de la humanidad.

La fiesta de la Inmaculada Concepción expresa la grandeza del amor Dios. Él no sólo perdona el pecado, sino que en María llega a prevenir la culpa original que todo hombre lleva en sí cuando viene a este mundo. Es el amor de Dios el que previene, anticipa y salva. El comienzo de la historia del pecado en el Jardín del Edén desemboca en el proyecto de un amor que salva. Las palabras del Génesis nos remiten a la experiencia cotidiana de nuestra existencia personal. Siempre existe la tentación de la desobediencia, que se manifiesta en el deseo de organizar nuestra vida al margen de la voluntad de Dios. Esta es la enemistad que insidia continuamente la vida de los hombres para oponerlos al diseño de Dios. Y, sin embargo, también la historia del pecado se comprende sólo a la luz del amor que perdona. El pecado sólo se entiende con esta luz. Si todo quedase relegado al pecado, seríamos los más desesperados de entre las criaturas, mientras que la promesa de la victoria del amor de Cristo encierra todo en la misericordia del Padre. La palabra de Dios que hemos escuchado no deja lugar a dudas a este propósito. La Virgen Inmaculada es para nosotros testigo privilegiado de esta promesa y de su cumplimiento.

Este Año Extraordinario es también un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno. Es Él el que nos busca. Es Él el que sale a nuestro encuentro. Será un año para crecer en la convicción de la misericordia. Cuánto se ofende a Dios y a su gracia cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de destacar que son perdonados por su misericordia (cf. san Agustín, De praedestinatione sanctorum 12, 24) Sí, así es precisamente. Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en cualquier caso, el juicio de Dios tendrá lugar siempre a la luz de su misericordia. Que el atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, haga que nos sintamos partícipes de este misterio de amor. Abandonemos toda forma de miedo y temor, porque no es propio de quien es amado; vivamos, más bien, la alegría del encuentro con la gracia que lo transforma todo.

Hoy, aquí en Roma y en todas las diócesis del mundo, cruzando la Puerta Santa, queremos recordar también otra puerta que los Padres del Concilio Vaticano II, hace cincuenta años, abrieron hacia el mundo. Esta fecha no puede ser recordada sólo por la riqueza de los documentos producidos, que hasta el día de hoy permiten verificar el gran progreso realizado en la fe. En primer lugar, sin embargo, el Concilio fue un encuentro. Un verdadero encuentro entre la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo. Un encuentro marcado por el poder del Espíritu que empujaba a la Iglesia a salir de las aguas poco profundas que durante muchos años la habían recluido en sí misma, para reemprender con entusiasmo el camino misionero. Era un volver a tomar el camino para ir al encuentro de cada hombre allí donde vive: en su ciudad, en su casa, en el trabajo…; dondequiera que haya una persona, allí está llamada la Iglesia a ir para llevar la alegría del Evangelio y llevar la misericordia y el perdón de Dios. Un impulso misionero, por lo tanto, que después de estas décadas seguimos retomando con la misma fuerza y el mismo entusiasmo. El jubileo nos estimula a esta apertura y nos obliga a no descuidar el espíritu surgido en el Vaticano II, el del Samaritano, como recordó el beato Pablo VI en la conclusión del Concilio. Que al cruzar hoy la Puerta Santa nos comprometamos a hacer nuestra la misericordia del Buen Samaritano.

Tomado del Boletín de la Sala de Prensa del Vaticano del 8. 12. 2015

Más información sobre el Jubileo de la Misericordia en el sitio oficial.

A los legionarios de la Prelatura de Cancún-Chetumal

¡Venga tu Reino!

Roma, 3 de diciembre de 2015

A los sacerdotes legionarios

de la Prelatura Cancún-Chetumal

 

Muy queridos padres:

Les envío un saludo y una oración desde Roma, después de mi visita a México. Me dio mucha alegría encontrarme con ustedes el pasado 17 de noviembre en Cancún. Me da una inmensa satisfacción verlos llenos de trabajo y de celo apostólico. Esta mañana he ofrecido la misa por ustedes en el día de San Francisco Javier, que se desgastó en tierras lejanas por la evangelización.

En la plática y durante la sesión de preguntas que tuvimos, varios de ustedes hicieron intervenciones relacionadas con la crítica, con la sensibilidad ante los comentarios de nuestros hermanos y con nuestra capacidad de resolver las diferencias por medio del diálogo franco y fraterno. Ya desde hace tiempo quería escribir una carta a todos los legionarios sobre este tema. De hecho, pedí ayuda para preparar un archivo con las intervenciones del Santo Padre sobre la crítica. Se ve que es algo que el Papa lleva en su corazón y, de alguna manera, puede ayudarnos especialmente en el contexto de nuestro 75º aniversario y del Jubileo de la Misericordia.

El Santo Padre, escribiendo a los religiosos y consagrados, nos recuerda que «la comunión se practica ante todo en las respectivas comunidades del Instituto. A este respecto, invito a releer mis frecuentes intervenciones en las que no me canso de repetir que la crítica, el chisme, la envidia, los celos, los antagonismos, son actitudes que no tienen derecho a vivir en nuestras casas» (Carta apostólica a todos los consagrados, 21 de noviembre de 2014, n. 3). Por eso me parece providencial nuestro encuentro, porque me ofrece la oportunidad de enviarles este documento como una ayuda para su reflexión y examen. Les estoy enviando una amplia selección, aunque no exhaustiva, de las intervenciones del Papa Francisco que tratan este tema. En algunos casos esta colección contiene citas literales; en otros, se toman de los resúmenes de las homilías del Santo Padre pronunciadas en la residencia de Santa Marta, y posteriormente recogidos por el Radio Vaticano o L’Osservatore Romano. Como sabemos, en este último caso, las homilías no se suelen publicar íntegramente, sino a modo de resumen.

La colección es larga, pero es muy rica, está dispuesta con un cierto orden lógico para ayudar a resaltar algunas de las ideas principales. Cada intervención del Papa suele tocar varios temas a la vez. En algunas ocasiones, se ha seleccionado del texto pontificio aquella parte del discurso u homilía que se refiere a la crítica. Ahora bien en la mayoría de las citas se incluye todo el texto, ya que el Papa ilumina el tema desde diversos ángulos. Como es de esperar, hay ideas que se repiten; sin embargo, cada intervención ilustra diversos matices.

Al intentar hacer un breve resumen, podríamos decir que el Papa califica la murmuración o crítica como pecado, e ilustra esta afirmación con diversas imágenes: es una enfermedad espiritual y se asemeja a la traición de Judas, a un homicidio, a una bomba, a la guerra. Constata que muchas veces su origen está en la envidia o los celos, o en la soberbia de quien se cree más que los demás, o en la actuación del demonio. Anota que tendemos a encontrar un oscuro gusto en ella. Menciona diversas expresiones del mismo fenómeno: la calumnia, la difamación, la información parcial y el insulto.

El Papa suele subrayar el daño que la crítica hace en las diversas agrupaciones eclesiales. Nos advierte que en las comunidades, la crítica puede ser destructiva y nos invita a superarla con una ascesis que busca detenerse antes de hablar: hay que «morderse la lengua», dice el Papa. Esta postura cristiana supone también la humildad de quien se reconoce a sí mismo pecador. Y el Santo Padre recomienda, sobre todo, la práctica de la bondad y misericordia.

El Papa Francisco reconoce que podemos ver fallos en los demás, pero que en estos casos debemos hablarlo directamente con el interesado, a través de una corrección fraterna llena de humildad y bondad, o con el superior que lo puede remediar. Pero no debemos dar a conocer los defectos ajenos a los demás. No es una restricción indebida de la verdad o de la libertad, sino una forma evangélica de vivir la caridad. Los cristianos, afirma el Pontífice, son llamados a «no juzgar a nadie», ya que «el único Juez es el Señor». «En el caso de que sea realmente necesario decir algo, habría que decirlo a los mismos interesados, o a quien puede remediar la situación», «no a toda la vecindad» (cf. Homilía del 9 de abril de 2013).

En este contexto podemos recordar algunos párrafos de lo que el número 20 de las Normas complementarias establecen acerca de la corrección fraterna: «§ 1. La corrección fraterna es un deber de caridad y un bien espiritual […] 3.° si las circunstancias lo aconsejan pueden corregir a sus hermanos de modo individual, de palabra o por escrito, con caridad y prudencia, sobre todo si hay peligro de escándalo. […] § 2. En las diversas modalidades mencionadas, quien corrige proceda con auténtica caridad, prudencia, pureza de intención y delicadeza. De este modo, expresará solamente aquellos aspectos externos que el otro pueda asimilar y cambiar, no omitirá lo que en conciencia debe advertir, y evitará herir o humillar. Por su parte, quien sea corregido, acoja de buen grado las aportaciones, ponderando la verdad de las mismas, con deseo de crecer en la vida personal, con humildad y gratitud de corazón».

El Santo Padre también nos invita a fijarnos más bien en lo positivo de los demás, en sus dones. El estilo cristiano es revestirse de «sentimientos de ternura, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de magnanimidad», «es este el estilo con el que Jesús ha hecho la paz y la reconciliación». «No es la soberbia, no es la condena, no es hablar mal de los demás». A lo largo de nuestra historia podemos ver muy buenos ejemplos de la vivencia de esta virtud. Yo recuerdo lo que el P. Álvaro Corcuera solía recomendarnos: «Si queremos hablar bien de los demás, comencemos por pensar bien de ellos». Para descubrir lo bueno se necesita mucha más perspicacia y bondad que para encontrar lo malo.

Espero que la lectura de esta síntesis de las palabras del Santo Padre sea de utilidad para que continuemos a vivir y crezcamos en la virtud de la caridad en este campo. Es un modo muy propio del legionario de vivir la caridad, como establecen las Constituciones: «Corazón del espíritu de la Legión es la caridad que entraña la donación universal y delicada al prójimo. Por ello, fomenten los legionarios la servicialidad ingeniosa y abnegada; traten a los demás con bondad y sencillez; aprendan a ser misericordiosos con la debilidad del prójimo; alaben lo bueno, rechacen la envidia y eviten la murmuración» (CLC 10).

Con un saludo, y pidiéndoles una oración, me confirmo de ustedes afmo. en Jesucristo,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

Anexo: Algunas intervenciones del Santo Padre sobre la crítica. A los sacerdotes legionarios de la Prelatura de Cancún-Chetumal Anexo (PDF)

El Buen Samaritano, síntesis de la misericordia del Padre

3 de diciembre de 2015. Carta de nuestro director general a los miembros y amigos del Regnum Christi con motivo del Adviento, el inicio del Año de la Misericordia y la Navidad.

  • ORIGINAL EN ESPAÑOL
  • TRADUCCIÓN AL INGLÉS
  • TRADUCCIÓN AL ITALIANO
  • TRADUCCIÓN AL PORTUGUÉS
  • TRADUCCIÓN AL FRANCÉS

ORIGINAL EN ESPAÑOL

¡Venga tu Reino!

3 de diciembre de 2015

A los miembros y amigos del Regnum Christi

Muy estimados en Jesucristo:

Estamos comenzando el Adviento, tiempo que nos prepara para celebrar el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. En este año, además, celebramos con alegría la apertura de la Puerta Santa el día de la Inmaculada Concepción y la ordenación sacerdotal de 44 legionarios de Cristo el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe. Les escribo para saludarlos, felicitarlos por estos eventos y compartirles dos reflexiones para vivir con mayor intensidad este período.

La imagen elegida para el año jubilar es la del Buen Samaritano, que es de algún modo una síntesis de la misericordia del Padre manifestada en Jesucristo. Todos conocemos bien la parábola de Lc 10, 25-37 y la hemos meditado muchas veces. Les invito a meditarla de nuevo con calma para ver qué es lo que el Espíritu Santo quiere decirnos a través de su Palabra en este Año jubilar.

  1. Deseo de la Misericordia de Dios

El Adviento es tiempo de espera paciente y perseverante. La liturgia nos lleva a la esperanza, nos lleva a alimentar el deseo de la venida de nuestro Salvador. Si entramos dentro de nosotros mismos, nos damos cuenta de nuestra pobreza y de nuestro pecado, de nuestra pequeñez e incapacidad para hacer el bien (cf. Rm 7, 15-19). Pero no podemos quedarnos postrados. La antífona de Adviento nos anima: «Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra salvación» (Lc 21,28).

El Señor mismo suscita en nuestro corazón el deseo de Dios. Toma la iniciativa para invitarnos a que hagamos una alianza con Él. Actúa inesperadamente, como cuando envió el ángel Gabriel a llevar el anuncio a María. En retrospectiva descubrimos que ha suscitado en nosotros una profunda sed que sólo Él puede saciar. Así nos dispone para que acojamos su misericordia, que siempre nos sorprende.

Durante este Adviento, Jesucristo nos invita a que nos dejemos encontrar por Él, como la oveja perdida. Como Pedro, que se hunde cuando camina sobre las aguas, podemos clamar seguros de que Él siempre nos escucha (cf. Sal 18, 6). Este dejarnos encontrar por su misericordia puede tomar muchas formas. La vida cristiana nos ofrece diversos lugares especiales para disponernos a acoger la acción de Dios en nuestras vidas, como la oración, la Eucaristía, la experiencia de la cruz, la entrega a los demás y sin duda tiene un papel destacado el sacramento de la reconciliación.

Cuando reconocemos que estamos necesitados de misericordia y nos dejamos curar por el Buen Samaritano, entonces se dirige de manera especial a nosotros el mensaje navideño de los ángeles: «Les anuncio una gran alegría, hoy nos ha nacido un Salvador» (cf. Lc 2, 11).

  1. Corazón compasivo y misericordioso

Siempre me han impresionado los gestos del Buen Samaritano, especialmente lo que acuerda con el posadero a quien confía el cuidado del hombre herido por los salteadores. Se trata de un verdadero derroche de parte de este hombre para curar a un desconocido, y está dispuesto incluso a pagar más si fuera necesario. Así es el Corazón de Cristo: es sobreabundante en sus dones porque es misericordioso con cada uno de sus hijos.

La sobreabundancia de la misericordia es una constante en la Historia de la Salvación. Basta pensar en el misterio de la encarnación y nacimiento de Jesús que celebraremos próximamente. Pero también en la Inmaculada Concepción. Y en nuestra propia vida: la ordenación de 44 nuevos sacerdotes; la belleza de las almas consagradas en el Movimiento y en toda la Iglesia; la generosidad de tantos matrimonios que irradian su fe, a veces en situaciones no fáciles; el celo apostólico y la generosidad de tantos jóvenes que dan un sentido trascendente a sus vidas, que salen al encuentro de los más necesitados, que dan años como colaboradores… ¡Ha sido y es tan abundante la gracia de Dios en estos 75 años que sólo cabe agradecer!

Los dones del Señor son para el servicio de la comunidad. El Buen Samaritano quiere acercarse hoy a curar las heridas del hombre que sufre, quiere anunciar a todos la buena noticia de su Misericordia. Y para hacerlo, ha querido valerse de nuestra colaboración. Por ello me parece que Jesucristo nos invita a estar especialmente atentos a las necesidades de los demás, a prestarles un servicio desinteresado y, sobre todo, a llevar el bálsamo de la misericordia a todas las personas con quienes nos encontramos. El Papa Francisco sueña con una Iglesia que sea una «casa de todos, no una capillita en la que cabe sólo un grupito de personas selectas». Y ve con claridad que «lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas».

Pido a Dios para que este Adviento nos convirtamos en buenos samaritanos en nuestras familias, en el trabajo o con los amigos; que sepamos sobrellevarnos unos a otros con cariño y paciencia; que aprendamos a alegrarnos con los demás y a ser fuente de alegría para los demás; que nos estimulemos unos a otros en curar las heridas del corazón, en abrir puertas, liberar de ataduras y recordar a todos que Dios es bueno y que siempre nos espera.

Queridos amigos y miembros del Regnum Christi, les deseo a todos un período de adviento muy fecundo y una Navidad muy feliz. Que el Niño Jesús, que viene como el Buen Samaritano a revelarnos la misericordia del Padre, nos conceda a todos ser instrumentos dóciles de su misericordia y de su Reino. Ya desde ahora deseo a todos y cada uno, una muy feliz Navidad.

Por favor, no dejen de encomendar en este período a los diáconos que serán ordenados sacerdotes y también a los miembros de nuestra familia carismática que están pasando por especiales pruebas o sufren por alguna enfermedad.

Con un recuerdo especial en mis oraciones,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

TRADUCCIÓN AL INGLÉS

Thy Kingdom Come!

December 3, 2015

To the members and friends of Regnum Christi

Dear friends in Christ:

We are beginning Advent, a time that prepares us to celebrate the birth of our Lord Jesus Christ. This year we joyfully celebrate as well the opening of the Holy Door on the feast day of the Immaculate Conception and the ordination of 44 Legionaries of Christ to the priesthood on December 12, the day dedicated to Our Lady of Guadalupe. I write to greet you, congratulate you on the occasion of these events and share with you two reflections so you can live this period with greater intensity.

The image chosen for the Jubilee Year is the Good Samaritan, which in some way is a synthesis of the mercy of the Father manifested in Christ. We all know the parable well and have meditated upon it many times. It is found in Luke 10:25-37. I invite you to meditate on it once again, peacefully, to see what the Holy Spirit wants to say to us through his Word in this Jubilee Year.

  1. Desire for the Mercy of God

Advent is a time of patient and perseverant waiting. The liturgy brings us to hope, it brings us to nourish the desire for the coming of our Savior. If we go into ourselves, we see our poverty and our sin, our smallness and our incapacity to do good (see Rom 7:15-19). But we cannot be depressed by this. The Advent antiphon encourages us, “Stand erect and raise your heads, because your redemption is at hand” (Luke 21:28).

The Lord himself awakens in our heart the desire for God. He takes the initiative and invites us to make an alliance with him. He acts in unexpected ways, such as when he sent the angel Gabriel to bring a message to Mary. In retrospect we discover that he has awakened a deep thirst in us that only he can satisfy. And so he prepares us to accept his mercy, which always surprises us.

During this Advent, Jesus invites us to allow ourselves to be met by him, like the lost sheep. Like Peter, who sinks when he walks on the waters, we can cry out to him, sure that he will always hear us (see Ps 18:6). Allowing ourselves to be met by his mercy can take many forms. Christian living offers us various special places to prepare us to accept God’s action in our lives: prayer, the Eucharist, the experience of the cross, the act of giving ourselves to others. Without a doubt the sacrament of reconciliation has an especially important role.

When we recognize that we are in need of mercy and let ourselves be healed by the Good Samaritan, the Christmas message of the angels has special meaning for us, “I proclaim to you good news of great joy: … today a savior has been born for you” (Luke 2:11).

  1. A compassionate and merciful heart

The gestures of the Good Samaritan have always impressed me, especially the arrangement he makes with the innkeeper to whom he entrusts the man wounded by bandits. It is really extravagant for this man to take care of a total stranger, and he is even prepared to pay more if necessary. The Heart of Christ is like this, superabundant in its gifts because it is merciful with each of its children.

The superabundance of mercy is a constant in salvation history. It is enough to think of the Incarnation and birth of Jesus that we will soon be celebrating, but also of the Immaculate Conception. And in our own life: the ordination of 44 new priests; the beauty of the consecrated souls in the Movement and throughout the Church; the generosity of so many married couples who radiate their faith, at times in difficult situations; the apostolic zeal and generosity of so many young people who give a sense of transcendence to their lives, who go out to encounter those most in need, who give years as members of RC Mission Corps… the grace of God over the past 75 years has been and continues to be so abundant that we can only give thanks!

The Lord’s gifts are for the service of the community. The Good Samaritan wants to come close today to cure the wounds of those who suffer, he wants to announce to all the good news of his mercy. And to do this, he wants to take advantage of our collaboration. Therefore it seems to me that Christ is inviting us to be especially attentive to the needs of others, to serve them disinterestedly and, above all, to bear the balsam of mercy to all the people we meet. Pope Francis dreams of a Church that is a “house for all, not a tiny chapel in which only a small group of select persons fits.” And he sees clearly that “what the Church needs with greater urgency today is the capacity to cure wounds and warm the hearts of the faithful, closeness, nearness. I see the Church like a field hospital after a battle. How useless it is to ask a wounded person if he has high cholesterol or blood sugar! We have to treat his wounds!”

I ask God that he convert us into good Samaritans this Advent in our families, at work and with our friends. May we bear with one another tenderly and patiently. May we learn to rejoice with others and be a source of joy for others. May we encourage each other to cure the wounds of the heart, to open doors, to free from bonds and to remind everyone that God is good and that he is always waiting for us.

Dear friends and members of Regnum Christi, I wish you a very fruitful period of Advent and a very blessed Christmas. May the Baby Jesus who comes, like the Good Samaritan, to reveal the Father’s mercy to us make us all docile instruments of his mercy and of his Kingdom. Even now I wish each and every one of you a very blessed Christmas.

Please do not cease to pray at this time for the deacons who will be ordained to the priesthood as well as for those members of our spiritual family who are facing special trials or suffer from some illness.

With a special remembrance in my prayers,

Fr. Eduardo Robles-Gil, L.C.

TRADUCCIÓN AL ITALIANO

Venga il tuo Regno!

         Roma, 3 dicembre 2015

Ai membri e agli amici del Regnum Christi

Carissimi in Gesù Cristo,

stiamo iniziando l’Avvento, tempo che ci prepara alla nascita di Nostro Signore Gesù Cristo. Quest’anno, inoltre, celebriamo con gioia l’apertura della Porta Santa nel giorno dell’Immacolata Concezione e anche l’ordinazione sacerdotale di 44 Legionari di Cristo, il 12 dicembre, festa della Madonna di Guadalupe. Vi scrivo per salutarvi, farvi le mie felicitazioni per questi eventi e condividere due riflessioni per vivere con maggiore intensità questo periodo.

L’immagine scelta per l’Anno giubilare è quella del Buon Samaritano, che è in qualche modo una sintesi della misericordia del Padre che si è manifestata in Gesù Cristo. Conosciamo bene, tutti, la parabola di Lc 10, 25-37 e l’abbiamo meditata molte volte. Vi invito a meditarla di nuovo con calma per vedere che cosa lo Spirito Santo voglia dirci attraverso la sua Parola in questo anno giubilare.

  1. Desiderio della Misericordia di Dio

L’Avvento è tempo di attesa paziente e perseverante. La liturgia ci porta alla speranza, ci porta ad alimentare il desiderio della venuta del nostro Salvatore. Se entriamo in noi stessi, ci rendiamo conto della nostra povertà e del nostro peccato, della nostra piccolezza e incapacità di fare il bene (cfr. Rm 7, 15-19). Non possiamo però, rimanere prostrati. L’antifona di Avvento ci incoraggia: «Alzatevi e levate il capo, perché la vostra liberazione è vicina» (Lc 21, 28).

Il Signore stesso suscita nel nostro cuore il desiderio di Dio. Prende l’iniziativa per invitarci a stringere un’alleanza con Lui. Agisce inaspettatamente, come quando invia l’angelo Gabriele a portare l’annuncio a Maria. Guardando indietro, scopriamo che ha suscitato in noi una profonda sete che solo Lui può saziare. Ci dispone così ad accogliere sempre la sua misericordia, che ci sorprende sempre.

Durante questo Avvento, Gesù Cristo ci invita a lasciarci ritrovare da Lui, come la pecora smarrita. Come Pietro, che affonda quando cammina sulle acque, possiamo gridare, certi che Lui ci ascolta sempre (cfr. Sal 18, 6). Questo lasciarci ritrovare dalla sua misericordia può assumere molte forme. La vita cristiana ci offre diversi ambiti speciali per disporci ad accogliere l’azione di Dio nelle nostre vite come: la preghiera, l’Eucaristia, l’esperienza della croce, la donazione agli altri e senza dubbio ha un ruolo rilevante, il sacramento della riconciliazione.

Quando riconosciamo che abbiamo bisogno di misericordia e ci lasciamo curare dal Buon Samaritano, allora il messaggio natalizio degli angeli si rivolge proprio a noi: «Vi annunzio una grande gioia… oggi vi è nato … un salvatore» (cfr. Lc 2, 10-11).

  1. Cuore compassionevole e misericordioso

Mi hanno sempre colpito i gesti del Buon Samaritano, soprattutto quando si accorda con l’albergatore a cui affida la cura dell’uomo ferito dai briganti. Si tratta di un vero sperpero da parte di quest’uomo per curare uno sconosciuto ed è disposto anche a pagare più del necessario, se servisse. Così è il cuore di Cristo: è sovrabbondante nei suoi doni perché è misericordioso con ciascuno dei suoi figli.

La sovrabbondanza della misericordia è una costante nella Storia della Salvezza. Basta pensare al mistero dell’Incarnazione e della nascita di Gesù che festeggeremo prossimamente. Però anche all’Immacolata Concezione e alla nostra stessa vita: l’ordinazione di 44 nuovi sacerdoti; la bellezza delle anime consacrate nel Movimento e in tutta la Chiesa; la generosità di tanti sposi che irradiano la loro fede, a volte in situazioni non facili; lo zelo apostolico e la generosità di tanti giovani che danno un significato trascendente alla loro vita, che vanno incontro ai più bisognosi, che donano anni come collaboratori… è ed è stata, tanto abbondante la grazia di Dio in questi 75 anni che possiamo soltanto ringraziare!

I doni del Signore sono per il servizio alla comunità. Il Buon Samaritano vuole avvicinarsi oggi a curare le ferite dell’uomo che soffre, vuole annunciare a tutti la buona notizia della sua Misericordia e per farlo, ha voluto servirsi della nostra collaborazione. Per questo mi sembra che Gesù Cristo ci inviti a essere attenti soprattutto alle necessità degli altri, a prestare loro un servizio disinteressato e, soprattutto, a portare il balsamo della misericordia a tutte le persone che incontriamo. Papa Francesco sogna una Chiesa che sia «la casa di tutti, non una piccola cappella che può contenere solo un gruppetto di persone selezionate». E vede con chiarezza che «la cosa di cui la Chiesa ha più bisogno oggi è la capacità di curare le ferite e di riscaldare il cuore dei fedeli, la vicinanza, la prossimità. Io vedo la Chiesa come un ospedale da campo dopo una battaglia. È inutile chiedere a un ferito grave se ha il colesterolo e gli zuccheri alti! Si devono curare le sue ferite».

Chiedo a Dio che in questo Avvento ci convertiamo in buoni samaritani nelle nostre famiglie, nel lavoro e nelle amicizie; che sappiamo sostenerci gli uni gli altri, con affetto e pazienza; che apprendiamo a rallegrarci con gli altri e a essere fonte di gioia per gli altri; che ci incoraggiamo gli uni gli altri a curare le ferite del cuore, aprire porte, liberare da legami e ricordare a tutti che Dio è buono e che ci aspetta sempre.

Cari amici e membri del Regnum Christi, auguro a tutti un periodo di avvento molto fecondo e un Natale molto felice. Che il Bambino Gesù, che viene come il Buon Samaritano a rivelarci la misericordia del Padre, conceda a tutti noi di essere strumenti docili della sua misericordia e del suo Regno. Già da ora auguro a tutti e a ciascuno un Natale molto felice.

Per favore, continuate a pregare in questo periodo per i diaconi che saranno ordinati sacerdoti e anche per i membri della nostra famiglia carismatica che stanno passando per prove particolari o soffrono di qualche malattia.

Con un ricordo speciale nelle mie preghiere,

P. Eduardo Robles-Gil, L.C.

TRADUCCIÓN AL PORTUGUÉS

Venha a nós o Vosso Reino!

3 de dezembro de 2015

Aos membros e amigos do Regnum Christi

Muito estimados em Cristo,

Estamos começando o Advento, tempo que nos prepara para celebrar o nascimento de Nosso Senhor Jesus Cristo. Neste ano, além disso, celebramos com alegria a abertura da Porta Santa no dia da Imaculada Conceição e a ordenação sacerdotal de 44 legionários de Cristo no dia 12 de dezembro, dia de Nossa Senhora de Guadalupe. Escrevo-lhes para saudá-los, felicitá-los nestes eventos e compartilhar duas reflexões para viver com maior intensidade este período.

A imagem escolhida para o ano jubilar é a do Bom Samaritano, que é de algum modo uma síntese da misericórdia do Pai manifestada em Jesus Cristo. Todos conhecemos bem a parábola de Lc 10, 25-37 e a meditamos muitas vezes. Convido-os a meditá-la de novo com calma para ver o que o Espírito Santo quer dizer-nos através de sua Palavra neste Ano jubilar.

  1. Desejo da Misercórdia de Deus

O Advento é tempo de espera paciente e perseverante. A liturgia nos conduz à esperança, nos leva a alimentar o desejo da vinda de nosso Salvador. Se entrarmos em nós mesmos, nos damos conta de nossa pobreza e de nosso pecado, de nossa pequenez e incapacidade para fazer o bem (cf. Rom 7,15-19). Mas não podemos ficar prostrados. A antífona do Advento nos anima: «Levantai vossa cabeça e olhai, pois, a vossa redenção se aproxima! » (Lc 21,28).

O Senhor mesmo suscita em nosso coração o desejo de Deus. Toma a iniciativa para convidar-nos a que façamos uma aliança com Ele. Age inesperadamente, como quando enviou o anjo Gabriel a Maria. Em retrospectiva descobrimos que suscitou em nós uma profunda sede que só Ele pode saciar. Assim nos dispõe para que acolhamos sua misericórdia, que sempre nos surpreende.

Durante este Advento, Jesus Cristo nos convida a nos deixar encontrar por Ele, como a ovelha perdida. Como Pedro, que afunda quando caminha sobre as águas, podemos clamar seguros de que Ele sempre nos escuta (cf Sal 18,6). Este deixar-nos encontrar pela sua misericórdia pode tomar muitas formas. A vida cristã nos oferece diversos lugares especiais para dispor-nos a acolher a ação de Deus em nossas vidas como a oração, a Eucaristia, a experiência da cruz, a entrega aos outros, e sem dúvida, tem um papel destacado o sacramento da reconciliação.

Quando reconhecemos que estamos necessitados de misericórdia e nos deixamos curar pelo Bom Samaritano, então se dirige de maneira especial a nós a mensagem natalina dos anjos: «Eu vos anuncio uma boa nova, de grande alegria para todo o povo: hoje na cidade de Davi, nasceu para vós um Salvador, que é o Cristo Senhor » (cf. Lc 2, 11).

  1. Coração compassivo e misericordioso

Sempre me impressionaram os gestos do Bom Samaritano, especialmente o de negociar com o hospedeiro a quem confia o cuidado do homem ferido pelos salteadores. Trata-se de um verdadeiro desperdício de parte daquele homem para atender a um desconhecido, estando disposto inclusive a pagar mais se fosse necessário. Assim é o Coração de Cristo: é superabundante em seus dons porque é misericordioso com cada um dos seus filhos.

A superabundância da misericórdia é uma constante na História da Salvação. Basta pensar no mistério da encarnação e nascimento de Jesus que celebraremos proximamente, mas também na Imaculada Conceição. E na nossa própria vida: a ordenação de 44 novos sacerdotes; a beleza das almas consagradas no Movimento e em toda a Igreja; a generosidade de tantos casais que irradiam sua fé, às vezes em situações não fáceis; o zelo apostólico e a generosidade de tantos jovens que dão anos como colaboradores… Tem sido, e é tão abundante a graça de Deus nestes 75 anos que só nos resta agradecer!

Os dons do Senhor são para o serviço da comunidade. O Bom Samaritano quer aproximar-se hoje e curar as feridas do homem que sofre, quer anunciar a todos a boa nova da sua Misericórdia. E para fazê-lo, quis valer-se de nossa colaboração. Por isto me parece que Jesus Cristo nos convida a estar especialmente atentos às necessidades dos outros, a prestar-lhes um serviço desinteressado e, sobretudo, a levar o bálsamo da misericórdia a todas as pessoas com as quais nos encontramos. O Papa Francisco sonha com uma Igreja que seja uma «casa de todos, não uma capelinha na que cabe só um grupinho de pessoas seletas». E vê com clareza que «o que a Igreja necessita com maior urgência hoje é uma capacidade de curar feridas e dar calor aos corações dos fiéis, proximidade. Vejo a Igreja como um hospital de campanha em uma batalha. Que inútil é perguntar a um ferido se tem altos o colesterol ou o açúcar! Temos que curar suas feridas».

Peço a Deus para que neste Advento nos convertamos em “bons samaritanos” em nossas famílias, no trabalho ou com os amigos; que saibamos levar com paciência uns aos outros com carinho; que aprendamos a alegrar-nos com os demais e a ser fonte de alegria para os demais; que nos estimulemos uns aos outros em curar as feridas do coração, abrir portas, soltar amarras e recordar a todos que Deus é bom e que sempre nos espera.

Queridos amigos e membros do Regnum Christi, desejo a todos vocês um tempo de Advento muito fecundo e um Natal muito feliz. Que o Menino Jesus, que vem como o Bom Samaritano a revelar-nos a misericórdia do Pai, nos conceda a todos ser instrumentos dóceis da sua misericórdia e de seu Reino. Já desde agora desejo a todos e a cada um em particular um feliz Natal!

Por favor, não deixem de rezar neste período pelos diáconos que serão ordenados sacerdotes e também pelos membros de nossa família carismática que estejam passando por especiais provas ou os que sofrem alguma doença.

Com uma lembrança especial nas minhas orações.

Pe. Eduardo Robles-Gil, LC

TRADUCCIÓN AL FRANCÉS

Que ton Règne vienne !

                                                                                                Rome, le 3 décembre 2015

Aux membres de Regnum Christi

Très estimés dans le Christ,

Nous commençons l’Avent, temps qui nous prépare à célébrer la naissance de notre Seigneur Jésus-Christ. De plus, cette année nous célébrons, avec grande joie, l’ouverture de la Porte Sainte le jour de l’Immaculée Conception ainsi que l’ordination sacerdotale de 44 légionnaires du Christ, le 12 décembre, fête de Notre-Dame de Guadalupe. Je vous écris pour vous saluer, vous souhaiter une bonne participation à ces événements, mais aussi partager avec vous deux réflexions pour vivre cette période avec une profonde ferveur.

L’image choisie pour cette année jubilaire est celle du bon Samaritain qui est, en quelque sorte, une synthèse de la miséricorde du Père manifestée en Jésus-Christ. Nous connaissons tous bien la parabole de saint Luc (10, 25-37) et nous l’avons souvent méditée. Je vous invite à l’approfondir de nouveau avec calme pour découvrir ce que l’Esprit Saint veut nous dire par cette parabole en cette année de jubilé.

  1. Désir de la miséricorde de Dieu

L’Avent est un temps d’attente, patiente et persévérante. La liturgie nous entraîne à l’espérance, nous mène à nourrir le désir de la venue de notre Sauveur. Si nous entrons en nous-mêmes nous nous rendons compte de notre pauvreté et de notre péché, de notre petitesse et  notre incapacité à faire le bien (cf. Rm 7, 15-19). Mais nous ne pouvons rester abattus. L’antienne de l’Avent nous encourage : « Redressez-vous, et relevez la tête car votre délivrance est proche » (Lc  21, 28).

Le Seigneur lui-même suscite en notre cœur le désir de Dieu. Il prend l’initiative de nous inviter à faire alliance avec lui. Il agit de façon inattendue, comme lorsqu’il envoya l’ange Gabriel porter son annonce à Marie. Rétrospectivement, nous découvrons qu’il a suscité en nous une grande soif que lui seul peut étancher. Il nous dispose ainsi à accueillir sa miséricorde, qui nous surprend toujours.

Pendant cet Avent, Jésus-Christ nous invite à nous laisser rencontrer par lui, telle la brebis perdue. Comme Pierre qui se cache quand il marche sur les eaux, nous pouvons déclarer qu’il nous écoute toujours (cf. Ps 18, 6). Nous laisser rencontrer par sa miséricorde peut revêtir plusieurs formes. La vie chrétienne nous offre diverses façons particulières pour nous disposer à accueillir l’action de Dieu en nos vies, tels que la prière, l’Eucharistie, l’expérience de la croix, le dévouement aux autres et sans aucun doute le rôle spécifique du sacrement de la réconciliation.

Quand nous reconnaissons que nous avons besoin de miséricorde et que nous nous laissons guérir par le bon Samaritain, alors le message de Noël des anges s’adresse spécialement à nous : « Je vous annonce une grande nouvelle, aujourd’hui un Sauveur nous est né » (Lc 2, 11).

  1. Cœur compatissant et miséricordieux

J’ai toujours été impressionné par les gestes du bon Samaritain, surtout par ce qu’il donne à l’aubergiste auquel il confie le soin de l’homme blessé par les bandits. Il s’agit d’un vrai gaspillage de la part de cet homme pour soigner un inconnu, et il est disposé à payer plus si nécessaire. Il en est de même du cœur du Christ : il surabonde de dons parce qu’il est miséricordieux avec chacun de ses enfants.

La surabondance de miséricorde est une constante dans l’histoire du Salut. Il suffit de penser au mystère de l’Incarnation et de la naissance de Jésus que nous allons célébrer. Mais aussi à l’Immaculée Conception. Et dans notre propre vie : l’ordination de 44 nouveaux prêtres ; la beauté des âmes consacrées dans le Mouvement et dans toute l’Église ; la générosité de tant de couples qui irradient leur foi, parfois lors de situations peu faciles ; le zèle apostolique et la générosité de tant de jeunes qui donnent un sens transcendant à leurs vies, qui vont à l’encontre des plus nécessiteux, qui donnent des années en tant que volontaires, etc. Il y a eu une telle abondance de grâces de Dieu dans ces 75 années que l’on ne peut que remercier !

Les dons de Dieu sont au service de la communauté. Le bon Samaritain veut aujourd’hui s’approcher pour guérir les blessures de l’homme qui souffre, il veut annoncer la bonne nouvelle de sa miséricorde. Et pour ce faire il a voulu utiliser notre collaboration. C’est pourquoi je pense que Jésus nous invite à être particulièrement attentifs aux besoins des autres, à leur offrir un service désintéressé et surtout apporter le baume de la miséricorde à tous ceux que nous rencontrons. Le pape François rêve d’une Église qui soit une « maison pour tous et non une petite chapelle n’accueillant qu’un petit groupe de personnes choisies ». Il voit clairement que « ce dont l’Église a besoin avec une grande urgence c’est une capacité de guérir les blessures et de réchauffer les cœurs des fidèles en s’approchant d’eux. Je vois l’Église comme un hôpital de campagne après une bataille. Comme il est inutile de demander à un blessé son taux de cholestérol ou de sucre ! Il faut soigner ses blessures ! »

Je demande à Dieu que durant cet Avent nous nous transformions en bons samaritains au sein de nos familles, au travail ou avec nos amis ; que nous sachions nous supporter les uns les autres avec tendresse et patience ; que nous apprenions à nous réjouir avec les autres et à être source de joie pour les autres ; que nous nous  stimulions les uns les autres en soignant les blessures du cœur, en ouvrant les portes, en libérant les liens de nos entraves et en rappelant à tous que Dieu est bon et qu’il nous attend toujours.

Chers amis et membres de Regnum Christi, je vous souhaite à tous une période d’Avent très féconde et un Noël très heureux. Que l’Enfant-Jésus, qui vient tel le bon Samaritain nous révéler la miséricorde du Père, nous permette d’être les instruments dociles de sa miséricorde et de son règne. Dès maintenant, je vous souhaite un très bon Noël.

Je vous encourage en cette période à prier tout spécialement pour les diacres qui vont être ordonnés prêtres et pour tous les membres de notre famille charismatique qui traversent des épreuves ou souffrent de quelque maladie.

Je vous assure spécialement de mes prières.

Père Eduardo Robles-Gil, LC